The trader nº 167
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº167. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
Durante décadas, la política ha estado marcada por el enfrentamiento entre modelos económicos, sociales o territoriales. Derecha e izquierda discrepaban sobre el tamaño del Estado, la presión fiscal, el papel del mercado o la redistribución de la riqueza. Era un debate intenso, pero el ciudadano tenía la sensación de que, al menos en teoría, detrás de cada propuesta existía un proyecto de país.
Sin embargo, da la impresión de que ese debate ha ido perdiendo protagonismo. Hoy resulta difícil encender la televisión, abrir un periódico o consultar cualquier medio de información sin encontrarse con una sucesión de escándalos, investigaciones judiciales, presuntos casos de corrupción, filtraciones interesadas, acusaciones cruzadas, luchas internas, sospechas de utilización partidista de las instituciones o denuncias de favoritismo. La discusión política parece haberse desplazado desde las ideas hacia los intereses.
Y quizá ese sea el verdadero problema. No que existan gobiernos de izquierdas o de derechas, sino que una parte creciente de la ciudadanía empieza a percibir que demasiados responsables públicos están más preocupados por conservar el poder, proteger a los suyos, controlar determinadas instituciones o garantizar su futuro personal que por resolver los problemas reales de quienes les han elegido.
Lo más preocupante es que esta sensación no parece limitarse a un país concreto. En Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Brasil, Corea del Sur o España, por citar algunos ejemplos, la confianza en las instituciones ha sufrido un deterioro evidente durante los últimos años. Cambian los protagonistas, cambian los partidos y cambian las ideologías, pero las acusaciones suelen parecerse demasiado: conflictos de intereses, financiación irregular, puertas giratorias, utilización partidista de organismos públicos, clientelismo o creciente influencia de determinados grupos de presión.
Eso explica, al menos en parte, el auge de los llamados partidos antisistema o de los líderes que prometen “acabar con la vieja política”. Muchos ciudadanos ya no votan tanto porque crean firmemente en un programa electoral como porque desean castigar a quienes consideran responsables de un sistema que sienten alejado de sus preocupaciones. El voto se convierte más en una protesta que en una adhesión.
El riesgo es evidente. Cuando la confianza desaparece, la calidad de una democracia empieza a resentirse. Las instituciones solo funcionan si la mayoría de la población acepta sus decisiones como legítimas. Cuando esa legitimidad se erosiona, cualquier resolución judicial, cualquier actuación policial, cualquier decisión parlamentaria o cualquier organismo independiente pasa a ser interpretado en clave partidista. Y una democracia donde nadie confía en nadie termina siendo una democracia mucho más frágil.
No se trata de afirmar que todos los políticos sean iguales ni de ignorar que siguen existiendo miles de servidores públicos honestos que desempeñan su trabajo con profesionalidad. Tampoco de defender una ideología frente a otra. El verdadero problema aparece cuando la percepción social acaba siendo que el sistema recompensa antes la lealtad al partido que el mérito, la gestión o el servicio al ciudadano. Porque, aunque esa percepción no siempre refleje toda la realidad, sus consecuencias sí son muy reales.
Mi sensación es que una democracia no empieza a deteriorarse cuando gana un partido u otro. Empieza a hacerlo cuando los ciudadanos dejan de creer que quienes ocupan las instituciones trabajan principalmente para ellos. Recuperar esa confianza probablemente sea uno de los mayores desafíos políticos de nuestro tiempo, y no depende de la victoria de una ideología sobre otra, sino de recuperar una forma de hacer política en la que el interés general vuelva a situarse por encima del interés particular.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 7.489,72 | 6.845,5 | 7.723,55 | 3,12% | 12,83% |
| Nasdaq100 | 28.274,20 | 25.249,85 | 29.487,79 | 4,29% | 16,78% |
| Eurostoxx50 | 6.358,01 | 5,796,22 | 6.512,14 | 2,42% | 12,35% |
| Ibex35 | 19.782,90 | 17.307,80 | 20.261,70 | 2,42% | 17,07% |
| Oro | 4.107,00 | 4.341,10 | 4.316,80 | 5,11% | -0,56% |
| Brent | 82,23 | 60,85 | 76,68 | -6,75% | 26,01% |
| Natgas | 2,75 | 3,13 | 2,69 | -2,18% | -14,06% |
| SSE | 3.832,26 | 3.968,84 | 3.900,35 | 1,78% | -1,73% |
| Bitcoin | 63.466,47 | 87.517,27 | 64.759,28 | 2,04% | -26,05% |
*Cierre semanal: 30 de julio del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025.
