The trader nº 171
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº171. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
Cuando hablamos de la carrera por la inteligencia artificial entre Estados Unidos y China, casi toda la atención se concentra en los mismos nombres: Nvidia, OpenAI, Google, Huawei o DeepSeek. Hablamos de quién tiene los mejores chips, quién desarrolla el modelo más potente o quién consigue entrenarlo con mayor rapidez.
Pero China parece estar planteando la batalla desde un ángulo bastante diferente. Pekín acaba de integrar dentro de su nuevo Plan Quinquenal uno de los mayores programas de infraestructuras de su historia. Se llama “Six Networks” y contempla inversiones superiores a 26 billones de yuanes, unos 3,8 billones de dólares, hasta 2030. El objetivo no es simplemente construir más centros de datos. China quiere crear toda la infraestructura física necesaria para que la inteligencia artificial pueda extenderse por el conjunto de su economía.
El plan conecta seis grandes redes: electricidad, agua, telecomunicaciones, capacidad de computación, logística e infraestructuras urbanas subterráneas. Por primera vez, China pretende desarrollarlas como partes de un mismo sistema en lugar de tratarlas como proyectos independientes.
Y aquí está, en mi opinión, lo realmente interesante. China parece haber entendido que la carrera de la IA no se decidirá exclusivamente por quién tenga el mejor modelo o el semiconductor más avanzado. La inteligencia artificial necesita enormes cantidades de electricidad, centros de datos, agua para refrigerarlos, fibra óptica, redes de telecomunicaciones y una logística capaz de conectar todo el sistema.
Por eso Pekín quiere construir centros de supercomputación, grandes centros de datos y hubs específicos para IA conectados mediante redes de altísima velocidad. La idea es especialmente ambiciosa: crear una especie de “red eléctrica de capacidad computacional”, capaz de enviar las cargas de trabajo hacia aquellos centros de datos que tengan capacidad disponible en cada momento.
Es decir, convertir la potencia de cálculo en un recurso nacional que pueda distribuirse allí donde sea necesario.
La electricidad será otra pieza fundamental. China pretende ampliar sus líneas de transmisión de larga distancia, aumentar enormemente el almacenamiento energético e integrar la producción renovable con los centros de datos. Incluso plantea utilizar inteligencia artificial para gestionar la propia red eléctrica en tiempo real.
No es un detalle menor. El consumo eléctrico de los centros de datos chinos ya equivale aproximadamente al doble de la producción anual de la presa de las Tres Gargantas, la mayor central hidroeléctrica del mundo por capacidad instalada. La carrera de la IA también es, cada vez más, una carrera por disponer de energía abundante y barata.
Aquí aparece una diferencia interesante frente a Estados Unidos. El modelo estadounidense está siendo impulsado principalmente por sus gigantes tecnológicos. Meta, Google, Amazon y otras grandes compañías planean invertir cientos de miles de millones de dólares en centros de datos y capacidad computacional, mientras OpenAI ha llegado a hablar de inversiones de varios billones de dólares en infraestructuras durante los próximos años.
China está adoptando un enfoque mucho más centralizado. No quiere simplemente que varias empresas construyan centros de datos. Quiere diseñar una infraestructura nacional coordinada sobre la que después pueda desplegarse la IA en fábricas, vehículos autónomos, robots, logística y ciudades.
Estados Unidos parte con una enorme ventaja en semiconductores avanzados, software y modelos de inteligencia artificial. China intenta compensarla utilizando algunas de sus mayores fortalezas: planificación a largo plazo, capacidad industrial, infraestructura energética y una extraordinaria velocidad para ejecutar grandes proyectos.
Pero el plan también tiene puntos débiles. China atraviesa una desaceleración económica, su crisis inmobiliaria ha reducido drásticamente los ingresos de los gobiernos locales y Pekín intenta al mismo tiempo contener el enorme endeudamiento acumulado durante años. Además, las restricciones estadounidenses continúan limitando su acceso a los semiconductores más avanzados. Puedes construir una enorme red de centros de datos, pero su productividad dependerá en buena medida de los chips que puedas instalar dentro de ellos.
