The trader nº 174
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

En la Newsletter de esta semana
Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº174. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
Cada vez que aparece una tecnología capaz de cambiar profundamente nuestras vidas hacemos prácticamente lo mismo: buscamos algo conocido con lo que compararla. Necesitamos una referencia que nos permita entenderla, explicarla y, sobre todo, decidir si debemos entusiasmarnos o preocuparnos.
Con la inteligencia artificial estamos llevando ese ejercicio al extremo. Unos dicen que es comparable a la electricidad, porque podría terminar extendiéndose por prácticamente toda la economía. Otros la comparan con la energía nuclear, porque combina enormes beneficios potenciales con riesgos difíciles de controlar. Para algunos es simplemente una herramienta, como un martillo, cuyo resultado depende de quién la utilice. Otros recurren a Frankenstein: una creación humana que algún día podría escapar al control de su creador.
El problema es que todas estas comparaciones tienen algo de verdad y, precisamente por eso, pueden resultar engañosas.
La electricidad transformó el mundo, pero nunca tomó decisiones. Las armas nucleares pueden destruir una ciudad, pero no aprenden. Un martillo depende completamente de la persona que lo maneja. Y Frankenstein pertenece a la ficción. La inteligencia artificial comparte algunas características con cada uno de ellos, pero no encaja completamente en ninguno.
Quizá esto explique por qué nos cuesta tanto hablar de ella.
El ser humano comprende lo desconocido utilizando el pasado. Cuando apareció internet hablamos de una “autopista de la información”. Cuando llegaron los primeros automóviles se los llamó carruajes sin caballos. Incluso nuestro lenguaje tecnológico está lleno de objetos antiguos: tenemos escritorios, carpetas, archivos, ventanas o papeleras dentro de nuestros ordenadores. Necesitamos construir puentes entre lo que conocemos y lo que todavía no comprendemos.
Pero con la inteligencia artificial puede que estemos llegando al límite de ese mecanismo. Porque tal vez estamos haciendo la pregunta equivocada. En lugar de preguntarnos “¿a qué se parece la inteligencia artificial?”, deberíamos preguntarnos “¿qué nos ayuda a entender cada comparación?”.
La diferencia parece pequeña, pero es enorme. Si comparamos la IA con la electricidad, ponemos el foco en su capacidad para aumentar la productividad y transformar industrias enteras. Si la comparamos con las armas nucleares, pensamos inmediatamente en seguridad, regulación y riesgos extremos. Si hablamos de un martillo, trasladamos la responsabilidad hacia quien utiliza la herramienta. Si evocamos a Frankenstein, empezamos a preguntarnos qué ocurre cuando una creación desarrolla comportamientos que su creador no había previsto.
La analogía que elegimos condiciona, por tanto, la conversación que tenemos después. Y ahí aparece probablemente el verdadero problema. Tal vez no conseguimos encontrar una buena comparación para la inteligencia artificial porque todavía no hemos decidido qué queremos hacer con ella.
Queremos que sea suficientemente autónoma para multiplicar nuestra productividad, pero suficientemente obediente para no perder el control. Queremos que descubra soluciones que nosotros no somos capaces de encontrar, pero nos inquieta que tome decisiones que tampoco podamos comprender. Queremos sistemas cada vez más inteligentes, mientras discutimos dónde debe terminar su capacidad para actuar por sí mismos.
Es una contradicción difícil de resolver porque esta vez no estamos hablando simplemente de una nueva máquina. Estamos construyendo herramientas capaces de generar información, escribir código, razonar, comunicarse y ejecutar tareas con grados crecientes de autonomía.
Por eso quizá debamos aceptar algo incómodo: puede que no exista una analogía histórica capaz de explicar completamente lo que tenemos delante. La historia sigue siendo útil. Nos enseña cómo reaccionamos ante tecnologías disruptivas, cómo exageramos algunos riesgos, cómo ignoramos otros y cómo las instituciones suelen avanzar mucho más despacio que la innovación. Pero utilizar el pasado como guía no significa asumir que el futuro tenga necesariamente que repetirse.