*Precio Actual: 06 de agosto del 2026 a las 10:00
Estados Unidos y Japón declaran la guerra al “Carry trade”
Durante meses, el mercado ha estado explotando una de las operaciones más rentables y previsibles del mundo: el “carry trade”. Consiste en pedir dinero prestado en una divisa con tipos de interés muy bajos —como el yen japonés— para invertir ese dinero en otra con una rentabilidad muy superior, como el dólar. Mientras el diferencial de tipos siga siendo elevado y el yen continúe depreciándose, la operación resulta enormemente atractiva. Ese mecanismo ha sido uno de los principales responsables de que el dólar llegara a rozar los 164 yenes, un nivel que no se veía desde 1986.
El problema para Japón es que un yen excesivamente débil encarece las importaciones de energía, alimentos y materias primas, alimenta la inflación y deteriora el poder adquisitivo de las familias. Cuando la depreciación empieza a considerarse desordenada, las autoridades suelen intervenir para intentar frenar el movimiento.
Y eso ha llevado a Japón a reaccionar como ya ha hecho en otras ocasiones. El Ministerio de Finanzas intervino en el mercado de divisas, a través del Banco de Japón, comprando yenes y vendiendo divisas por un importe estimado de unos 8,45 billones de yenes, cerca de 52.800 millones de dólares. La reacción fue inmediata: el dólar/yen llegó a caer alrededor de un 4% en apenas unas horas.
La verdadera sorpresa, sin embargo, llegó desde Washington. Estados Unidos participó oficialmente en la intervención, algo que no ocurría desde 1998. Tras varios días de especulaciones, el propio Ministerio de Finanzas japonés confirmó que la operación fue coordinada con el Tesoro estadounidense. Según diversas informaciones, la Reserva Federal de Nueva York actuó por cuenta del Tesoro vendiendo euros para comprar yenes, en una operación estimada entre 5.000 y 10.000 millones de dólares equivalentes.
¿Por qué vender euros en lugar de dólares? La explicación más plausible es que Washington quería reforzar al yen sin transmitir la imagen de que estaba intentando debilitar deliberadamente su propia moneda. Al utilizar euros, consigue apoyar a Japón mediante los mecanismos de arbitraje entre divisas evitando enviar un mensaje contradictorio sobre la fortaleza del dólar, que sigue siendo el principal activo de reserva del sistema financiero internacional.
Fuente: Tradingview
El gráfico refleja perfectamente la dimensión del movimiento. La apreciación del yen tras la intervención conjunta ha sido una de las más intensas de los últimos años y muy superior a la registrada en muchas de las actuaciones anteriores del Banco de Japón en solitario. El mercado parece haber entendido que esta vez no solo intervenía Tokio, sino que detrás existía un mensaje coordinado entre dos de las mayores economías del mundo: el carry trade ha empezado a convertirse en un riesgo que ya no preocupa únicamente a Japón. La incógnita es si ese mensaje bastará para cambiar una tendencia que sigue sustentándose en un poderoso argumento económico: el enorme diferencial de tipos de interés entre ambos países.
La diferencia es que una intervención coordinada tiene un efecto que va mucho más allá del dinero utilizado para comprar yenes. También modifica las expectativas del mercado. Cuando los inversores perciben que dos gobiernos están dispuestos a actuar conjuntamente, aumenta el riesgo de mantener posiciones contra la moneda que intentan defender. Sin embargo, esa ventaja solo puede ser temporal. Si los incentivos económicos continúan siendo los mismos, el mercado terminará poniendo de nuevo a prueba la determinación de las autoridades.
