The trader nº 140
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº140. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí
Donald Trump no solo ha convertido la imprevisibilidad en una forma de gobierno. Ha ido un paso más allá: ha normalizado la distorsión sistemática de la realidad como herramienta política y el desorden como método de poder. No gobierna desde una ideología reconocible ni desde un proyecto coherente de largo plazo, sino desde el impacto emocional, la amenaza constante y la sensación de que siempre puede cruzar una línea que nadie más se atrevería a atravesar. Ese es el núcleo de lo que ya no es una anomalía, sino una auténtica doctrina del caos.
Donald Trump ha demostrado que, en el ecosistema político y mediático actual, no es necesario que algo sea cierto para que funcione. Basta con repetirlo, amplificarlo y envolverlo en un relato emocionalmente potente. El escándalo permanente no es un efecto colateral: es la estrategia. Cuando todo es exagerado, contradictorio o directamente absurdo, la verdad deja de ser un ancla y se convierte en una pieza más del espectáculo.
Esa lógica explica su insistencia en presentarse como gran pacificador global. Desde su regreso al poder repite que ha logrado poner fin a ocho conflictos armados. La afirmación encaja a la perfección con su imagen de líder fuerte, negociador implacable y aspirante, confeso al Premio Nobel de la Paz. El problema es que, cuando se analiza caso por caso, el balance real es mucho más ambiguo de lo que sugiere el eslogan.
En algunos escenarios, como el alto el fuego entre Israel y Hamás, el papel de Estados Unidos ha sido relevante. Pero incluso ahí hablamos de una tregua frágil, incompleta y permanentemente amenazada por nuevos episodios de violencia. Presentarlo como una guerra resuelta es una simplificación interesada, pensada más para el titular que para describir la realidad.
En otros casos, el resultado ha sido directamente efímero. El supuesto acuerdo histórico entre Camboya y Tailandia apenas duró unas semanas antes de romperse, dando paso a enfrentamientos más intensos y a cientos de miles de desplazados. En África central, el acuerdo firmado en Washington entre la República Democrática del Congo y Ruanda no ha cambiado la situación sobre el terreno: los rebeldes del M23 siguen avanzando con apoyo externo, dejando en evidencia la falta de capacidad real para imponer una paz duradera. En Asia, el anuncio de un alto el fuego entre Pakistán e India volvió a mostrar el mismo patrón. Islamabad agradeció la mediación estadounidense, pero Nueva Delhi negó cualquier intervención extranjera y subrayó que el acuerdo fue bilateral. Más que un éxito diplomático claro, el episodio reveló la dificultad de separar hechos verificables de declaraciones políticas cuando el ruido domina el relato.
Pero lo verdaderamente preocupante es que esta forma caótica de ejercer el poder no se proyecta solo hacia el exterior. También está siendo aplicada, de forma cada vez más explícita, dentro de Estados Unidos. La doctrina del caos no distingue entre política exterior y política doméstica.
En varios estados gobernados por demócratas, la cuestión migratoria se ha convertido en un campo de confrontación directa. El Gobierno federal ha impulsado medidas punitivas, recortes de fondos y amenazas legales como forma de disciplinar a quienes no se alinean con su discurso, utilizando la inmigración no como un problema a gestionar, sino como un arma política para polarizar y castigar al adversario interno.
Algo similar ocurre con el poder judicial. Cada vez que un tribunal dicta una sentencia contraria a sus intereses, Trump no se limita a recurrirla: desacredita públicamente a los jueces, cuestiona la legitimidad del sistema y presenta cualquier fallo adverso como parte de una conspiración. El mensaje es claro y peligroso: la justicia solo es válida cuando confirma su relato. Cuando no lo hace, pasa a formar parte del enemigo.
Las universidades tampoco han quedado al margen. Presiones políticas, amenazas de retirar financiación, campañas públicas de descrédito y exigencias de alineamiento ideológico han convertido a algunos de los grandes centros académicos en objetivos directos del poder presidencial. No se trata solo de controlar el discurso, sino de domesticar espacios tradicionalmente críticos y autónomos.
A esto se suma la persecución abierta de fiscales, funcionarios y empresarios que no se pliegan o no rinden pleitesía. Investigaciones, inspecciones, ataques personales y represalias administrativas forman parte de un ecosistema en el que la lealtad pesa más que la legalidad, y la sumisión más que la competencia. El mensaje vuelve a ser inequívoco: quien no se alinea, paga un precio.
