A lo largo de mi experiencia pegado a los monitores y operando en los mercados, he visto a cientos de inversores cometer exactamente el mismo error de principiante: dejarse deslumbrar por un número verde de doble dígito. Compran el fondo de inversión que más ha subido en el último año, asumiendo que el gestor tiene una varita mágica. Lo que no ven es el peaje oculto detrás de esa rentabilidad.
Evaluar el retorno sin medir la volatilidad es como conducir a doscientos kilómetros por hora con los ojos vendados. Quizás llegues antes a tu destino, pero el riesgo de estrellarte por el camino es inasumible. Analizar ambas métricas nos permite descubrir si una ganancia se debe a la verdadera pericia del gestor o si, simplemente, ha asumido un nivel de riesgo suicida que la suerte ha decidido perdonar temporalmente.
Historia de los coeficientes alfa y beta en finanzas
Para entender de dónde vienen estos conceptos, tenemos que remontarnos a la Teoría Moderna de Carteras introducida por Harry Markowitz en los años 50 y, posteriormente, al desarrollo del Capital Asset Pricing Model (CAPM) por William Sharpe, John Lintner y Jack Treynor. Estos economistas cambiaron para siempre nuestra forma de entender la inversión al demostrar matemáticamente que el riesgo de un activo podía dividirse en dos: el riesgo propio del mercado y el riesgo específico del activo. Así nacieron el alfa y la beta, herramientas que pasaron de las pizarras universitarias a convertirse en el pan de cada día de cualquier analista macroeconómico y gestor de fondos.


