The trader nº 166
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº166. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
Hay una idea que se repite constantemente cuando se habla de inteligencia artificial: quien no invierta ahora corre el riesgo de perderse la mayor revolución tecnológica de nuestra generación.
Y probablemente sea cierto.
La inteligencia artificial tiene todos los ingredientes para transformar la productividad, cambiar la forma en que trabajamos y alterar por completo el funcionamiento de muchas industrias. Sin embargo, reconocer que una tecnología va a cambiar el mundo no significa que cualquier inversión relacionada con ella vaya a ser rentable.
De hecho, la historia demuestra precisamente lo contrario.
Las últimas presentaciones de resultados de las grandes tecnológicas han dejado una sensación curiosa. Nadie duda de que la inteligencia artificial seguirá creciendo, pero el mercado empieza a preguntarse si las enormes inversiones necesarias para liderar esa carrera acabarán generando una rentabilidad acorde con el capital empleado. Los miles de millones destinados a centros de datos, chips e infraestructuras ya no se reciben únicamente con entusiasmo; también empiezan a generar preguntas.
Y esas preguntas tienen sentido porque las grandes revoluciones tecnológicas suelen venir acompañadas de un enorme exceso de inversión. Cuando todo el mundo está convencido de que una industria dominará el futuro, el capital fluye hacia ella de forma masiva. El resultado suele ser una capacidad instalada muy superior a la demanda inicial y una competencia feroz que termina reduciendo la rentabilidad de muchas de las empresas que lideraron esa primera etapa.
Ya ocurrió con el ferrocarril en el siglo XIX. La red ferroviaria transformó la economía mundial, pero muchas compañías quebraron antes de que aquel negocio alcanzara un equilibrio sostenible. También sucedió con Internet. La mayoría de las predicciones sobre su impacto fueron acertadas, pero eso no evitó el estallido de la burbuja tecnológica en el año 2000 ni las enormes pérdidas sufridas por muchos inversores.
Es perfectamente posible acertar sobre el futuro de una tecnología y, al mismo tiempo, equivocarse en el momento, el precio o la empresa elegida para invertir.
Eso no significa que la inteligencia artificial esté viviendo una burbuja similar a las anteriores. Nadie puede afirmarlo con certeza. Pero sí conviene recordar que el éxito de una innovación y el éxito de una inversión no siempre avanzan de la mano.
Conclusión
Creo que uno de los errores más habituales en los mercados consiste en pensar que identificar la próxima gran revolución tecnológica es suficiente para ganar dinero. Y no lo es.
Invertir no consiste únicamente en descubrir qué cambiará el mundo, sino en valorar cuánto de ese futuro ya está descontado en los precios y quién terminará capturando realmente los beneficios de esa transformación. Porque la historia demuestra que las grandes revoluciones suelen crear enormes ganadores… pero no siempre son los pioneros, ni necesariamente quienes más invierten al principio.
Y esa quizá sea la lección más importante para cualquier inversor: tener razón sobre el futuro no garantiza obtener una buena rentabilidad.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 7.411,98 | 6.845,5 | 7.316,15 | -1,29% | 6,88% |
| Nasdaq100 | 28.128,34 | 25.249,85 | 27,192.31 | -3,33% | 7,69% |
| Eurostoxx50 | 6.280,94 | 5,796,22 | 6.261,93 | -0,30% | 8,03% |
| Ibex35 | 19.585,40 | 17.307,80 | 19.556,20 | 0,15% | 12,99% |
| Oro | 4.070,80 | 4.341,10 | 4.097,90 | 0,67% | -5,60% |
| Brent | 85,52 | 60,85 | 82,99 | -2,96% | 36,38% |
| Natgas | 2,89 | 3,13 | 2,72 | -5,88% | -13,10% |
| SSE | 3.814,20 | 3.968,84 | 3.804,69 | 0,25% | -4,14% |
| Bitcoin | 65.310,39 | 87.517,27 | 63.906,00 | -2,15% | -27,03% |
*Cierre semanal: 23 de julio del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025.
