The trader nº 138
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº138. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí
Durante décadas, varias dictaduras latinoamericanas han sobrevivido instaladas en una cómoda inercia. Regímenes autoritarios sostenidos por la represión interna, alianzas opacas y una comunidad internacional más preocupada por la estabilidad que por el cambio. Cuba, Venezuela y Nicaragua, que juntas acumulan más de un siglo de poder casi ininterrumpido, parecían intocables. Esa sensación ha saltado por los aires.
La segunda administración de Donald Trump ha introducido un factor nuevo: presión directa, sin ambigüedades y sin el lenguaje diplomático tradicional. La captura de Nicolás Maduro no solo ha descabezado al régimen chavista, sino que ha demolido uno de los pilares psicológicos del autoritarismo regional: la idea de que el poder, una vez consolidado, es irreversible. El efecto dominó es evidente. En Nicaragua, el sandinismo ha comenzado a liberar presos políticos y a rebajar el tono de su retórica, consciente de que el margen de maniobra se estrecha. En Cuba, el corte casi total del petróleo venezolano amenaza con agravar un colapso energético y económico que ya no admite parches. Por primera vez en años, las élites autoritarias perciben que el coste de mantenerse inmóviles puede ser superior al de ceder.
Pero el terremoto no se limita a estos tres países. En Centroamérica empiezan a circular rumores persistentes sobre otros regímenes bajo vigilancia. Honduras no es formalmente una dictadura, pero atraviesa una crisis institucional profunda, con polarización extrema, violencia política y una creciente presión externa para garantizar procesos electorales creíbles. No es todavía un caso comparable a Cuba o Venezuela, pero sí un ejemplo claro de cómo la región ha entrado en una fase de máxima tensión, donde las democracias frágiles pueden deslizarse con rapidez hacia escenarios mucho más autoritarios.
Este cambio de clima tiene una lectura claramente global. El precedente importa. Si Estados Unidos demuestra que está dispuesto a actuar con decisión en su área de influencia, el mensaje trasciende América Latina. Y aquí es donde el tablero se amplía.
Mientras Washington aprieta en su vecindario inmediato, en otros puntos del mundo se reconfiguran alianzas. Irán, China y Rusia han participado recientemente en maniobras navales conjuntas frente a la costa de Sudáfrica, en una demostración de fuerza poco habitual que va más allá de lo simbólico. Los ejercicios, realizados en un enclave estratégico para el comercio marítimo mundial, envían una señal clara: el bloque de los BRICS aspira a proyectar poder también en el plano militar. El momento elegido no es casual. Teherán vive una situación interna extremadamente delicada, con protestas persistentes, represiones por parte del régimen y una presión directa creciente por parte de Trump. La participación iraní en estas maniobras es tanto un mensaje hacia fuera como una necesidad hacia dentro: mostrar que no está aislado. Sin embargo, el bloque no es tan compacto como aparenta. India y Brasil, dos actores clave, han optado por marcar distancias. Brasil se limita a observar y Nueva Delhi evita cualquier paso que pueda deteriorar su relación con Washington o agravar su rivalidad con Pekín.
La paradoja es evidente: mientras Trump denuncia a los BRICS como un bloque abiertamente antiestadounidense, su estrategia de sanciones, aranceles y presión unilateral acaba reforzando, de forma indirecta, ciertos reflejos de cohesión interna. Sin embargo, esa cohesión es limitada, oportunista y plagada de contradicciones. Ni Rusia ni China han pasado, por ahora, del reproche retórico frente a las acciones de Estados Unidos en América Latina. No se percibe una voluntad real de escalar el conflicto ni de articular un frente militar efectivo que desafíe directamente a Washington.
Esa inacción es tan reveladora como los propios ejercicios navales. Plantea una cuestión de fondo: ¿hasta qué punto los BRICS constituyen un bloque estratégico realmente cohesionado, o son simplemente una agregación de intereses nacionales que solo convergen de manera puntual? La misma duda se proyecta en el otro lado del tablero: el G7 tampoco exhibe hoy una cohesión sólida. Estados Unidos actúa cada vez más al margen de sus aliados tradicionales, imponiendo su agenda sin necesidad de construir consensos duraderos. El resultado es un mundo en el que las grandes decisiones ya no requieren respaldo colectivo: basta con el poder suficiente para ejecutarlas.
