The trader nº 162
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº162. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
Una de las características más sorprendentes de los mercados financieros es su capacidad para acostumbrarse a casi cualquier cosa. No necesariamente porque los riesgos desaparezcan. Sino porque, con el paso del tiempo, dejan de sorprender.
Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, muchos inversores pensaron que estábamos ante un shock geopolítico capaz de cambiarlo todo. Y en muchos sentidos lo cambió. Cambió la política energética europea, cambió las relaciones entre Rusia y Occidente, aceleró el gasto en defensa, modificó cadenas de suministro y abrió una nueva etapa de tensión entre grandes bloques.
Pero más de cuatro años después, la guerra sigue ahí y los mercados han aprendido a convivir con ella. Ya no provoca la misma reacción que al principio. Ya no ocupa todos los titulares. Ya no genera cada semana una prima de riesgo adicional en las bolsas. Incluso cuando el conflicto sigue teniendo implicaciones enormes para la OTAN, para Europa y para la relación entre Estados Unidos y sus aliados, el inversor ha terminado incorporándolo como parte del paisaje.
Algo parecido ha ocurrido con los aranceles. Durante meses, cada amenaza comercial parecía tener capacidad para mover los mercados. Nuevos impuestos a las importaciones, represalias, negociaciones tensas, incertidumbre sobre márgenes empresariales, inflación y crecimiento. Pero también ahí el mercado ha ido adaptándose. Lo que al principio parecía una ruptura del orden económico global ha acabado convirtiéndose, para muchos inversores, en una variable más dentro del escenario.
No porque sea irrelevante. Sino porque ya no es nuevo.
Y lo mismo hemos vuelto a ver con Oriente Medio. El conflicto alrededor de Irán, Israel, Estados Unidos y el estrecho de Ormuz provocó un repunte importante del precio del petróleo. Durante unos días volvió el temor a un shock energético global. El mercado recordó que una parte esencial del petróleo mundial pasa por una zona extremadamente vulnerable y que cualquier interrupción seria en esa región puede tener consecuencias inmediatas sobre inflación, tipos de interés y crecimiento. Pero bastaron señales de reapertura, algo de normalización en los flujos y la esperanza de una tregua para que el petróleo volviera a niveles muy similares a los previos a la escalada.
La pregunta incómoda es si el riesgo realmente ha desaparecido o si, simplemente, el mercado ha decidido dejar de cobrarlo. Porque la tregua sigue siendo frágil. Los ataques no han desaparecido por completo. La incertidumbre sobre el acuerdo de fondo continúa. Y nadie sabe con certeza si estamos ante el inicio de una desescalada real o solo ante una pausa temporal antes del siguiente episodio.
Pero el mercado funciona así. No descuenta el riesgo de forma permanente. Descarta aquello que no se materializa rápido. Penaliza lo inesperado, pero se acostumbra con enorme velocidad a lo repetido. Y una vez que el inversor incorpora un problema a su rutina mental, ese problema deja de generar miedo. Pasa a formar parte del escenario base.
No vivimos en un mundo con menos riesgos. Vivimos en un mundo en el que los inversores se han vuelto extraordinariamente hábiles para convivir con ellos.
La guerra en Ucrania sigue abierta. La tensión comercial sigue ahí. Oriente Medio continúa siendo una fuente potencial de shocks energéticos. La política fiscal de muchos países es cada vez más compleja. La deuda pública aumenta. Los bancos centrales siguen caminando sobre una línea muy estrecha entre inflación y crecimiento. Y, aun así, los mercados siguen avanzando como si nada de todo eso mereciera una prima de riesgo demasiado elevada.
Hasta que aparece el siguiente foco de tensión inesperado y se produce una fuerte reacción inicial. Por eso quiero empezar esta Newsletter hablando de lo que podría ser el próximo catalizador de “susto”, aunque no necesariamente de “muerte”.
