The trader nº 139
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº139. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí
Algunos analistas hablan del momento que vivimos no como la suma de crisis aisladas, sino ante una poli crisis, un entramado de tensiones económicas, políticas, tecnológicas, climáticas y culturales que interactúan entre sí y se retroalimentan de forma imprevisible.
Y uno de los retos más complejos en este entorno es que seguimos intentando resolver problemas complejos con respuestas simples. Pensamos que una solución rápida en un frente no tendrá consecuencias en otros. Este tipo de pensamiento fragmentado no solo es insuficiente, sino peligroso, porque genera nuevas crisis mientras aparenta resolver las anteriores.
Vivimos atrapados en la inmediatez, desconectados del pasado y sin un horizonte claro de futuro. La política ha perdido la capacidad de pensar a largo plazo y el debate público se ha vuelto emocional, binario y superficial. No estamos repitiendo los años treinta, pero sí reproduciendo dinámicas similares: cegueras colectivas, autoritarismos crecientes y una renuncia silenciosa al pensamiento crítico.
La humanidad necesita volver a la resistencia, pero no una resistencia violenta, sino intelectual, moral y espiritual. Resistir significa dudar, verificar, aceptar la incertidumbre, negarse a la simplificación y no dejarse arrastrar por el miedo ni por la intoxicación emocional de masas. En un mundo saturado de información, la crisis más profunda es la del pensamiento. Hay un evidente cansancio democrático, especialmente entre los jóvenes, que rechazan cualquier trueque entre libertad y seguridad o bienestar económico.
Lo más difícil en este entorno es recuperar valores que hoy parecen ingenuos, pero que son profundamente subversivos: la educación, la fraternidad, la cooperación y la fuerza que une y da sentido frente a la tendencia a la fragmentación, el enfrentamiento y el insulto.
No se trata de moralismo, sino de entender que las grandes decisiones del presente condicionan un futuro común que ya está en juego.
Conclusión
El entorno actual empuja a la resignación, a delegar el pensamiento y a aceptar relatos prefabricados. Precisamente por eso, la resistencia intelectual es hoy una de las formas más necesarias (y más incómodas) de responsabilidad individual. Pensar bien, dudar y no rendirse a la simplificación no cambiará el mundo de un día para otro, pero es la condición mínima para no perderlo del todo.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 6940,01 | 6845,5 | 6875,62 | -0,93% | 0,44% |
| Nasdaq100 | 25529,26 | 25249,85 | 25326,58 | -0,79% | 0,30% |
| Eurostoxx50 | 6029,45 | 5796,22 | 5948,11 | -1,35% | 2,62% |
| Ibex35 | 17710,9 | 17307,8 | 17586,8 | -0,70% | 1,61% |
| Oro | 4595,4 | 4341,1 | 4828,4 | 5,07% | 11,23% |
| Brent | 62,8 | 60,85 | 63,74 | 1,50% | 4,75% |
| Natgas | 2,7 | 3,13 | 3,58 | 32,59% | 14,38% |
| SSE | 4101,91 | 3968,84 | 4122,58 | 0,50% | 3,87% |
| Bitcoin | 93635,81 | 87517,27 | 89820,69 | -4,07% | 2,63% |
*Cierre semanal: 15 de enero del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025
*Precio Actual: 22 de enero del 2026 a las 10:00
¿Groenlandia como desencadenante de una nueva guerra comercial?
Groenlandia ha dejado de ser un asunto periférico para convertirse en el epicentro de un choque mucho más profundo entre Estados Unidos y Europa. Lo que empezó como una presión política de Donald Trump para forzar la anexión de la isla se está transformando rápidamente en un conflicto comercial de gran escala que amenaza con dinamitar décadas de relación transatlántica.
La respuesta de Dinamarca fue internacionalizar el problema y llevarlo al terreno de la OTAN, solicitando una mayor implicación de la Alianza en el Ártico. A esa iniciativa se han sumado Dinamarca, Francia, Alemania, Suecia, Noruega, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia, enviando una señal política clara: Groenlandia es un asunto europeo y de seguridad colectiva.