Conclusión
Llevamos años intentando decidir si la inteligencia artificial será la nueva electricidad, una nueva revolución industrial, una especie de energía nuclear digital o nuestro particular Frankenstein. Puede que todas esas imágenes nos ayuden a comprender una parte de lo que está ocurriendo, pero ninguna termina de explicar lo que tenemos delante.
Y quizá exista una razón profundamente humana para esa búsqueda constante de comparaciones. Una de las cosas que peor soportamos es no tener una explicación para aquello que puede cambiar nuestra vida. Necesitamos entender, clasificar y encontrar precedentes. Cuando aparece algo desconocido, miramos hacia atrás buscando algún episodio de nuestra historia que nos permita pensar: esto ya ocurrió antes, sabemos cómo funciona y, por tanto, podemos imaginar cómo terminará.
Con la inteligencia artificial puede que ese mecanismo no funcione.
Porque detrás de las discusiones sobre productividad, empleo, regulación o seguridad aparece una pregunta mucho más incómoda. Durante toda nuestra historia hemos construido máquinas para sustituir nuestra fuerza física, hacer más rápido nuestro trabajo o realizar tareas que nosotros no podíamos hacer. Pero nunca habíamos construido una tecnología cuyo objetivo fuese precisamente mejorar algunas de las capacidades que considerábamos más exclusivamente humanas: aprender, razonar, crear, comunicarse y resolver problemas.
Tal vez por eso la IA provoca una mezcla tan extraña de fascinación y miedo. No nos inquieta únicamente lo que pueda hacer, sino lo que pueda llegar a ser capaz de hacer mejor que nosotros.
Y ahí aparece una posibilidad para la que resulta difícil encontrar una analogía histórica: que el ser humano esté creando no simplemente una herramienta mejor, sino algo que pueda convertirse en un sustituto más rápido, más inteligente y mejor preparado para una parte creciente de las tareas que definirán el futuro.
Quizá por eso seguimos buscando desesperadamente ejemplos en el pasado. Porque encontrar un precedente nos tranquilizaría. Significaría que, de alguna manera, ya hemos estado aquí antes y sabemos cómo gestionarlo para llegar a buen puerto.
El verdadero vértigo comienza cuando aceptamos que tal vez no sea así.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 7.650,50 | 6.845,5 | 7.706,03 | 0,73% | 12,57% |
| Nasdaq100 | 29.644,17 | 25.249,85 | 30.470,19 | 2,79% | 20,68% |
| Eurostoxx50 | 6.236,20 | 5,796,22 | 6.301,76 | 1,05% | 8,72% |
| Ibex35 | 19.513,80 | 17.307,80 | 19.687,90 | 0,89% | 13,75% |
| Oro | 4.424,90 | 4.341,10 | 4.315,80 | -2,47% | -0,58% |
| Brent | 99,29 | 60,85 | 98,51 | 0,79% | 61,89% |
| Natgas | 3,04 | 3,13 | 3,19 | 4,93% | 1,92% |
| SSE | 3.911,87 | 3.968,84 | 3.888,37 | -0,60% | -2,03% |
| Bitcoin | 81.169,04 | 87.517,27 | 84.490,84 | 4,09% | -3,52% |
*Cierre semanal: 17 de septiembre del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025.
*Precio Actual: 24 de septiembre del 2026 a las 10:00
El diésel se dispara y Trump busca a quién culpar
Donald Trump se acerca a las elecciones de medio término con un problema que afecta directamente al bolsillo de los estadounidenses: los futuros del diésel han alcanzado máximos históricos. Su encarecimiento presiona los costes del transporte, la agricultura y la distribución de mercancías, mientras aumenta la preocupación por el combustible de calefacción antes del invierno. En ese contexto, el presidente ha encontrado una explicación políticamente cómoda: la principal responsabilidad corresponde a la guerra entre Rusia y Ucrania, no al conflicto con Irán que inició junto a Israel a finales de febrero.