Hay, además, un factor que marca un punto de inflexión histórico. Trump es el primer presidente de Estados Unidos que no solo no oculta, sino que asume sin complejos, que utiliza el poder presidencial para favorecer sus negocios personales. Decisiones políticas, relaciones internacionales, concesiones regulatorias y visibilidad institucional se entremezclan con intereses privados de una forma inédita en la historia moderna del país. La frontera entre el cargo público y el beneficio personal no se difumina: se borra deliberadamente.
Todo encaja en la misma lógica. Lo que importa no es la consistencia, ni la legalidad, ni siquiera la eficacia a medio plazo. Importa el impacto inmediato, el dominio del relato y la demostración constante de poder. Trump no busca cerrar conflictos complejos (internos o externos) que requieren tiempo, confianza y compromisos incómodos. Busca mantener a aliados, rivales y ciudadanos en un estado permanente de incertidumbre y dependencia.
Esta es la esencia de la doctrina del caos. La política deja de ser un ejercicio de previsión y responsabilidad para convertirse en una “performance” continua. La amenaza sustituye al argumento, la exageración al dato y la improvisación al análisis. El desorden no es un fallo del sistema: es el sistema.
Conclusión
Ese uso recurrente de medias verdades, afirmaciones infladas o directamente falsas no es un detalle menor. Moldea percepciones, desplaza responsabilidades y convierte realidades complejas en relatos simples y emocionales. El patrón se repite una y otra vez. Como cuando Trump asegura haber sido quien más ha gastado en el apoyo a Ucrania, pese a que los datos muestran que la ayuda europea, en conjunto, es comparable o incluso superior, y que muchas de las cifras que utiliza mezclan compromisos futuros, préstamos o estimaciones presentadas como gasto efectivo. No es un error puntual: es una forma de ejercer el poder.
La paz, la democracia y la verdad no se construyen con “slogans” ni con relatos grandilocuentes, sino con hechos verificables, contrapesos institucionales y respeto a las reglas. Hay una diferencia enorme entre anunciar resultados y asumir la complejidad de gobernar con responsabilidad. Esa diferencia marca la frontera entre la política entendida como propaganda permanente y la política entendida como servicio público. Y hoy, con Trump, esa frontera no solo está desdibujada: está siendo cruzada de forma consciente y sistemática.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 6915,61 | 6845,5 | 6978,03 | 0,90% | 1,94% |
| Nasdaq100 | 25605,47 | 25249,85 | 26022,79 | 1,63% | 3,06% |
| Eurostoxx50 | 5948,2 | 5796,22 | 5958,14 | 0,17% | 2,79% |
| Ibex35 | 17544,4 | 17307,8 | 17647,1 | 0,59% | 1,96% |
| Oro | 4979,7 | 4341,1 | 5538,1 | 11,21% | 27,57% |
| Brent | 64,24 | 60,85 | 67,2 | 4,61% | 10,44% |
| Natgas | 3,61 | 3,13 | 3,86 | 6,93% | 23,32% |
| SSE | 4136,16 | 3968,84 | 4157,98 | 0,53% | 4,77% |
| Bitcoin | 86563,19 | 87517,27 | 87993,43 | 1,65% | 0,54% |
*Cierre semanal: 22 de enero del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025
*Precio Actual: 28 de enero del 2026 a las 10:00
Japón: El yen, la deuda, y el riesgo silencioso a nivel global
Japón se ha convertido en el principal foco de tensión de los mercados financieros globales. El yen vuelve a estar bajo presión y, esta vez, el aviso desde Tokio es explícito. Cuando el Gobierno japonés habla de movimientos “anormales y especulativos” en el mercado de divisas y la Reserva Federal de Nueva York contacta directamente con las mesas de trading para interesarse por el tipo de cambio, el mensaje es claro: el problema ya no es técnico, es político y sistémico.
Fuente: Tradingview
El yen llegó a deslizarse hacia la zona de 160 por dólar, un nivel que Japón ya ha señalado en el pasado como línea roja. El posterior rebote fue uno de los más violentos desde agosto y el mercado lo interpretó como una advertencia directa de posible intervención, incluso coordinada con Estados Unidos. Cuando Washington entra en escena, ya no hablamos solo de la moneda japonesa, sino de estabilidad financiera global.