Trump ha interpretado ese movimiento como un desafío directo. Su respuesta ha sido inmediata y previsible: aranceles. A partir del 1 de febrero ha amenazado con imponer un gravamen del 10% a las exportaciones de esos países, que subiría al 25% en junio si no se alcanza un acuerdo para la “compra de Groenlandia”. No es una negociación comercial. Es un ultimátum político respaldado por coerción económica.
La novedad es que, esta vez, Europa parece dispuesta a responder. Según Bloomberg, la Unión Europea ya estudia reactivar aranceles por valor de 93.000 millones de euros sobre productos estadounidenses. Son medidas que estaban aprobadas ya, pero que nunca entraron en vigor al alcanzarse el acuerdo con EE. UU., pero que podrían volver a aplicarse de forma inmediata si Trump ejecuta su amenaza. Además, Bruselas valora contramedidas adicionales más allá de los aranceles. Francia ha planteado activar el llamado instrumento anti-coerción, la herramienta comercial más potente de la UE y que nunca se ha utilizado. Su diseño no es defensivo, sino disuasorio: permite imponer aranceles, restringir inversiones, limitar el acceso al mercado europeo o vetar a empresas extranjeras en contratos públicos cuando un país utiliza el comercio como arma política. Pero la escalada no se queda ahí. Porque la UE ha congelado la ratificación del acuerdo comercial alcanzado con Estados Unidos el pasado verano, un pacto que ya en su momento fue muy criticado en Europa por ser claramente favorable a Washington. El Parlamento Europeo, con el apoyo de los principales grupos políticos, ha dejado claro que no seguirá adelante mientras continúe la amenaza arancelaria. Esta vez el mensaje es inequívoco: no habrá concesiones comerciales bajo chantaje.
Las consecuencias económicas pueden ser relevantes. Bloomberg Economics estima que, si Trump aplica el arancel del 25%, las exportaciones europeas a Estados Unidos podrían caer hasta un 50%, con Alemania, Suecia y Dinamarca entre los países más expuestos. El riesgo llega además en un momento delicado, cuando las bolsas europeas venían comportándose mejor que las estadounidenses gracias al aumento del gasto fiscal alemán, el impulso del rearme europeo y una política monetaria laxa que ha vuelto a situar los tipos de interés, en términos reales, en el cero por ciento.
Todo esto revela un cambio de fondo. Ya no hablamos de fricciones comerciales clásicas ni de disputas arancelarias sectoriales. Estamos ante el uso explícito del comercio como herramienta de presión geopolítica para forzar decisiones territoriales y estratégicas. Y Europa empieza a asumir que ceder en este punto tendría un coste mucho mayor que responder al agresor.
Conclusión
Cuando el más fuerte obtiene lo que quiere mediante la simple amenaza, la pregunta no es qué ha ganado hoy, sino qué exigirá mañana. Ese es el verdadero dilema al que se enfrenta Europa, que empieza a asumir que la ambición de Trump va mucho más allá de un conflicto puntual o de una negociación especialmente dura. Su forma de relacionarse con el mundo no distingue entre aliados y rivales, sino entre quienes hablan el lenguaje de la fuerza y quienes no.
La paradoja es inquietante. El temor a enfrentarse de tú a tú con Estados Unidos ha colocado a Europa en una posición de debilidad que Trump parece interpretar como una invitación a seguir apretando. Y eso explica por qué respeta a quienes se mantienen firmes (China, Rusia o incluso Corea del Norte) mientras desprecia a quienes confían únicamente en la contención y la diplomacia.
Hasta ahora, solo China se ha atrevido a plantarle cara, mientras que Putin se ha limitado a ganarse su favor con promesas que rara vez se materializan. La incógnita es si Europa será capaz de defender algunas líneas rojas, incluso asumiendo el coste que ello implique. Si lo hace, podrían darse dos efectos relevantes: que Trump empiece a respetar a la Unión Europea como un actor con peso real, y que el resto del mundo comprenda que, cuando se actúa de forma coordinada, aún existe margen para frenar al “matón del barrio”. Porque no hacerlo suele tener una consecuencia clara: antes o después, el abuso deja de ser puntual y pasa a ser permanente.
