The trader nº 165
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº164. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
Cuando pensamos en la carrera por la inteligencia artificial solemos imaginar una competición entre empresas como OpenAI, Google, Nvidia o Alibaba. Hablamos de quién desarrolla el modelo más potente, quién construye más centros de datos o quién fabrica los chips más avanzados. Sin embargo, el último discurso de Xi Jinping en Shanghái apunta en una dirección mucho más profunda.
China ya no parece conformarse con ser una de las grandes potencias en inteligencia artificial. Su objetivo es mucho más ambicioso: quiere convertirse en el país que lidere las reglas bajo las que funcionará esta tecnología durante las próximas décadas.
Y esa diferencia es enorme.
Hasta ahora, Estados Unidos ha centrado buena parte de su estrategia en mantener su ventaja tecnológica. Las restricciones a la exportación de semiconductores avanzados y los controles sobre determinadas tecnologías responden a una lógica muy clara: impedir que un rival estratégico alcance el mismo nivel de desarrollo.
Xi Jinping, en cambio, proyectó una imagen completamente distinta. Defendió la cooperación internacional, el código abierto, el intercambio de conocimiento y la necesidad de que la inteligencia artificial beneficie a todos los países, especialmente a las economías emergentes. También insistió en que no debe utilizarse la seguridad nacional como excusa para restringir el acceso a esta tecnología.
Sobre el papel, el mensaje resulta difícil de rechazar. ¿Quién podría estar en contra de que la inteligencia artificial sea más accesible, más colaborativa y beneficie al conjunto de la humanidad? Sin embargo, detrás de ese discurso existe una estrategia geopolítica mucho más amplia. China entiende que la inteligencia artificial no será únicamente una revolución tecnológica. Será también una revolución institucional. Y quien consiga definir los estándares, las normas y los organismos internacionales que regulen su desarrollo tendrá una influencia enorme sobre la economía mundial.
En ese contexto debe entenderse el anuncio más importante de la conferencia: la creación en Shanghái de la Organización Mundial para la Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO). No se trata simplemente de una nueva institución, sino del intento de construir un espacio internacional desde el que China lidere la cooperación tecnológica con decenas de países, especialmente del denominado Sur Global.
La iniciativa viene acompañada de compromisos concretos. Pekín ofrecerá miles de programas de formación en inteligencia artificial para países en desarrollo, impulsará centros internacionales de cooperación y compartirá aplicaciones prácticas de IA en ámbitos como la meteorología. La estrategia recuerda a lo que China lleva años haciendo con la Nueva Ruta de la Seda. Primero fueron las infraestructuras. Después la financiación. Más tarde el comercio.
Ahora le toca el turno a la inteligencia artificial. Ya no se trata solo de vender tecnología, sino de crear dependencia tecnológica y convertirse en el socio preferente de buena parte del mundo emergente. Mientras tanto, Estados Unidos sigue apostando por una estrategia más defensiva para proteger su ventaja competitiva.
Y eso plantea una cuestión muy interesante. Porque quizá la carrera de la inteligencia artificial ya no consista únicamente en quién desarrolla el mejor modelo, sino en quién consigue que el resto del mundo adopte su forma de entender la inteligencia artificial.
En otras palabras, están surgiendo dos modelos distintos. Uno prioriza el control de las tecnologías estratégicas por motivos de seguridad nacional. El otro busca construir una red internacional de cooperación bajo liderazgo chino utilizando la apertura tecnológica como herramienta de influencia.
Ambos persiguen el mismo objetivo: aumentar su poder. Simplemente utilizan caminos diferentes para conseguirlo.
Conclusión
Mi impresión es que muchos inversores siguen analizando la inteligencia artificial únicamente desde el punto de vista empresarial: quién venderá más chips o quién desarrollará el mejor modelo. Pero la historia demuestra que las grandes transformaciones tecnológicas no dependen solo de la innovación. También dependen de quién establece los estándares, las instituciones y las reglas que terminan utilizando los demás. Y esa es precisamente la batalla que Xi Jinping acaba de dejar entrever. Puede que la mayor ventaja competitiva del futuro no sea tener la mejor inteligencia artificial, sino conseguir que el resto del mundo juegue con tus reglas.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 7.457,69 | 6.845,5 | 7.498,96 | 0,55% | 9,55% |
| Nasdaq100 | 28.592,66 | 25.249,85 | 28.998,10 | 1,42% | 14,84% |
| Eurostoxx50 | 6.230,87 | 5,796,22 | 6.269,18 | 0,61% | 8,16% |
| Ibex35 | 19.216,90 | 17.307,80 | 19.498,00 | 1,46% | 12,65% |
| Oro | 4.018,80 | 4.341,10 | 4.095,30 | 1,90% | -5,66% |
| Brent | 83,17 | 60,85 | 86,40 | 3,88% | 41,99% |
| Natgas | 2,88 | 3,13 | 2,94 | 2,08% | -6,07% |
| SSE | 3.764,16 | 3.968,84 | 3.876,78 | 2,99% | -2,32% |
| Bitcoin | 64.568,58 | 87.517,27 | 65.407,43 | 1,30% | -25,31% |
*Cierre semanal: 16 de julio del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025.