Hablo del yen, que ha vuelto a situarse en niveles no vistos en décadas frente al dólar. El dólar-yen se mueve en la zona más alta de los últimos 40 años y el mercado empieza a preguntarse si las autoridades japonesas volverán a intervenir para frenar la depreciación de su moneda.
El problema es que Japón ya lo ha intentado antes. Ha gastado cantidades enormes de dinero comprando yenes y vendiendo dólares para sostener su divisa. Y el resultado ha sido siempre parecido: un impacto inmediato, fuerte, visible… pero temporal.
La intervención puede frenar una caída durante unas horas, unos días o unas semanas. Pero no puede cambiar una tendencia si los fundamentos siguen empujando en la dirección contraria. Y ahí está el verdadero dilema japonés: el Banco de Japón ha empezado a subir tipos, pero lo ha hecho de forma muy gradual. Los tipos oficiales japoneses siguen siendo bajos en comparación con los de Estados Unidos y otras grandes economías. Eso mantiene vivo el incentivo a endeudarse en yenes para invertir en activos de mayor rentabilidad en el exterior.
A esto se suma la preocupación por las cuentas públicas de Japón, con una deuda pública gigantesca y déficits persistentes. También pesa su dependencia energética: Japón importa prácticamente toda la energía que consume, y buena parte de su petróleo procede de Oriente Medio. Si sube el petróleo, Japón necesita más dólares para pagar sus importaciones. Y eso aumenta la presión bajista sobre el yen.
Por eso la debilidad del yen no es solo un problema cambiario. Es un síntoma.
Conclusión
Japón puede ser el canario en la mina de un mundo que se acostumbró durante décadas a tipos extraordinariamente bajos, deuda creciente y bancos centrales siempre dispuestos a amortiguar cualquier caída. Una economía que intenta salir de ese régimen sin romper nada. Un país con una deuda pública gigantesca, una fuerte dependencia energética exterior y una divisa que el mercado sabe difícil de defender si los fundamentos siguen empujando en contra.
Y ahí está la advertencia para los inversores.
Nos hemos acostumbrado a Ucrania. Nos hemos acostumbrado a los aranceles. Nos hemos acostumbrado a Oriente Medio. Tal vez también nos acostumbremos a un yen débil. Pero cada vez que el mercado normaliza un riesgo sin exigir apenas compensación, aumenta la fragilidad del sistema ante cualquier sorpresa.
Porque el verdadero problema no es que los riesgos hayan desaparecido. Es que hemos dejado de ponerles precio. Y cuando un mercado deja de cobrar prima de riesgo por casi todo, no significa que el mundo sea más seguro. Significa que necesita cada vez más confianza para seguir funcionando como si lo fuera.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 7.354,02 | 6.845,5 | 7.483,23 | 1,76% | 9,32% |
| Nasdaq100 | 29.118,24 | 25.249,85 | 29.809,13 | 2,37% | 18,06% |
| Eurostoxx50 | 6.221,55 | 6.187,63 | 6.288,99 | 1,08% | 8,50% |
| Ibex35 | 19.425,30 | 18.764,40 | 19.494,40 | 0,36% | 12,63% |
| Oro | 4.096,30 | 4.238,80 | 4.082,40 | -0,34% | -5,96% |
| Brent | 72,12 | 82,58 | 71,82 | -0,42% | 18,03% |
| Natgas | 3,23 | 3,13 | 3,11 | -3,72% | -0,64% |
| SSE | 4.027,26 | 4.031,51 | 4.028,90 | 0,04% | 1,51% |
| Bitcoin | 59.516,45 | 65.713,62 | 60.041,70 | 0,88% | -31,39% |
*Cierre semanal: 25 de junio del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025.
*Precio Actual: 02 de julio del 2026 a las 10:00
La IA tiene un problema que nadie quiere reconocer
Cada semana aparece un nuevo modelo de inteligencia artificial capaz de programar mejor, razonar mejor o realizar tareas que hace apenas unos meses parecían imposibles. La velocidad de avance es tan espectacular que resulta fácil pensar que estamos asistiendo a una transformación inmediata de la economía mundial.