China cumple con su objetivo del 5% pero hay preocupación por dentro
China ha vuelto a cumplir su objetivo oficial de crecimiento, ese “alrededor del 5%” que Pekín se ha marcado durante tres años consecutivos. En 2025 el PIB creció exactamente un 5%, igual que en 2024. Sobre el papel, misión cumplida. Pero cuando se rasca un poco, el mensaje es bastante menos tranquilizador.
El último trimestre del año deja una señal clara: la economía se está desacelerando. El crecimiento interanual fue del 4,5%, el ritmo más bajo desde la reapertura tras el COVID. Y lo más relevante no es tanto la cifra puntual, sino la tendencia: cada trimestre de 2025 fue más débil que el anterior. Eso apunta a un problema estructural que no se resuelve con titulares.
El gran desequilibrio sigue siendo el mismo. China crece a dos velocidades. Por un lado, el sector industrial y las exportaciones aguantan sorprendentemente bien. La producción industrial creció un 5,2% en diciembre y las exportaciones aportaron nada menos que un tercio del crecimiento total del año, el mayor peso desde finales de los años 90. En plena guerra comercial y con más proteccionismo global, China ha logrado redirigir sus exportaciones fuera de EE. UU. y cerrar 2025 con un superávit comercial récord.
Pero por dentro, la economía está claramente gripada. El consumo es débil, la inversión cae y el mercado inmobiliario sigue siendo un lastre enorme. Las ventas minoristas apenas crecieron un 0,9% en diciembre, el peor dato desde 2020. La inversión total cayó un 3,8% en el conjunto del año, la primera caída anual en casi tres décadas, y la inversión inmobiliaria se desplomó más de un 17%. A eso se suma un mercado laboral que no termina de reaccionar y unos salarios que crecen cada vez más despacio.
Fuente: Oficia Nacional de Estadística, Bloomberg
Pekín es consciente del problema. El propio Buró Nacional de Estadística reconoce el desequilibrio entre una oferta interna fuerte y una demanda claramente insuficiente. El plan para los próximos años pasa por impulsar el consumo, frenar la caída de la inversión y reducir la guerra de precios entre empresas, la llamada campaña “anti-involución”. Pero todo eso choca con límites muy claros: la deuda de los gobiernos locales, el colapso del sector inmobiliario y la negativa a lanzar un estímulo masivo al estilo del pasado.
Además, el contexto demográfico no ayuda. La población total volvió a caer por cuarto año consecutivo y el número de nacimientos bajó a mínimos históricos. Menos población activa, más presión sobre el crecimiento potencial y más difícil alcanzar el objetivo estratégico de convertirse en una economía “moderadamente desarrollada” en 2035, algo que exigiría crecer a más del 4% anual durante la próxima década.
Conclusión
China ha vuelto a demostrar que sabe cumplir objetivos y sostener el crecimiento incluso en un entorno cada vez más hostil. Pero también queda claro que apoyarse casi exclusivamente en el tirón exportador no es una estrategia sostenible en el tiempo. El verdadero debate ya no es si Pekín logrará volver a maquillar el 5% en 2026, sino si será capaz de reactivar su demanda interna sin asumir riesgos financieros mayores. Porque una economía que solo crece hacia fuera acaba encontrando límites, y China empieza a estar peligrosamente cerca de ellos.
Mercosur, la respuesta europea al nuevo reparto de poder
La aprobación del acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur llega tras casi 25 años de negociaciones, pero sobre todo llega en un momento de toma de conciencia estratégica. Europa empieza a asumir algo que durante décadas evitó afrontar: ya no puede depender de Estados Unidos ni para su seguridad, ni como socio comercial central, ni como garante último del orden internacional.
La guerra en Ucrania dejó al descubierto la fragilidad del paraguas defensivo europeo. Y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha terminado de romper cualquier ilusión residual. Estados Unidos ya no actúa como aliado previsible, sino como una potencia que prioriza su interés inmediato, utiliza los aranceles como arma política y no distingue entre competidores, socios o aliados. En ese contexto, Europa entiende que diversificar riesgos no es una opción ideológica, sino una necesidad estratégica.
