The trader nº 170
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº170. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
Durante décadas, buena parte de la geopolítica mundial estuvo condicionada por una realidad bastante sencilla: quien necesitaba petróleo tenía que mirar hacia Oriente Próximo. Estados Unidos dependía del crudo importado, Europa todavía más y China, a medida que se convertía en la fábrica del mundo, comenzó también a importar cantidades gigantescas de energía.
Pero ese mapa está cambiando. Y quizá lo más interesante sea comprobar cómo las tres grandes potencias económicas están intentando resolver exactamente el mismo problema siguiendo caminos muy diferentes. Todas buscan seguridad energética y reducir su dependencia del exterior, pero Estados Unidos ha apostado fundamentalmente por explotar al máximo sus recursos fósiles, China está utilizando prácticamente todas las fuentes disponibles mientras construye a enorme velocidad un nuevo sistema energético y Europa ha elegido probablemente el camino más ambicioso y arriesgado: reducir progresivamente su necesidad de combustibles fósiles electrificando su economía.
La transformación estadounidense comenzó con la revolución del “shale”, el petróleo y gas atrapados en formaciones rocosas que durante décadas resultaron demasiado difíciles o costosas de explotar. La combinación de perforación horizontal y “fracking” permitió acceder a esos recursos y convirtió a Estados Unidos en el mayor productor de crudo del mundo, con aproximadamente 13,7 millones de barriles diarios y perspectivas de alcanzar próximamente los 14 millones.
Pero centrarnos exclusivamente en Estados Unidos sería quedarnos con una parte de la historia, porque está apareciendo un nuevo gigantesco polo energético en todo el continente americano. Canadá, Brasil, Guyana y Argentina también están aumentando su producción. Brasil, Guyana y Argentina han alcanzado recientemente máximos históricos, Canadá se dirige hacia su mayor producción anual y, a finales de 2027, Brasil y Canadá podrían producir conjuntamente más petróleo que Arabia Saudí.
En conjunto, América produce actualmente unos 42 millones de barriles diarios de petróleo, otros líquidos y biocombustibles, más que cualquier otra región del planeta. En el año 2000 representaba aproximadamente el 26% de la producción mundial y actualmente ronda el 40%.
Fuente: Bloomberg
Y todavía queda una pieza que podría adquirir una enorme importancia: Venezuela, el país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, alrededor de 303.000 millones de barriles. Décadas de falta de inversión, deterioro de PDVSA, mala gestión y sanciones han hundido su capacidad productiva. Pero si consigue atraer nuevamente tecnología y capital extranjero, el peso energético americano podría aumentar todavía más.
Por eso quizá deberíamos empezar a pensar en América como el nuevo gran nodo mundial de producción de combustibles fósiles, capaz de convertirse progresivamente en un contrapeso a Oriente Próximo. El estrecho de Ormuz seguirá siendo estratégico, pero cuanto mayor sea la producción americana, menor será la dependencia estadounidense del petróleo del Golfo y mayor la libertad estratégica de Washington. Y eso plantea una pregunta importante: si Estados Unidos necesita cada vez menos el petróleo de Oriente Próximo, ¿estará dispuesto a dedicar los mismos recursos económicos, diplomáticos y militares a garantizar la estabilidad de aquella región?
Frente a la estrategia estadounidense aparece la de China, probablemente la más pragmática. Pekín no parece dispuesto a renunciar a ninguna fuente energética. Invierte cantidades extraordinarias en energía solar, eólica, baterías, vehículos eléctricos, redes eléctricas y nuclear, pero al mismo tiempo continúa utilizando enormes cantidades de carbón, petróleo y gas. Su estrategia consiste básicamente en construir el nuevo sistema encima del antiguo y sustituir los combustibles fósiles solo cuando las nuevas tecnologías tengan escala suficiente.
Europa ha elegido un camino diferente y probablemente bastante más arriesgado. No dispone de las enormes reservas estadounidenses ni de unas condiciones tan favorables para reproducir la revolución del “shale”. Pero además tomó una decisión política deliberada: en lugar de maximizar su producción doméstica de combustibles fósiles, decidió intentar necesitarlos cada vez menos electrificando progresivamente la economía mediante vehículos eléctricos, bombas de calor, renovables, almacenamiento, nuevas redes y, dependiendo del país, energía nuclear.