Pero el verdadero núcleo del problema no está en el yen. Está en la deuda.
Los llamados JGBs no son otra cosa que los bonos del Estado japonés, es decir, la deuda pública de Japón. Durante décadas fueron el mercado más estable del mundo. Pagaban tipos cercanos a cero, apenas se movían y servían como ancla de tranquilidad en los momentos de turbulencias globales. Esa estabilidad no era casual. Se sostenía sobre un pilar clave: el propio Banco de Japón.
Durante años, el banco central fue el gran comprador de deuda japonesa. El Gobierno emitía bonos, y más del 50% de toda la emisión la compraba el propio Banco de Japón. Gracias a eso, Japón pudo acumular una deuda gigantesca sin que subieran los tipos de interés. De hecho, durante mucho tiempo los inversores privados japoneses no eran los principales financiadores del Estado. No hacía falta. El mercado estaba, en la práctica, anestesiado.
Eso explica algo que a primera vista parece contradictorio. Cuando la deuda japonesa no pagaba casi nada, los inversores japoneses financiaban al resto del mundo. Bancos, aseguradoras y fondos de pensiones preferían comprar deuda de Estados Unidos o Europa, donde sí había rentabilidad. El yen era estable, cubrir el riesgo de divisa era barato y en casa el banco central garantizaba que todo permanecía bajo control.
Ese equilibrio se ha roto.
La inflación ha regresado a Japón y se ha consolidado. La inflación subyacente cerró 2025 en el 3,1%, cuarto año consecutivo por encima del objetivo del 2%. Al mismo tiempo, el Banco de Japón ha puesto fin a los tipos negativos y ha comenzado a retirarse, lentamente, del mercado de deuda. Ya no compra bonos como antes. Y justo cuando ese comprador desaparece, el nuevo Gobierno ha apostado por más gasto público y estímulos fiscales de cara a las elecciones anticipadas de febrero.
El resultado es un mercado que pasa de no moverse nunca a moverse de forma brusca. Las rentabilidades de los bonos japoneses se han disparado, especialmente en los tramos largos. El bono a 40 años ha superado el 4%, algo impensable hace apenas dos años. Movimientos que antes tardaban meses ahora se producen en una sola sesión.
¿Quién está comprando ahora esos bonos? Aquí aparece el segundo gran cambio. Los primeros en entrar han sido los inversores extranjeros. No porque posean la mayor parte de la deuda, sino porque son quienes más operan en el mercado. Hoy representan alrededor del 65% del volumen mensual negociado. Son inversores rápidos, tácticos, que entran y salen con facilidad y que amplifican los movimientos cuando hay incertidumbre.
Y aquí surge la pregunta clave: ¿por qué los inversores japoneses no están comprando en masa ahora que la deuda sí paga una rentabilidad atractiva?
La respuesta es menos intuitiva de lo que parece. No es que no quieran. Es que no pueden hacerlo de golpe. Bancos, aseguradoras y fondos de pensiones japoneses son inversores estructurales. Necesitan estabilidad, no volatilidad. Durante décadas delegaron la función de estabilizar el mercado en el Banco de Japón. Ahora el banco central se retira, pero los inversores domésticos no han ocupado aún ese vacío. Esperan a que el mercado se calme y los tipos encuentren un equilibrio más claro.
Mientras tanto, los extranjeros se adelantan. Eso explica la volatilidad actual. No es falta de interés local, es un desfase temporal entre la retirada del banco central y la vuelta progresiva del comprador doméstico.
El problema es que ese proceso tiene consecuencias globales. Japón tiene cerca de cinco billones de dólares invertidos en activos extranjeros. Durante décadas fue uno de los grandes financiadores silenciosos del mundo. Si una parte de ese capital empieza a regresar porque la deuda japonesa vuelve a ser atractiva, no hace falta un movimiento masivo para generar tensiones. Basta con que una fracción vuelva para presionar al alza las rentabilidades en Estados Unidos y Europa.
Además, el yen ha sido durante años uno de los pilares del “carry trade” global: pedir prestado en yenes baratos para invertir en activos más rentables fuera. Y no hablamos de cantidades menores, porque la última estimación cifra ese “carry trade” en 450.000 millones de dólares. Si los tipos japoneses siguen subiendo, ese mecanismo empieza a romperse y obliga a deshacer posiciones en todo el mundo.