Y en este contexto, el foco salta más allá de América Latina para centrarse en Groenlandia y Oriente Medio como nuevos escenarios de tensión. En Irán, cualquier escalada tendría efectos inmediatos sobre Israel, el Golfo Pérsico, el precio del petróleo y el equilibrio global con Moscú y Pekín. El orden internacional basado en normas se debilita, y gana terreno una lógica mucho más cruda: la de los hechos consumados y las esferas de influencia.
Europa, mientras tanto, queda descolocada. La Unión Europea ha apostado durante años por el apaciguamiento, el diálogo permanente y la primacía de los intereses económicos. Ese enfoque parece hoy superado por una realidad mucho más áspera, en la que otros actores están dispuestos a asumir riesgos que Bruselas ni siquiera contempla.
Conclusión
Forzar la caída de una dictadura es, en mi opinión, totalmente defendible. No hablamos de sistemas imperfectos, sino de regímenes que reprimen, empobrecen y niegan libertades básicas durante décadas. El problema no está en el final de la dictadura, sino en el día después. Las transiciones suelen ser complejas, frágiles y llenas de riesgos, especialmente cuando se producen bajo presión externa. Pero aceptar la continuidad del dictador por miedo a una transición difícil equivale a normalizar la injusticia.
Dicho esto, conviene introducir una duda incómoda, pero necesaria: ¿cuáles son los motivos reales de quienes presionan para que esas dictaduras caigan? ¿Se trata de una convicción política y moral, de intereses económicos estratégicos, o de una combinación de ambos? La historia demuestra que la caída del tirano no garantiza automáticamente la libertad plena. Existe el riesgo de que el liberador termine convirtiéndose en el nuevo amo, no mediante la represión directa, sino a través de la dependencia económica, el control de recursos o la imposición de reglas que condicionan el futuro del país “liberado”.
El verdadero desafío, por tanto, no es solo derribar la dictadura, sino evitar que el vacío de poder se llene con una nueva forma de sometimiento. Porque la libertad política sin soberanía económica puede acabar siendo, simplemente, otra ilusión.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 6966,28 | 6845,5 | 6926,6 | -0,57% | 1,18% |
| Nasdaq100 | 25766,26 | 25249,85 | 25465,94 | -1,17% | 0,86% |
| Eurostoxx50 | 5997,47 | 5796,22 | 6027,18 | 0,50% | 3,98% |
| Ibex35 | 17649 | 17307,8 | 17624,7 | -0,14% | 1,83% |
| Oro | 4500,9 | 4341,1 | 4607,2 | 2,36% | 6,13% |
| Brent | 62,29 | 60,85 | 62,93 | 1,03% | 3,42% |
| Natgas | 2,63 | 3,13 | 2,71 | 3,04% | -13,42% |
| SSE | 4120,43 | 3968,84 | 4112,60 | -0,19% | 3,62% |
| Bitcoin | 90819,37 | 87517,27 | 96611,8 | 6,38% | 10,39% |
*Cierre semanal: 8 de enero del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025
*Precio Actual: 15 de enero del 2026 a las 10:00
El supremo, el último freno a los aranceles de Trump
El Tribunal Supremo de Estados Unidos afronta una decisión clave: determinar si los aranceles impuestos por Donald Trump durante su segundo mandato se ajustan a la legalidad. No es solo un debate jurídico. Es, sobre todo, un pulso político y económico tras meses en los que la Casa Blanca ha actuado primero y ha dejado la discusión para después.
Los aranceles del llamado “Liberation Day”, con gravámenes de entre el 10% y el 50% sobre la mayoría de las importaciones, han sido el emblema de esa estrategia. Los tribunales inferiores ya han cuestionado su encaje legal al apoyarse en una ley de emergencia de 1977 pensada para contextos muy distintos. Ahora, la última palabra la tiene el Supremo.