Fuente: Tradingview
Sin embargo, las cifras recogidas por Bloomberg cuestionan esa versión. Entre marzo y agosto, el suministro de diésel procedente de Oriente Próximo se redujo en unos 770.000 barriles diarios respecto al mismo periodo de 2025, frente a una caída de aproximadamente 350.000 barriles diarios de origen ruso. Es decir, la pérdida desde Oriente Próximo fue más del doble.
Eso no significa que los ataques ucranianos contra las refinerías rusas sean irrelevantes. En julio y agosto, coincidiendo con la prohibición rusa de exportar diésel, la caída de sus envíos alcanzó los 615.000 barriles diarios, prácticamente tanto como la de Oriente Próximo. Pero ese golpe llegó después de meses de guerra con Irán y de reducción de inventarios. Los problemas del suministro ruso agravaron un mercado que ya había perdido buena parte de su colchón. Detener los ataques podría aliviar los precios, pero no resolvería por sí solo la escasez.
Las encuestas ayudan a entender la presión política. El sondeo Reuters/Ipsos publicado el 14 de septiembre situaba la aprobación de Trump en el 35%, una ligera recuperación desde el 33% anterior. Para las elecciones al Congreso, los demócratas aventajaban a los republicanos por 44% frente a 37%. Otra encuesta, de CBS News/YouGov, difundida el 13 de septiembre, otorgaba a los demócratas una ventaja del 54% frente al 46%, también en intención de voto al Congreso. Aunque no garantizan el reparto final de escaños, estas cifras refuerzan la imagen de unas legislativas difíciles para los republicanos. Sería exagerado atribuir todo el desgaste al encarecimiento del combustible, pero una energía más cara complica el mensaje económico de cualquier gobierno.
Conclusión
Con las elecciones cada vez más cerca, cabe esperar que Trump insista en una estrategia habitual en política, pero especialmente marcada en su discurso: atribuirse los éxitos y buscar responsables externos cuando las cosas se tuercen. En este caso, los ataques ucranianos tienen consecuencias reales sobre el suministro, pero eso no borra el impacto de su decisión de atacar Irán junto a Israel.
Se puede intentar desviar la atención hacia otro responsable, pero los votantes seguirán encontrándose con la misma factura. Y esa es la parte del problema que ningún discurso consigue abaratar.
¿Qué quiere Estados Unidos de Groenlandia que no tuviese ya?
Donald Trump lleva tiempo insistiendo en que Groenlandia es fundamental para la seguridad de Estados Unidos. La explicación habitual apunta al creciente valor estratégico del Ártico y a la presencia de Rusia y China en la región. Pero hay una pregunta que permite mirar todo este asunto desde otra perspectiva: ¿qué necesita realmente Estados Unidos de Groenlandia que no tuviese ya?
La pregunta tiene sentido porque Washington disfruta desde hace décadas de una posición militar privilegiada en la isla. El acuerdo de defensa firmado con Dinamarca en 1951 permite la presencia estadounidense y contempla la posibilidad de ampliar sus instalaciones. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos llegó a operar numerosas bases y actualmente mantiene Pituffik, antigua Thule, fundamental para detectar posibles ataques con misiles y vigilar lo que ocurre en el espacio.
Por tanto, Estados Unidos no necesitaba poseer Groenlandia para utilizarla militarmente. Si quisiera reforzar su presencia, ya existían mecanismos para negociarlo con Dinamarca y las autoridades groenlandesas. La seguridad sigue siendo importante, pero por sí sola no parece explicar toda la presión ejercida por Trump.