Y es que el problema de fondo sigue intacto. Mientras Japón mantenga unos tipos de interés muy inferiores a los de Estados Unidos, el incentivo para financiarse en yenes e invertir en activos más rentables continuará existiendo. Una intervención puede alterar temporalmente el equilibrio entre compradores y vendedores, pero difícilmente cambia una tendencia cuando detrás hay un motivo económico tan poderoso.
Además, el yen es una de las principales monedas de financiación del sistema financiero mundial. Si se aprecia con fuerza, muchos inversores se ven obligados a deshacer operaciones de carry trade, lo que puede generar episodios de volatilidad en bolsas, bonos y otros activos financieros. Por eso, lo que ocurre en el mercado de divisas japonés rara vez se queda solo en Japón.
Conclusión
Esta intervención tiene más importancia por el mensaje político y financiero que envía que por su capacidad para cambiar el rumbo del mercado. La coordinación oficial entre Estados Unidos y Japón, la primera desde 1998, demuestra que la debilidad del yen ha dejado de ser un problema exclusivamente japonés para convertirse en un posible foco de inestabilidad financiera internacional.
Precisamente por eso no creo que la solución pase por intervenir una y otra vez en el mercado de divisas. La única forma de reducir de manera duradera la presión sobre el yen es cerrar el enorme diferencial de tipos de interés con Estados Unidos. Y quizá ahí resida la verdadera explicación de las señales que está enviando el Banco de Japón: seguir subiendo los tipos, aunque sea muy gradualmente, para hacer cada vez menos atractivo el carry trade.
Porque mientras financiarse en yenes siga siendo mucho más barato que hacerlo en dólares, el mercado tenderá a volver una y otra vez a la misma operación. Las intervenciones pueden ganar tiempo e incluso cambiar temporalmente las expectativas del mercado, pero serán los fundamentales de la economía y las decisiones de política monetaria las que acaben determinando si esta vez el yen consigue cambiar realmente de tendencia.
¿Por qué Kevin Warsh ha decidido esperar?
En su segunda reunión al frente de la Reserva Federal, Kevin Warsh volvió a mantener los tipos de interés sin cambios. Sin embargo, el verdadero mensaje no estuvo en la decisión, sino en el creciente grado de incertidumbre que rodea a las próximas reuniones. La economía estadounidense continúa creciendo, el mercado laboral sigue mostrando fortaleza y tres miembros del Comité ya consideran que ha llegado el momento de volver a subir los tipos. Aun así, Warsh ha preferido esperar.
¿Qué está esperando? Básicamente, comprobar si el reciente repunte de la inflación termina remitiendo o, por el contrario, vuelve a intensificarse. Y ahí entra en juego un factor que la Reserva Federal no puede controlar: la evolución del precio de la energía.
La energía continúa siendo uno de los principales canales de transmisión hacia la inflación. Aunque el precio del petróleo cotiza hoy muy por debajo de los máximos alcanzados durante el conflicto entre EE. UU. e Irán, el gráfico muestra que el precio de la gasolina y del diésel apenas se ha alejado de los niveles registrados entonces. Es decir, los productos derivados del petróleo, que son los que realmente pagan familias y empresas, siguen manteniéndose en cotas elevadas.
Si esa situación se prolonga o el crudo vuelve a dispararse, aumentarán los costes de transporte, producción y distribución, dificultando que la inflación continúe acercándose al objetivo del 2%. En ese escenario, la Reserva Federal tendría muchas más dificultades para justificar mantener los tipos donde están.
Fuente: mylpg.eu
Y aquí aparece el verdadero problema. El precio del petróleo a corto plazo depende cada vez menos de la oferta y la demanda tradicionales y cada vez más de la evolución del conflicto con Irán. Cada declaración de Donald Trump sobre una posible negociación de paz provoca caídas del crudo, mientras que cada amenaza de intensificar los ataques militares vuelve a disparar las cotizaciones. En otras palabras, una parte importante de la política monetaria estadounidense ha quedado indirectamente vinculada a decisiones geopolíticas que cambian prácticamente de un día para otro.