Desde el punto de vista fiscal, la Casa Blanca ha logrado su objetivo a corto plazo. La recaudación por aranceles se ha disparado y en 2025 ha superado ampliamente los 160.000 millones de dólares, un salto histórico impulsado por el uso extensivo de poderes ejecutivos. Los ingresos han sido reales y cuantiosos, aunque el coste ha recaído principalmente en las empresas y ciudadanos estadounidenses. Pero ese coste no solo se refleja en “mayores impuestos” sino que empieza a ser evidente en otros frentes. El mercado laboral muestra un deterioro significativo desde la entrada en vigor de los aranceles, con una clara pérdida de dinamismo en la creación de empleo. La industria y los sectores más expuestos al comercio exterior están ajustando márgenes, inversión y contratación. Los gráficos lo reflejan con claridad: más ingresos fiscales (gráfico de la izquierda), pero menos creación de empleo (gráfico de la derecha).
Fuente: Bureau of Labor Statistics
Si el Supremo falla contra la Casa Blanca, habrá ganadores inmediatos. Sectores intensivos en importaciones (textil, bienes de consumo, mobiliario) aliviarían costes rápidamente. Pero el problema de fondo no desaparecería. Una sentencia contraria abriría una nueva batalla política y legal para buscar vías alternativas que mantengan los aranceles sin afrontar devoluciones masivas, con implicaciones fiscales y presupuestarias relevantes.
Además, menos ingresos por aranceles significan más presión sobre el déficit en un momento en el que la deuda estadounidense y los tipos a largo plazo ya están bajo vigilancia constante del mercado.
Conclusión
Más allá del fallo del Supremo, el mensaje para los mercados es claro: las reglas pueden cambiar en cualquier momento. La recaudación vía aranceles ha sido elevada, pero el deterioro del empleo sugiere que el precio económico empieza a ser alto. Si los aranceles caen, la incertidumbre no se disipará; simplemente cambiará de forma. Y mientras la política económica se gestione a golpe de excepción, la volatilidad podría dejar de ser un episodio puntual para convertirse en el escenario base.
Powell bajo presión: la independencia de la FED en el punto de mira
La amenaza judicial lanzada desde la Casa Blanca contra Jerome Powell no surge de la nada. Es el último episodio de una relación profundamente deteriorada entre el presidente de la Reserva Federal y Donald Trump, un conflicto que se arrastra desde el primer mandato del expresidente y que nunca llegó a cerrarse.
El origen está en 2018, cuando Trump (pese a haber nombrado él mismo a Powell) empezó a criticar abiertamente a la Fed por subir los tipos de interés. A partir de ahí, la escalada fue constante: acusaciones públicas de “arruinar la economía”, amenazas veladas de destitución, presiones directas para forzar recortes y declaraciones en las que llegó a afirmar que sabía más de tipos que el propio banco central. Nunca antes un presidente estadounidense había atacado con tanta crudeza la independencia monetaria.
Durante esos años hubo episodios especialmente reveladores. Trump llegó a plantear públicamente la posibilidad de despedir a Powell (algo jurídicamente muy dudoso) y utilizó las redes sociales para presionar a la Fed casi en tiempo real antes de las reuniones del FOMC. El mensaje era inequívoco: la política monetaria debía alinearse con el ciclo electoral, no con el análisis macroeconómico.
Ese patrón no ha desaparecido. En su segundo mandato, Trump vuelve a exigir bajadas rápidas de tipos, argumentando que una política más laxa impulsaría el crecimiento y aliviaría el coste de la deuda. La diferencia ahora es cualitativa. Ya no se trata solo de presión política, sino de una escalada institucional mucho más grave: el uso del aparato judicial como herramienta de intimidación. Las citaciones del Departamento de Justicia y la amenaza implícita de cargos penales cruzan una línea que hasta ahora se consideraba intocable.