Durante años, la UE miró hacia otro lado cuando se trataba de América Latina. Ese vacío lo ocupó China con una estrategia paciente y coherente: inversiones masivas en infraestructuras críticas (puertos, ferrocarriles, carreteras y energía) a cambio de acceso preferente a materias primas y mercados. Una relación útil para muchos países latinoamericanos, pero profundamente asimétrica. Mucho comercio, sí, pero poca industrialización local y escasa transferencia de valor añadido.
China no solo ha hecho eso en América Latina. Ha replicado el modelo en África y en buena parte de Asia, construyendo una red de dependencias económicas que le permite reducir su exposición a Estados Unidos, asegurar suministros estratégicos y ampliar su influencia política. Mientras Washington amenaza y sanciona, Pekín ofrece financiación, obra pública y acceso a su mercado. No impone reglas democráticas, pero sí genera dependencia estructural.
Frente a ese tablero, el acuerdo entre la UE y Mercosur representa una apuesta distinta. Europa no ofrece coerción ni cheques a cambio de lealtad, sino integración bajo reglas compartidas. Un espacio de libre comercio que, si se ratifica plenamente, será el mayor del mundo y que se regirá por estándares comunes en materia laboral, medioambiental y regulatoria. Para América Latina, abre la puerta a atraer inversión productiva y avanzar en industria y empleo de mayor calidad. Para Europa, supone acceso a mercados clave, diversificación comercial y un ahorro inmediato de miles de millones en aranceles.
El coste interno es real y no menor. Sectores como la agricultura y la ganadería europeas, especialmente en países como Francia o España, perciben el acuerdo como una amenaza directa. Pero aquí aparece una diferencia clave frente a otros modelos de poder: la Unión Europea asume el conflicto dentro de su propio sistema político, lo debate y trata de compensarlo con salvaguardias y fondos comunitarios. Eso no elimina la realidad de fondo: habrá ganadores y perdedores. Muchos profesionales del sector verán cómo su modelo de negocio deja de ser viable, explotaciones familiares quedarán por el camino y proyectos de vida construidos durante décadas se verán truncados. Como en toda gran negociación, se cometerán injusticias y no todos los costes se repartirán de forma equitativa. La diferencia es que Europa, al menos, reconoce ese daño, lo discute abiertamente y trata de amortiguarlo, aunque no siempre lo consiga.
Mercosur no es un acuerdo perfecto. Tiene riesgos, genera fricciones y exige sacrificios. Pero encaja en una lectura más amplia del mundo que viene. Estados Unidos se vuelve imprevisible y utiliza el comercio como arma. China expande su influencia comprando dependencia. Europa, con todas sus limitaciones, intenta construir alianzas estables basadas en normas, no en la fuerza.
En ese contexto, Mercosur no es solo un tratado comercial. Es la constatación de que Europa ha entendido que el mundo ha cambiado y que su supervivencia geopolítica pasa por dejar de depender de un único socio y empezar a tejer su propia red de alianzas. Más lenta, más incómoda y menos espectacular, pero probablemente más sostenible.
Conclusión
El acuerdo con Mercosur refleja mejor que ninguna otra iniciativa la encrucijada en la que se encuentra Europa. Puede optar por replegarse, proteger a corto plazo a sectores concretos y aceptar un papel cada vez más irrelevante en el nuevo orden global, o asumir costes internos para defender una visión de largo plazo basada en diversificación comercial, reglas compartidas y autonomía estratégica. No es un camino cómodo ni popular, pero sí el único coherente con la realidad del mundo que viene. En un entorno donde unos imponen por la fuerza y otros compran lealtades con cheques, Europa empieza a asumir que integrarse, tejer alianzas y reducir dependencias no es una elección ideológica, sino una condición para seguir jugando la partida.
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Se cumple un año de mandato de Donald Trump… y a esto nos enfrentamos
Se cumple un año desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca y el balance es difícil de exagerar. Nunca un presidente de Estados Unidos había alterado tantas reglas, tantos equilibrios y tantas alianzas en tan poco tiempo. No se trata solo de decisiones polémicas o de un estilo disruptivo. Lo que está en juego es algo más profundo: la ruptura consciente del sistema internacional basado en normas, instituciones y pactos que Washington ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial.