*Precio Actual: 23 de julio del 2026 a las 10:00
Los mercados demuestran una vez más que se pueden acostumbrar a casi todo
Una de las características más sorprendentes de los mercados financieros es su enorme capacidad para adaptarse. No porque los riesgos desaparezcan, sino porque dejan de sorprenderse.
Cada vez que estalla una crisis importante, la reacción inicial suele ser muy intensa. Los inversores venden activos de riesgo, buscan refugio, aumenta la volatilidad y las portadas se llenan de titulares alarmistas. Pero, con el paso del tiempo, ocurre algo casi inevitable: el mercado incorpora ese nuevo riesgo a sus expectativas y deja de reaccionar con la misma intensidad.
Es exactamente lo que estamos viendo estos días en Oriente Medio.
Hace apenas un mes, el memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán hacía pensar que ambos países podían estar iniciando una etapa de desescalada. Sin embargo, aquel acuerdo prácticamente ha quedado roto. Los bombardeos estadounidenses continúan por noveno día consecutivo, Irán mantiene sus ataques contra bases militares estadounidenses en varios países de la región y el estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los principales focos de tensión energética del planeta.
La situación, lejos de mejorar, parece haberse deteriorado.
Los ataques ya no afectan únicamente a objetivos militares. También han alcanzado infraestructuras energéticas y plantas desalinizadoras en Kuwait, poniendo de manifiesto hasta qué punto el conflicto empieza a extender sus consecuencias sobre instalaciones civiles críticas para toda la región.
Y, sin embargo, la reacción de los mercados resulta sorprendentemente contenida.
Es cierto que el petróleo ha vuelto a superar puntualmente los 90 dólares por barril, y que el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz continúa muy reducido. Pero, más allá de ese impacto directo sobre la energía, apenas se aprecia una prima de riesgo geopolítico significativa en la mayoría de los activos financieros. Las bolsas continúan relativamente estables, los diferenciales de crédito apenas se han movido y el comportamiento de los inversores transmite una sensación de normalidad difícil de imaginar hace solo unas semanas.
¿Por qué ocurre esto?
Porque los mercados no reaccionan tanto al nivel absoluto del riesgo como a los cambios inesperados en ese riesgo. Cuando estalla un conflicto, el mercado necesita recalcular el escenario. Pero una vez que comprende sus posibles consecuencias, empieza a convivir con ellas. El riesgo no desaparece… simplemente deja de ser una novedad.
No es algo nuevo, ya ocurrió con la guerra de Ucrania. También con las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China. Con la pandemia. Con la inflación. Incluso con las sucesivas crisis bancarias. Lo que inicialmente parecía un acontecimiento capaz de cambiarlo todo terminó convirtiéndose, con el paso del tiempo, en una variable más dentro del análisis de los inversores.
Eso no significa que los riesgos sean menores. Significa que el mercado ya los ha incorporado a los precios.
Conclusión
Mi impresión es que uno de los mayores errores que cometemos como inversores consiste en confundir la intensidad de los titulares con la intensidad del impacto económico. Un conflicto puede ser cada vez más grave desde el punto de vista militar o humanitario y, aun así, dejar de afectar a los mercados si sus consecuencias económicas ya han sido descontadas. Solo cuando ese riesgo geopolítico termina trasladándose a un deterioro significativo de la economía (más inflación, menor crecimiento, interrupciones prolongadas del comercio o problemas de suministro) vuelve a convertirse en un factor determinante para los activos financieros. Al final, las bolsas no reaccionan ante el ruido, sino ante aquello que puede cambiar realmente las expectativas económicas.