La respuesta tampoco ha sido la habitual. Por primera vez, Powell ha hablado abiertamente de intimidación política. Y casi de inmediato se ha producido algo excepcional: una reacción coordinada de los principales bancos centrales del mundo. BCE, Banco de Inglaterra, Banco de Canadá, Banco Nacional Suizo y el BIS han expresado su plena solidaridad con Powell, recordando que la independencia de los bancos centrales es un pilar esencial de la estabilidad financiera global. Este tipo de mensajes solo se habían visto en crisis sistémicas como 2008 o la pandemia, no para defender a un presidente de banco central frente a su propio gobierno.
Los inversores también se posicionan. El mercado descuenta casi con un 100% de probabilidad que el 28 de enero la Fed mantendrá los tipos en el rango 3,50%-3,75%, pese a las presiones de Trump.
Fuente: Investing
Pero el mensaje de fondo es claro: lo que está en juego no es Powell, sino la credibilidad del sistema monetario estadounidense. El dólar, el mercado de bonos y la confianza internacional en Estados Unidos descansan, en gran medida, en la idea de que la Fed decide en función de datos, no de órdenes políticas.
Todo esto ocurre, además, en un contexto macroeconómico delicado. La Fed ha recortado tipos en tres ocasiones en la segunda mitad de 2025, apoyándose en el enfriamiento progresivo del mercado laboral. La tasa de desempleo sigue contenida en el 4,4%, pero el último informe de “Non Farm Payrolls” dibuja un mercado prácticamente congelado: sin despidos masivos, pero tampoco nuevas contrataciones relevantes. Un escenario incómodo para la política monetaria.
De ahí que la evolución de la inflación sea tan determinante. Si sigue moderándose y el empleo no reacciona, la Fed tendrá argumentos técnicos para seguir relajando su política. Si no lo hace, cualquier decisión quedará contaminada por la sospecha de interferencia política.
Los mercados ya empiezan a reflejar ese riesgo. El oro ha marcado nuevos máximos históricos a comienzos de 2026, una señal clásica de búsqueda de refugio ante dudas sobre la estabilidad monetaria. No es pánico inmediato, sino desconfianza estructural: si la independencia de la Fed se debilita, el dólar deja de ser incuestionable como pilar del sistema.
Powell afronta así los últimos meses de su mandato, que concluye en mayo, en una posición extremadamente incómoda. Si baja tipos con más agresividad, se interpretará como una concesión a Trump. Si no lo hace, como un pulso directo al presidente. Y existe además un factor adicional: la posibilidad de que permanezca en el Consejo de la Fed hasta 2028, convirtiéndose en un foco de resistencia interna frente a un sucesor percibido como políticamente alineado con la Casa Blanca.
Conclusión
La paradoja es clara: la Fed se juega su credibilidad haga lo que haga. Pero el verdadero riesgo no está en una décima más o menos de tipos, ni en el impacto inmediato sobre mercados o inflación. El peligro real es el precedente que se consolide. Si se normaliza que la presión política (o incluso judicial) pueda condicionar al banco central más poderoso del mundo, el daño no será puntual ni reversible. Será estructural. Y a medio plazo, erosionar la independencia de la Fed es mucho más peligroso para la economía estadounidense, y para el sistema financiero global, que cualquier ajuste marginal en el precio del dinero.
España mejora, pero no lo suficiente
España ha logrado reducir ligeramente la brecha de PIB per cápita con la Unión Europea desde la pandemia, pero sigue estando un 18% por debajo de la media. Es una mejora real, respaldada por datos, pero todavía insuficiente si el objetivo es converger de verdad con Europa.
Según el último informe del Observatorio de Productividad y Competitividad elaborado por la Fundación BBVA y el Ivie, el PIB por habitante en España ha crecido a un ritmo anual del 3,78% desde el COVID, frente al 2,42% de la media europea. Solo Italia lo ha hecho mejor en este periodo. Economías clave como Alemania o Francia han quedado muy por detrás.
Parte del crecimiento ya no se explica solo por más empleo o más inversión, sino porque la productividad total de los factores ha aportado aproximadamente un tercio del crecimiento desde 2021 y ha crecido cerca de un 2% en 2024, mientras que en la media europea ha caído. Es un cambio de patrón que merece ser destacado.