Aquí está el dilema imposible para Japón. Subir tipos ayuda a estabilizar el yen, pero encarece el servicio de una deuda pública que ronda el 230% del PIB. Intervenir en el mercado de divisas, como ya ocurrió en 2024 con cerca de 100.000 millones de dólares, solo compra tiempo. No soluciona el problema estructural si el gasto público sigue creciendo y el banco central se ve obligado a apagar fuegos constantemente.
Conclusión
Lo que estamos viendo en Japón no es un episodio aislado de volatilidad ni un simple ajuste en el yen. Es el inicio de un cambio profundo en uno de los grandes pilares del sistema financiero global. El mundo se acostumbró a que Japón financiara el exceso de deuda ajeno gracias a tipos cero y a un banco central omnipresente. Ese modelo se está agotando. Si Japón empieza, aunque sea de forma gradual, a priorizar su propio mercado y a repatriar capitales, el impacto se sentirá en las curvas de tipos, en el dólar y en el coste de financiación global. El riesgo no es lo que Japón haga hoy. El riesgo es que el mundo siga actuando como si Japón pudiera seguir sosteniendo indefinidamente un sistema que ya ha empezado a resquebrajarse.
Trump acelera los acuerdos comerciales de la UE con India
En un mundo cada vez más fragmentado, la Unión Europea está a punto de cerrar uno de los acuerdos comerciales más relevantes de su historia reciente. Bruselas y la India han alcanzado un pacto de libre comercio de dimensiones históricas que conectará a casi 2.000 millones de personas y concentrará cerca de una cuarta parte del PIB mundial. No es un tratado más. Es una decisión estratégica marcada por la geopolítica, la urgencia y, en buena medida, por Donald Trump.
Durante años, las negociaciones entre la UE y la India avanzaron lentamente, bloqueadas por aranceles, estándares regulatorios y, sobre todo, por la movilidad laboral. Pero la vuelta de Trump a la Casa Blanca cambió el ritmo. Sus amenazas arancelarias, el uso del comercio como arma política y la sensación de ruptura del viejo equilibrio atlántico actuaron como catalizador. Bruselas entendió que debía acelerar la diversificación de sus alianzas, y Nueva Delhi llegó a la misma conclusión tras constatar que, pese a la aparente cercanía entre Trump y Narendra Modi, Estados Unidos no estaba dispuesto a ofrecer un acuerdo comercial estable ni respetuoso.
Ese doble desencanto explica la velocidad final del pacto. En apenas un año, y tras casi dos décadas de negociaciones intermitentes, la UE decidió cerrar lo que desde la propia Comisión se ha bautizado sin complejos como “la madre de todos los acuerdos comerciales”. El simbolismo fue claro: el viaje conjunto del presidente del Consejo Europeo, António Costa, y de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, a Nueva Delhi, como invitados de honor al Día de la República india, escenificó que Europa ve a la India como un socio estratégico de largo plazo, no como un simple mercado de oportunidad.
Para Europa, el contexto no podría ser más delicado. La relación con Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más tensos, la dependencia de China se percibe cada vez más como un riesgo estratégico y las cadenas de suministro siguen expuestas a shocks geopolíticos. En ese escenario, la India aparece como la gran alternativa: una economía que crece por encima del 6% anual, que ya ha superado al Reino Unido como quinta potencia mundial y que todo apunta a que será la tercera antes de que termine la década.
El acuerdo permitirá reducir hasta 4.000 millones de euros anuales en aranceles para los exportadores europeos, con recortes muy significativos en sectores como el vino, el aceite de oliva, la automoción, la maquinaria industrial o los productos químicos. Para una industria europea castigada por la pérdida de competitividad y por un entorno global cada vez más hostil, el acceso preferente a un mercado de 1.400 millones de personas no es menor. Al mismo tiempo, la India se consolida como alternativa real a China como plataforma manufacturera y tecnológica, atrayendo inversión extranjera y creando empleo industrial para una población joven que sigue creciendo.
Desde el punto de vista geopolítico, el pacto refuerza el papel de la India como potencia bisagra. Nueva Delhi mantiene relaciones con Rusia, Estados Unidos y Europa sin alinearse plenamente con ninguno, y esa autonomía estratégica es precisamente lo que la hace atractiva para Bruselas. Para la UE, el acuerdo es una forma de ganar margen de maniobra en un mundo donde las reglas del comercio global se están reescribiendo a golpe de arancel y presión política.