*Precio Actual: 30 de julio del 2026 a las 10:00
Optimismo extremo sobre la bolsa estadounidense
Durante los últimos años, invertir en bolsa ha sido, en gran medida, invertir en Estados Unidos. La revolución de la inteligencia artificial, el liderazgo de sus grandes compañías tecnológicas y una economía que ha resistido mejor de lo esperado han convertido al mercado estadounidense en el principal destino del ahorro mundial.
El primer gráfico refleja hasta qué punto este fenómeno ha alcanzado niveles extraordinarios. Las compras netas de acciones estadounidenses por parte de inversores extranjeros rozan ya los 900.000 millones de dólares en términos acumulados de doce meses, un máximo histórico. Y si ajustamos esa cifra al tamaño actual de la bolsa estadounidense (gráfico 2), el resultado apenas cambia: el peso de esas compras también se sitúa cerca de los niveles más elevados de las últimas tres décadas.
Fuente: Departamento del Tesoro de EE. UU.
Esto nos dice algo importante. La subida de Wall Street no se explica únicamente porque las empresas estén obteniendo buenos resultados. También porque una cantidad récord de capital internacional ha decidido concentrarse en un mismo mercado.
La gran pregunta es por qué. Y la respuesta aparece en el tercer gráfico. El consenso de analistas espera que los beneficios de las compañías del S&P 500 crezcan cerca de un 38% interanual, una cifra que no veíamos desde la salida de la crisis provocada por la pandemia en 2021. Detrás de esas previsiones está, sobre todo, la enorme expectativa de que la inteligencia artificial impulse un fuerte aumento de la productividad y de los beneficios empresariales durante los próximos años.
Y aquí es donde conviene recordar una de las reglas más importantes de los mercados: las bolsas no cotizan la realidad, cotizan las expectativas.
No sería extraño que muchas de estas empresas siguieran creciendo con fuerza. El problema es que el mercado ya lo sabe y lo da por hecho. Cuando las expectativas alcanzan niveles tan elevados, las compañías ya no necesitan presentar buenos resultados; necesitan presentar resultados todavía mejores de los que los inversores ya habían descontado.
Conclusión
No creo que estos gráficos anuncien necesariamente una corrección inminente. Pero sí muestran un mercado extraordinariamente exigente. Cuando una gran parte del ahorro mundial apuesta por el mismo activo y, al mismo tiempo, descuenta uno de los mayores crecimientos de beneficios de las últimas décadas, el margen para las sorpresas positivas se reduce y el coste de cualquier decepción aumenta. Porque en bolsa, muchas veces, no basta con hacerlo bien; hay que hacerlo mejor de lo que todos esperan.
¿Qué está haciendo la Reserva Federal con la deuda de Estados Unidos?
Cuando pensamos en la Reserva Federal solemos fijarnos en una única pregunta: ¿va a subir o bajar los tipos de interés? Sin embargo, hay otro movimiento mucho más discreto que está pasando prácticamente desapercibido y que puede decirnos mucho sobre cómo interpreta el banco central los riesgos a los que se enfrenta la economía estadounidense.
El gráfico que acompaña este artículo muestra que, desde finales de 2025, la Reserva Federal ha incrementado en casi 300.000 millones de dólares sus tenencias de letras del Tesoro, deuda con vencimientos inferiores a un año. Al mismo tiempo, ha seguido dejando vencer parte de los bonos de largo plazo que adquirió durante los programas de expansión monetaria de la última década.
A primera vista podría parecer un simple cambio técnico dentro de su balance. Sin embargo, detrás de esta decisión hay una diferencia fundamental.
Los tipos de interés a corto plazo dependen casi por completo de la política monetaria de la Reserva Federal. Si decide subir o bajar el precio oficial del dinero, las rentabilidades de las letras del Tesoro suelen ajustarse de forma muy rápida. En cambio, los bonos con vencimientos a diez, veinte o treinta años obedecen a otra lógica. Ahí pesa mucho más la percepción que tienen los inversores sobre la inflación futura, el crecimiento económico y, sobre todo, la sostenibilidad de las cuentas públicas estadounidenses. Es el mercado quien termina fijando el precio del dinero a largo plazo.
Fuente: Tradingview
Por eso este cambio en la composición del balance resulta tan interesante. Al aumentar el peso de las letras del Tesoro, la Reserva Federal concentra su cartera en el tramo de la curva donde mantiene un control mucho mayor y reduce su exposición al segmento donde las dudas sobre la credibilidad fiscal de Estados Unidos podrían provocar movimientos mucho más difíciles de contener.