Pero hay una pregunta incómoda que cada vez más inversores deberían hacerse: ¿y si la inteligencia artificial está avanzando mucho más rápido que las empresas capaces de utilizarla?
Un reciente análisis de Bloomberg apuntaba precisamente en esa dirección. A pesar de toda la euforia que rodea a la IA, entre un tercio y la mitad del uso empresarial de los modelos más avanzados sigue concentrándose en una sola actividad: escribir código.
La tecnología que supuestamente iba a transformar todos los sectores de la economía continúa teniendo una adopción relativamente limitada fuera del ámbito del desarrollo de software. Y esto no debería sorprendernos.
Internet cambió el mundo, pero no lo hizo de la noche a la mañana. Durante años convivieron navegadores revolucionarios con empresas que seguían trabajando con procesos diseñados para la era del papel. Las herramientas existían, pero las organizaciones tardaron mucho más en adaptarse.
Con la inteligencia artificial podría estar ocurriendo algo parecido. Los desarrolladores avanzan a una velocidad vertiginosa. Pero las grandes organizaciones son estructuras mucho más lentas. Tienen sistemas heredados de hace décadas, procesos internos complejos, bases de datos incompatibles, departamentos que funcionan como compartimentos estancos y equipos directivos que entienden el potencial de la tecnología, pero dudan a la hora de rediseñar por completo su modelo de negocio.
Por eso estamos observando una paradoja interesante. A nivel individual, muchas personas experimentan mejoras de productividad espectaculares gracias a la IA. Pero cuando intentamos trasladar esas ganancias a organizaciones enteras, los resultados son mucho más modestos. No porque la tecnología falle. Sino porque transformar una empresa es infinitamente más difícil que instalar una aplicación.
La atención al cliente parece una de las áreas más evidentes para automatizar mediante inteligencia artificial. Sin embargo, la adopción sigue siendo sorprendentemente lenta. La razón es sencilla: muchos agentes de IA pueden mantener una conversación, pero no tienen acceso real a los sistemas corporativos necesarios para actuar. Y un asistente que no puede ejecutar acciones reales sigue siendo, en gran medida, un “chatbot” sofisticado.
Pero ahora aparece un segundo problema todavía más incómodo.
Incluso si la IA avanza de forma exponencial, ¿quién garantiza que empresas, ciudadanos y desarrolladores puedan acceder libremente a esos avances?
El caso del nuevo modelo GPT-5.6, según las informaciones publicadas, apunta a un cambio de etapa. OpenAI habría optado por un lanzamiento restringido, limitado inicialmente a un grupo reducido de socios de confianza y bajo supervisión del Gobierno estadounidense. Y no sería un caso aislado. Anthropic también se habría visto obligada a restringir el acceso a algunos de sus modelos más potentes, como Fable 5 y Mythos 5, por su capacidad para detectar y explotar vulnerabilidades de software. El motivo, en ambos casos, no sería técnico ni comercial, sino de seguridad nacional.
Y ahí surge la cuestión de fondo. Si los modelos más potentes empiezan a ser considerados activos estratégicos, comparables a tecnologías sensibles de defensa, energía o ciberseguridad, la IA deja de ser simplemente un producto tecnológico. Pasa a convertirse en una infraestructura de poder.
Hasta ahora, muchos inversores han asumido que la secuencia sería más o menos lineal: los modelos mejoran, las empresas los adoptan, la productividad aumenta y los beneficios empresariales se disparan.
Pero quizá el camino real sea mucho más complejo.
Esto no significa que la revolución de la inteligencia artificial sea falsa. Probablemente sea una de las transformaciones tecnológicas más importantes de nuestra vida. Pero sí significa que puede haber una enorme diferencia entre el potencial técnico de la IA y su impacto económico real a corto plazo.