¿Y si el inversor comete el mismo error que cometió con la llegada de internet?
Uno de los gráficos más sorprendentes que he visto en las últimas semanas muestra cómo el coste de utilizar inteligencia artificial está cayendo a una velocidad nunca vista. Según Goldman Sachs, el precio de los modelos de lenguaje se ha desplomado en apenas tres años tanto como cayó el precio de los ordenadores personales durante casi dos décadas. Y si además tenemos en cuenta que los modelos actuales son mucho más capaces que los de hace solo dos años, el coste por unidad de inteligencia se está reduciendo todavía más deprisa.
Fuente: a16z
A primera vista, esto parece una noticia extraordinaria para las compañías que lideran esta revolución. Si la inteligencia artificial va a estar presente en prácticamente todos los sectores de la economía, lo lógico sería pensar que quienes la desarrollan serán también quienes obtengan los mayores beneficios.
Sin embargo, la historia nos invita a ser algo más prudentes. A finales de los años noventa ocurrió algo muy parecido con Internet. El tráfico de datos crecía de forma explosiva, cada vez hacían falta más routers, más infraestructura y más capacidad de transmisión. Cisco se convirtió en la empresa que suministraba buena parte de ese equipamiento y llegó a ser, durante unos meses, la compañía más valiosa del mundo.
Y, sin embargo, para el inversor la historia fue muy distinta. Internet terminó transformando por completo la economía mundial. Cisco siguió siendo una magnífica empresa y continuó aumentando sus ingresos durante muchos años. Pero la competencia, la caída de los precios del hardware y unas expectativas que se habían vuelto completamente desproporcionadas hicieron que su cotización llegara a caer más de un 80% y tardará más de veinticinco años en recuperar los máximos alcanzados durante la burbuja tecnológica.
La revolución fue real. Los beneficios empresariales también. Lo que no fueron sostenibles fueron las expectativas que el mercado había descontado.
Con la inteligencia artificial podría suceder algo parecido. Si el coste de desarrollar y utilizar modelos continúa desplomándose, la propia inteligencia puede terminar convirtiéndose en una commodity. Igual que hoy nadie paga un sobreprecio por almacenar información en la nube o por enviar datos a través de Internet, es posible que dentro de unos años utilizar un modelo de inteligencia artificial sea un servicio cada vez más barato y accesible.
Y aquí entra en juego una paradoja económica muy conocida: la paradoja de Jevons. Cuando una tecnología se abarata de forma drástica, lo normal no es que se utilice menos, sino mucho más. Cuanto más barato resulte acceder a la inteligencia artificial, más aplicaciones aparecerán, más procesos se automatizarán y mayor será el consumo total de esa inteligencia. El desplome del precio no tiene por qué reducir el tamaño del negocio; puede hacerlo crecer de forma exponencial.
Eso no significa que desaparezca el negocio. Al contrario, probablemente el mercado será mucho mayor. Lo que significa es que el valor económico podría desplazarse hacia otro lugar.
Quizá los grandes ganadores no sean quienes construyen los modelos, sino quienes consigan integrarlos mejor en productos y servicios capaces de generar ingresos recurrentes. O quizá quienes proporcionen la infraestructura necesaria para sostener ese crecimiento. La historia demuestra que las grandes revoluciones tecnológicas rara vez reparten los beneficios de la forma que inicialmente imagina el mercado.
Por eso conviene distinguir entre una tecnología extraordinaria y una inversión extraordinaria. Porque no siempre son la misma cosa.
Conclusión
Creo que la inteligencia artificial cambiará la economía con una intensidad incluso superior a la que lo hizo Internet. El fuerte abaratamiento de su coste probablemente hará que su uso se dispare, exactamente como describe la paradoja de Jevons. Pero eso no implica automáticamente que las compañías que hoy lideran esta revolución vayan a ser las mejores inversiones de la próxima década.
Cisco fue una pieza imprescindible para construir Internet y, aun así, muchos inversores que compraron sus acciones a finales de los años noventa vieron cómo su inversión sufría una corrección superior al 80% y necesitaron más de veinticinco años para recuperar su dinero. La historia demuestra que una revolución tecnológica puede transformar por completo la economía sin que las empresas que la lideran en sus primeros años sean necesariamente las que acaben generando las mayores rentabilidades para sus accionistas.
¿Y si el futuro no está delante de un ordenador?