Eso coloca a la Reserva Federal en una situación especialmente incómoda. Si sube los tipos demasiado pronto corre el riesgo de frenar innecesariamente una economía que todavía mantiene un crecimiento razonable. Pero si espera demasiado y el petróleo vuelve a impulsar la inflación, podría verse obligada a reaccionar de forma mucho más agresiva más adelante.
Conclusión
Kevin Warsh ha preferido ganar tiempo. No porque considere que la inflación esté definitivamente controlada, sino porque sabe que tomar una decisión equivocada en este momento puede resultar mucho más costoso que esperar unas semanas. Septiembre será probablemente una reunión mucho más relevante, cuando disponga de nuevos datos de inflación y empleo y, sobre todo, de una mayor visibilidad sobre la evolución del conflicto en Oriente Medio.
A esa incertidumbre se suma otro elemento que el mercado no debería perder de vista: la proximidad de las elecciones de medio mandato en Estados Unidos. Donald Trump sabe que un petróleo caro alimenta la inflación, dificulta una política monetaria más flexible y termina afectando directamente al bolsillo de los votantes. Eso le da un incentivo adicional para intentar estabilizar el conflicto con Irán, aunque su capacidad para cambiar de estrategia en muy poco tiempo hace imposible dar nada por descontado.
Mi impresión es que la Reserva Federal ya no solo depende de la evolución de la economía estadounidense. También depende, en parte, de las decisiones que se tomen en la Casa Blanca y en Oriente Medio. Y eso convierte el trabajo de anticipar los próximos movimientos de la Fed en un ejercicio mucho más complejo que en ciclos anteriores.
¿Está Donald Trump cambiando las reglas del capitalismo?
Durante décadas, las grandes empresas han intentado influir en las decisiones políticas. Para ello han recurrido a lobbies, despachos especializados, asociaciones empresariales o financiación de campañas. No era un sistema perfecto, pero el poder estaba relativamente repartido entre el Congreso, las agencias reguladoras y la Casa Blanca.
Sin embargo, parece que durante el segundo mandato del presidente D. Trump, se está produciendo un cambio que va mucho más allá de una agresiva campaña de recaudación de fondos. Según el periódico Wall Street Journal, Trump se ha convertido en el auténtico centro de gravedad de la relación entre el poder político y el mundo empresarial. Es él quien sigue personalmente las donaciones, quien propone las cantidades que espera recibir y quien mantiene un contacto directo con muchos de los principales ejecutivos del país.
Lo realmente interesante no es discutir si esta forma de actuar resulta más o menos adecuada. Lo importante es preguntarse qué nos dice sobre la forma en que Trump entiende el poder.
A diferencia de la mayoría de los presidentes estadounidenses, Trump nunca ha dejado de pensar como un empresario. Y un empresario suele analizar cualquier relación desde una lógica muy sencilla: si dos partes se sientan a negociar, ambas esperan obtener algo a cambio. Esa visión, habitual en el mundo de los negocios, parece haberse trasladado ahora al funcionamiento de la propia Casa Blanca.
El artículo recoge numerosos ejemplos de empresas que realizan aportaciones millonarias a proyectos impulsados por Trump mientras mantienen abiertos asuntos regulatorios, contratos públicos o decisiones relevantes para su actividad. No afirma que exista una relación directa entre ambas cosas, pero sí describe un modelo en el que el acceso al presidente adquiere un valor cada vez mayor para el sector privado.
Y ahí es donde, en mi opinión, aparece el verdadero cambio. Cuando una empresa empieza a pensar que una reunión con el presidente puede ser tan importante como una reunión con sus clientes o sus accionistas, significa que el acceso al poder se está convirtiendo en un activo estratégico. En otras palabras, una parte del capital deja de destinarse únicamente a innovación, expansión o nuevas inversiones para orientarse también a fortalecer la relación con quien toma las decisiones.