Conclusión
Quizá la gran pregunta para los inversores no sea si la inteligencia artificial cambiará el mundo. Cada vez hay menos dudas sobre eso. La cuestión más importante puede ser otra: si el mercado está acertando en la magnitud de la revolución, pero equivocándose en el calendario.
Porque las revoluciones tecnológicas suelen desarrollarse en varias fases. Primero llega el entusiasmo, cuando la innovación avanza a gran velocidad y las expectativas se disparan. Después llega la implementación, cuando las empresas deben reorganizarse, invertir, formar a sus empleados, modificar procesos y absorber el cambio.
Con la IA quizá debamos añadir una tercera fase: la fase de control. Una etapa en la que los gobiernos decidirán qué modelos pueden usarse, quién puede acceder a ellos, bajo qué condiciones y en qué países.
La historia demuestra que una tecnología puede ser realmente transformadora y, aun así, generar enormes decepciones bursátiles cuando los inversores descuentan demasiado pronto su impacto económico.
Con la inteligencia artificial podría ocurrir algo parecido. No porque la tecnología no funcione. Sino porque entre el avance técnico, la adopción empresarial y el permiso político para usar los modelos más potentes puede haber mucha más distancia de la que hoy parecen reflejar las valoraciones.
Cuando los ricos quieren sacar su dinero del país el problema no es el dinero
Durante años, China fue presentada como una historia de éxito imparable. El crecimiento parecía garantizado, la vivienda subía, las empresas invertían, las familias consumían más y el país se consolidaba como una de las grandes locomotoras de la economía mundial.
Hoy la imagen es muy distinta.
El mercado inmobiliario sigue atrapado en una crisis que dura ya varios años. Los precios de la vivienda continúan muy por debajo de los máximos de 2021, la confianza de los compradores sigue débil y las ventas no terminan de recuperarse.
Al mismo tiempo, el consumo interno, que debía convertirse en el nuevo motor de crecimiento chino, sigue sin despegar. Las familias ahorran más, gastan menos y las empresas han reducido sus planes de inversión.
Pero quizá el dato más revelador no está ni en la vivienda ni en el consumo.
Según estimaciones del Institute of International Finance, hogares, empresas e instituciones chinas sacaron del país unos 807.000 millones de dólares durante el último año, la cifra más elevada jamás registrada. Y cuando una cantidad tan extraordinaria de dinero intenta abandonar un país, conviene preguntarse por qué.
La respuesta de Pekín ha sido contundente. Las autoridades han puesto en marcha la mayor ofensiva en años contra la salida de capitales: más controles sobre inversiones en el extranjero, mayor vigilancia sobre cuentas offshore, presión sobre plataformas utilizadas para invertir fuera de China y más escrutinio fiscal sobre grandes patrimonios.
A primera vista parece una medida para frenar la fuga de capitales. Pero el problema es más profundo. Durante años, los gobiernos locales chinos dependieron enormemente de la venta de terrenos vinculados al desarrollo inmobiliario. Ese modelo funcionó mientras la vivienda subía. Pero la crisis del sector ha hundido esa fuente de ingresos.
Entre 2021 y 2025, los ingresos asociados a esta actividad cayeron un 48%.
Dicho de otra forma: Pekín no solo quiere impedir que el dinero salga. También necesita localizarlo, controlarlo y gravarlo.
Pero la fuga de capitales no es la enfermedad. Es el síntoma.
Muchos ciudadanos chinos han visto cómo la vivienda, durante décadas el principal vehículo de ahorro familiar destruía una parte importante de su patrimonio. También han visto cómo la bolsa china ofrecía rendimientos muy inferiores a los de Estados Unidos. Y perciben que muchas de las grandes oportunidades ligadas a la inteligencia artificial, la innovación tecnológica y los mercados financieros están fuera de sus fronteras.
