The trader nº 156
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº156. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
La visita de Donald Trump a China ha sido mucho más que una simple cumbre bilateral. Ha sido una demostración cuidadosamente diseñada de cómo Xi Jinping quiere que el mundo vea hoy a China: como una superpotencia capaz de sentar en su mesa, con apenas unos días de diferencia, al presidente de Estados Unidos y al de Rusia.
Primero Trump. Después Putin.
La secuencia no es casual. Mientras el presidente estadounidense abandonaba Pekín tras dos días de reuniones, el Kremlin confirmaba la llegada de Vladimir Putin a China para los días 19 y 20 de mayo. Xi quiere transmitir una idea muy concreta: Pekín se ha convertido en uno de los grandes centros de gravedad del nuevo tablero geopolítico mundial.
Pero detrás de las ceremonias, los largos apretones de manos y las sonrisas cuidadosamente medidas existe una enorme diferencia en la forma en que ambas potencias entienden el mundo y el papel que quieren desempeñar en él.
Trump parece abordar la relación con China desde una lógica principalmente pragmática y transaccional. Su prioridad es estabilizar relaciones, reducir tensiones comerciales, contener el impacto económico de los conflictos globales y evitar un deterioro que termine perjudicando a Estados Unidos y a sus grandes empresas.
Xi Jinping piensa a otra escala. China no busca únicamente crecer económicamente. Busca rediseñar el equilibrio de poder global. Cuando Xi habla de evitar la “trampa de Tucídides”, en realidad está dejando claro que Pekín se considera una potencia destinada a ocupar un papel central en el mundo y que el verdadero riesgo aparecería si Estados Unidos se negara a aceptar ese nuevo equilibrio.
Ahí aparece probablemente la mayor divergencia estratégica entre ambas superpotencias. Estados Unidos sigue funcionando muchas veces con horizontes políticos de corto plazo, mientras China trabaja con planes de décadas. Trump busca acuerdos visibles y rápidos. Xi intenta alterar lentamente las estructuras del poder mundial.
Y probablemente por eso toda la visita estuvo llena de símbolos cuidadosamente calculados. Xi recibió a Trump con una puesta en escena imperial, paseos por lugares históricos, referencias constantes a la historia milenaria china y una diplomacia extremadamente controlada. En la corte de Xi nada es improvisado.
Mientras Trump hablaba de negocios, Xi hablaba de civilización, historia y poder.
Incluso los gestos aparentemente menores reflejaban esa batalla psicológica. Desde el saludo inicial hasta los recorridos por Pekín, China quiso dejar claro que ya no se siente una potencia emergente subordinada a Estados Unidos, sino un actor que se considera igual o incluso destinado a superar a Washington en influencia global. Y en medio de toda esta rivalidad existe una realidad incómoda para Estados Unidos: las grandes multinacionales norteamericanas siguen profundamente conectadas a China. Muchos de los empresarios y directivos que acompañaron a Trump reflejan precisamente esa contradicción. Washington intenta reducir su dependencia estratégica de Pekín mientras buena parte de su tejido empresarial continúa necesitando el mercado chino, su capacidad industrial y sus cadenas de suministro.
Xi lo sabe perfectamente y juega constantemente a dos bandas. Por un lado, intenta estabilizar relaciones con Washington porque necesita mantener acceso a los mercados occidentales. Por otro, mantiene intacta su asociación estratégica con Rusia porque considera a Moscú un socio clave para debilitar la hegemonía estadounidense.
La llamada “asociación sin límites” entre Xi y Putin sigue viva. China nunca condenó la invasión de Ucrania y ha actuado durante estos años como uno de los grandes salvavidas económicos del Kremlin, aumentando las compras de energía rusa, ampliando el comercio bilateral y ofreciendo vías de escape financieras y tecnológicas frente a las sanciones occidentales.