No significa necesariamente que la Reserva Federal anticipe una crisis de deuda. Tampoco que esté preparando un nuevo programa de compra masiva de activos. Pero sí parece una estrategia que le proporciona mayor flexibilidad en un momento en el que el Tesoro estadounidense necesita emitir cantidades récord de deuda y el mercado exige cada vez más rentabilidad para financiar los plazos largos.
Conclusión
Muchas veces nos obsesionamos con el tamaño del balance de la Reserva Federal y pasamos por alto un detalle igual de importante: su composición. Quizá el verdadero mensaje no sea cuánto está comprando la Fed, sino qué tipo de deuda prefiere mantener.
El nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, afirmó en su primer discurso que quiere reducir al máximo el uso de las políticas monetarias no convencionales, como el Quantitative Easing (QE), porque considera que distorsionan el precio de los activos financieros. En ese contexto, dejar vencer progresivamente los bonos de largo plazo y sustituirlos por letras del Tesoro podría formar parte de esa nueva estrategia.
Hay, además, otro aspecto especialmente revelador. En los últimos meses la Reserva Federal ha reducido los tipos de interés oficiales, pero esa bajada apenas se ha trasladado a las rentabilidades de la deuda a largo plazo. Y eso es importante porque el bono estadounidense a diez años actúa como referencia para multitud de activos: desde las hipotecas hasta la financiación empresarial o las valoraciones de buena parte de los mercados financieros.
Quizá ese sea el mensaje más interesante. La Reserva Federal sigue teniendo un enorme poder para influir sobre el dinero a corto plazo, pero el precio del dinero a largo plazo depende cada vez más de lo que decidan los inversores. Si el propio banco central está desplazando su balance hacia el tramo de la curva que mejor controla, la pregunta ya no es únicamente cuándo bajará o subirá los tipos de interés, sino hasta qué punto sigue teniendo capacidad para influir sobre el coste de financiación que realmente condiciona el conjunto de la economía.
La batalla de la inteligencia artificial ya no se libra en el software
Durante los dos últimos años hemos asistido a una auténtica carrera por desarrollar modelos de inteligencia artificial cada vez más potentes. OpenAI, Google, Anthropic, Meta o la china DeepSeek han competido por demostrar quién era capaz de construir el mejor modelo. Parecía que toda la ventaja competitiva dependía de tener los algoritmos más avanzados.
Sin embargo, los acontecimientos de las últimas semanas sugieren que esa primera fase de la revolución de la IA está dando paso a otra muy distinta. Nadie duda ya de que esta tecnología transformará la economía. La gran pregunta empieza a ser otra: ¿quién podrá permitirse financiar esa transformación?
Porque la inteligencia artificial ya no depende únicamente del software. Para seguir avanzando hacen falta centros de datos gigantescos, cientos de miles de procesadores, sistemas de refrigeración, redes eléctricas más potentes y una capacidad de generación de energía que, en muchos lugares, empieza a quedarse corta. En otras palabras, la revolución más digital de nuestra historia depende cada vez más de infraestructuras extraordinariamente físicas.
No es casualidad que Bloomberg alertara esta semana de la enorme presión que están sufriendo las redes eléctricas estadounidenses. La expansión de los centros de datos, unida a las olas de calor y a la creciente electrificación de la economía, está llevando muchas infraestructuras al límite. El cuello de botella ya no parece ser la capacidad de los modelos, sino la capacidad de alimentarlos.
Ese cambio también explica la reacción del mercado. Algunas compañías han anunciado inversiones multimillonarias para mantener su liderazgo en IA y los inversores empiezan a preguntarse cuánto tardarán en recuperar semejantes desembolsos. La reciente pausa de DeepSeek en una ronda de financiación refleja que incluso algunos de los protagonistas de esta carrera empiezan a medir con más cautela el ritmo de expansión.
Y es que la historia nos recuerda que las grandes revoluciones tecnológicas suelen atravesar una fase en la que el principal desafío deja de ser la innovación y pasa a ser la capacidad de financiar su despliegue. En el caso de la inteligencia artificial, ese momento parece haber llegado antes de lo que muchos esperaban.