Esta lógica no es exclusiva de Estados Unidos. En China, las grandes compañías mantienen una relación permanente con el Partido Comunista. En Bruselas, miles de empresas destinan enormes recursos a influir sobre la regulación europea. La diferencia es que Donald Trump parece haber llevado esa dinámica a un terreno mucho más personal, concentrando buena parte de esa relación directamente en la figura del presidente.
Conclusión
Lo que debería llamarnos la atención no son los cientos de millones de dólares que está recaudando Donald Trump. Esto trata sobre un cambio mucho más profundo. Siempre ha existido influencia política y siempre ha habido empresas intentando acercarse al poder. Lo novedoso es que Trump parece estar acelerando un modelo mucho más transaccional, donde la relación directa con el presidente adquiere un valor económico enorme.
Durante décadas, la tradición política estadounidense fue intentar separar, al menos formalmente, los intereses empresariales del ejercicio de la Presidencia. Donald Trump ha seguido el camino contrario. No solo ha mantenido una presencia constante en el mundo de los negocios, sino que sus últimas declaraciones patrimoniales muestran un incremento extraordinario de sus ingresos procedentes de actividades privadas, desde el sector inmobiliario hasta las criptomonedas. La impresión que transmite es que ya no existe una línea clara entre ambas esferas. Su enorme influencia política y su actividad empresarial parecen avanzar en paralelo, reforzándose mutuamente de una forma inédita en la historia reciente de Estados Unidos.
Si esa forma de ejercer el poder termina consolidándose, muchas empresas podrían llegar a considerar que una parte creciente de su presupuesto estratégico no debe destinarse únicamente a desarrollar mejores productos o conquistar nuevos mercados, sino también a fortalecer su acceso al centro de las decisiones políticas. Y cuando el poder económico y el poder político dejan de evolucionar por carriles claramente separados para empezar a alimentarse mutuamente, el cambio ya no es solo político. Es un cambio en el propio funcionamiento del capitalismo.
¿Quieres recibir esta newsletter?
Argentina: del borde del colapso a la prueba definitiva
Hace apenas dos años y medio Argentina era el ejemplo de todo lo que puede salir mal en una economía. La inflación superaba el 200%, el déficit público parecía crónico, el peso perdía valor de forma acelerada, las reservas del Banco Central estaban prácticamente agotadas y la pobreza afectaba a más de la mitad de la población. Empresas y familias vivían sin referencias. Ahorrar en moneda local era una temeridad y planificar una inversión a medio plazo resultaba casi imposible.
La llegada de Javier Milei supuso un cambio de rumbo radical. Frente a décadas de políticas basadas en el déficit, la emisión monetaria y el intervencionismo, el nuevo Gobierno decidió atacar el origen del problema aunque el coste a corto plazo fuera muy elevado. El ajuste fue probablemente uno de los más intensos aplicados por una gran economía en las últimas décadas.
Los resultados empiezan a ser visibles. Argentina ha encadenado dos años de superávit fiscal primario por primera vez en quince años. La inflación ha caído desde niveles superiores al 200% hasta situarse en torno al 30%. La economía ha vuelto a crecer, el riesgo país se ha reducido, las agencias de calificación han mejorado la nota de la deuda soberana y el Banco Central ha comenzado a reconstruir sus reservas. Incluso el Fondo Monetario Internacional considera ahora que Argentina no necesitará financiación adicional si mantiene el rumbo actual.
Pero probablemente el cambio más importante no ha sido fiscal, sino monetario. Antes de la llegada de Milei, el peso argentino había dejado de cumplir las funciones básicas de una moneda. La mayoría de los ciudadanos ahorraba en dólares, el mercado inmobiliario operaba prácticamente en dólares y la confianza en la divisa nacional era mínima. Durante la campaña electoral, Milei llegó a proponer la dolarización como solución definitiva para impedir que los gobiernos siguieran financiando el gasto público imprimiendo dinero.