La otra gran respuesta puede estar bajo el suelo. Groenlandia posee importantes recursos potenciales de litio, grafito y tierras raras, un grupo de metales necesarios para fabricar desde teléfonos y baterías hasta aerogeneradores, sistemas electrónicos y armamento avanzado. El problema para Estados Unidos es que China domina actualmente buena parte de la extracción o, sobre todo, del procesamiento de muchos de estos minerales. Washington lleva años intentando reducir esa dependencia buscando nuevos proveedores y desarrollando recursos propios o de países aliados. Y Groenlandia encaja perfectamente en esa estrategia.
Eso no significa que exista una fortuna esperando a ser recogida. Buena parte de la isla está cubierta por hielo y algunos de los proyectos mineros de los que tanto se habla todavía están lejos de producir a gran escala. Extraer minerales allí exige muchísimo dinero, nuevas infraestructuras y trabajar en unas condiciones extremas.
Pero la geopolítica no consiste solamente en controlar aquello que tiene valor hoy. También consiste en asegurarse una buena posición sobre aquello que puede ser estratégico mañana.
Y esto centra la atención sobre China. Pekín ha demostrado que no necesita controlar políticamente un territorio para aumentar su influencia. Puede invertir en minas, puertos o infraestructuras y convertirse poco a poco en un socio económico difícil de sustituir. Desde Washington, impedir que algo parecido ocurra en Groenlandia puede ser casi tan importante como aumentar su propia presencia. Además, el progresivo deshielo del Ártico puede hacer que toda la región gane importancia durante las próximas décadas. No sabemos todavía hasta qué punto cambiarán las rutas marítimas ni qué recursos terminarán siendo rentables, pero precisamente por eso Estados Unidos puede querer asegurarse hoy una posición privilegiada para el futuro.
Y aquí aparece con claridad la jugada maestra. Washington puede conseguir buena parte de sus objetivos sin convertir Groenlandia en territorio estadounidense. No necesita administrar la isla ni asumir el enorme coste político y económico que eso supondría. Le basta con mantener su libertad de actuación militar, facilitar el acceso de sus empresas a futuros recursos estratégicos y evitar que China consiga una posición relevante.
Conclusión
Quizá llevemos demasiado tiempo preguntándonos por qué Estados Unidos quiere Groenlandia cuando la pregunta realmente interesante es qué quiere conseguir allí que todavía no tuviese.
Militarmente ya disponía de una posición privilegiada. Lo verdaderamente nuevo es la creciente importancia de los minerales críticos, el futuro del Ártico y la rivalidad con China. Por eso, quizá el objetivo no sea realmente poseer Groenlandia, sino algo mucho más sencillo: asegurarse de que, si algún día la isla se convierte en un activo económico y estratégico mucho más importante, quien controle ese futuro no sea China.
La que casi seguro que te va a gustar es que, aunque te fueses de ahí sin haber aprendido nada (algo difícil viendo la lista de ponentes, y teniendo en cuenta que los VIPs tendréis preguntas y respuestas conmigo y los Platinum, tenemos cena).
Aunque no te llevases nada de valor y salieses con la libreta tan en blanco como ha llegado, al menos sí te irías con dos o tres nuevos contactos en la agenda.
Esto a lo mejor no significa nada, o a lo mejor sí y se convierte en un amigo, un conocido que te recomienda a su empresa o un posible socio.
En este tipo de eventos los contactos que haces justifican por sí solos el esfuerzo.
¿Y lo que no te gustará del evento?
La mayor pega que nos han dado es que dura el día entero, y es cierto.
Lo hacemos así para que no tengas que gastarte dinero en una noche de hotel si vienes de fuera, o si eres de Madrid que no tengas que reservarte 3 tardes enteras, que es un marrón para todos.
El evento será de un solo día. Con descansos (+ tiempo para hacer contactos) y butacas tan cómodas como las de un gran cine, sí, pero el día entero.
Si aun así te atreves a vivirlo, aquí tienes la web con las últimas entradas disponibles.