Conclusión
Estamos entrando en una segunda fase de la carrera por la inteligencia artificial. La primera estuvo dominada por los chips y los modelos. La siguiente estará cada vez más condicionada por la infraestructura necesaria para hacer funcionar todo ese ecosistema: electricidad, redes, centros de datos, agua, almacenamiento energético y capacidad computacional.
Y hay algo que no deberíamos perder de vista: China ya ha utilizado antes una estrategia muy parecida y los resultados están ahí. Durante años identificó determinadas tecnologías como estratégicas, movilizó financiación, infraestructuras, ayudas públicas y capacidad industrial y creó enormes mercados domésticos para acelerar su desarrollo. El resultado es que hoy China domina buena parte de la cadena mundial de baterías, vehículos eléctricos, paneles solares y tecnologías vinculadas a las energías renovables.
Ahora intenta aplicar esa misma lógica a la inteligencia artificial. Estados Unidos conserva una ventaja importante en semiconductores avanzados, software y modelos, pero China parece haber asumido que quizá no necesite liderar cada una de esas piezas individualmente para convertirse en una potencia dominante en IA. Su apuesta consiste en construir el ecosistema que permita desplegarla más rápido, más barato y a mayor escala que sus competidores.
Por eso, la verdadera carrera puede terminar decidiéndose no solo por quién desarrolla la inteligencia artificial más avanzada, sino por quién consigue integrarla antes en sus fábricas, robots, vehículos, redes eléctricas y, en definitiva, en el conjunto de su economía. Y en ese tipo de carrera, China ya ha demostrado que sabe competir.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 7.711,76 | 6.845,5 | 7.666,60 | -0,59% | 11,99% |
| Nasdaq100 | 29.433,43 | 25.249,85 | 29.143,33 | -0,99% | 15,42% |
| Eurostoxx50 | 6.485,67 | 5,796,22 | 6.356,99 | -1,98% | 9,67% |
| Ibex35 | 20.041,90 | 17.307,80 | 19.840,10 | -1,01% | 14,63% |
| Oro | 4.529,90 | 4.341,10 | 4.472,20 | -1,27% | 3,02% |
| Brent | 86,12 | 60,85 | 91,28 | 5,99% | 50,01% |
| Natgas | 2,89 | 3,13 | 2,98 | 3,11% | -4,79% |
| SSE | 3.952,18 | 3.968,84 | 3.942,09 | -0,26% | -0,67% |
| Bitcoin | 77.658,23 | 87.517,27 | 77.606,92 | -0,07% | -11,38% |
*Cierre semanal: 27 de agosto del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025.
*Precio Actual: 3 de septiembre del 2026 a las 10:00
Jackson Hole cambia el guión: ¿vuelven las subidas de tipos?
Durante meses, una parte importante del mercado había construido sus expectativas sobre una idea bastante cómoda: la inflación seguiría moderándose y el siguiente movimiento relevante de la Reserva Federal sería, tarde o temprano, bajar los tipos.
Kevin Warsh acaba de poner esa narrativa en duda.
Su mensaje en Jackson Hole fue claramente más restrictivo de lo esperado. La inflación PCE todavía avanza un 3,7% interanual y, lo que quizá sea más preocupante, el 54% de los bienes y servicios que componen el índice siguen registrando aumentos superiores al 3%. La inflación no solo continúa demasiado alta: sigue estando muy extendida.
Warsh no anunció una subida de tipos, pero dejó claro que la Fed está dispuesta a actuar si la inflación no converge con suficiente claridad hacia el 2%. Y el mercado reaccionó inmediatamente.
Antes de su intervención, los futuros asignaban aproximadamente un 35% de probabilidad a una subida de 25 puntos básicos en septiembre. Después del discurso, esa probabilidad saltó hasta alrededor del 57%. Y la posibilidad de que los tipos alcancen el 4%-4,25% en diciembre ronda ya el 40%, lo que implicaría dos subidas desde los niveles actuales.