Durante décadas nos dijeron que estudiar una carrera universitaria era el camino más seguro hacia un buen empleo. Que cuanto menos físico fuera el trabajo y más intelectual pareciera, mayores serían las oportunidades.
La inteligencia artificial está empezando a poner en duda esa idea.
Hoy ya existen sistemas capaces de redactar informes, programar, traducir idiomas, diseñar campañas publicitarias o analizar contratos legales en cuestión de segundos. Muchas tareas cognitivas que hasta hace poco parecían reservadas exclusivamente a profesionales cualificados empiezan a ser automatizables.
Sin embargo, ocurre justo lo contrario con muchos trabajos manuales. Un electricista, un fontanero, un soldador o un carpintero siguen teniendo que desplazarse hasta el lugar donde está el problema, analizar una situación distinta cada día y resolverla físicamente. Automatizar ese proceso resulta mucho más complejo y costoso que automatizar una tarea realizada frente a una pantalla.
Ese cambio de percepción ya empieza a reflejarse en los datos. El siguiente gráfico muestra cómo las búsquedas en Google relacionadas con las escuelas de formación profesional y los empleos manuales se han disparado en los últimos dos años.
No parece una moda pasajera. Cada vez más jóvenes empiezan a entender que, mientras la IA amenaza parte del trabajo cognitivo más rutinario, los oficios especializados ganan atractivo por su escasez, sus salarios y su mayor resistencia a la automatización.
No es casualidad que en Estados Unidos esté creciendo con fuerza la matriculación en centros de formación profesional. Tampoco que empresas de construcción, fabricantes e incluso directivos tecnológicos como Jensen Huang, CEO de Nvidia, adviertan de que fontaneros, electricistas y constructores podrían experimentar importantes subidas salariales en los próximos años.
Pero hay otro fenómeno igual de interesante. Mientras la inteligencia artificial amenaza una parte del trabajo intelectual tradicional, también está revalorizando algo profundamente humano: la credibilidad.
Por eso están proliferando los llamados “influencers” de los oficios. Soldadores, camioneros, electricistas o carpinteros que muestran su trabajo diario en las redes sociales y han conseguido atraer a cientos de miles de seguidores. No solo obtienen ingresos con su profesión, sino también con el contenido, la formación y las comunidades que crean alrededor de ella.
Estos creadores están ayudando a cambiar la imagen de unos trabajos que durante años fueron considerados poco atractivos o de segunda categoría. Al mostrar cuánto ganan, cómo trabajan y qué oportunidades existen, están consiguiendo que muchos jóvenes vuelvan a contemplarlos como una alternativa profesional real.
La paradoja es que utilizan precisamente la tecnología para defender trabajos que la tecnología tiene muchas dificultades para sustituir. Además, los propios “influencers” también están construyendo una defensa frente a la inteligencia artificial. La IA puede generar textos, imágenes y vídeos cada vez mejores, pero no puede fabricar de la noche a la mañana una relación de confianza con miles de personas.
Las personas no siguen únicamente información. Siguen a quien consideran creíble. Por eso, el verdadero valor de un creador de contenido no consiste solo en producir vídeos o publicaciones. Consiste en haber construido una comunidad que confía en su experiencia, en su criterio y en la persona que hay detrás de cada mensaje.
Conclusión
Durante años se nos dijo que el futuro pertenecía a quienes trabajaban únicamente con la cabeza. La inteligencia artificial nos está enseñando que el verdadero valor no depende de si el trabajo es físico o intelectual, sino de lo fácil o difícil que resulte sustituirlo.
Algunos oficios manuales recuperarán protagonismo porque requieren presencia, experiencia y capacidad para resolver problemas reales sobre el terreno. Y quienes sean capaces de construir credibilidad también estarán mejor protegidos, porque la confianza no se automatiza.
Quizá el trabajo del futuro no se divida entre empleos manuales y cognitivos, sino entre quienes se limitan a ejecutar tareas y quienes aportan algo que una máquina todavía no puede copiar: experiencia, criterio y confianza.
¿Quieres recibir esta newsletter?
¿Quién pagará el estado de bienestar en el futuro?
Cada vez que hablamos de inteligencia artificial aparece la misma preocupación: cuántos empleos desaparecerán y cuántos nuevos acabarán surgiendo. Es un debate importante, pero probablemente no sea el más trascendente. Hay una pregunta mucho más profunda que apenas empieza a plantearse y que puede acabar condicionando la economía de las próximas décadas: ¿cómo se financiarán los Estados si una parte creciente del trabajo deja de realizarla un ser humano?