La lógica tiene sentido. Si Europa carece de grandes reservas de petróleo y gas, una forma de alcanzar la independencia energética consiste en construir una economía que necesite importarlos cada vez menos. El problema es la transición. La Unión Europea todavía importa más de la mitad de la energía que consume y sustituir petróleo y gas por renovables tampoco elimina necesariamente la dependencia exterior: puede transformarla en dependencia de minerales críticos, baterías, paneles solares y cadenas industriales actualmente muy concentradas en China.
Conclusión
La energía vuelve a convertirse en una de las grandes herramientas de poder mundial. Pero esta vez la batalla no consiste únicamente en controlar los pozos de petróleo, sino en decidir qué sistema energético proporcionará mayor seguridad, competitividad e independencia durante las próximas décadas.
Estados Unidos parte con la ventaja de disponer de energía abundante y relativamente barata. China intenta asegurarse de que, sea cual sea la tecnología dominante mañana, buena parte se fabrique dentro de sus fronteras. Y Europa está haciendo una apuesta mucho más dependiente de que la transición tecnológica llegue suficientemente rápido y a un coste asumible.
Puede que dentro de veinte años descubramos que Europa tomó la decisión más acertada. O puede que comprobemos que adelantarse demasiado tuvo un coste económico y geopolítico mucho mayor de lo previsto.
Porque en la carrera energética del siglo XXI no ganará necesariamente quien tenga más petróleo, sino quien consiga garantizar energía abundante, barata y segura sin depender de los demás.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 7.674,37 | 6.845,5 | 7.675,70 | 0,02% | 12,13% |
| Nasdaq100 | 29.308,86 | 25.249,85 | 29.224,52 | -0,29% | 15,74% |
| Eurostoxx50 | 6.462,22 | 5,796,22 | 6.475,51 | 0,21% | 11,72% |
| Ibex35 | 19.961,50 | 17.307,80 | 20.076,60 | 0,58% | 16,00% |
| Oro | 4.680,60 | 4.341,10 | 4.651,30 | -0,63% | 7,15% |
| Brent | 89,99 | 60,85 | 83,98 | -6,68% | 38,01% |
| Natgas | 2,81 | 3,13 | 2,88 | 2,49% | -7,99% |
| SSE | 3.905,20 | 3.968,84 | 3.956,57 | 1,32% | -0,31% |
| Bitcoin | 77.712,32 | 87.517,27 | 79.042,44 | 1,71% | -9,74% |
*Cierre semanal: 20 de agosto del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025.
*Precio Actual: 27 de agosto del 2026 a las 10:00
China crece a dos velocidades: la tecnología vuela y el resto se frena
China está intentando transformar profundamente su modelo económico. Durante décadas, buena parte de su crecimiento descansó sobre el sector inmobiliario, la construcción y las infraestructuras. Ahora Pekín quiere sustituir progresivamente ese modelo por otro basado en tecnología, inteligencia artificial, semiconductores, automatización y robótica.
El problema es que los últimos datos muestran una economía cada vez más partida en dos. En julio, la producción de equipos electrónicos creció más de un 19% interanual, la fabricación de robots industriales aumentó más de un 30% y la producción de circuitos integrados cerca de un 21%. Son cifras espectaculares y reflejan perfectamente hacia dónde quiere dirigir Pekín su economía.
Pero fuera de ese núcleo tecnológico el panorama cambia radicalmente. La producción industrial creció un 4,5%, las ventas minoristas apenas un 0,6%, el desempleo urbano subió hasta el 5,2% y la inversión en activos fijos cayó un 6,7% durante los primeros siete meses del año.
Fuente: Bloomberg
Y el agujero inmobiliario continúa abierto. La inversión en vivienda se desplomó un 19,2% interanual. Durante años, la vivienda fue uno de los principales vehículos de ahorro y acumulación de riqueza de las familias chinas. Su crisis deteriora la percepción de riqueza de millones de hogares y ayuda a explicar por qué el consumo continúa siendo tan débil.