La reacción de los activos fue coherente con este cambio de expectativas: la rentabilidad del Treasury a dos años subió casi 12 puntos básicos, el dólar se fortaleció, mientras el oro cayó más de un 3%, Bitcoin sufrió presión y el Nasdaq terminó a la baja.
Pero quizá lo más importante no sea si finalmente la Fed sube los tipos en septiembre. Lo verdaderamente relevante es que el mercado había eliminado prácticamente las subidas de tipos de su mapa de escenarios y ahora tiene que volver a incorporarlas.
Esto importa especialmente para los activos cuyas valoraciones dependen de tipos bajos y beneficios muy alejados en el tiempo. Y ahí aparece inevitablemente la tecnología y, en particular, muchas compañías vinculadas a la inteligencia artificial. Si aumenta la tasa utilizada para descontar esos beneficios futuros, el precio que estamos dispuestos a pagar hoy por ellos disminuye.
Conclusión
Jackson Hole no garantiza nuevas subidas de tipos. Los próximos datos de empleo e inflación pueden volver a cambiar completamente las probabilidades.
Pero Warsh sí ha destruido una complacencia peligrosa: el siguiente movimiento de la Fed ya no tiene por qué ser mantener o bajar tipos.
También puede ser subirlos. Y cuando cambia el abanico de escenarios posibles, también debería cambiar nuestra forma de valorar el riesgo.
No se trata de venderlo todo ni de intentar adivinar qué hará la Fed en septiembre. Se trata de preguntarnos cuánto de nuestra cartera depende de que el dinero vuelva a ser barato y cuánto margen de seguridad tenemos si, finalmente, eso tarda bastante más de lo que el mercado esperaba.
¿Realmente ha subido tanto la bolsa?
El S&P 500 está cerca de máximos históricos y, medido en dólares, su comportamiento durante las últimas décadas ha sido extraordinario. Pero hay otra forma de mirar exactamente el mismo mercado: medirlo en oro en lugar de hacerlo en dólares.
Fuente: @dotkrueger
En el año 2000 hacían falta 4,84 onzas de oro para comprar el equivalente al nivel del S&P 500. Hoy hacen falta aproximadamente 1,7 onzas.
Dicho de otra forma, pese a toda la subida nominal de la bolsa estadounidense, el S&P 500 vale hoy alrededor de un 65% menos en términos de oro que en el año 2000.
Y esto nos recuerda algo que muchas veces olvidamos: una cosa es que un activo suba de precio y otra muy distinta que aumente su valor frente a otros activos reales.
Durante décadas nos hemos acostumbrado a medirlo todo en dólares o euros. Pero esas monedas también pierden poder adquisitivo. Y cuando cambiamos la unidad de medida, la fotografía puede ser radicalmente distinta.
Ahora bien, hay un matiz muy importante. Este gráfico utiliza el S&P 500 sin dividendos. Y en un periodo de más de 25 años, reinvertirlos tiene un efecto acumulativo enorme. Si incorporásemos esos dividendos, la rentabilidad del inversor sería muy superior y esa pérdida del 65% frente al oro se reduciría drásticamente, hasta el punto de que el S&P 500 con dividendos reinvertidos estaría aproximadamente en niveles similares o incluso por encima de los que tenía frente al oro en el año 2000, dependiendo de las fechas exactas utilizadas.
Por tanto, el gráfico no demuestra que el oro haya sido mejor inversión que la bolsa. Lo que muestra es algo diferente y, para mí, mucho más interesante…
Conclusión
Cuando hablamos de preservar patrimonio durante décadas, no basta con preguntarnos cuánto ha subido nuestra cartera en euros o dólares. También debemos preguntarnos qué podemos comprar realmente con ese dinero.
