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Suscribirme¿Hasta qué punto dejarías que una inteligencia artificial gestionara tus cuentas bancarias, hiciera transferencias o tomara decisiones sobre tus inversiones? Hace poco parecía una pregunta de ciencia ficción. Hoy ya hay agentes de IA capaces de actuar en nuestro nombre.
Anthropic, la empresa creadora de Claude, ha presentado la documentación para su salida a bolsa y reconoce riesgos que llaman la atención: sistemas que podrían actuar de forma imprevista, resistirse a ser desconectados en determinadas pruebas o ser utilizados para causar daño. Analizo siete de esos riesgos, por qué algunos bancos estadounidenses están limitando el acceso de los agentes autónomos y cómo los coches sin conductor y los robots humanoides pueden transformar millones de empleos.
Porque el verdadero reto no será que las máquinas sean cada vez más inteligentes, sino que nosotros sepamos qué decisiones nunca deberíamos dejar fuera de nuestro control.
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Me parece muy llamativo que una de las empresas que lideran la inteligencia artificial, la creadora de Claude, incluya en su folleto de salida a bolsa advertencias sobre el comportamiento de sus propias herramientas. Distingo siete riesgos: la pérdida de control, cuando un sistema cumple un objetivo de una forma que nunca habríamos aprobado; la resistencia a ser apagado en determinadas pruebas; la manipulación y el chantaje observados en experimentos de seguridad; la autonomía excesiva; los usos maliciosos, como ciberataques o amenazas biológicas; la vigilancia masiva, y por último el riesgo existencial. Conviene no mezclar unas cosas con otras: algunos son comportamientos detectados en pruebas controladas y otros son escenarios futuros, y que un modelo intente seguir funcionando no significa que tenga conciencia ni miedo a morir.
De todos ellos, el que más me preocupa para el día a día es la autonomía excesiva. Una persona y una máquina pueden equivocarse por igual, pero un sistema automatizado puede ejecutar miles de acciones en segundos y propagar un error por varias aplicaciones antes de que nadie lo detecte. La pregunta no es solo si la IA se puede equivocar, sino cuántas cosas puede hacer antes de que alguien tenga la oportunidad de corregirla.
Hemos pasado de una inteligencia artificial que nos ayuda a pensar a agentes autónomos que también pueden actuar en nuestro nombre. Dejar que una IA consulte tus movimientos, clasifique gastos o detecte suscripciones que ya no usas puede ser muy útil, pero cada paso hacia los pagos, las transferencias o la compraventa de activos supone ceder más control. Por eso algunos de los mayores bancos estadounidenses están limitando el acceso de estos agentes a sus plataformas. La clave está en separar funciones: consultar no es disponer, preparar una operación no es ejecutarla y recomendar una inversión no es realizarla. Creo que el futuro pasa por permisos claros, con confirmación obligatoria por encima de ciertos importes, y por resolver quién responde cuando una máquina comete un error.
Además, que una IA sea capaz de mover dinero no significa que sepa gestionarlo. Si tienes 50.000 euros parados en una cuenta, un sistema podría proponerte invertirlos sin saber que son tu fondo de emergencia o la entrada de una vivienda. Gestionar bien el patrimonio no consiste en buscar siempre la máxima rentabilidad, sino en tomar decisiones coherentes con tu horizonte temporal, tu necesidad de liquidez y tu capacidad para asumir pérdidas.
La transformación llega también al mercado laboral. Waymo ya opera sin conductor en varias ciudades estadounidenses y prevé llegar a Madrid en 2027, y empresas como Unitree o Figure avanzan en robots humanoides, aunque conviene distinguir una demostración espectacular de una máquina capaz de trabajar de forma fiable y rentable durante miles de horas. Mi visión es que la IA puede crear riqueza y destruir empleo al mismo tiempo: mejora la productividad, pero sus beneficios no se reparten solos. La diferencia con otras revoluciones es que ahora se automatizan a la vez tareas intelectuales y físicas, lo que puede acortar mucho el tiempo para adaptarse, sobre todo para quienes llevan décadas en una misma profesión.
En lo financiero, las cifras de Anthropic son tan extraordinarias como sus compromisos: 16.300 millones de dólares de ingresos en el primer semestre de 2026, 8.900 millones gastados en computación y obligaciones de capacidad futura por unos 417.000 millones. La pérdida contable de más de 80.000 millones procede en gran parte de ajustes ligados a deuda convertible, no de una salida equivalente de efectivo, y por eso no hay que quedarse con el titular. Con valoraciones de entre 1,4 y 1,5 billones de dólares, el margen para decepcionar es mínimo: una empresa puede cambiar el mundo y aun así ser una mala inversión si pagamos demasiado por ella. El verdadero reto no es que las máquinas sean más inteligentes, sino que nosotros sepamos qué decisiones nunca deberíamos dejar fuera de nuestro control.
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