El resultado es una economía cada vez más parecida a una K: una parte asciende con enorme fuerza mientras otra continúa descendiendo. China puede convertirse en una potencia extraordinaria en inteligencia artificial, vehículos eléctricos, baterías, robots o semiconductores, pero esos sectores todavía no tienen suficiente peso para compensar la debilidad del resto de la economía.
Además, China sigue dependiendo demasiado de la demanda exterior. Mientras el consumo interno y la inversión privada permanezcan débiles, una parte importante del crecimiento dependerá de vender cada vez más productos al resto del mundo.
Y eso tiene consecuencias fuera de China. Una economía con enorme capacidad industrial y demanda doméstica insuficiente tiene un incentivo evidente para exportar sus excedentes. Vehículos eléctricos, baterías, paneles solares, maquinaria, electrónica o robots chinos competirán cada vez más agresivamente en los mercados internacionales. La debilidad interna china puede terminar convirtiéndose en presión deflacionaria para el resto del mundo y en una amenaza competitiva para numerosas industrias occidentales.
Conclusión
China no solo se está desacelerando, se está transformando. La gran pregunta es si la nueva economía tecnológica puede crecer suficientemente rápido como para sustituir a la vieja antes de que la crisis inmobiliaria y la debilidad del consumo arrastren demasiado al conjunto del país.
Y si no lo consigue, China tendrá una salida bastante evidente: producir cada vez más y vender cada vez más al resto del mundo. Europa podría ser uno de los principales lugares donde terminemos sintiendo las consecuencias.
Nvidia ya no solo vende picos y palas: ahora también financia la fiebre del oro
Durante los últimos años hemos utilizado muchas veces la misma comparación para explicar el extraordinario negocio de Nvidia. En una fiebre del oro, no sabemos quién terminará encontrando el gran filón, pero probablemente ganará mucho dinero quien venda los picos y las palas a todos los que salen a buscarlo.
Nvidia ha sido precisamente eso para la inteligencia artificial. OpenAI, Microsoft, Meta, Amazon, Google y decenas de compañías están gastando cantidades gigantescas construyendo infraestructura para desarrollar IA. Y una parte importante de ese dinero termina comprando chips de Nvidia.
Pero ahora Nvidia está dando un paso más. Ya no se conforma con vender los picos y las palas. Está empezando a financiar a quienes participan en la fiebre del oro.
El último ejemplo es espectacular: Nvidia se ha comprometido a aportar hasta 105.000 millones de dólares para respaldar un gigantesco complejo de centros de datos en Ohio que será utilizado por OpenAI. El proyecto podría alcanzar aproximadamente 8 gigavatios de capacidad informática y los primeros 800 megavatios deberían entrar en funcionamiento en 2028.
OpenAI irá pagando el alquiler a medida que la capacidad esté disponible, pero Nvidia respaldará determinadas partes de los pagos relacionados con el alquiler y la electricidad. Y aquí aparece lo realmente interesante: ese gigantesco centro de datos necesitará enormes cantidades de chips de Nvidia.
Además, Nvidia invertirá 1.500 millones de dólares en SB Energy, la compañía respaldada por SoftBank que construirá, poseerá y operará las instalaciones. Y no es un caso aislado. Nvidia ya ha proporcionado respaldo financiero a CoreWeave y ha invertido directamente en OpenAI y Anthropic.
La estrategia tiene una lógica empresarial extraordinariamente poderosa. Nvidia vende chips, genera enormes cantidades de efectivo y utiliza parte de ese dinero para financiar el ecosistema de inteligencia artificial. Esa inversión permite construir más centros de datos que, a su vez, necesitan comprar más chips Nvidia.
Fuente: Bloomberg
El círculo es evidente: Nvidia vende chips → genera caja → financia infraestructura de IA → esa infraestructura compra más chips → Nvidia genera todavía más caja.