Porque cuando la unidad con la que medimos nuestra riqueza pierde valor tan rápidamente, podemos sentirnos mucho más ricos nominalmente sin serlo tanto en términos reales.
La banca que conocemos está a punto de cambiar para siempre
Durante años hemos hablado de la inteligencia artificial como una herramienta capaz de mejorar la productividad de las empresas. Pero en algunos sectores su impacto puede ir mucho más allá. Y probablemente uno de los mejores ejemplos sea la banca.
No porque los bancos hayan descubierto ahora la inteligencia artificial. Llevan décadas utilizando algoritmos para evaluar riesgos, conceder créditos, detectar fraude, segmentar clientes o automatizar procesos. La diferencia es que hasta ahora la tecnología ayudaba al banco a hacer mejor determinadas tareas. Lo que viene ahora puede transformar directamente cómo funciona un banco, cuántas personas necesita, cómo se relaciona con sus clientes y dónde obtiene sus beneficios.
Y los movimientos que estamos viendo en España indican que las propias entidades ya lo han entendido.
BBVA acaba de crear un área global denominada “AI Transformation”. Banco Sabadell ha creado una división específica de Transformación Corporativa e Inteligencia Artificial. CaixaBank ha puesto en marcha una oficina de IA. Bankinter tiene un programa dirigido personalmente por su consejera delegada. Santander ha reforzado su estructura incorporando especialistas y se ha fijado como objetivo generar más de 1.000 millones de euros de valor entre 2026 y 2028 gracias a la IA.
Esto ya no consiste en instalar un chatbot. La verdadera revolución llegará cuando los bancos empiecen a desplegar miles de agentes de inteligencia artificial capaces de realizar tareas que hoy requieren intervención humana.
Santander asegura que 17.000 empleados ya utilizan IA para desarrollar software y que aproximadamente el 40% del código producido en el banco cuenta con ayuda de inteligencia artificial. Bankinter tiene alrededor de 5.000 agentes desplegados entre sus empleados y 150 modelos de IA funcionando en distintas áreas.
Y esto es solamente el principio. Pensemos en cómo puede funcionar un banco dentro de unos años.
Un agente de IA podrá analizar permanentemente nuestras cuentas, ingresos, gastos, inversiones, hipoteca, seguros y situación fiscal. Podrá anticipar problemas de liquidez antes de que aparezcan, proponernos refinanciar una deuda, detectar que estamos pagando demasiado por un seguro o sugerir dónde colocar nuestro ahorro.
En lugar de entrar en la aplicación del banco buscando entre decenas de menús, es probable que simplemente hablaremos con ella: “Quiero comprar una casa de 400.000 euros dentro de tres años. ¿Qué tengo que hacer?”
Y el banco podrá construir inmediatamente un plan financiero personalizado utilizando toda nuestra información.
Ese salto es enorme porque transforma la relación tradicional entre banco y cliente. Pasamos de un modelo en el que el cliente busca productos financieros a otro en el que el banco anticipa sus necesidades.
Pero hay otra revolución todavía más importante y menos visible: la que ocurrirá dentro de las propias entidades. La banca es uno de los negocios más intensivos en información que existen. Miles de empleados analizan documentos, revisan contratos, programan software, elaboran informes, evalúan riesgos, gestionan reclamaciones, realizan controles regulatorios o atienden consultas. Precisamente las tareas donde la inteligencia artificial está avanzando más rápido.
Por eso creo que el debate sobre si la IA provocará reducción de plantillas en la banca está mal planteado. Probablemente la cuestión no sea si ocurrirá, sino a qué velocidad.
Desde la crisis financiera de 2008, la banca española ya ha vivido una transformación gigantesca mediante fusiones, digitalización y cierre de oficinas. La inteligencia artificial puede abrir una segunda fase de ese proceso. Pero esta vez no afectará principalmente a las sucursales. Puede afectar especialmente al enorme entramado de puestos administrativos, tecnológicos y de análisis que existe detrás de ellas.