Puede parecer una cuestión lejana, pero en realidad afecta al corazón mismo de nuestro modelo económico. Durante más de un siglo, los gobiernos han construido sus cuentas públicas sobre un principio muy sencillo: las personas trabajan, reciben un salario y pagan impuestos. Con esa recaudación se financian hospitales, colegios, pensiones, carreteras, policías o el sistema judicial. En otras palabras, el Estado del bienestar depende, en gran medida, de que exista una masa enorme de trabajadores cotizando y pagando impuestos sobre su renta.
La irrupción de la inteligencia artificial amenaza precisamente ese equilibrio. No porque vaya a eliminar todo el empleo, sino porque puede reducir la necesidad de trabajadores en algunas de las profesiones mejor remuneradas: programadores, analistas financieros, abogados, consultores o administrativos especializados figuran entre los perfiles más expuestos a la automatización. Y no es una cuestión menor, porque son precisamente esos salarios elevados los que generan una parte muy importante de la recaudación fiscal.
Aquí aparece una paradoja que rara vez ocupa los titulares. Si disminuye el número de personas que trabajan o si los salarios pierden peso frente a los beneficios generados por las máquinas, los ingresos del Estado tenderán a reducirse. Sin embargo, el gasto público podría aumentar al mismo tiempo, ya que sería necesario financiar prestaciones por desempleo, programas de formación o ayudas para facilitar la transición hacia nuevas profesiones. Es decir, los gobiernos podrían enfrentarse simultáneamente a menos ingresos y más gastos.
Esta preocupación ya ha llegado a organismos como el Fondo Monetario Internacional. Hace apenas unos meses reunió a economistas, expertos en tecnología, bancos centrales y representantes del sector privado para analizar precisamente este escenario. La conclusión fue que el mayor desafío de la inteligencia artificial no consiste únicamente en su impacto sobre el empleo, sino en la capacidad de los sistemas fiscales para adaptarse a una economía donde el trabajo humano podría dejar de ser la principal fuente de creación de valor.
Las posibles soluciones son numerosas, pero ninguna resulta sencilla. Algunos economistas proponen aumentar los impuestos sobre los beneficios empresariales. Otros defienden crear impuestos específicos sobre el uso de la inteligencia artificial o sobre la capacidad de computación que consume. También hay quienes plantean desplazar parte de la recaudación hacia los impuestos al consumo. El problema es que todas estas alternativas presentan enormes dificultades políticas y técnicas, especialmente en un mundo donde las grandes empresas pueden mover fácilmente su actividad entre distintos países.
Mientras tanto, algunos gobiernos ya han decidido prepararse. Singapur está acumulando reservas financieras, invirtiendo masivamente en formación y facilitando que sus ciudadanos aprendan a utilizar herramientas de inteligencia artificial antes de que la transformación del mercado laboral se acelere. Suecia, por su parte, lleva años reformando su Estado del bienestar para hacerlo menos dependiente de las transferencias monetarias y más orientado a financiar servicios como la educación, la sanidad o el cuidado infantil, buscando una mayor capacidad de adaptación ante cambios estructurales como el que puede provocar la IA.
Conclusión
Cada revolución tecnológica ha terminado generando más riqueza que la que destruyó, y no tengo demasiadas dudas de que esta acabará siguiendo el mismo camino. Sin embargo, la historia también demuestra que las transiciones suelen ser largas, complejas y, en ocasiones, socialmente muy costosas.
Por eso creo que el gran debate sobre la inteligencia artificial no debería centrarse únicamente en cuántos empleos desaparecerán, sino en cómo vamos a financiar un modelo de sociedad diseñado para un mundo en el que casi toda la riqueza procedía del trabajo humano. Porque si la riqueza del futuro la generan cada vez más las máquinas, quizá haya llegado el momento de empezar a preguntarnos si nuestro sistema fiscal también necesita reinventarse.
.
Rebajas. Prime Day. Descuentos exclusivos. Últimas unidades. Solo hoy.
Durante el verano recibimos decenas de mensajes diseñados para que compremos antes de pensar. Y muchas veces caemos no porque necesitemos ese producto, sino porque sentimos que estamos perdiendo una oportunidad.