Por eso una parte creciente de los inversores busca diversificar su patrimonio en otras jurisdicciones. No solo buscan más rentabilidad. Buscan seguridad jurídica, estabilidad regulatoria y protección patrimonial.
Y ahí está el verdadero desafío para Pekín. Se puede dificultar la salida de capitales. Se pueden endurecer los controles. Se pueden cerrar vías de acceso a los mercados internacionales. Pero es mucho más difícil obligar a la gente a confiar.
Conclusión
El capital suele comportarse como el agua: siempre busca una salida cuando percibe que las oportunidades o la seguridad están en otro lugar.
Por eso, la pregunta importante no es cuánto dinero está intentando salir de China. La pregunta importante es por qué cada vez más ciudadanos consideran que su patrimonio puede estar más seguro fuera que dentro de su propio país.
Y ese es un problema que ningún control de capitales puede resolver por sí solo. De hecho, puede convertirse en uno de los grandes quebraderos de cabeza para el Gobierno chino.
La IA está haciendo con Wall Street lo mismo que internet hizo con los inversores
Durante décadas, una de las grandes ventajas competitivas de los mayores hedge funds del mundo fue su capacidad para acceder a información y procesarla mejor que el resto.
No bastaba con tener capital. Hacían falta ejércitos de analistas, economistas y especialistas capaces de seguir bancos centrales, interpretar datos macroeconómicos, analizar empresas y convertir toda esa información en decisiones de inversión.
La inteligencia artificial está empezando a cambiar esa realidad.
Herramientas basadas en modelos de lenguaje permiten realizar en minutos tareas que antes requerían días o semanas: analizar discursos de bancos centrales en distintos idiomas, comparar datos de inflación de decenas de países, revisar documentos regulatorios o detectar patrones en enormes cantidades de información.
Algunos nuevos hedge funds aseguran que equipos de apenas cinco personas pueden hacer trabajos que antes exigían veinte, treinta o cincuenta analistas. La consecuencia es evidente: el coste de construir una firma de inversión sofisticada está cayendo de forma drástica.
Pero lo más interesante no es lo que está ocurriendo en Wall Street. Lo interesante es que ya hemos visto esta película antes.
Antes de Internet, la información financiera estaba reservada a una minoría. Los grandes bancos, gestoras y hedge funds tenían bases de datos, informes y herramientas inalcanzables para la mayoría de los inversores minoristas.
Internet cambió ese mundo. De repente, cualquier persona podía consultar balances, seguir bancos centrales en tiempo real, acceder a estadísticas económicas globales o leer informes de análisis desde su ordenador.
La información se democratizó. Pero los resultados no.
Hoy los inversores particulares tienen más información que muchos profesionales de hace treinta años. Sin embargo, la mayoría sigue sin batir al mercado.
La razón es sencilla: la ventaja nunca estuvo solo en tener acceso a los datos. La ventaja estaba en saber interpretarlos, distinguir lo importante de lo irrelevante y actuar con disciplina. Y eso es exactamente lo que puede ocurrir con la inteligencia artificial.
La IA está democratizando capacidades igual que Internet democratizó la información. Permite analizar miles de documentos, detectar patrones y construir escenarios sin necesidad de enormes equipos ni presupuestos multimillonarios.
Pero eso no significa que todos vayan a obtener mejores resultados.
Cuando una herramienta se vuelve accesible para todos, deja de ser una ventaja competitiva. La diferencia vuelve a estar en otro lugar: en el criterio, la experiencia, la capacidad de formular buenas preguntas y la disciplina para tomar decisiones cuando la respuesta no es evidente.
Conclusión
Es posible que dentro de unos años analizar información con inteligencia artificial sea tan común como hoy consultar una cotización por Internet.
Si eso ocurre, la IA dejará de ser una ventaja extraordinaria y se convertirá en una herramienta más.
Internet no convirtió a todo el mundo en un gran inversor. La inteligencia artificial tampoco convertirá automáticamente a todo el mundo en un gran gestor.