Eso no significa que desaparezca el empleado bancario. Significa que probablemente cambiará profundamente su función. Muchas tareas rutinarias serán realizadas por máquinas y el trabajo humano se concentrará cada vez más en supervisión, relaciones comerciales, decisiones complejas y actividades donde la confianza personal siga teniendo valor.
Y aquí aparece una consecuencia económica muy interesante. Si un banco consigue atender a más clientes, vender más productos, analizar mejor el riesgo y reducir significativamente sus costes operativos, la inteligencia artificial puede convertirse en una poderosa palanca para elevar su rentabilidad sobre recursos propios.
En un sector donde pequeñas diferencias en eficiencia terminan generando enormes diferencias de beneficios, disponer de mejores sistemas de IA puede convertirse en una ventaja competitiva extraordinaria.
Pero también existe la otra cara de la moneda. Cuanto más dependa un banco de la inteligencia artificial, mayor será el riesgo asociado a ella: errores en modelos, sesgos algorítmicos, privacidad de los datos, decisiones difíciles de explicar y, sobre todo, ciberseguridad.
La aparición de modelos capaces de encontrar vulnerabilidades informáticas en cuestión de minutos ha encendido las alarmas entre los supervisores europeos. El BCE ya está exigiendo a las entidades reforzar sus planes de contingencia. Porque la misma inteligencia artificial que permite construir defensas más sofisticadas también puede proporcionar herramientas mucho más poderosas a quienes intentan atravesarlas.
Y eso convierte esta transformación en una carrera doble: los bancos tienen que adoptar la IA rápidamente para no quedarse atrás, pero no pueden hacerlo tan rápido como para perder el control sobre ella.
Conclusión
Durante años hemos pensado que la gran transformación tecnológica de la banca era pasar de la oficina física al teléfono móvil.
Creo que aquello fue solamente la primera parte. La verdadera metamorfosis comienza ahora. El banco del futuro probablemente tendrá menos procesos manuales, estructuras mucho más ligeras y miles de agentes de inteligencia artificial trabajando permanentemente detrás de cada empleado y de cada cliente. Y esto puede terminar creando una brecha enorme entre entidades.
Los bancos capaces de utilizar la IA para reducir costes, aumentar ingresos, mejorar la gestión del riesgo y ofrecer servicios realmente personalizados podrán alcanzar niveles de eficiencia difíciles de imaginar hoy. Los que simplemente añadan inteligencia artificial a estructuras diseñadas para el siglo XX probablemente tendrán un problema.
Por eso, desde el punto de vista del inversor, quizá dentro de unos años ya no sea suficiente comparar bancos mirando únicamente su margen de intereses, morosidad, capital o ROE. Habrá que empezar a hacerse otra pregunta:
¿qué bancos están utilizando realmente la inteligencia artificial para reinventar su negocio y cuáles simplemente están intentando no quedarse atrás?
Porque si esta revolución alcanza todo su potencial, la IA no será una herramienta más dentro de los bancos. Será parte del propio banco.
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La carrera por el dinero digital ya ha comenzado… y el dólar parte con ventaja
Las criptomonedas nacieron, en buena medida, como una rebelión contra los bancos centrales. Bitcoin proponía un dinero que no dependiese de gobiernos ni autoridades monetarias. Casi dos décadas después, la paradoja es enorme: son precisamente los bancos centrales los que están acelerando para crear sus propias monedas digitales.
Las CBDC —Central Bank Digital Currencies— son versiones digitales de las monedas oficiales emitidas por los bancos centrales. China desarrolla el e-CNY, Europa avanza hacia el euro digital y más de 90 bancos centrales estudian proyectos similares. Bahamas, Jamaica y Nigeria ya tienen CBDC plenamente operativas.
Pero detrás de esta carrera hay algo bastante más importante que modernizar los medios de pago. Está en juego quién controlará el dinero en la economía digital.