La educación financiera también consiste en aprender a diferenciar una buena compra de una compra impulsiva. Antes de sacar la tarjeta merece la pena hacerse tres preguntas:
La mayoría de las compras impulsivas desaparecen cuando dejamos pasar unas horas antes de decidir. Controlar estos pequeños impulsos puede suponer miles de euros de diferencia a lo largo de los años.
Si quieres aprender a tomar mejores decisiones con tu dinero te recomiendo que eches un vistazo al curso Finanzas Personales para la Vida Real donde descubrirás cómo funcionan estos sesgos psicológicos y cómo evitar que condicionen tus decisiones con el dinero.
Mientras gran parte del mercado sigue obsesionado con la inteligencia artificial, hay otro sector donde el dinero institucional se está moviendo con una intensidad extraordinaria: la biotecnología.
No es casualidad.
Las grandes farmacéuticas se enfrentan a uno de los mayores desafíos de la próxima década: el llamado patent cliff. Entre 2026 y 2030 perderán la exclusividad de algunos de sus medicamentos más rentables. Cuando una patente expira, entran los genéricos y los ingresos pueden caer entre un 70% y un 90% en muy poco tiempo.
Eso explica lo que estamos viendo: comprar innovación.
Solo en lo que llevamos de 2026 se han anunciado 37 adquisiciones de compañías biotecnológicas valoradas en más de 1.000 millones de dólares, un récord histórico. El valor agregado de estas operaciones supera ya los 216.000 millones de dólares, prácticamente el doble que hace un año.
Pero las adquisiciones son solo una parte de la historia.
Las salidas a bolsa de empresas biotecnológicas están siendo uno de los segmentos más rentables del mercado este año. Después de varios años de “invierno biotech”, el capital vuelve a financiar compañías con ensayos clínicos avanzados y tecnologías diferenciales, dejando atrás el exceso especulativo de 2021.
Además, la revolución tecnológica también está transformando este sector.
La inteligencia artificial ya no solo genera texto o imágenes: está acelerando el descubrimiento de nuevos fármacos, reduciendo tiempos de investigación y aumentando la probabilidad de éxito en determinadas fases del desarrollo clínico. Cada vez más farmacéuticas combinan adquisiciones con plataformas de IA para construir sus futuras carteras de medicamentos.
¿Qué podemos aprender como inversores?
Que los grandes ciclos de inversión suelen comenzar cuando convergen varios factores estructurales:
No significa que cualquier empresa biotecnológica vaya a ser una buena inversión. Es probablemente uno de los sectores con mayor incertidumbre y volatilidad del mercado. Pero sí es un recordatorio de algo que nunca cambia: Las grandes tendencias no nacen cuando aparecen en los titulares. Nacen cuando el capital inteligente empieza a posicionarse antes que el resto. Si quieres saber más no puedes faltar el 17 de octubre a mi evento.
Si tuviera que recomendar un libro para este verano que demuestra que la riqueza empieza mucho antes del dinero, sería La autobiografía de Benjamin Franklin.
Mucho antes de que existieran los gurús del desarrollo personal, Franklin ya había entendido que el verdadero patrimonio se construye a través de los hábitos.
No nació rico. No heredó una fortuna. Construyó su vida desde cero gracias a la disciplina, el aprendizaje continuo y la capacidad de mejorar un poco cada día. Uno de los aspectos más fascinantes del libro es su famoso sistema de las 13 virtudes, un método con el que evaluaba cada semana su comportamiento para convertirse, deliberadamente, en una mejor versión de sí mismo. Entendió que antes de gestionar bien el dinero había que aprender a gestionarse a uno mismo.
La mayoría de las personas busca el secreto para invertir mejor. Franklin demuestra que el verdadero secreto está en desarrollar el carácter que permite tomar buenas decisiones durante décadas. Frugalidad. Trabajo. Curiosidad. Honestidad. Paciencia.
Más de dos siglos después, siguen siendo algunas de las mejores inversiones que puedes hacer porque la libertad financiera no empieza cuando compras tu primera acción. Empieza cuando desarrollas la mentalidad capaz de sostener buenas decisiones durante toda una vida. El patrimonio empieza construyendo buenos hábitos.
Un clásico imprescindible para cualquier persona interesada en las finanzas, el emprendimiento y el crecimiento personal. Editado entre otros, por Cátedra.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
Te regalo mi visión personalsobre el mercado, análisis,opinión y noticias
Suscríbete y recibe cada jueves mi boletín gratis.
SuscribirmeInformación legal