Dicho esto, el avance es muy desigual. Los mayores aumentos de productividad se concentran en algunos sectores privados muy concretos, mientras que áreas clave como educación, sanidad, servicios sociales, construcción o comercio siguen estancadas o incluso retroceden. Justo los sectores con mayor peso estructural y mayor impacto en la calidad del crecimiento a largo plazo.
Fuente: Banco Mundial
Además, hay un problema de fondo que no se está corrigiendo: el escaso dinamismo empresarial. Desde 2008 la creación neta de empresas es negativa, lo que resta productividad al conjunto de la economía. Sin empresas nuevas, más grandes y eficientes, la mejora actual corre el riesgo de ser coyuntural.
Si España quiere cerrar la brecha con Europa tendrá que sostener la productividad en el tiempo, reformar los sectores menos eficientes y eliminar los obstáculos que frenan el crecimiento empresarial. Sin eso, la convergencia seguirá siendo parcial y frágil, por muy buenos que parezcan los titulares.
Conclusión
El entorno regulatorio y fiscal se ha convertido en uno de los principales frenos a la creación neta de empresas: exceso de burocracia, inseguridad normativa, costes laborales e impositivos elevados y pocas facilidades para que las empresas crezcan en tamaño. Sin un cambio profundo en este marco, es difícil que nazcan más compañías productivas de las que desaparecen. Y esa es una de las grandes asignaturas pendientes de la economía española. Sin empresas nuevas, más grandes y eficientes, la mejora de la productividad será frágil y la convergencia con Europa seguirá siendo incompleta.
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El nuevo feudalismo de las multinacionales tecnológicas
Imagina vivir en un mundo en el que no eres dueño de la tierra que trabajas, no decides el precio de lo que produces y tu supervivencia depende de un pequeño grupo que controla los recursos clave de la economía. Durante siglos, eso fue la normalidad en Europa. El feudalismo no era solo un sistema político, era una estructura económica basada en la dependencia.
En la cúspide estaba el Rey, el Estado de la época. Por debajo, los nobles, que controlaban la tierra, el activo más valioso del momento. Y en la base, la mayoría de la población, que apenas tenía margen de maniobra y vivía de trabajar para otros. El poder no estaba repartido: estaba concentrado.
Con la Revolución Industrial, esa estructura no desapareció. Se transformó. La tierra dejó de ser el activo central y fue sustituida por las fábricas, el acero, el petróleo y los ferrocarriles. Surgieron entonces los llamados “robber barons”, literalmente “barones ladrones”: grandes magnates que, sin ser políticos, concentraron un poder económico inmenso. Rockefeller en el petróleo, Carnegie en el acero, Vanderbilt en los ferrocarriles o John Pierpont Morgan en las finanzas moldearon sectores enteros y condicionaron el desarrollo económico de su tiempo.
Formalmente, vivían en democracias, pero en la práctica el poder económico estaba en muy pocas manos. El Estado existía, pero iba por detrás. Exactamente igual que había ocurrido siglos antes con los nobles y los reyes.
Hoy el activo clave ha vuelto a cambiar. Ya no es la tierra ni la fábrica. Son los datos, las plataformas, los algoritmos y la infraestructura digital. Un reducido grupo de empresas controla los canales por los que pasa el comercio, la información y, en muchos casos, el trabajo. No poseen territorios físicos, pero sí ecosistemas de los que dependen millones de personas y negocios.
Nadie nos obliga a usar estas plataformas. Pero cada vez más nuestra vida económica depende de ellas. Trabajamos en ellas, vendemos a través de ellas o necesitamos su visibilidad para existir. No es feudalismo clásico, pero tampoco es independencia plena. Es una dependencia moderna, más sofisticada y menos evidente. El Estado sigue ahí, como antes estaba el Rey. El problema es que la economía avanza hoy mucho más rápido que la política. Las leyes tardan años en llegar y, cuando lo hacen, las estructuras de poder ya están consolidadas. No es una cuestión de mala intención, sino de velocidad.
La historia no va de buenos y malos. Va de incentivos y de estructuras. Cada época crea su propia élite económica y cada élite tiende a concentrar poder alrededor del activo clave de su tiempo. El feudalismo no desapareció, evolucionó. Los “barones ladrones” no se extinguieron, cambiaron de forma.