Europa vuelve a pagar el precio de su dependencia energética
Europa llega al invierno con una advertencia incómoda: depender menos del gas ruso no significa haber resuelto su problema energético. Según Bloomberg, la electricidad que las compañías están comprando para recibir en enero en Alemania cuesta más de 180 euros por megavatio hora, una unidad que mide la cantidad de energía. Es más de un 60% por encima del precio de un año antes, y detrás de ello está el cierre del estrecho de Ormuz que dificulta la llegada del suministro proveniente de Catar justo cuando Europa intenta llenar sus almacenes de cara al invierno.
Para entender cómo nos afecta conviene seguir el TTF, el precio de referencia del gas en Europa. Aunque el gas y la electricidad son productos distintos, sus precios están conectados: cuando hace falta recurrir a centrales que queman gas para cubrir el consumo eléctrico, producir esa electricidad sale más caro si sube el combustible. Y ese coste puede marcar el precio al que se compra y vende la electricidad en el mercado.
Fuente: Tradingview
Europa está mejor preparada que en 2022. Ha diversificado sus proveedores, reducido el consumo y construido más instalaciones para recibir gas natural licuado, que simplemente es gas enfriado hasta convertirlo en líquido para poder transportarlo en grandes barcos. Pero eso también significa competir con Asia y otras regiones por los mismos cargamentos. Cuando el suministro escasea, Europa puede seguir consiguiendo energía, pero tiene que pagar más por ella.
Y el problema ya no afecta solamente al gas. Tras el ataque que paralizó el gran oleoducto saudí que transporta petróleo hasta el mar Rojo, Arabia Saudí comunicó a sus clientes europeos que no recibirían suministros el próximo mes. Las refinerías comenzaron inmediatamente a buscar alternativas y el petróleo noruego Johan Sverdrup llegó a ofrecerse con una prima de hasta 35 dólares por barril sobre el precio de referencia, frente a apenas 60 centavos diez días antes. El diésel europeo ha superado además los 200 dólares por barril. Es otra cara del mismo problema: cuando una región depende de energía que llega desde fuera, cualquier interrupción obliga a competir por los suministros disponibles y pagar mucho más por conseguirlos.
Las energías solar y eólica ayudan a reducir esa dependencia, pero el invierno pone a prueba el sistema. Hay menos horas de sol y los días de mucho frío pueden coincidir con poco viento, obligando a utilizar más gas. Un invierno suave y ventoso aliviaría la situación; uno frío y con poco viento, mientras continúen los problemas de suministro, podría empeorarla considerablemente.
Esto no significa que las facturas vayan a subir inmediatamente ni en la misma proporción. Muchas compañías compran energía con meses de antelación, lo que retrasa el impacto. Pero si los precios elevados se mantienen, terminarán llegando a la economía: las empresas soportarán mayores costes, las familias tendrán menos dinero disponible para otros gastos y la industria europea tendrá todavía más dificultades para competir con países donde la energía es más barata.
Conclusión
Europa ha reducido su dependencia de Rusia, pero todavía no ha resuelto su dependencia energética. Ahora el problema aparece simultáneamente en el gas, el petróleo, el diésel y la electricidad. No basta con garantizar que haya energía: necesitamos que su precio permita a familias y empresas vivir y producir sin sobresaltos constantes.
Mientras Europa necesite importar una parte importante de la energía que consume y no disponga de suficiente capacidad para producirla, almacenarla y transportarla dentro del continente, el clima, las guerras y unas pocas rutas estratégicas por las que circula buena parte de la energía mundial seguirán teniendo demasiado poder sobre nuestras facturas y sobre nuestra capacidad para competir.
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Estados Unidos se enfrenta a una factura que no puede evitar
Hay una cifra que resume bastante bien el problema fiscal al que se enfrenta Estados Unidos: más de 8 billones de dólares de deuda pública en manos privadas vencen durante los próximos doce meses. No significa que Washington tenga que devolver todo ese dinero y quedarse sin deuda. Lo normal es hacer exactamente lo contrario: emitir nuevos bonos para pagar los que vencen. El problema es que esa renovación se va a producir a tipos de interés sensiblemente superiores a los que soportaba buena parte de esa deuda.