El problema es que cuanto más grande se vuelve ese círculo, más difícil resulta distinguir dónde termina la demanda completamente independiente y dónde comienza una demanda que Nvidia está ayudando a financiar. La compañía rechaza que este acuerdo concreto constituya financiación circular y recuerda que será OpenAI quien pague el alquiler. Técnicamente puede tener razón, pero económicamente la cuestión sigue siendo relevante.
Nvidia empieza así a parecerse menos a un simple fabricante de semiconductores y más a una compañía que está ayudando a financiar y construir la infraestructura física sobre la que funcionará la inteligencia artificial mundial.
Conclusión
Mientras la demanda de inteligencia artificial siga creciendo y los centros de datos generen suficientes ingresos para justificar estas inversiones, el modelo puede convertirse en una formidable máquina de crecimiento.
Pero también introduce un riesgo nuevo. Si la monetización de la IA termina justificando estas inversiones, Nvidia habrá conseguido algo extraordinario: utilizar el dinero generado vendiendo picos y palas para financiar nuevas expediciones en busca de oro que necesitarán todavía más picos y palas.
Pero si algún día descubrimos que había menos oro del que todos pensaban, el problema ya no afectará solamente a quienes fueron a buscarlo. También afectará a quien les prestó el dinero para hacerlo.
Reconstruir Ucrania costaría más de medio billón de euros…y la cifra sigue creciendo
Algún día terminará la guerra de Ucrania. Y cuando eso ocurra comenzará otra batalla muy distinta: reconstruir un país devastado tras años de conflicto.
Según Citi Institute, Ucrania necesitará alrededor de 588.000 millones de dólares —unos 511.000 millones de euros— durante la próxima década para reparar viviendas, carreteras, redes eléctricas, fábricas y buena parte de sus infraestructuras. Equivale aproximadamente a tres veces el PIB actual de Ucrania y, ajustado por inflación, a unas 3,5 veces el Plan Marshall. Y probablemente la factura seguirá aumentando mientras continúe la guerra.
Pero reconstruir Ucrania no significará simplemente devolver el país al punto en el que estaba antes de la invasión rusa. Buena parte de las infraestructuras destruidas pertenecían a un modelo heredado de la etapa soviética. La reconstrucción ofrece la posibilidad de crear un país mucho más moderno, eficiente e integrado económica y tecnológicamente con Europa.
Cinco sectores concentran aproximadamente dos tercios de todas las necesidades de inversión: vivienda, energía y minería, transporte, comercio e industria y agricultura.
Y ahí aparece la oportunidad para el capital privado. Citi estima que aproximadamente el 40% de los más de 500.000 millones de euros necesarios podría proceder del sector privado. Estamos hablando potencialmente de más de 200.000 millones de euros durante la próxima década.
La reconstrucción necesitará cemento, acero, maquinaria pesada, ingeniería, redes eléctricas, transformadores, telecomunicaciones, ferrocarriles, carreteras, logística, financiación, seguros y tecnología. Muchas de las oportunidades no estarán necesariamente en empresas ucranianas, sino en compañías europeas e internacionales capaces de proporcionar los materiales, equipos y servicios necesarios.
A ello podría sumarse un segundo catalizador: la futura entrada de Ucrania en la Unión Europea, que podría desencadenar otra importante oleada de inversión destinada a modernizar su economía y acercarla a los estándares europeos. Hablamos potencialmente de uno de los mayores programas de inversión en infraestructuras de Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
Naturalmente, existe una condición imprescindible: la paz. Mientras continúe la guerra, pocos inversores privados estarán dispuestos a comprometer grandes cantidades de capital en infraestructuras que pueden volver a ser destruidas.
Conclusión
El verdadero error probablemente sería pensar que habrá que esperar al final de la guerra para empezar a buscar oportunidades. Los mercados descuentan el futuro y, si aparece una paz suficientemente creíble, las expectativas de cientos de miles de millones de euros en inversión podrían trasladarse rápidamente a las cotizaciones de las empresas mejor posicionadas.
Para empezar a seguirlas existe incluso un “Ukraine Reconstruction Index”, compuesto por 50 compañías consideradas potenciales beneficiarias. Entre sus principales posiciones aparecen Siemens Energy, ABB, Caterpillar, CRH, Schneider Electric, Vinci, Rheinmetall, Holcim o Saint-Gobain.