El contraste con Mercosur es inevitable. Mientras el acuerdo con Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay sigue atrapado en resistencias internas, vetos cruzados y bloqueos políticos tras más de 25 años de negociaciones, el pacto con la India avanza con menos oposición interna y con una lógica más claramente geoestratégica. Mercosur se ha convertido en el símbolo de la lentitud y las contradicciones europeas; la India, en cambio, representa una apuesta pragmática por diversificar riesgos, aunque eso implique asumir concesiones incómodas, como una mayor apertura a trabajadores cualificados indios en un continente envejecido y con escasez estructural de talento.
Conclusión
Este acuerdo entre la Unión Europea y la India dice mucho más de Europa que de la propia India. Revela hasta qué punto Bruselas ha entendido, quizá tarde pero con claridad, que su futuro económico y político pasa por diversificar alianzas y reducir dependencias peligrosas. También refleja un cambio de mentalidad: frente a la parálisis de Mercosur y al deterioro del vínculo con Estados Unidos, Europa ha optado por moverse. En un mundo donde el comercio se utiliza cada vez más como instrumento de poder, apostar por un acuerdo amplio, complejo y a largo plazo con la India no es solo una decisión económica. Es una declaración de intenciones sobre el lugar que Europa quiere ocupar en el nuevo orden global.
Gaza, el laboratorio del nuevo orden mundial
Gaza ya no es solo un conflicto enquistado ni una tragedia humanitaria recurrente. Se ha convertido en algo más inquietante: un experimento. Un laboratorio donde se ensaya una nueva forma de gobernanza internacional en la que la estabilidad pesa más que la legitimidad y el derecho internacional queda subordinado a la correlación de fuerzas.
Desde esa óptica, Gaza no es una anomalía, sino un precedente. Un territorio administrado desde fuera, con instituciones locales tuteladas, seguridad externalizada y decisiones estratégicas tomadas lejos del terreno. No se busca resolver el conflicto, sino contenerlo. No se persigue un orden justo, sino uno funcional.
La llamada Junta de la Paz impulsada por Donald Trump encaja perfectamente en ese esquema. Bajo una apariencia multilateral y con el paraguas formal de la Organización de las Naciones Unidas, el diseño real responde a una lógica muy distinta: una “pax americana” pragmática, jerárquica y reversible. Una paz concebida como instrumento de poder, no como expresión de legitimidad política. El gesto más revelador no está solo en la arquitectura del plan, sino en quiénes son invitados a sentarse en la mesa. Trump ha ofrecido formar parte del Consejo de Paz a Vladímir Putin y al líder de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko. No como actores marginales, sino como socios necesarios para administrar el nuevo equilibrio. Es una señal clara: en este modelo, el respeto al derecho internacional o al historial democrático deja de ser condición previa. Lo relevante es el peso, la capacidad de influencia y la utilidad estratégica.
El entramado sobre el terreno es coherente con esa visión. Un gobierno tecnócrata palestino con margen mínimo de decisión, una supervisión político-estratégica internacional y una futura fuerza militar externa encargada de garantizar un orden básico. Tres capas de poder superpuestas sobre una población exhausta que no decide, no vota y no controla su propio destino. Gaza no se gobierna para construir un futuro, sino para evitar que vuelva a incendiar el tablero regional.
Lo verdaderamente relevante es cómo se interpreta este modelo fuera de Oriente Próximo. En Moscú no se percibe como una amenaza, sino como una confirmación. Putin ve en la Junta de la Paz y en el enfoque de Trump la prueba de que el mundo avanza hacia un sistema multipolar desordenado, donde las grandes potencias administran zonas de influencia y las reglas se aplican de forma selectiva.
Desde esa lógica, Gaza encaja en el mismo patrón que Ucrania, Venezuela, el Ártico o incluso Groenlandia. Escenarios distintos, pero una misma idea de fondo: la fuerza como criterio último, la seguridad nacional como justificación y el derecho internacional como marco flexible. Que Rusia observe este experimento con interés no es casualidad. Es parte del mismo tablero.