Porque cuando todos tienen acceso a las mismas herramientas, la diferencia sigue estando en algo mucho más difícil de replicar: el juicio humano.
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La guerra que los ejércitos del siglo XXI no esperaban
Cuando las tropas rusas cruzaron la frontera ucraniana en febrero de 2022, muchos pensaron que la guerra duraría apenas unas semanas. Moscú confiaba en una victoria rápida y Occidente esperaba que las sanciones obligaran al Kremlin a reconsiderar su estrategia.
Más de cuatro años después, la realidad es muy distinta.
La invasión rusa ya ha superado en duración a la Primera Guerra Mundial y, aunque el contexto histórico es completamente diferente, la evolución del conflicto guarda sorprendentes similitudes con aquella contienda que cambió para siempre la forma de entender la guerra.
La Primera Guerra Mundial comenzó como una guerra de movimientos. Los generales europeos seguían pensando en grandes ofensivas, rápidos avances y victorias decisivas. Pero la ametralladora, el alambre de espino, la artillería de largo alcance y el ferrocarril transformaron el campo de batalla.
Defender se volvió mucho más fácil que avanzar.
El resultado fue una guerra de posiciones que condenó a millones de soldados a vivir y morir en trincheras como Verdún, el Somme o Passchendaele.
Un siglo después, la historia parece repetirse.
Los drones FPV han hecho en Ucrania algo parecido a lo que la ametralladora Maxim hizo en 1914: convertir el movimiento en un riesgo extremo. Miles de drones vigilan el frente, detectan cualquier desplazamiento y atacan con una precisión inédita.
Entre las líneas rusas y ucranianas ha surgido una nueva “tierra de nadie”: una zona de aniquilación en la que avanzar unos pocos metros puede costar decenas o cientos de vidas.
La gran contraofensiva ucraniana de 2023 fracasó por razones parecidas a las ofensivas aliadas de 1916 y 1917. Campos de minas, artillería y drones kamikaze neutralizaron los blindados occidentales antes de que pudieran romper las líneas enemigas.
El Leopard 2, llamado a cambiar el curso de la guerra, demostró ser vulnerable frente a los drones, igual que los soldados de hace más de un siglo lo fueron frente a las ametralladoras.
Las cifras muestran la crudeza de esta nueva guerra de desgaste. Rusia apenas logró capturar 14 kilómetros cuadrados durante mayo de 2026, pero sufrió unas 35.000 bajas en ese mismo periodo.
El coste humano de ganar terreno es extraordinariamente elevado.
Pero hay una diferencia fundamental entre ambas guerras: la Primera Guerra Mundial industrializó la destrucción. La guerra de Ucrania está digitalizando la muerte.
Hoy no cuentan solo las grandes fábricas de acero. También cuentan la capacidad para producir drones, desarrollar software, desplegar inteligencia artificial, interferir comunicaciones y dominar la guerra electrónica.
La superioridad ya no depende únicamente del número de soldados o carros de combate, sino de la rapidez con la que cada bando aprende, innova y se adapta.
Por eso, la pregunta clave ya no es quién tiene más armamento, sino quién aprende más rápido.
Esa misma lección también se ha visto en el enfrentamiento entre Estados Unidos, Irán e Israel. Allí no hablamos de trincheras ni de avances territoriales, sino de misiles, drones, defensa aérea, inteligencia, satélites y guerra electrónica. Pero el mensaje de fondo es parecido: la superioridad militar depende cada vez más de detectar antes, decidir más rápido, saturar mejor las defensas enemigas y resistir el desgaste de los arsenales propios.
Ucrania muestra cómo la tecnología puede bloquear el avance terrestre. Oriente Medio muestra cómo la guerra moderna puede convertirse en una carrera de saturación, interceptación y agotamiento de recursos.
La historia ofrece otra lección importante. La Primera Guerra Mundial no terminó solo por una victoria militar decisiva, sino por el desgaste económico, político y social. Rusia abandonó la guerra tras la Revolución bolchevique de 1917, cuando las pérdidas humanas, la crisis económica y el descontento interno hicieron insostenible el conflicto.