No significa que todas vayan a ser buenas inversiones, pero ofrece un excelente punto de partida para construir nuestra propia lista de compañías a seguir.
Porque cuando finalmente veamos las excavadoras reconstruyendo Ucrania, probablemente el mercado llevará meses intentando anticiparlo.
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El sistema fiscal de hoy no podrá sostener el nivel de bienestar en el futuro
Cuando hablamos del impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo, casi siempre pensamos en la misma pregunta: ¿cuántos puestos de trabajo desaparecerán?
Pero hay otra cuestión mucho menos comentada y probablemente igual de importante: ¿qué ocurre con el sistema fiscal si una parte relevante del trabajo humano acaba siendo sustituida por máquinas?
Buena parte de los sistemas fiscales modernos fueron construidos alrededor del trabajo. Los trabajadores cobran un salario, pagan impuestos y cotizaciones sociales; las empresas también contribuyen por cada empleado. Ese dinero financia pensiones, sanidad, desempleo y buena parte del Estado del bienestar.
Imaginemos una empresa que hoy necesita 10.000 empleados y que dentro de quince años puede producir el doble utilizando solo 3.000 gracias a la IA, los robots y la automatización. Sería un extraordinario aumento de productividad, pero desaparecerían miles de salarios y también los impuestos y cotizaciones asociados a ellos.
Al mismo tiempo, una proporción creciente de la renta se desplazaría desde el trabajo hacia el capital: beneficios empresariales, acciones, propiedad intelectual y activos financieros.
Ahí aparece la paradoja. Podríamos tener una economía mucho más productiva y rica, pero financiando el Estado con un sistema fiscal diseñado para un mundo que está desapareciendo. Si la IA rompe el equilibrio entre trabajo y capital, el problema no será solamente cómo repartir la riqueza que genere, sino cómo recaudar impuestos en una economía donde cada vez menos renta pasa por una nómina.
Se han planteado numerosas soluciones: gravar los tokens procesados por los modelos de IA, su enorme consumo energético o incluso crear fondos soberanos que permitan al Estado participar directamente en los beneficios de las empresas tecnológicas. Pero todas presentan problemas. Gravar intensamente una tecnología que puede convertirse en una de las mayores fuentes de productividad de las próximas décadas podría frenar su desarrollo y perjudicar la competitividad frente a países que decidan subvencionarla.
Quizá, por tanto, el debate no debería centrarse tanto en crear un impuesto específico para la inteligencia artificial como en adaptar el sistema fiscal a un mundo donde una proporción creciente de la renta puede terminar concentrándose en el capital.
Conclusión
Si el capital termina representando una proporción mucho mayor de la renta generada por la economía, necesitaremos un sistema fiscal capaz de adaptarse a esa nueva realidad. Y si además la IA sustituye una parte significativa del trabajo humano, tendremos que replantearnos no solo cómo recauda el Estado, sino también cómo se distribuye la renta.
Renta básica universal, impuestos negativos sobre la renta, fondos soberanos o nuevas formas de tributación del capital son propuestas que probablemente escucharemos cada vez más. Pero conviene no adelantarnos: por ahora no existe evidencia de una destrucción masiva de empleo provocada por la IA.
El verdadero desafío será conseguir que ese extraordinario aumento de productividad genere crecimiento y riqueza sin destruir la base fiscal que sostiene nuestras sociedades.
Porque, si las máquinas producen cada vez más y los humanos trabajan relativamente menos, tendremos que responder a una pregunta que hasta ahora nunca había sido urgente: ¿cómo financiamos el Estado del bienestar cuando el trabajo deja de ser el centro de la economía?
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Una de las tendencias de las que hablaremos sin duda a la vuelta del verano será la nueva carrera armamentística y como El poder global se mide cada vez más por capacidad industrial.
La competencia entre potencias ya no se libra únicamente con ejércitos, divisas o tratados comerciales. Se libra con fábricas de semiconductores, redes eléctricas, capacidad de cómputo, minerales críticos, sistemas de almacenamiento y cadenas de suministro. La seguridad económica se ha convertido en una extensión de la seguridad nacional.