Fuente: Financial Times
El gráfico del Financial Times permite verlo con claridad. A comienzos de siglo, la deuda del Tesoro estadounidense en manos privadas que vencía en menos de un año estaba por debajo del billón de dólares. Hoy supera los 8 billones. Estados Unidos ha acumulado una enorme montaña de deuda y una parte cada vez mayor necesita refinanciarse continuamente.
Aquí aparece el verdadero problema. Una estimación muy utilizada actualmente sitúa el cupón medio de esos aproximadamente 8 billones en torno al 3,3%. Pero el entorno de tipos ha cambiado. La Reserva Federal acaba de subir el precio oficial del dinero al 3,75%-4% y sus propias proyecciones apuntan a otra subida antes de terminar 2026, que llevaría el rango al 4%-4,25%. Mientras tanto, el bono estadounidense a diez años ya ha alcanzado el 5%, un nivel que no se veía de forma sostenida desde antes de la crisis financiera del año 2008. Esto importa porque cuanto mayor sea la rentabilidad que exijan los inversores para prestar dinero a Estados Unidos, mayor será la factura de intereses que terminará pagando el Gobierno.
Para entender la magnitud basta con un ejemplo muy sencillo. Si esos 8 billones que actualmente cuestan aproximadamente un 3,3% tuvieran que refinanciarse al 5%, la diferencia sería de 1,7 puntos porcentuales. Aplicada a 8 billones de dólares, supone unos 136.000 millones de dólares adicionales de intereses cada año. Y eso no reduciría la deuda ni un solo dólar: sería simplemente el coste extra de sustituir deuda antigua por deuda nueva.
Por ese motivo se ha puesto en marcha la estrategia del secretario del Tesoro, Scott Bessent. El Tesoro ha ampliado considerablemente sus operaciones de recompra de bonos de largo plazo para mejorar la liquidez de ese segmento, mientras mantiene una gran flexibilidad para cubrir sus necesidades de financiación mediante Letras y emisiones de corto plazo. Para este trimestre ha previsto hasta 38.000 millones de dólares en recompras destinadas a mejorar la liquidez y otros 25.000 millones para gestión de caja. Conviene hacer una precisión: no se trata literalmente de amortizar toda la deuda larga y sustituirla por deuda corta, sino de una combinación de recompras y una estructura de financiación que permite apoyarse más en emisiones cortas.
La lógica resulta comprensible. Si emitir deuda a diez años exige pagar alrededor del 5%, concentrarse en vencimientos más cortos puede evitar fijar ese coste durante una década. Pero también tiene una contrapartida: aumenta el riesgo de refinanciación. Cuanto más corta es la deuda, antes vuelve a vencer y más veces tiene que acudir el Tesoro al mercado. Si los tipos bajan, la estrategia puede resultar favorable. Si permanecen altos o continúan subiendo, el problema simplemente se habrá aplazado.
Y todo esto sucede mientras Estados Unidos continúa generando déficits cercanos a los 2 billones de dólares anuales y la deuda federal ya ha superado los 40 billones. Es decir, Washington no solo necesita refinanciar la gigantesca deuda que vence: necesita pedir todavía más dinero para cubrir la diferencia entre lo que ingresa y lo que gasta.
La situación resulta especialmente llamativa por el contexto político. Donald Trump llegó de nuevo a la Casa Blanca prometiendo reducir el despilfarro público y contener el endeudamiento. Una de las iniciativas más mediáticas de los primeros meses fue precisamente encargar a Elon Musk la búsqueda de gastos innecesarios a través de DOGE. Musk llegó a hablar de recortar hasta un billón de dólares anual de gasto federal. Sin embargo, la deuda estadounidense ha seguido aumentando y ha atravesado ya la barrera de los 40 billones de dólares.