La paradoja es evidente. Se habla de reconstrucción, de esperanza y de desarrollo, pero el modelo parte de una desconfianza total hacia los actores locales. Gaza no se gobierna para decidir su futuro, sino para que no vuelva a desestabilizar el equilibrio regional. Es una paz administrada, vigilada y, sobre todo, reversible.
Conclusión
Gaza está anticipando algo más profundo que su propio desenlace. Nos adelanta el tipo de mundo que se está configurando: uno donde los conflictos no se resuelven, se gestionan; donde la soberanía se fragmenta y la legitimidad se vuelve secundaria. Puede que este modelo funcione como solución provisional. Pero si el orden global se construye sobre la administración del desorden y el reparto de zonas de influencia, lo que hoy es un laboratorio mañana puede convertirse en norma. Y entonces el problema ya no será Gaza. Será el sistema entero.
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Davos: o te sientas a la mesa como comensal… o eres parte del menú
En Davos 2026 no se habla de crisis. No hay pánico ni urgencia, pero sí algo más profundo y quizá más inquietante: la aceptación tácita de que el eje de la economía global ha cambiado. Ya no se debate cómo crecer más o ser más eficientes, sino quién tiene el poder para imponer las reglas y con qué objetivos está dispuesto a hacerlo.
En conversaciones privadas se repite una idea que define el tono del foro: la economía ha dejado de ser el centro. El foco está en la política del poder. Seguridad nacional, soberanía tecnológica, control de recursos estratégicos y estabilidad social se han integrado de forma natural en el debate económico hasta volverse inseparables.
Lo que hace pocos años habría sonado exagerado hoy se verbaliza sin complejos. En Davos se asume que la deuda es sostenible mientras nadie la cuestione; que la inteligencia artificial no es neutral, sino una ventaja estratégica comparable a la energía o la defensa; y que la transición energética será más lenta, más cara y desigual de lo prometido. La IA ha dejado de presentarse como una promesa abstracta de productividad para convertirse en un activo de poder: quien controle infraestructura, datos y acceso concentrará una parte creciente del peso económico, con implicaciones incómodas en términos de regulación, concentración y desigualdad. Algo similar ocurre con la transición energética. El discurso climático sigue presente, pero ha perdido idealismo. El pragmatismo ha sustituido al eslogan y, en mi opinión, eso es una buena noticia: los mercados funcionan mejor cuando se enfrentan a restricciones reales y no a objetivos políticamente deseables, pero económicamente inviables. No son provocaciones, son diagnósticos compartidos.
Este cambio explica por qué la geopolítica lo impregna todo. Las decisiones de inversión ya no se toman solo por eficiencia, sino por alineamiento político y control estratégico. La neutralidad económica global ha desaparecido. El capital fluye hacia donde es políticamente aceptable, no necesariamente hacia donde es más rentable. Esto introduce un riesgo estructural nuevo, difícil de modelizar, que obliga a replantear estrategias de inversión y de política económica.
En Davos no se habla de desglobalización, sino de fragmentación. Cadenas de suministro más cortas, más caras y menos eficientes, pero más controlables. El consenso es incómodo: el mundo será menos eficiente, pero más resiliente… para quienes puedan pagar ese coste. Y aquí hay un punto que los mercados aún no han descontado del todo: menores márgenes estructurales, inflación de costes más persistente y un crecimiento potencial más bajo.
La deuda global sobrevuela todas las conversaciones. No hay soluciones claras, pero sí una aceptación explícita de que el ajuste será lento y políticamente gestionado. Inflación estructural, tipos reales bajos y distintas formas de represión financiera ya no son escenarios alternativos, sino parte del escenario central. Lo relevante no es la idea en sí, sino que ahora se diga abiertamente.
También los bancos centrales reflejan este cambio. La inflación sigue importando, pero ya no es el único objetivo. La cohesión social y la estabilidad política han entrado de lleno en la ecuación. La política monetaria ha dejado de ser puramente técnica para convertirse en un instrumento de equilibrio social, complicando la lectura de los ciclos y la reacción de los mercados.
En este contexto encaja la frase más repetida en Davos, atribuida a Mark Carney: los países medianos o se sientan a la mesa, o acaban formando parte del menú. Canadá lo está comprobando con nuevas amenazas de aranceles por parte de Donald Trump. Europa vive su propia prueba de estrés con Groenlandia, donde ya no se discute solo seguridad, sino soberanía, recursos estratégicos y control territorial. Poder, cadena de suministro y dominio tecnológico condensados en una sola negociación.