Durante décadas, la economía mundial se organizó alrededor de la eficiencia. Las empresas producían donde resultaba más barato y mantenían inventarios reducidos. Las crisis recientes demostraron que esa estructura también podía ser frágil. Ahora los gobiernos quieren redundancia, producción doméstica y control sobre sectores estratégicos. El resultado será más inversión, pero también más coste.
La IA acelera esta carrera. No basta con disponer de buenos modelos: hay que asegurar chips, electricidad y centros de datos. La transición energética añade demanda de cobre, redes y almacenamiento. La defensa compite por componentes electrónicos, materiales y capacidad industrial. Varias grandes tendencias están reclamando al mismo tiempo los mismos recursos.
Esto puede generar un ciclo de inversión prolongado en industriales, servicios esenciales o utilities, energía, ingeniería, automatización y materiales. Pero también puede alimentar inflación y sobrecapacidad. Cuando los gobiernos consideran estratégico un sector, el capital puede seguir llegando incluso aunque los retornos privados sean modestos. La importancia geopolítica y la rentabilidad para el accionista no siempre coinciden.
Si me sigues sabes que evito el enfoque superficial de “comprar todo lo relacionado con defensa o chips”. La pregunta adecuada es quién posee una ventaja difícil de replicar, contratos de largo plazo, disciplina de capital y poder de fijación de precios. En una carrera subvencionada, algunos proveedores capturan valor mientras otros compiten hasta destruir márgenes.
También hay una consecuencia para las finanzas públicas. Reindustrializar, reforzar redes y aumentar el gasto en defensa exige recursos. Si los gobiernos emiten más deuda, pueden presionar las rentabilidades soberanas y competir con el sector privado por el ahorro disponible. El ciclo industrial que impulsa la actividad puede elevar simultáneamente el coste del capital.
Para el inversor, el cambio más importante es ampliar la definición de tecnología. Una compañía eléctrica, un fabricante de equipos o una empresa de automatización pueden ser piezas esenciales de la economía digital. La frontera entre sectores se vuelve menos útil cuando el software depende de una infraestructura física gigantesca.
La nueva carrera armamentística económica no se medirá solo por quién inventa más, sino por quién puede fabricar, alimentar y escalar esa innovación. El poder global vuelve a tener una dimensión industrial. Y los mercados deberán aprender a valorar no solo las ideas, sino la capacidad material para convertirlas en realidad. Si quieres adelantarte a lo que viene te espero en Invertir en el mañana.
¿Y si una parte importante de lo que limita nuestra vida no estuviera fuera, sino en la forma en la que pensamos? Esa es una de las ideas que aborda Sobrenatural, el libro de Joe Dispenza, escritor de Best Sellers y consultor corporativo.
Dispenza parte de una premisa poderosa: tendemos a repetir pensamientos, emociones y comportamientos hasta convertirlos en nuestra forma habitual de vivir. Y si queremos obtener resultados diferentes, quizá el primer cambio tenga que producirse dentro de nosotros.
A lo largo del libro combina neurociencia, meditación, mindfulness y conceptos procedentes de la física cuántica para defender que podemos entrenar nuestra mente, modificar determinados patrones y abrirnos a nuevas posibilidades.
Algunas de sus interpretaciones científicas son discutidas y conviene leerlas con espíritu crítico. Pero hay una reflexión del libro que me parece especialmente interesante: es difícil construir una vida diferente si seguimos pensando y actuando exactamente igual que ayer.
Y creo que esta idea también puede trasladarse al terreno financiero.
Muchas de nuestras decisiones con el dinero son automáticas. Gastamos de determinada manera, evitamos invertir porque siempre lo hemos hecho, asumimos que “no somos buenos con las finanzas” o repetimos hábitos que nunca nos hemos detenido a cuestionar.
Cambiar nuestra situación financiera no depende únicamente de pensar diferente. Requiere conocimiento, decisiones, disciplina y tiempo.
Buena semana.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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