Sin embargo, detrás de esa imagen de alianza entre iguales empieza a aparecer una realidad cada vez más evidente: Rusia necesita mucho más a China de lo que China necesita a Rusia. Y Xi Jinping lo sabe perfectamente.
La propia reunión con Putin ha vuelto a reflejarlo. Moscú necesita desesperadamente mantener sus exportaciones energéticas tras perder buena parte del mercado europeo, mientras Pekín negocia desde una posición de enorme ventaja. El proyecto del gasoducto “Power of Siberia 2” es probablemente el mejor ejemplo. Para Rusia resulta casi vital para reemplazar ingresos perdidos desde la guerra de Ucrania. Para China, en cambio, es simplemente una opción estratégica más dentro de su proceso de diversificación energética.
De hecho, cuanto más tiempo pasa y más dependiente se vuelve Rusia de los mercados chinos, mayor capacidad de presión acumula Pekín sobre el Kremlin. China se ha convertido no solo en el principal comprador de energía rusa, sino también en uno de sus grandes salvavidas financieros y tecnológicos tras las sanciones occidentales. Incluso gran parte del comercio bilateral ya se liquida en yuanes y rublos, reflejando hasta qué punto Moscú ha terminado orbitando alrededor de la estructura económica china.
Y probablemente ahí aparece una de las mayores fortalezas estratégicas de Xi Jinping actualmente: su capacidad para hablar de tú a tú con Washington mientras mantiene a Moscú cada vez más dentro de la órbita económica y geopolítica china.
Conclusión
La sensación que deja toda esta secuencia diplomática es que Trump sigue pensando en términos de negociación, mientras Xi Jinping piensa en términos de civilización, poder e historia. Estados Unidos todavía actúa muchas veces como la potencia dominante del presente, mientras China se comporta ya como la potencia que cree representar el futuro.
Y quizá el verdadero mensaje que Xi quiso enviar al recibir primero a Trump y después a Putin era precisamente ese: China ya no se considera una potencia emergente que busca su lugar en el sistema internacional. Cree haberse convertido ya en uno de los pilares centrales del nuevo orden global que está naciendo.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 7408,50 | 6845,5 | 7432,97 | 0,33% | 8,58% |
| Nasdaq100 | 29125,20 | 25249,85 | 29297,70 | 0,59% | 16,03% |
| Eurostoxx50 | 5827,76 | 5796,22 | 5956,76 | 2,21% | 2,77% |
| Ibex35 | 17622,70 | 17307,8 | 17946,20 | 1,84% | 3,69% |
| Oro | 4561,90 | 4341,1 | 4520,00 | -0,92% | 4,12% |
| Brent | 109,26 | 60,85 | 88,96 | -18,58% | 46,20% |
| Natgas | 3,12 | 3,13 | 3,19 | 2,24% | 1,92% |
| SSE | 4135,39 | 3968,84 | 4077,28 | -1,41% | 2,73% |
| Bitcoin | 77432,50 | 87517,27 | 77814,00 | 0,49% | -11,09% |
*Cierre semanal:14 de mayo del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025.
*Precio Actual: 21 de mayo del 2026 a las 10:00
El número que más teme cualquier presidente de EE. UU.
Trump puede hablar de guerras, geopolítica, China o seguridad nacional. Pero al final, hay un dato que probablemente determine más su futuro político que cualquier discurso: el precio de la gasolina.
En Europa muchas veces cuesta entenderlo, pero en Estados Unidos el precio que aparece en el cartel luminoso de una gasolinera tiene un enorme peso psicológico y político. No es solo una cuestión económica. Es casi cultural. El coche representa libertad, movilidad, independencia y estilo de vida. Y cuando llenar el depósito se dispara, millones de estadounidenses sienten que esa libertad se encarece.
Lo curioso es que, en realidad, la gasolina pesa cada vez menos en el presupuesto familiar. Incluso con la reciente subida provocada por la guerra con Irán, el gasto en combustible representa menos del 2% del gasto de los hogares. Hoy un galón de gasolina sigue siendo más barato que un Big Mac. Pero políticamente sigue siendo explosivo.