La gran pregunta no es si la tecnología es buena o mala. La pregunta es si seremos capaces de equilibrar innovación, poder y bienestar colectivo antes de que la historia vuelva a rimar, una vez más, con demasiada fuerza.
Conclusión
Este paralelismo histórico me sirve, sobre todo, para recordar algo importante: el poder rara vez desaparece, lo que hace es cambiar de forma. Pensar que vivimos una época completamente distinta a todas las anteriores suele llevarnos a bajar la guardia. La historia no nos avisa cuando empieza a repetirse; solo nos da pistas si estamos dispuestos a mirar atrás. Entender cómo funcionaron otras épocas no es nostalgia ni academicismo, es una forma muy práctica de comprender mejor el mundo en el que vivimos y tomar decisiones con más criterio, tanto como ciudadanos como inversores.
Tomar decisiones financieras a largo plazo no es sencillo, especialmente cuando se trata de preparar el futuro. A lo largo de mi carrera he asesorado a personas que se hacían una pregunta similar: “¿Qué es mejor, un plan de pensiones o un fondo de inversión?”. La respuesta, como casi todo en finanzas, depende de tu situación, tus objetivos y tu perfil de riesgo. Pero lo que sí puedo hacer es ayudarte a entender las diferencias reales entre ambos vehículos, para que decidas con criterio. He escrito este artículo con ese propósito.
Durante años, el gran miedo alrededor de la inteligencia artificial ha sido claro: “la IA va a sustituir empleos”. Lo interesante es que ese futuro ya ha empezado… pero no exactamente como lo imaginábamos.
Estos días, un artículo del Wall Street Journal cuenta cómo miles de profesionales que han visto desaparecer (o transformarse) sus puestos de trabajo ahora están siendo contratados para entrenar a la propia IA. La startup Mercor emplea a decenas de miles de trabajadores como contratistas para algo muy concreto: usar su experiencia real para refinar y corregir los modelos de lenguaje que hoy alimentan chatbots y herramientas de IA.
Es decir: la IA no aprende sola, aprende de quienes ya hicieron ese trabajo durante años. Esto cambia por completo el relato simplista de “la IA destruye empleo”, lo que estamos viendo es un trasvase de valor:
Pero aquí viene la parte incómoda: muchos de estos profesionales ya no son necesarios de forma permanente. Son útiles mientras la máquina aprende. Después, dejan de ser imprescindibles.
Un informe reciente de Banco Santander a nivel global deja un dato inquietante: la mayoría de las personas cree que sabe lo suficiente sobre finanzas, pero solo una minoría se siente realmente preparada para tomar buenas decisiones.
No es un problema menor. En un entorno de inflación persistente, productos financieros cada vez más complejos y decisiones que ya no se pueden delegar, la educación financiera no es un complemento, es estructural y carecer de ella se paga caro.
Estas son las conclusiones clave:
1. Creemos que sabemos más de lo que realmente sabemos.
Existe una brecha clara entre la percepción de conocimiento financiero y la capacidad real para tomar buenas decisiones.
2. La mayoría quiere aprender, pero llega tarde.
Ahorro, inversión e impuestos son las áreas donde más carencias se reconocen… y donde más impacto tienen los errores.
3. Las redes sociales están sustituyendo a la formación formal.
Especialmente entre los más jóvenes, con el riesgo evidente de desinformación y conflictos de interés.
4. La educación financiera debería empezar en la escuela.
No como algo opcional, sino como una competencia básica para la vida adulta.
5. Saber de dinero no te hace rico, pero te protege.
Reduce malas decisiones, mejora la planificación y aumenta la autonomía financiera.
La gran conclusión es sencilla y poderosa: en un mundo cada vez más complejo, aprender sobre dinero es una forma de defensa personal, una tarea de toda la sociedad en su conjunto. El informe del Santander es el reflejo del compromiso del banco por buscar remedio a esta falta de educación financiera con iniciativas sociales y educativas como «Finanzas para mortales”. Bienvenidas sean.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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