En ese nuevo marco, donde las reglas ya no son las de antes, empieza a abrirse paso una advertencia incómoda, especialmente para Estados Unidos: su liderazgo global no solo se mide por su poder militar o tecnológico, sino por algo mucho más frágil (la voluntad del resto del mundo de seguir financiando unos desequilibrios fiscales cada vez mayores.)
Fuente: Bloomberg
Dentro de esa dependencia financiera de Estados Unidos, Europa juega un papel más relevante de lo que parece a primera vista. Los inversores europeos representan cerca del 40% de la financiación externa de la deuda estadounidense. No es un detalle técnico, es una de las columnas silenciosas sobre las que se sostiene el sistema financiero global. Por eso, cualquier insinuación de que Europa reduzca su exposición genera incomodidad inmediata en Washington y en los mercados. El riesgo no está en una venta masiva (poco realista y autodestructiva), sino en un cambio de prioridades. Europa necesita financiar su propia autonomía estratégica, especialmente en defensa y seguridad, precisamente como consecuencia del giro político impulsado por Trump. Eso implica más endeudamiento… y hacerlo en casa.
Si Europa incrementa de forma agresiva su deuda para financiar su autodefensa, parte del ahorro que durante décadas ha fluido hacia “Treasuries” estadounidenses podría empezar a redirigirse gradualmente hacia deuda europea. No como gesto político, sino como consecuencia lógica de mayores necesidades internas de financiación, mayor emisión soberana y un cambio en la percepción de riesgo y prioridad estratégica. El ajuste no vendría por una decisión explícita de “dejar de financiar a Estados Unidos”, sino por un desplazamiento silencioso de flujos. Menos compras marginales de deuda estadounidense, más absorción de ahorro doméstico por parte de los propios Estados europeos y, potencialmente, una mayor exigencia de prima de riesgo a EE. UU. En un sistema altamente apalancado y basado en confianza, ese movimiento gradual puede ser tan relevante como una venta directa.
Aquí el capital revela su dimensión geopolítica. Durante décadas se dio por hecho que el ahorro europeo financiaría sin fricciones el déficit estadounidense porque el marco político y estratégico era estable. Pero cuando el garante de seguridad se vuelve imprevisible y obliga a sus aliados a invertir masivamente en su propia defensa, esa financiación deja de ser un automatismo. No por confrontación, sino por necesidad.
Conclusión
Davos 2026 no anuncia una ruptura, pero sí confirma un cambio de reglas. La economía ya no manda sola; mandan el poder, la seguridad y la capacidad de imponer condiciones. Para Europa, el riesgo no es crecer menos o quedarse atrás tecnológicamente. El verdadero riesgo es seguir actuando como si el mundo premiara la prudencia pasiva, cuando en realidad castiga la indefinición. En este nuevo escenario, no decidir también es una decisión… y suele ser la más costosa. Porque cuando el tablero cambia, el mayor error no es equivocarse de jugada, sino llegar tarde y seguir jugando con reglas que ya nadie respeta.
Irán: Del colapso interno al caos global
Hoy, a las 18:00 hora de Madrid, publicaré un nuevo video en mi canal de YouTube. En él, analizo la situación de un Irán que se encuentra en un punto de ruptura, donde la crisis económica y social ha superado cualquier control político. En este complejo tablero, las presiones de EE. UU. y los cálculos de China y Rusia no son solo diplomacia; son factores que impactan directamente en el precio del petróleo y la estabilidad financiera global. Lo que ocurre en Teherán es la prueba de que, hoy en día, una crisis local es, en realidad, un problema de todos. En esta entrega, desgloso dicha situación y analizo cómo el estallido iraní está reconfigurando las expectativas de los mercados globales.
¡Nos vemos en mi canal!