La gran amenaza para muchos bancos centrales no es Bitcoin, sino las “stablecoins”. Monedas digitales privadas cuyo valor está vinculado a una moneda tradicional y que permiten mover dinero prácticamente de forma instantánea. Y aquí aparece el verdadero problema: el 98% del mercado de “stablecoins” está denominado en dólares.
Estados Unidos, además, está siguiendo una estrategia radicalmente diferente a la europea o china. La Reserva Federal no está desarrollando una CBDC. Washington ha optado por regular y legitimar las “stablecoins” privadas denominadas en dólares, cuyos emisores mantienen buena parte de sus reservas en deuda pública estadounidense.
El resultado puede ser extraordinariamente favorable para Estados Unidos. Una persona en Argentina, Turquía, Nigeria o cualquier otra parte del mundo puede acceder desde un teléfono móvil a una representación digital del dólar sin necesidad de tener una cuenta bancaria estadounidense.
Si las “stablecoins” terminan extendiéndose desde el ecosistema cripto hacia los pagos, el ahorro y las transacciones internacionales, la digitalización del dinero podría reforzar la dolarización mundial en lugar de debilitarla.
Cuando ciudadanos y empresas prefieren ahorrar y realizar transacciones en una moneda extranjera, el banco central local pierde parte de su capacidad para controlar las condiciones monetarias de su economía. Las CBDC aparecen entonces como un intento defensivo de proteger la llamada soberanía monetaria. De hecho, más de tres cuartas partes de los bancos centrales que trabajan en monedas digitales reconocen que preservar el papel de su propia moneda es una de sus motivaciones.
El problema es que digitalizar una moneda no consigue que la gente quiera utilizarla.
Los experimentos realizados hasta ahora son bastante reveladores. Bahamas, Jamaica y Nigeria llevan años utilizando CBDC y su adopción continúa limitada a apenas unos pocos puntos porcentuales de la población. Jamaica llegó incluso a pagar unos 16 dólares a los primeros 100.000 ciudadanos que abrieran una cartera digital. Ni siquiera así se ha producido la revolución prometida.
China representa un modelo diferente. Su e-CNY comienza a ganar terreno especialmente en operaciones mayoristas y transacciones entre instituciones financieras. Pero Pekín acompaña el desarrollo de su moneda digital con fuertes controles de capital y severas restricciones sobre otras criptomonedas.
Y después está Europa. La UE quiere tener su euro digital operativo previsiblemente a partir de 2029. El argumento no es únicamente monetario.
Europa depende enormemente de infraestructuras estadounidenses: Visa y MasterCard procesan aproximadamente dos tercios de las transacciones de la eurozona. Las crecientes tensiones geopolíticas con Estados Unidos han convertido esa dependencia en una cuestión estratégica.
Pero Europa puede estar confundiendo el problema con la solución.
El dólar domina el sistema financiero mundial no porque tenga una tecnología de pagos superior, sino porque detrás existe el mercado financiero más profundo y líquido del planeta. El mercado de Treasuries ronda los 30 billones de dólares y permite que gobiernos, bancos, empresas e inversores puedan colocar enormes cantidades de capital con una liquidez difícil de encontrar en cualquier otro lugar.
Europa tiene una economía de unos 18 billones de dólares y aproximadamente 12 billones de euros en deuda pública, pero repartidos entre numerosos mercados nacionales. Alemania, Francia, Italia o España emiten su propia deuda. Esa fragmentación impide que exista un verdadero equivalente europeo al Treasury estadounidense.
Conclusión
La carrera por las CBDC suele presentarse como una competición tecnológica, pero en realidad es mucho más: es una batalla por la soberanía monetaria, por la hegemonía financiera y, potencialmente, por el grado de control que los Estados pueden ejercer sobre el dinero.
Estados Unidos parte con una enorme ventaja porque está dejando que el sector privado haga buena parte del trabajo. Las stablecoins pueden extender el uso internacional del dólar y, al mismo tiempo, generar demanda adicional de deuda pública estadounidense. China responde con el e-CNY y controles de capital, mientras Europa intenta hacerlo con el euro digital.