A pocas semanas de las elecciones de medio término, esta cuestión se mezcla inevitablemente con el debate sobre la gestión económica de la Administración Trump. Pero más allá de la batalla política, hay una realidad matemática que ningún Gobierno puede esquivar: la deuda acumulada durante años empieza a refinanciarse a un precio mucho más elevado.
Conclusión
Durante mucho tiempo Estados Unidos pudo permitirse aumentar su deuda porque financiarla era extraordinariamente barato. El problema aparece cuando una montaña de deuda construida bajo un régimen de tipos bajos comienza a vencer en un mundo donde el dinero vuelve a costar un 4% o un 5%.
Y ahí está probablemente la cifra que merece la pena recordar: más de 8 billones de dólares deberán refinanciarse en apenas doce meses. Cada punto porcentual adicional de coste sobre esa cantidad equivale potencialmente a unos 80.000 millones de dólares más de intereses al año.
Eso ayuda también a entender por qué el 5% del bono a diez años es mucho más que una referencia para inversores. Si esas rentabilidades se consolidan, comienza un círculo vicioso del que es difícil escapar: más deuda genera más intereses, más intereses agrandan el déficit y un déficit mayor obliga a emitir todavía más deuda.
El gran problema de Estados Unidos quizá ya no sea cuánto debe, sino a qué precio tendrá que refinanciar todo lo que debe.
Durante años, el inversor inmobiliario miraba tres cosas: ubicación, precio y rentabilidad esperada. Hoy ese mapa se ha quedado corto.
El coste de la financiación, la regulación, la fiscalidad, la escasez de oferta, los nuevos modelos residenciales y, cada vez más, el uso de datos y tecnología están cambiando la forma de analizar una inversión inmobiliaria.
La cuestión ya no es simplemente dónde comprar, sino entender qué tipo de activo puede seguir teniendo demanda, qué riesgos asumimos y cómo se moverá el capital en los próximos años.
Ese es precisamente el terreno en el que trabaja PropHero, que utiliza tecnología y análisis de datos a gran escala para identificar y gestionar oportunidades de inversión inmobiliaria. Y también es el punto de partida del Valencia Real Estate Summit 2026, un eque la compañía celebrará el próximo 3 de octubre en el Palau de les Arts de Valencia.
El evento reunirá a más de 1.000 asistentes y 15 ponentes para abordar el inmobiliario desde una perspectiva bastante más amplia que la tradicional: inversión, economía, financiación, fiscalidad, regulación, tecnología y gestión patrimonial.
Entre los participantes estarán Juan Ramón Rallo, Toni Nadal, Albert Rivera, Jaime Gil y Pablo Gil Brusola, junto a profesionales del sector inmobiliario, jurídico y empresarial. Yo también participaré y estaré en Valencia como ponente, así que será una buena oportunidad para seguir hablando de algo que me parece cada vez más importante: cómo tomar decisiones de inversión cuando varias de las reglas del mercado están cambiando al mismo tiempo.
Me interesa especialmente el enfoque del encuentro porque no plantea el inmobiliario como un activo aislado. Lo conecta con el contexto económico, el coste del dinero, los cambios demográficos y la tecnología.
Y ahí creo que está una de las preguntas más interesantes para cualquier inversor en este momento, ¿estamos comprando los activos que funcionaron durante los últimos veinte años o los que necesitará el mercado durante los próximos veinte?
PropHero lleva tiempo trabajando precisamente sobre esa idea: sustituir parte de la intuición tradicional por decisiones apoyadas en datos, analizando variables como precios, alquileres, demanda, evolución de las zonas o infraestructuras antes de seleccionar una oportunidad.
El Valencia Real Estate Summit 2026 permitirá ampliar esa conversación con distintas perspectivas y, además de las ponencias, contará con espacios de networking y acceso posterior a las sesiones grabadas y materiales de los participantes.
