The trader nº 153
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº153. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
Hay una idea que se repite constantemente en los mercados y en la política internacional: si tienes suficiente poder, puedes imponer tu voluntad. Pero la realidad, una vez más, se encarga de desmontarla.
Lo que estamos viendo en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán es precisamente eso. Una demostración clara de que el poder militar no siempre se traduce en control estratégico. Y, sobre todo, de que negociar no es lo mismo que presionar.
Wendy Sherman, la ex subsecretaria de Estado de EE. UU. y una de las arquitectas del acuerdo nuclear de 2015, lo explica con una claridad incómoda: Irán no va a capitular. Nunca lo ha hecho y no lo va a hacer ahora. No porque sea fuerte en términos absolutos, sino porque su identidad está construida sobre la resistencia. Es un país marcado por su historia, por la intervención occidental en 1953 y por una revolución que redefinió su relación con el mundo.
Ese es el primer error de enfoque. Pensar que el adversario reacciona con tu misma lógica. Cuando Trump intenta forzar concesiones rápidas, parte de una premisa equivocada: que el coste de resistir será mayor que el de ceder. Pero en el caso de Irán ocurre justo lo contrario. Ceder supone perder legitimidad interna. Resistir, en cambio, refuerza al régimen. Y eso cambia completamente las reglas del juego. Porque entonces ya no estás negociando con incentivos económicos o militares, sino con identidad, orgullo y supervivencia política. Y ahí las herramientas tradicionales pierden eficacia.
El segundo gran error es confundir táctica con estrategia. Sherman lo deja entrever sin rodeos: hay movimientos, hay presión, hay demostraciones de fuerza… pero no hay un plan coherente a largo plazo. Y eso tiene consecuencias. No solo en el frente militar, sino en algo mucho más importante: la credibilidad internacional. Cuando tus aliados empiezan a dudar de ti, el problema deja de ser local y pasa a ser sistémico. Canadá, Reino Unido, Europa… empiezan a mirar a China como alternativa. No porque compartan valores, sino porque buscan estabilidad. Y en geopolítica, la estabilidad vale más que la afinidad.
Ahí es donde el conflicto da un giro que muchos inversores todavía no están valorando. China no necesita intervenir directamente para ganar influencia. Le basta con observar cómo Estados Unidos se desgasta. Cómo consume recursos, cómo pierde cohesión con sus aliados y cómo abre la puerta a cambios estructurales mucho más profundos. Uno de ellos es especialmente relevante: el sistema monetario.
Irán ya ha planteado aceptar pagos en yuanes en lugar de dólares para el petróleo que atraviesa el estrecho de Ormuz. Puede parecer anecdótico, pero no lo es. El petróleo ha sido históricamente el pilar del dominio global del dólar. Si esa dinámica empieza a cambiar, aunque sea de forma gradual, el impacto a largo plazo puede ser enorme. No es un cambio inmediato, pero si una primera grieta que puede agrandarse con el tiempo. Y los mercados, cuando detectan grietas estructurales, acaban reaccionando.
A todo esto, se suma un factor que complica aún más la situación: Irán no necesita enfrentarse directamente a Estados Unidos para generar problemas. Sabe que en una guerra convencional está en desventaja, así que juega a otra cosa. Utiliza herramientas más simples pero muy efectivas: drones, lanchas rápidas, su capacidad para bloquear o amenazar el paso en el estrecho de Ormuz y el apoyo a grupos aliados en la región como Hezbolá o Hutíes, que actúan en su nombre. Con todo eso, consigue mantener bajo presión constante a una potencia mucho más fuerte, sin necesidad de enfrentarse cara a cara.
Es exactamente el mismo patrón que estamos viendo en otros conflictos recientes. El poder ya no se mide solo en tamaño, sino en capacidad de adaptación. Y eso cambia la forma en la que debemos analizar el riesgo.
Porque el problema ya no es quién gana una guerra, sino cuánto cuesta mantenerla abierta.