Tras más de tres décadas analizando los mercados, me he dado cuenta de que la mayoría de los inversores cometen el mismo error: dedicar el 90% de su tiempo a elegir la acción o la criptomoneda de moda y solo un 10% a pensar cómo distribuir su capital. La realidad, según mi experiencia y la evidencia histórica, es exactamente la contraria. Lo que realmente va a determinar si alcanzas tus objetivos financieros no es si compraste Nvidia o Apple en el momento justo, sino cómo estructuraste tu cartera global. El asset allocation, o asignación de activos, consiste en repartir tu inversión entre diferentes categorías para equilibrar el riesgo y la recompensa. No es algo estático; es un proceso vivo que debe adaptarse a quién eres y, sobre todo, al entorno macroeconómico en el que nos movemos. En este artículo, quiero compartir contigo mi visión sobre cómo gestionar esta pieza maestra de la inversión en el contexto actual.
Hace unos días en Davos se dijo en voz alta algo que los mercados empiezan a asumir en silencio: la IA ya no es Sofware, la IA es infraestructura.
La inteligencia artificial no es una moda tecnológica, sino el mayor despliegue de infraestructuras de la historia moderna.
La frase la pronunciaba el CEO de Nvidia, Jensen Huang quien puso cifra al fenómeno: 85 billones de dólares en 15 años destinados a energía, chips, centros de datos y fábricas de IA. No lo hizo como previsión o visión futurista, sino como confirmación de lo que ya está en marcha. El mercado reaccionó con fuerza porque esta vez el relato es tangible.
La IA no empieza en una app ni en un modelo matemático. Empieza mucho antes:
Cuando todo ese “pastel de capas” tiene que construirse y operarse, lo que aparece no es un ciclo tecnológico, sino un cambio de régimen económico.
Si el capital sigue comprometiéndose a esta escala, la IA deja de ser una historia de productividad digital y pasa a convertirse en infraestructura básica, al nivel de la electricidad, las carreteras o las telecomunicaciones.
Este despliegue, explicaban en Davos, no destruye empleo: elimina tareas. La IA libera tiempo y amplía capacidades en sanidad, industria o servicios financieros, desplazando el trabajo desde la ejecución mecánica hacia el propósito, o dicho de otro modo, la automatización libera tiempo para que las personas hagan mejor aquello que realmente aporta valor.
Este despliegue está teniendo, además, una consecuencia poco comentada: la IA está impulsando una reindustrialización silenciosa. La demanda ya no es solo de ingenieros de software, es de electricistas, técnicos de redes, obreros de construcción, fontaneros, diseñadores industriales, arquitectos y operadores de centros de datos entre otros. La economía digital vuelve a necesitar mundo físico.Y eso explica por qué los grandes inversores no están tratando este momento como una burbuja, sino como una fase larga, desigual y estructural de construcción.
Si hay una idea clave que se repite en todo el discurso de Davos es esta:
el mayor beneficio económico llegará en la capa de aplicaciones: sanidad, industria, servicios financieros, logística, robótica, educación, donde por primera vez los modelos son lo suficientemente buenos como para construir negocios encima. No es casualidad que el capital riesgo esté fluyendo de forma masiva hacia empresas nativas de IA.
La pregunta incómoda hoy no es si hay una burbuja.
La pregunta es otra: ¿y si el riesgo es quedarse fuera de la mayor inversión estructural de las próximas décadas?

Nadie duda de si cambiará el mundo. Eso ya está ocurriendo.
Lo que ahora inquieta a los expertos el momento en el que una tecnología deja de ser una herramienta y se convierte en infraestructura (como la energía o las finanzas), también se convierte en poder. Y el poder, si no se regula, no desaparece: se concentra.
Para inversores, empresas y ciudadanos interesados en el tema os recomiendo The Coming Wave, la Ola que viene, de Mustafa Suleyman (cofundador de DeepMind) donde aborda el gran dilema tecnológico del siglo XXI: la inteligencia artificial y la biología sintética avanzan más rápido que nuestra capacidad para gobernarlas.
El libro sostiene que no estamos ante una innovación más, sino ante una ola de poder sin precedentes, comparable a la Revolución Industrial, pero mucho más rápida y difícil de contener. La tecnología ya no solo impulsa productividad: redistribuye poder, amplificando lo que individuos, empresas y Estados pueden hacer.
Suleyman no adopta un tono apocalíptico ni optimista. Reconoce el enorme potencial económico y social de la IA, pero advierte que, sin reglas claras, coordinación global y responsabilidad institucional, el riesgo no es el colapso tecnológico, sino la desestabilización política, económica y social.
Es un libro incómodo con una conclusión clave, la ola no se puede detener, pero sí (y debe) gobernarse. Está editado en español por por Debate.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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