Pero hay otro aspecto que no deberíamos perder de vista. Una CBDC minorista puede cambiar profundamente la relación entre el ciudadano, el dinero y el Estado. A diferencia del efectivo, que permite realizar transacciones prácticamente anónimas, un sistema monetario completamente digital puede proporcionar una trazabilidad mucho mayor de nuestros movimientos. Y, dependiendo de cómo se diseñe, podría abrir la puerta no solo a conocer con enorme precisión cómo, cuándo y dónde gastamos, sino también a introducir límites, restricciones o condiciones sobre determinados usos del dinero.
Eso no significa que el euro digital vaya necesariamente a utilizarse de esa manera. El BCE insiste precisamente en incorporar garantías de privacidad. Pero la infraestructura tecnológica aumenta potencialmente la capacidad de supervisión y control del sistema monetario. Por eso el debate sobre las CBDC no es únicamente económico o tecnológico. También afecta a la privacidad, la libertad económica y a cuánta capacidad de supervisión estamos dispuestos a otorgar a las instituciones públicas sobre nuestro dinero.
Y hay una última cuestión que Europa no debería olvidar: una moneda no se convierte en dominante porque sea digital. Se convierte en dominante porque el mundo quiere ahorrar, invertir y comerciar utilizando esa moneda. Por eso creo que Europa está poniendo demasiado énfasis en construir el euro digital y demasiado poco en crear un verdadero mercado de capitales integrado y un gran mercado común de deuda capaz de competir con los Treasuries estadounidenses.
La revolución del dinero digital no solo decidirá qué moneda utilizaremos. También puede decidir quién controla esa moneda, qué puede saber sobre nosotros y hasta dónde puede llegar ese control.
Y ahí es donde la carrera por las CBDC deja de ser simplemente una cuestión financiera para convertirse en algo mucho más importante.
Poco a poco se acerca el 17 de octubre y las plazas para Invertir en el mañana se van llenando.
De todas las modalidades, la entrada VIP está siendo la más solicitada y quería avisarte porque ya quedan menos de 40.
Y son precisamente estas entradas las que te permiten vivir una parte del evento que puede ser especialmente interesante: tener tiempo para hablar, preguntar y compartir ideas más allá de lo que ocurra sobre el escenario.
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Poder acercarte a uno de los ponentes, hacerle una pregunta, continuar una conversación que ha empezado durante una charla o simplemente sentarte a hablar con otros inversores sobre lo que están viendo, cómo están tomando decisiones o qué les preocupa ahora mismo.
Y creo que ahí hay una parte del valor que es difícil de reproducir fuera de un día como este: las conversaciones que surgen cuando coinciden tantas personas interesantes en el mismo sitio y con tiempo para hablar de verdad.
Por eso quería avisarte antes de que se agoten las entradas que dan acceso a esta parte del evento.
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Un año más, Rankia ha seleccionado a los profesionales que acercamos la educación financiera a la sociedad. Es una gran satisfacción estar nominado este año en tres categorías diferentes.
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Gracias por la confianza de siempre y por estar al otro lado.
Los depósitos a plazo fijo vuelven a estar entre las opciones a tener en cuenta para sacar algo de rentabilidad a los ahorros. Después de años con tipos prácticamente irrelevantes, la subida del Banco Central Europeo en junio de 2026 ha vuelto a mover el mercado y ya encontramos entidades que superan el 3% TAE sin exigir nómina ni otros productos.
Eso sí, no te quedes únicamente con la TAE. Un depósito al 4% durante un mes y limitado a 5.000€ puede darte menos dinero que otro con una rentabilidad inferior pero un plazo y un saldo máximo mucho mayores. También tienes que mirar si podrás recuperar el capital antes del vencimiento, qué vinculaciones exige el banco y cuánto dinero queda protegido por el Fondo de Garantía de Depósitos.
En este artículo te propongo conocer a fondo estos productos, ver cuáles son los mejores depósitos a plazo fijo disponibles en agosto de 2026 en España y en qué casos elegiría unos antes que otros.