Ese precedente ayuda a entender por qué el desenlace de Ucrania quizá no se decida únicamente en el frente, sino también en la retaguardia.
La capacidad de Rusia para sostener el esfuerzo militar, el apoyo occidental a Ucrania, la resistencia de las sociedades implicadas y la evolución política interna de ambos bloques pueden ser más decisivos que cualquier ofensiva puntual.
Conclusión
La principal lección de Ucrania es que las guerras del siglo XXI se parecen mucho menos a las campañas relámpago que imaginábamos y mucho más a conflictos largos, tecnológicos y profundamente agotadores.
Y lo ocurrido en Oriente Medio apunta en la misma dirección: la guerra moderna será cada vez más una competición entre drones, misiles, defensa aérea, software, inteligencia artificial, guerra electrónica y capacidad industrial para reponer arsenales.
La guerra ha cambiado. Y, con ella, también cambian la seguridad europea, la industria de defensa, las cadenas de suministro y las prioridades económicas de los países.
Porque, igual que ocurrió en 1914, el verdadero impacto de este conflicto no se medirá solo por el territorio conquistado o perdido, sino por el mundo nuevo que dejará tras de sí.
Muchos inversores comparten una misma aspiración: construir un patrimonio que algún día les permita vivir de sus inversiones, retirarse con tranquilidad o disponer de más libertad.
Para acercarse a esa meta analizan rentabilidades, diversificación, inflación y fórmulas como la regla del 4%. Todo ello es importante.
Sin embargo, también puede aparecer una especie de visión de túnel: concentrar toda la atención en la cartera y perder de vista las decisiones que deben sostenerla.
Puedes invertir con disciplina y, al mismo tiempo, mantener una deuda que reduce tu capacidad de ahorro, haber destinado demasiado patrimonio a la vivienda, carecer de liquidez para afrontar un imprevisto o no haber protegido adecuadamente a tu familia.
El problema no está necesariamente en invertir mal. Está en mirar únicamente una parte de la vida financiera y asumir que el resto se ordenará solo.
Porque vivir de tus inversiones no consiste únicamente en alcanzar una cifra. También exige tomar en el orden adecuado las decisiones que te permitirán conservar ese patrimonio, convertirlo en ingresos y disfrutar de la libertad que pretendías construir.
Por eso, el próximo 12 de julio a las 7:07 p. m. (hora de Madrid), realizaré el directo gratuito:
Las 10 decisiones financieras que pueden cambiar tu vida (y que nadie te enseñó a tomar)
Explicaré cómo se relacionan decisiones como la deuda, el ahorro, la vivienda, la inversión, la jubilación y la protección familiar, y por qué el orden en el que las priorizamos puede cambiar el resultado.
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La Media Móvil Exponencial, también conocida como EMA por sus siglas en inglés (Exponential Moving Average), es uno de los indicadores técnicos más utilizados en trading para analizar la dirección de una tendencia y suavizar el ruido del precio.
A diferencia de la media móvil simple, la EMA da más peso a los precios más recientes.
Esto hace que reaccione con mayor rapidez ante los cambios del mercado, algo especialmente útil cuando se analizan activos con movimientos dinámicos o periodos de alta volatilidad.
En este artículo te explico qué es la EMA en trading, cómo se calcula, cómo se interpreta en un gráfico y qué ventajas y limitaciones tiene este indicador.
Leo en el The New York Times un interesante artículo que plantea una pregunta relevante: ¿quién decidirá cómo conviviremos con la inteligencia artificial?
El artículo compara dos formas muy diferentes de afrontar la revolución de la IA.
En Estados Unidos, el desarrollo está liderado principalmente por las grandes empresas tecnológicas. El objetivo es avanzar lo más rápido posible hacia sistemas cada vez más inteligentes y capaces de realizar tareas que hasta ahora desempeñaban las personas. La innovación es el motor principal y el mercado será quien determine el impacto sobre el empleo.