Si te interesa el inmobiliario no solo como vivienda, sino como activo de inversión y construcción de patrimonio nos vemos el próximo 3 de octubre en Valencia y el 17 en Invertir en el Mañana en Kinépolis Madrid.
Esta semana quiero compartir con vosotros algo especialmente importante para mí.
El Plan de Educación Financiera, promovido por la CNMV, el Banco de España y el Ministerio de Economía, me ha concedido el Premio Finanzas para Todos 2026 a la Mejor Iniciativa de Educación Financiera por el proyecto Educación Financiera para la Vida Real.
No puedo estar más contento.
En esta edición también ha sido premiado el Observatorio de los Sistemas Europeos de Previsión Social Complementaria de la Universitat de Barcelona, en la categoría de Colaboradores en el Desarrollo del Plan de Educación Financiera, por la creación de un índice que permite medir el conocimiento financiero de las personas, su capacidad para aplicarlo y sus comportamientos financieros. Mi enhorabuena a todo su equipo por este reconocimiento.
Llevo casi cuatro décadas dedicado a los mercados financieros. He pasado buena parte de mi vida profesional analizando qué ocurre en la economía, gestionando riesgo, estudiando mercados y tratando de entender algo que nunca es sencillo: qué hacer con nuestro dinero cuando el mundo cambia constantemente.
Pero desde hace años hay otra parte de mi trabajo que se convertido en mi auténtico propósito: intentar transmitir todo ese conocimiento y experiencia de una forma útil para los demás.
De ahí nacieron los primeros videos y los seminarios, las conferencias, los cursos, esta newsletter y también mi libro. Todo responde, en el fondo, a una misma idea: que la educación financiera no debería consistir en aprender términos complicados, sino en saber tomar mejores decisiones con el dinero en la vida real.
Cómo organizar tus finanzas. Cómo ahorrar. Cómo protegerte frente a la inflación. Cómo entender el riesgo antes de invertir. Cómo construir patrimonio. Y, sobre todo, cómo evitar que una mala decisión financiera condicione años de tu vida.
Por eso aprecio especialmente que el jurado haya reconocido precisamente ese enfoque práctico.
Hoy esta iniciativa ha llegado a más de 250.000 alumnos, hemos impartido más de 9.000 seminarios y detrás de todo este proyecto hay ya una comunidad de más de 400.000 personas.
Son cifras que impresionan cuando las ves juntas, pero detrás de cada una hay alguien que decidió dedicar parte de su tiempo a aprender a gestionar mejor su dinero. Alguien a quien le cambió la vida. Y eso es lo verdaderamente importante.
El próximo 5 de octubre recogeré el premio en el Palacio de la Bolsa de Madrid, durante el acto central del Día de la Educación Financiera.
Pero quería compartirlo antes con vosotros porque una parte importante de este reconocimiento también pertenece a quienes lleváis años leyendo, viendo, escuchando, preguntando y aprendiendo conmigo.
Gracias por estar ahí y por seguir confiando en este proyecto.
Seguimos. Porque todavía queda muchísimo por hacer.
Buena semana.

Cuando empiezas a plantearte qué hacer con tus ahorros a largo plazo es habitual que aparezca un debate, el de apostar por un fondo de inversión o un plan de pensiones. Hablamos de dos productos con reglas muy distintas en cuanto a tributación, recuperación del dinero y a cuánto puede costarte mantener la inversión con el paso de los años.
Dicho esto, también tienen similitudes. Ambos invierten el capital de los partícipes en activos financieros, permiten movilizar el dinero en determinados casos o traspasar la inversión sin tributar de forma inmediata.
En este artículo vamos a ver cuáles son sus principales diferencias y cómo debes comparar estos productos para descubrir cuál se ajusta más a lo que buscas.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
Te regalo mi visión personalsobre el mercado, análisis,opinión y noticias
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