Durante décadas, ese orden fue extraordinariamente favorable a Estados Unidos. Liderazgo político, supremacía militar, dominio financiero y capacidad para fijar reglas globales a su medida. Por eso ningún presidente anterior, desde Eisenhower hasta Bush hijo, tuvo como objetivo explícito destruirlo. Trump sí. Y lo está haciendo sin complejos.
El gráfico que acompaña este análisis lo ilustra con claridad. No solo muestra la magnitud de las decisiones adoptadas en apenas doce meses, sino el método elegido para imponerlas. Trump ha recurrido de forma sistemática a órdenes ejecutivas para esquivar el debate parlamentario y evitar cualquier control efectivo por parte de la Cámara de Representantes, incluso contando con mayoría republicana. No es una cuestión de eficiencia legislativa. Es una forma de gobernar que busca situarse por encima de los contrapesos institucionales.
Fuente: GS GBM
Ese patrón no se limita al poder legislativo. Cuando las decisiones han encontrado freno en los tribunales, Trump ha reaccionado desacreditando al poder judicial, cuestionando su legitimidad y presionando públicamente a jueces y cortes. La separación de poderes, pilar central del sistema estadounidense, pasa de ser un límite para convertirse en un obstáculo que hay que sortear o neutralizar.
El mismo líder que prometía desentenderse de guerras lejanas y del papel de “policía del mundo” exige ahora un aumento del 50% del presupuesto del Pentágono. El que criticaba el intervencionismo presume hoy de influir directamente en Venezuela, Gaza, Irán o Groenlandia. Avisa a Panamá, incomoda a Canadá, tensiona a Europa y cuestiona abiertamente el sentido de alianzas como la OTAN. No hay contradicción. Hay una lógica distinta.
Trump no es aislacionista. Tampoco es multilateralista. Su visión del mundo es transaccional, jerárquica y basada en la fuerza. Un tablero donde las reglas importan menos que el poder, donde los acuerdos son temporales y donde cada país debe aceptar su lugar en la jerarquía global. Estados Unidos arriba. El resto, negociando desde la debilidad.
Ese enfoque también se traslada al interior. En paralelo, Trump ha desatado una crisis interna de enorme calado con su política migratoria. Endurecimiento extremo de fronteras, expulsiones masivas, recortes de derechos y una narrativa que presenta la inmigración como una amenaza existencial. No es solo control fronterizo. Es una herramienta política para justificar medidas de excepción y reforzar la idea de un país sitiado. La inmigración se convierte así en el enemigo perfecto. Sirve para cohesionar a su base, desplazar el foco de los problemas estructurales y normalizar un ejercicio del poder cada vez más concentrado. El mensaje es claro: Estados Unidos debe volver a ser grande, aunque el precio sea debilitar sus propias instituciones.
En el plano internacional, Trump es el primer presidente estadounidense que apuesta abiertamente por un orden no basado en la ONU, la OMC o el FMI, sino en esferas de influencia. Grandes potencias repartiéndose zonas, imponiendo condiciones y negociando desde la fuerza. Un mundo de suma cero donde la cooperación se interpreta como debilidad.
El problema no es solo que Trump haya roto el viejo orden. Es que tampoco ha construido uno nuevo. Ha debilitado alianzas sin ofrecer alternativas estables, ha erosionado instituciones sin sustituirlas por reglas claras y ha trasladado esa lógica de confrontación al interior de su propio país.
El resultado es un mundo más frágil. Y una democracia que empieza a mostrar grietas preocupantes.
Conclusión
Es paradójico que Trump crea estar fortaleciendo a Estados Unidos cuando, en realidad, está minando los contrapesos que sostuvieron su poder durante décadas. El uso masivo de órdenes ejecutivas, el desprecio por el control parlamentario y la presión sobre el poder judicial no son detalles técnicos: son señales claras de una voluntad de gobernar sin límites. Romper reglas puede dar ventaja a corto plazo, pero cuando desaparecen los marcos comunes —dentro y fuera del país— la fuerza sustituye a la ley. Y la historia demuestra que ese camino rara vez termina bien.