Conclusión
Creo que estamos asistiendo a un cambio de fase. Durante los primeros años de la inteligencia artificial, la batalla consistía en desarrollar el mejor modelo. A partir de ahora, la ventaja competitiva dependerá cada vez más de quién tenga acceso al capital, la energía y las infraestructuras necesarias para sostener esa revolución.
Eso significa que el éxito ya no dependerá únicamente del talento de los ingenieros, sino también de la capacidad financiera de las compañías y, en muchos casos, de la solidez de las infraestructuras de cada país. La inteligencia artificial seguirá siendo una revolución tecnológica, pero cada vez tendrá más rasgos de una revolución industrial. Y eso puede cambiar profundamente qué empresas —e incluso qué economías— acaban liderando esta nueva etapa.
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Ya no gana quien produce más barato. gana quien produce con menos riesgo.
Durante décadas nos acostumbramos a pensar que la globalización consistía en fabricar allí donde era más barato y vender en cualquier parte del mundo. Las empresas decidían dónde invertir en función de los costes, los consumidores se beneficiaban de precios más bajos y los gobiernos trataban, al menos en teoría, de intervenir lo menos posible en el comercio internacional.
Ese modelo está cambiando a gran velocidad.
Cuando se habla de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, la atención suele centrarse en los aranceles. Sin embargo, los acontecimientos de las últimas semanas muestran que estamos entrando en una fase mucho más profunda. Ya no se trata únicamente de gravar las importaciones, sino de decidir quién puede fabricar, dónde puede hacerlo y bajo qué condiciones.
Estados Unidos ha endurecido las restricciones a productos procedentes de regiones sospechosas de utilizar trabajo forzoso, mientras presiona a países como México para que adopten barreras similares frente al acero chino. Al mismo tiempo, Alemania estudia imponer condiciones a inversiones extranjeras en sectores considerados estratégicos e India aprovecha las nuevas negociaciones comerciales para ganar cuota de mercado en Estados Unidos.
A primera vista parecen decisiones independientes. En realidad, todas responden a una misma lógica. Los gobiernos han dejado de considerar el comercio internacional como una cuestión exclusivamente económica y han empezado a utilizarlo como una herramienta de política industrial, seguridad nacional e influencia geopolítica.
Durante años se asumió que la eficiencia era el principal objetivo de las cadenas de suministro. Hoy pesan cada vez más otros factores: la resiliencia, la autonomía estratégica o la seguridad del abastecimiento. Fabricar en el lugar más barato ha dejado de ser la única prioridad si eso implica depender de un país que, en un momento de tensión política, pueda interrumpir el suministro de componentes esenciales.
Por eso resulta engañoso interpretar lo que está ocurriendo como un simple regreso al proteccionismo. El comercio internacional no está desapareciendo. Lo que está haciendo es reorganizarse alrededor de bloques de confianza. Las empresas seguirán produciendo en distintos países, pero cada vez tendrán más en cuenta las afinidades políticas, la estabilidad institucional o el acceso preferente a determinados mercados.
Estamos pasando de un mundo en el que las cadenas de producción eran globales a otro en el que serán, probablemente, más regionales y estratégicas.
Conclusión
Creo que muchos inversores siguen interpretando estas noticias como si fueran episodios aislados: un nuevo arancel, una restricción comercial o una negociación más entre gobiernos. Sin embargo, cuando se observan en conjunto aparece una tendencia mucho más profunda.
Durante décadas, las empresas competían casi exclusivamente por producir más barato. En los próximos años tendrán que competir también por producir de forma más segura, más cercana y menos dependiente de países considerados estratégicamente sensibles. Y eso tiene consecuencias muy concretas.
Es probable que la inflación estructural sea algo más elevada que en las décadas anteriores, porque fabricar con mayor redundancia y menor dependencia tiene un coste. También veremos más inversión en industria, logística, defensa, energía e infraestructuras dentro de los propios bloques económicos, mientras sectores muy dependientes del comercio global podrían enfrentarse a mayores costes y menores márgenes.
La gran diferencia es que antes la geografía seguía a la economía. Hoy empieza a ser la geopolítica la que decide dónde se invierte, dónde se produce y, probablemente, dónde estarán las mejores oportunidades de inversión durante la próxima década.