Finalmente optó por un camino diferente. En lugar de sustituir el peso por el dólar, decidió eliminar la principal causa de su deterioro: el déficit fiscal financiado con emisión monetaria. Al mismo tiempo ha ido desmontando buena parte de los controles cambiarios y avanzando hacia un mercado de divisas mucho más libre. La dolarización formal ha quedado aparcada, pero el objetivo sigue siendo exactamente el mismo: conseguir que la moneda vuelva a ser un instrumento fiable y no una fuente permanente de inflación.
Ahora bien, estabilizar una economía no significa haber resuelto todos sus problemas. El primero de los grandes retos consiste en consolidar ese equilibrio sin perder competitividad. Tras la fuerte devaluación inicial y la caída de la inflación, el peso se ha apreciado en términos reales y algunos economistas empiezan a advertir del riesgo de que Argentina vuelva a tener una moneda demasiado cara para exportar. Mantener un tipo de cambio creíble sin regresar a los viejos controles cambiarios será una de las pruebas más difíciles de los próximos años.
El segundo desafío sigue siendo la deuda. Argentina continúa siendo el mayor deudor del Fondo Monetario Internacional y, aunque el organismo respalda ahora el rumbo económico del Gobierno, a partir de 2027 el país tendrá que demostrar que puede financiarse con normalidad en los mercados sin depender de rescates permanentes.
Y existe un tercer reto que probablemente sea el más importante de todos: que la mejora de los indicadores macroeconómicos llegue realmente al bolsillo de los ciudadanos. Reducir la inflación era una condición imprescindible, pero no suficiente. Los salarios reales, la inversión privada, el crédito y el empleo tendrán que seguir mejorando para que la población perciba que el enorme esfuerzo realizado ha merecido la pena.
Conclusión
El verdadero éxito de Milei no será haber reducido la inflación ni haber conseguido el primer superávit fiscal en quince años. Eso ya empieza a formar parte de los hechos. La prueba definitiva consistirá en demostrar que Argentina puede romper, por primera vez en muchas décadas, el círculo vicioso de déficit, emisión monetaria, inflación, devaluación y nueva crisis.
Pero hay un desafío todavía mayor. Las reformas económicas profundas siempre exigen sacrificios antes de ofrecer resultados plenamente visibles. Si durante ese proceso la sociedad pierde la confianza y decide volver a las políticas que llevaron al país a la crisis, Argentina corre el riesgo de regresar al mismo punto de partida. Por eso, de aquí a las elecciones presidenciales de 2027, el Gobierno no solo tendrá que seguir mejorando los indicadores macroeconómicos; tendrá que convencer a la mayoría de los argentinos de que merece la pena perseverar. Porque, al fin y al cabo, las reformas económicas no fracasan únicamente cuando son equivocadas. Muchas veces fracasan simplemente porque los ciudadanos dejan de darles el tiempo necesario para demostrar si realmente funcionan.
Hay una frase que escuchamos todos los años en estas fechas:
“En septiembre me organizaré.”
El problema es que septiembre llega muy rápido y muchas veces lo hace acompañado de nuevos gastos, facturas, colegios, impuestos y la sensación de que el dinero vuelve a escaparse.
La mejor forma de llegar preparado no es esperar a septiembre. Es aprovechar el verano para ordenar tus finanzas con calma.
Entender en qué gastas.Saber qué deudas te ayudan y cuáles destruyen tu patrimonio.Aprender a ahorrar de forma inteligente.Y descubrir cómo invertir pensando en el largo plazo.
Unas pocas horas de aprendizaje pueden cambiar decisiones que tomarás durante décadas.
Si quieres llegar a septiembre con una perspectiva completamente distinta sobre tu dinero, el curso Finanzas Personales para la Vida Real puede ser el mejor punto de partida.
Invertir en educación financiera es una de las pocas inversiones cuyo beneficio te acompaña durante toda la vida.