¿Por qué? Porque es el precio más visible de toda la economía. La gente no sabe cuánto suben exactamente los costes sanitarios, universitarios o de seguros. Pero todos ven el precio de la gasolina cada mañana cuando conducen al trabajo. Y además es homogéneo: un galón es un galón en cualquier parte del país. No hay trucos, promociones ni reducciones de tamaño que disimulen la inflación.
Por eso ningún presidente estadounidense puede ignorarlo.
Trump lo sabe perfectamente. De hecho, utilizó el fuerte repunte de la gasolina bajo Biden como arma política durante años. Su mensaje fue muy simple: si llenar el depósito cuesta más, tu vida va peor. Y funcionó. El famoso “Drill, baby, drill” conectó directamente con el bolsillo y con la identidad de buena parte de América.
El problema es que ahora la situación se gira contra él. La guerra con Irán ha disparado el petróleo y el precio medio de la gasolina en EE. UU. ha subido más de un 50% en apenas diez semanas, superando los 4,5 dólares por galón. Y hay un dato demoledor: históricamente, ningún presidente estadounidense ha logrado ser reelegido con la gasolina claramente por encima de los 4 dólares.
Fuente: FRED
Por eso Trump necesita frenar cuanto antes esta subida del precio de la gasolina de cara a las elecciones de medio término de noviembre.
Conclusión
En Estados Unidos, el precio de la gasolina funciona casi como un termómetro emocional del país. Da igual que objetivamente hoy pese menos en el presupuesto familiar que hace décadas. Lo que importa es que millones de personas ven ese número constantemente y lo asocian directamente con su calidad de vida, su libertad y la sensación de si el país va bien o mal.
Por eso la gasolina no es solo energía. Es política. Y probablemente no exista ningún otro precio en el mundo con tanta capacidad para decidir elecciones presidenciales como el que millones de estadounidenses ven cada mañana al llenar el depósito de su coche.
Europa: barata, defensiva… y siempre a la sombra de Wall Street
Durante años, muchos inversores pensaron que había llegado el momento de Europa. Las bolsas europeas cotizaban mucho más baratas que Wall Street y el enorme gasto previsto en defensa e infraestructuras parecía ofrecer una nueva narrativa de crecimiento.
Pero esa historia ha vuelto a desinflarse.
Mientras Estados Unidos vive una auténtica fiebre alrededor de la Inteligencia Artificial y Asia domina buena parte de la cadena global de semiconductores, Europa sigue apareciendo como una economía sin una gran temática clara que entusiasme a los mercados. Y en bolsa, las historias importan muchísimo.
Fuente: Tradingview
El problema no es únicamente que Europa crezca menos. El verdadero problema es que los sectores que lideran actualmente el mercado apenas tienen peso dentro de las bolsas europeas. La tecnología representa apenas alrededor del 8% del índice europeo Stoxx 600, frente a más del 40% en el S&P 500 estadounidense.
Europa tiene compañías extraordinarias como ASML Holding, pero siguen siendo excepciones dentro de un mercado muy dominado por banca, industria tradicional y sectores defensivos. A eso se suma otra enorme vulnerabilidad: la dependencia energética. Mientras Estados Unidos es exportador neto de energía, Europa sigue dependiendo enormemente del petróleo y gas que importa del exterior.
Pero probablemente la gran diferencia estratégica sea otra. Estados Unidos y China están dispuestos a cruzar líneas que Europa rara vez se atreve siquiera a plantearse. Washington subsidia industrias estratégicas, protege sectores clave y utiliza su poder económico y monetario como herramienta geopolítica. China lleva décadas combinando planificación estatal, control industrial y visión estratégica de largo plazo. Europa, en cambio, sigue atrapada muchas veces entre regulación, burocracia y lentitud política.