Todo lo que analizamos cada semana, geopolítica, bancos centrales, inteligencia artificial, materias primas, impacta de forma directa en tu bolsillo. Pero sé que la pregunta recurrente siempre es la misma:
«De acuerdo, ¿y esto cómo lo aplico a mi cartera?»
El 17 de octubre en Madrid voy a responder a esa pregunta en Invertir en el mañana, un evento presencial diseñado para filtrar el ruido y darte claridad.
No venimos a teorizar. Vamos a analizar cómo proteger y hacer crecer tu patrimonio hoy, tocando los puntos clave que definirán tu futuro:
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Llevamos años hablando de cómo la inteligencia artificial aumentará nuestra productividad, revolucionará la medicina o transformará la educación.
Pero la última noticia relacionada con OpenAI apunta hacia otro escenario que merece mucha atención.
Según diversas informaciones, un modelo experimental de OpenAI ha sido capaz hace unos días de ejecutar de forma autónoma un ataque complejo contra un entorno de Hugging Face, una de las mayores plataformas del mundo para compartir modelos de inteligencia artificial. Lo realmente llamativo no fue el objetivo del ataque, sino la velocidad y el nivel de autonomía con el que se produjo.
Durante años, los expertos en ciberseguridad habían advertido de que llegaría un momento en el que una IA podría encadenar decenas de acciones para localizar vulnerabilidades, modificar su estrategia y completar un ataque sin intervención humana. Todo apunta a que ese momento ya está mucho más cerca de lo que muchos imaginaban.
¿Por qué debería importarnos como inversores?
Porque la IA no solo creará nuevos ganadores. También está creando nuevos riesgos.
Cada gran revolución tecnológica genera oportunidades, pero también obliga a reinventar industrias enteras. Si las empresas incorporan agentes de IA capaces de trabajar de forma autónoma, también tendrán que protegerse de agentes de IA capaces de atacar con la misma autonomía.
Eso significa que la ciberseguridad deja de ser un coste operativo para convertirse en una inversión estratégica.
No es casualidad que muchas compañías especializadas en seguridad digital estén incrementando sus inversiones en inteligencia artificial, mientras gobiernos y grandes empresas revisan sus protocolos para un escenario completamente nuevo.
Y hay otra lectura todavía más interesante.
La carrera por la IA ya no consiste únicamente en desarrollar el mejor modelo. También consiste en desarrollar el modelo más seguro.
En los próximos años veremos una competencia no solo por ofrecer más capacidad, sino por garantizar mayor fiabilidad, trazabilidad y control. Ese factor puede convertirse en una ventaja competitiva tan importante como la propia potencia del modelo.
Quizá dentro de unos años recordemos este episodio como una simple anécdota de laboratorio.
O quizá sea el momento en que comprendimos que la inteligencia artificial había dejado de ser únicamente una herramienta para convertirse también en un nuevo actor dentro del tablero de la ciberseguridad.
Y cuando una tecnología cambia las reglas del juego, los inversores harían bien en prestar atención antes de que el mercado empiece a ponerle precio.
John D. Rockefeller no solo fue uno de los hombres más ricos de todos los tiempos. Fue una persona que entendió antes que nadie una idea que sigue siendo válida hoy: la riqueza no se construye gastando, sino reinvirtiendo.
En Titan, la extraordinaria biografía escrita por Ron Chernow, descubrimos a un empresario obsesionado con la eficiencia, el ahorro y la visión a largo plazo. Desde muy joven registraba cada ingreso y cada gasto, llevaba una contabilidad rigurosa y destinaba parte de todo lo que ganaba a seguir construyendo patrimonio.
Más allá de la dimensión histórica del personaje, el libro demuestra que la riqueza rara vez nace de un golpe de suerte. Suele ser el resultado de cientos de pequeñas decisiones acertadas, repetidas durante años.
Hoy no hace falta construir Standard Oil para aplicar esa enseñanza. Basta con aprender a gestionar bien el dinero que pasa por nuestras manos.
Porque todos podemos aprender de Rockefeller, aunque nuestro punto de partida sea completamente distinto. Pongo esta edición en inglés de Chernov que me cautivó, pero en el mercado abundantes biografías en español sobre el magnate.
Buena semana.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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