Una de las tendencias de las que seguro estaremos hablando en la segunda mitad del año es el regreso de la inflación. Durante años se instaló la idea de que la inflación era un problema esencialmente monetario y que, una vez corregidos los excesos posteriores a la pandemia, volveríamos a un mundo estable de precios bajos. Esa visión resulta cada vez menos convincente. La inflación del nuevo ciclo no procede de una única fuente. Puede aparecer por la energía, los aranceles, la defensa, la reindustrialización, las rutas marítimas, la escasez de mano de obra o el aumento del coste de financiar una deuda pública creciente.
La diferencia es importante porque los bancos centrales controlan la demanda, pero no producen petróleo, no fabrican transformadores y no resuelven un bloqueo comercial. Pueden elevar los tipos para enfriar la economía, aunque el origen del problema esté en la oferta. Eso genera un escenario incómodo: menor crecimiento sin una caída rápida de la inflación.
La transición hacia cadenas de suministro más seguras también tiene un precio. Producir cerca, duplicar proveedores, acumular inventarios estratégicos y proteger sectores considerados esenciales reduce vulnerabilidades, pero suele ser más caro que organizar la economía exclusivamente alrededor de la eficiencia. Lo mismo ocurre con la defensa y la seguridad energética: son inversiones necesarias, aunque compitan por capital, materiales y trabajadores.
La deuda pública añade otra capa. Los gobiernos deben financiar gasto social, defensa, infraestructuras y transición energética al mismo tiempo que pagan intereses más elevados. Si los mercados exigen una mayor rentabilidad para absorber nuevas emisiones, el coste del dinero puede permanecer alto incluso aunque la actividad se modere. La inflación y la deuda dejan de ser problemas separados.
Para los mercados, este entorno cambia las reglas. Las empresas con poder de fijación de precios, balances sólidos y capacidad de trasladar costes están mejor posicionadas que aquellas que operan con márgenes estrechos. Los bonos nominales pueden perder capacidad de protección cuando las acciones caen por una sorpresa inflacionaria. Los activos reales, las materias primas y determinados negocios ligados a infraestructura recuperan relevancia, aunque tampoco ofrecen una cobertura perfecta.
Si me sigues, sabrás que entiendo la inflación como una red de conexiones, no como un número mensual. Energía más cara puede elevar el transporte, reducir el consumo, retrasar las bajadas de tipos y comprimir las valoraciones. Un arancel puede proteger a una industria y, al mismo tiempo, encarecer los insumos de otra. El titular es simple; el mecanismo de transmisión no lo es.
Para el inversor particular, la lección más importante es que la inflación no solo reduce el poder adquisitivo del efectivo. También cambia la relación entre activos, modifica el coste de la deuda y altera la rentabilidad real de cualquier inversión. Por eso conviene pensar en términos de escenarios y no dar por hecho que la próxima década se parecerá a la anterior.
La inflación puede descender durante periodos prolongados y volver a repuntar cuando aparece un nuevo shock. Esa inestabilidad es el verdadero desafío. No exige vivir permanentemente a la defensiva, pero sí construir carteras y finanzas personales capaces de soportar un mundo en el que el precio del dinero y de los recursos cambia con más frecuencia. Si te interesa adelantarte a lo que viene, nos vemos en Invertir en el mañana.
El hombre más rico de babilonia: Un libro de hace cien años que sigue explicando cómo gestionar el dinero. Pocas obras han resistido tan bien el paso del tiempo como El hombre más rico de Babilonia, de George S. Clason. Aunque sus historias transcurren hace miles de años, las lecciones siguen siendo sorprendentemente actuales.
El libro habla de algo tan sencillo como revolucionario: antes de gastar, primero debes ahorrar para ti mismo.
Habla de presupuestos.
De evitar deudas innecesarias.
De invertir con prudencia.
De dejar que el dinero trabaje para nosotros.
En definitiva, explica que la riqueza no depende únicamente de cuánto ganamos, sino de cómo administramos lo que ganamos.
Quizá esa sea la razón por la que sigue recomendándose generación tras generación. Está editado en muchas editoriales, aquí elegí la de B de Bolsillo.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
Te regalo mi visión personalsobre el mercado, análisis,opinión y noticias
Suscríbete y recibe cada jueves mi boletín gratis.
SuscribirmeInformación legal