Y, sin embargo, Europa sí tiene enormes ventajas potenciales. Tiene estabilidad institucional, algunas de las mejores multinacionales del mundo, talento, capacidad industrial, un enorme nivel de ahorro privado y uno de los mayores mercados de consumidores del planeta. De hecho, gran parte del ahorro europeo termina financiando indirectamente el crecimiento de Estados Unidos porque el propio mercado europeo no logra generar suficientes oportunidades atractivas para retener ese capital.
Incluso algunas empresas europeas empiezan a copiar ciertas prácticas típicas de Wall Street, como los programas de recompra de acciones o “share buybacks”, buscando mejorar la rentabilidad para el accionista y atraer capital de una forma mucho más agresiva que en el pasado.
El problema es que el mundo actual parece premiar cada vez más la velocidad, la agresividad estratégica y la capacidad de asumir riesgos. Y ahí Europa sigue dudando mientras otros avanzan.
Conclusión
Quizá algún día Europa decida defender con la misma contundencia sus intereses tecnológicos, energéticos e industriales. Porque potencial tiene de sobra. Pero mientras siga intentando competir en un tablero donde los demás juegan con reglas mucho más agresivas, será muy difícil que su bolsa vuelva a convertirse en el gran motor de rentabilidad global.
De hecho, hoy muchos inversores solo ven un escenario claro en el que la bolsa europea podría hacerlo significativamente mejor que la estadounidense: una corrección severa en Wall Street. Especialmente si el enorme peso de las tecnológicas y de toda la narrativa ligada a la IA terminase provocando una fuerte caída de valoración en los gigantes estadounidenses. Ahí sí podría volver a ganar atractivo relativo una Europa más barata, más diversificada y mucho más defensiva.
La IA ya no es opcional. Y Jon Hernández, el mayor divulgador de Inteligencia Artificial en habla hispana, te lo va a demostrar en 3 clases en directo donde aprenderás a usarla de verdad, desde cero y sin necesidad de perfil técnico.
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China no es solo un país, sino varias economías dentro de una misma potencia
Uno de los grandes errores de Occidente al analizar China es pensar que funciona como una economía desarrollada tradicional. Y quizá precisamente por eso llevamos años subestimando su capacidad para resistir guerras comerciales, sanciones, aranceles o intentos de desacoplamiento económico. Porque China no compite como Alemania, Japón o Corea del Sur. China compite simultáneamente como todos ellos… y también como México, Vietnam o Tailandia al mismo tiempo.
China funciona como una economía multicapa. Dentro de un mismo mercado conviven regiones con niveles de renta y productividad comparables a las economías más avanzadas del mundo junto a otras zonas que todavía mantienen costes propios de países emergentes. Mientras Shenzhen, Pekín o Shanghái producen chips, inteligencia artificial, vehículos eléctricos o robótica avanzada, otras provincias siguen fabricando textiles y manufacturas intensivas en mano de obra mucho más barata.
En una economía normal, cuando un país se desarrolla y los salarios suben, la producción barata acaba trasladándose al extranjero. Le ocurrió a Europa, Estados Unidos o Japón. Pero en China gran parte de esa deslocalización sucede dentro de la propia China. Las regiones más pobres absorben buena parte de la producción de bajo coste mientras las zonas más desarrolladas avanzan hacia industrias de mayor valor añadido. Eso le permite seguir siendo competitiva prácticamente en toda la cadena de valor al mismo tiempo.
China ya no solo fabrica camisetas baratas. También lidera coches eléctricos, baterías, energías renovables, inteligencia artificial, semiconductores, drones o automatización industrial. Y lo hace sin abandonar completamente las industrias tradicionales. Por eso los aranceles de Trump o los intentos occidentales de reducir dependencia están teniendo un impacto mucho más limitado de lo esperado.