China, sin embargo, está siguiendo un camino diferente al de Occidente: no solo quiere liderar el desarrollo de esta tecnología, sino también controlar su impacto sobre el empleo y la estabilidad social. El ejemplo más visible es Wuhan, donde la rápida expansión de los robotaxis provocó protestas de los taxistas, lo que llevó al Gobierno a censurar las movilizaciones y, al mismo tiempo, a acelerar el debate sobre cómo evitar que la IA genere un desempleo masivo. Esta preocupación cobra aún más sentido en un país donde ya trabajan más de dos millones de robots industriales, circulan vehículos de reparto autónomos, drones realizan entregas y robots prestan servicio en hoteles, restaurantes o incluso sustituyen baterías de vehículos eléctricos en aparcamientos.
Para afrontar esta transición, Pekín defiende una IA que complemente al trabajador en lugar de sustituirlo. Esta estrategia ya forma parte de su Plan Quinquenal e incluye programas de formación para adaptar a los empleados a la nueva economía, propuestas para crear un seguro de desempleo específico para quienes pierdan su trabajo por la automatización y una mayor protección legal frente a despidos. De hecho, el artículo cita el caso de un tribunal que declaró ilegal el despido de un trabajador sustituido por un sistema de inteligencia artificial, recordando que el progreso tecnológico debe servir para “liberar el trabajo” y mejorar el bienestar de las personas, no para eliminar empleo sin límites.
El texto también destaca que China está desarrollando incluso una corriente académica conocida como “Marxismo de la IA”, que trata de responder quién genera realmente el valor económico en una economía dominada por la inteligencia artificial: la máquina, quien la desarrolla o quien la utiliza.
Frente a este modelo, Estados Unidos mantiene un enfoque mucho más orientado por las grandes tecnológicas, donde la prioridad es desarrollar sistemas cada vez más potentes y el mercado decide cómo se produce su adopción. La principal conclusión del artículo es que el impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo no está escrito de antemano: dependerá en gran medida de las decisiones que adopten gobiernos, empresas y reguladores sobre cómo integrar esta tecnología en la economía y cuál será el papel que seguirán desempeñando las personas.
Esta semana quiero mandar un abrazo muy especial a todos los Venezolanos que desde dentro del país o fuera siguen esta Newsletter. Es imposible no verse afectado por los efectos del doble terremoto en el país más allá de lo económico, sobre todo en lo más importante, la tristeza de la pérdida de vidas humanas, la incertidumbre creciente de la población. No es posible quedarse al margen sin reconocer la encrucijada a la que la historia está sometiendo al país y la enorme resiliencia de sus ciudadanos.
Según el informe de la Agencia de Naciones Unidas para el desarrollo, el PNUD a los 6.700 millones de dólares en daños directos (aproximadamente el 6% del PIB), hay que incluir la destrucción de infraestructuras, la pérdida de actividad económica ni el coste de la reconstrucción. Históricamente, el impacto económico total de un terremoto suele situarse entre 1,5 y 3 veces el daño físico inicial, por lo que la factura final podría superar con facilidad los 10.000-20.000 millones de dólares.
El terremoto del 24 de junio no provoca una nueva crisis económica en Venezuela porque el país ya se encontraba en una situación muy frágil, pero sí aumenta significativamente su vulnerabilidad. La reconstrucción absorberá recursos durante años, elevará las necesidades de financiación y dificultará la estabilización de la inflación. Paradójicamente, es posible que las estadísticas de crecimiento mejoren gracias a la inversión en reconstrucción, pero eso no significará necesariamente una mejora del bienestar de la población. El verdadero reto no será volver a crecer, sino reconstruir sin volver a caer en los desequilibrios macroeconómicos que han marcado la economía venezolana durante la última década.
Buena semana.

Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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