Irán: Del colapso interno al caos global
Hoy, a las 18:00 hora de Madrid, publicaré un nuevo video en mi canal de YouTube. En él, analizo la situación de un Irán que se encuentra en un punto de ruptura, donde la crisis económica y social ha superado cualquier control político. En este complejo tablero, las presiones de EE. UU. y los cálculos de China y Rusia no son solo diplomacia; son factores que impactan directamente en el precio del petróleo y la estabilidad financiera global. Lo que ocurre en Teherán es la prueba de que, hoy en día, una crisis local es, en realidad, un problema de todos. En esta entrega, desgloso dicha situación y analizo cómo el estallido iraní está reconfigurando las expectativas de los mercados globales.
¡Nos vemos en mi canal!
El entorno económico nunca es estático. Lo que funcionaba en la década pasada quizás sea obsoleto hoy. Para saber cómo empezar a invertir con éxito este año, debemos entender que la planificación supera siempre a la improvisación. La inmensa mayoría de los inversores minoristas que fracasan (y las estadísticas son demoledoras) lo hacen porque operan por impulsos, guiados por el titular alarmista de turno o el consejo de un amigo sin experiencia. Si quieres empezar desde cero y hacerlo bien he escrito para ti este artículo.
La Bolsa de Nueva York (NYSE) ha anunciado este lunes que está desarrollando una plataforma basada en Blockchain que permitirá a los inversores negociar acciones las 24 horas del día, los 7 días de la semana, sí, como las cripto. El anuncio llega después de que su principal rival, Nasdaq, comunicara en septiembre que había solicitado a la SEC autorización para permitir a los inversores operar con versiones tokenizadas de acciones.
La NYSE está desarrollando lo que denomina una “plataforma de valores tokenizados”, que permitirá negociación continua, compra de fracciones de acciones y liquidaciones instantáneas. Este cambio va a permitir:
1. Invertir en acciones sin horarios
En el futuro, podrías comprar o vender acciones de una empresa un domingo por la noche, de madrugada o en un festivo, sin tener que esperar a la apertura del mercado.
2. Acciones “digitalizadas” (tokenizadas)
En lugar de que la acción exista solo en sistemas tradicionales, se convierte en un activo digital (un “token”) que representa la propiedad real de esa acción.
Es como tener un título de propiedad digital que se puede intercambiar en cualquier momento.
3. Comprar solo una parte de una acción
Si una acción es muy cara, no tendrías que comprarla entera. Podrías comprar, por ejemplo, un 10% o un 1%, algo parecido a lo que ya ocurre con algunas apps de inversión.
4. Operaciones casi instantáneas
Hoy en día, cuando compras una acción, la operación tarda uno o dos días en “liquidarse” del todo. Con este sistema, el intercambio sería prácticamente inmediato.
Se trata de un cambio que tiene sentido, ya que vivimos en un mundo digital que no se detiene nunca y donde la tecnología Blockchain permite registrar quién es dueño de qué, de forma segura y continua. El cambio no va a ocurrir mañana ya que falta aprobación regulatoria, pero lo importante aquí no es la fecha, sino la dirección, y si estarás preparado para invertir en cuando los mercados dejen de tener “horario de oficina”.

Esta semana te recomiendo Dinero Roto o Broken Money donde Lyn Alden analiza por qué el sistema monetario actual muestra síntomas de agotamiento. Su tesis es clara: el dinero fíat, tal y como está diseñado hoy, ha dejado de cumplir eficazmente su función como reserva de valor y como mecanismo de coordinación económica en un mundo cada vez más complejo y globalizado.
Alden no plantea el problema en términos ideológicos, sino estructurales y tecnológicos. La inflación persistente, el aumento de la desigualdad y la dependencia de decisiones monetarias centralizadas no son anomalías, sino consecuencias previsibles del propio sistema. Frente a ello, la autora no ofrece soluciones simples, pero sí una reflexión clave: el dinero es una tecnología y, como tal, puede evolucionar.
El libro invita a observar con atención la aparición de alternativas (desde Bitcoin hasta las nuevas formas de dinero digital) no como respuestas definitivas, sino como señales de que el monopolio monetario está siendo cuestionado. Está editado por Konsensus Network.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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