Mientras Occidente fragmentaba la producción mundial, China logró integrar dentro de sus propias fronteras gran parte de esa fragmentación productiva. Y eso ayuda a explicar por qué su cuota de manufactura global ha pasado de alrededor del 8% en 2004 a superar hoy el 30% mundial.
Fuente: Instituto CF-40
Pero el modelo también tiene debilidades. Funciona extraordinariamente bien hacia fuera… pero mucho peor hacia dentro. Mientras las exportaciones siguen creciendo impulsadas por la inteligencia artificial, los centros de datos y la transición energética, el consumo interno continúa muy débil. Las ventas minoristas apenas avanzan, el mercado inmobiliario sigue dañado y las familias mantienen una enorme prudencia a la hora de gastar.
China se está convirtiendo en una superpotencia productiva… pero no necesariamente en una gran economía de consumo. Y cuanto más dependa de exportar al resto del mundo, mayores tensiones comerciales aparecerán con EE. UU. y Europa.
Reactivar el consumo exigiría subir salarios, reforzar la protección social y transformar un modelo económico construido durante décadas alrededor de la industria y las exportaciones. Pero hacerlo demasiado rápido podría poner en riesgo precisamente la base de su fortaleza global.
Conclusión
Occidente sigue intentando frenar a China pensando que compite como una economía convencional. Pero China funciona más bien como un ecosistema industrial completo capaz de competir simultáneamente en casi todos los niveles de desarrollo económico. Y probablemente ahí reside la verdadera dificultad de contener su ascenso.
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Dos Américas financieras completamente distintas
Hay algo muy llamativo ocurriendo ahora mismo en Estados Unidos. Mientras cada vez más familias empiezan a tener dificultades para pagar sus tarjetas de crédito y préstamos al consumo, Wall Street sigue aumentando agresivamente el apalancamiento para comprar bolsa.
Y ambos gráficos juntos reflejan probablemente mejor que cualquier titular la enorme desconexión que existe actualmente entre la economía real y los mercados financieros.
Por un lado, la morosidad en tarjetas de crédito ya se encuentra en niveles muy superiores a los previos a la pandemia. Es una señal importante porque suele indicar que parte del consumidor empieza a agotarse tras años de inflación, tipos altos y pérdida de poder adquisitivo. Además, el deterioro aparece precisamente en las formas de financiación más caras: tarjetas, préstamos personales y crédito para automóviles. Es decir, donde normalmente primero se manifiestan las tensiones económicas.
Fuente: New York Fed, FINRA
Pero al mismo tiempo ocurre justo lo contrario en Wall Street. La deuda utilizada por los inversores para comprar acciones con dinero prestado acaba de alcanzar máximos históricos superando los 1,3 billones de dólares. Y eso suele reflejar algo muy concreto: euforia, exceso de confianza y sensación de que el mercado seguirá subiendo casi sin riesgo.
Lo interesante es que históricamente muchos de los grandes picos de apalancamiento aparecieron cerca de techos importantes de mercado. Ocurrió antes del estallido de las puntocom y también antes de la crisis financiera de 2008. Eso no significa necesariamente que vayamos a vivir un “crash” inmediato. Pero sí refleja hasta qué punto los mercados parecen ignorar por ahora el deterioro que empieza a aparecer en parte de la economía real.
Conclusión
Probablemente el mensaje más importante de ambos gráficos no es que vaya a producirse una recesión mañana ni un desplome inmediato de la bolsa. El verdadero mensaje es que el sistema empieza a mostrar una creciente divergencia entre la percepción financiera y la realidad económica de muchas familias. Y cuando esa distancia se vuelve demasiado grande, normalmente acaba ocurriendo algo: o mejora la economía real… o los mercados terminan ajustando sus expectativas.