En ocasiones heredar algo muy bueno, tiene unos retos enormes. John Ternus ha tomado esta semana las riendas de Apple, una empresa radicalmente distinta a la que recibió Tim Cook de Steve Jobs en 2011. Apple vale hoy cerca de 5 billones de dólares, cuenta con más de 2.500 millones de dispositivos activos y se ha convertido en una de las mayores máquinas de generación de caja del mundo.
Si debemos destacar algo de los últimos años, podemos decir que el gran mérito de Cook ha sido conseguir que Apple siguiera creciendo incluso después de que el smartphone se convirtiera en un mercado maduro. Durante su mandato, las ventas anuales de iPhone prácticamente se duplicaron y su precio medio pasó de unos 630 a cerca de 970 dólares. Pero su jugada más importante fue transformar la enorme base de usuarios de Apple en un negocio recurrente: App Store, iCloud, Apple Music, pagos y otros servicios presentan márgenes superiores al 75%.
El resultado para el accionista ha sido extraordinario. Desde que Cook asumió el cargo, las acciones de Apple se han revalorizado más de un 2.000%, mientras la compañía destinaba cientos de miles de millones de dólares a recomprar sus propias acciones.
Unas cifras fantásticas pero que para el nuevo líder suponen también un problema: ¿cómo se hace crecer una empresa que ya vale casi 5 billones?
Apple cotiza por encima de 30 veces los beneficios esperados, una valoración que obliga a mantener durante años unos resultados excepcionales. Y, al mismo tiempo, afronta dos grandes desafíos: la presión regulatoria sobre su lucrativo negocio de servicios y una revolución de la inteligencia artificial en la que, hasta ahora, no ha llevado la iniciativa.
Ahí estará probablemente la gran prueba de la nueva etapa de Ternus. Jobs creó nuevas categorías de producto. Cook convirtió esas innovaciones en un gigantesco ecosistema empresarial. Ahora Ternus tendrá que encontrar el próximo motor de crecimiento de Apple.
Y para un inversor, el caso Apple deja una reflexión importante: una compañía extraordinaria no siempre implica automáticamente una inversión extraordinaria. Cuanto mayor es el precio que pagamos por esa calidad, mayores son también las expectativas incorporadas en la cotización.
Apple ya ha demostrado que sabe ganar cantidades extraordinarias de dinero. La pregunta ahora es si puede seguir creciendo lo suficiente para justificar lo que el mercado está dispuesto a pagar por ella.
Durante décadas, Occidente creyó que podía quedarse con la parte más valiosa de la economía —diseñar, investigar, financiar— y trasladar a China la menos sofisticada: fabricar. Pero en el libro que te comparto esta semana su autor Dan Wang plantea en A toda máquina que quizá ese fue un enorme error que ahora estamos pagando en nuestras economías.
Y es que, según el autor, cuando dejas de fabricar algo, con el tiempo también empiezas a olvidar cómo mejorarlo. Las fábricas no son simples lugares donde se ejecutan las ideas de otros. En ellas se acumulan conocimientos, proveedores, trabajadores especializados y pequeñas innovaciones que difícilmente aparecen en un laboratorio o en un PowerPoint. China empezó fabricando productos diseñados en Occidente. Pero mientras los fabricaba, aprendió. Y ese aprendizaje ayuda a explicar por qué hoy compite en coches eléctricos, baterías, drones, energía solar o telecomunicaciones.
Esta es probablemente la reflexión más interesante del libro: deslocalizar una fábrica puede reducir costes hoy, pero también puede significar entregar una parte de la innovación de mañana.
En plena carrera por la IA, los chips, la energía y la robótica, A toda máquina obliga a reconsiderar qué significa realmente ser una potencia tecnológica. Porque inventar el futuro es importante, pero saber fabricarlo quizá lo sea todavía más. Está editado por la editorial Principal.
Buena semana.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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