Durante décadas dedicándome a los mercados financieros, he visto cómo las condiciones bancarias han cambiado radicalmente. Lo que hace unos años era impensable (como cobrar por tener dinero en cuenta corriente) dio paso a una nueva era: la guerra por el pasivo. Y en este contexto, las cuentas remuneradas se han vuelto una herramienta clave para muchos ahorradores que quieren rentabilidad sin complicaciones ni riesgos. En mayo de 2026, la oferta es más variada que nunca. Pero, ¿Cuál conviene realmente? Si tienes dudas entre dejar tu dinero en una cuenta sin intereses, moverlo a un fondo monetario o simplemente aparcarlo mientras decides tu próxima inversión, este análisis puede ayudarte a tomar decisiones más fundamentadas.
La inteligencia artificial prometía ser la próxima gran revolución tecnológica. Y probablemente lo será. Pero mientras Silicon Valley habla de productividad, eficiencia y progreso, una parte creciente de la sociedad empieza a reaccionar justo en dirección contraria.
Leo como The Wall Street Journal describe cómo el rechazo social a la IA en Estados Unidos está creciendo a una velocidad inesperada. Ya no se trata solo de debates académicos o advertencias éticas. Hay protestas ciudadanas contra centros de datos, políticos perdiendo elecciones locales tras aprobar proyectos vinculados a IA, ataques vandálicos e incluso una caída muy significativa en las encuestas de popularidad de esta tecnología.
Y, sinceramente, no debería sorprendernos.
La IA está empezando a tocar tres pilares extremadamente sensibles para cualquier sociedad: el empleo, el coste de la energía y la educación de los hijos.
Muchos trabajadores ven cómo las empresas anuncian despidos justificándolos directamente por automatización. Familias enteras observan cómo el crecimiento de los centros de datos dispara la presión sobre las redes eléctricas, los precios energéticos y las repercusiones del uso y escasez de agua en el medio ambiente. Y padres y profesores empiezan a preguntarse si estamos delegando demasiado rápido procesos educativos y cognitivos esenciales.
El problema de fondo es que la revolución de la IA no se parece a otras revoluciones tecnológicas anteriores. No sustituye únicamente trabajo físico o repetitivo. Empieza a competir con tareas intelectuales, creativas y analíticas que hasta hace muy poco parecían exclusivamente humanas.
Por eso el miedo social está creciendo más rápido que la propia adopción tecnológica. La paradoja es evidente: mientras las grandes tecnológicas invierten cientos de miles de millones en infraestructura y prometen un futuro de abundancia, una parte creciente de la población percibe que quizá ese futuro no les incluye.
Y aquí aparece una de las claves más importantes de esta década: la educación financiera y tecnológica ya no es opcional.
Cada revolución económica destruye profesiones, transforma industrias y redistribuye riqueza. Siempre ha ocurrido. Pero quienes entienden antes el cambio suelen adaptarse mejor que quienes simplemente lo padecen.
La IA probablemente aumentará enormemente la productividad global. Pero también puede acelerar desigualdades, tensiones sociales y concentración de poder económico si no se gestiona correctamente.
La inteligencia artificial ya no es una conversación de futuro. Es una conversación sobre supervivencia, adaptación y velocidad.
Eso es precisamente lo que plantea Jon Hernández en La hostIA que viene, un libro directo, provocador y profundamente conectado con la sensación que millones de personas empiezan a tener frente al avance tecnológico: la sensación de que todo está cambiando demasiado rápido.
Jon Hernández empezó a divulgar sobre IA en 2023 y en apenas unos años ha construido una de las comunidades más grandes en español sobre inteligencia artificial, con millones de visualizaciones mensuales en YouTube y una enorme presencia digital.
En un momento en el que gran parte del debate público oscila entre el entusiasmo ciego y el miedo absoluto, libros como este ayudan a aterrizar la conversación en algo mucho más importante: cómo prepararnos para convivir con una tecnología que probablemente cambiará más nuestra vida de lo que internet cambió la de nuestros padres. Está editado por Planeta.
Buena semana.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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