Mientras tanto, el escenario de negociación sigue siendo extremadamente complejo. Lo más probable no es un acuerdo definitivo, sino un proceso largo, lleno de pausas, avances parciales y retrocesos. Un equilibrio inestable que puede durar meses o incluso años. Y en ese contexto, la economía global se resiente poco a poco. No por un shock puntual, sino por una erosión constante. Y eso representa el verdadero riesgo.
Pensar que esto se va a resolver rápido es, probablemente, otro error de cálculo.
Conclusión
Estamos entrando en una fase donde el poder ya no garantiza resultados, donde la geopolítica pesa más que la economía y donde los equilibrios globales se están redefiniendo sin hacer demasiado ruido.
Y como inversores, ignorar estos cambios suele salir caro. Porque cuando el tablero cambia… las reglas también lo hacen.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 7165,08 | 6845,5 | 7135,95 | -0,41% | 4,24% |
| Nasdaq100 | 27303,67 | 25249,85 | 27186,98 | -0,43% | 7,67% |
| Eurostoxx50 | 5883,48 | 5796,22 | 5779,39 | -1,77% | -0,29% |
| Ibex35 | 17691,3 | 17307,8 | 16724,9 | -5,46% | -3,37% |
| Oro | 4740,9 | 4341,1 | 4610,40 | -2,75% | 6,20% |
| Brent | 105,33 | 60,85 | 121,64 | 15,48% | 99,90% |
| Natgas | 2,98 | 3,13 | 2,93 | -1,68% | -6,39% |
| SSE | 4079,90 | 3968,84 | 4112,16 | 0,79% | 3,61% |
| Bitcoin | 78645,13 | 87517,27 | 76076,20 | -3,27% | -13,07% |
*Cierre semanal: 23 de abril del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025.
*Precio Actual: 30 de abril del 2026 a las 10:00
Si Ormuz sigue cerrado… el problema hoy es el petróleo, pero luego será la comida
Durante semanas hemos hablado del Estrecho de Ormuz como un cuello de botella energético. Petróleo, gas, tensiones geopolíticas… Todo eso es cierto. Pero hay un efecto mucho más silencioso (y potencialmente más peligroso) que está empezando a emerger: el impacto sobre los fertilizantes y, con ello, sobre la producción de alimentos. Porque Ormuz no es solo una arteria por la que fluye energía. También lo es para algo igual de crítico: los insumos agrícolas que sostienen la producción global de alimentos.
Lo que está ocurriendo en el delta del Mekong, en Vietnam, lo ilustra con una claridad brutal. Allí, en uno de los mayores graneros del mundo, los agricultores están empezando a tomar una decisión que lo cambia todo: no sembrar. No porque no quieran. Sino porque no pueden.
El motivo es simple. Sin fertilizantes (especialmente urea, el más utilizado a nivel global) la productividad se desploma. Y esos fertilizantes dependen, en gran medida, de suministros que atraviesan Oriente Próximo. Si esa ruta se bloquea, el sistema se rompe. A eso se suma el segundo golpe: la energía. El diésel que alimenta bombas de riego, maquinaria y transporte se ha disparado. El coste de cultivar se ha vuelto impredecible. Y cuando un agricultor no puede estimar su rentabilidad, lo que hace es reducir riesgo. Es decir, producir menos… o directamente no producir.
Y aquí es donde empieza el verdadero problema. Porque el Mekong no es una región más. Es uno de los pilares de la seguridad alimentaria global.
Vietnam es el segundo mayor exportador de arroz del mundo. Si allí cae la producción, no es un problema local, sino un shock global, porque se produce un efecto en cadena:
Menos fertilizante → menor rendimiento
Menor rendimiento → menos cosechas
Menos cosechas → menos exportaciones
Menos exportaciones → subida de precios
Pero hay un segundo nivel aún más preocupante. Cuando los países perciben riesgo de escasez, reaccionan. Lo vimos en 2008 y en 2022: restringen exportaciones para proteger su mercado interno. Y eso convierte un problema regional en una crisis global.
La FAO ya advierte de ello. Si los fertilizantes siguen encareciéndose o escaseando, millones de agricultores reducirán su uso. Es una decisión racional a corto plazo… pero devastadora a medio plazo. Porque menos fertilización no solo reduce la producción actual. También degrada la calidad del suelo, afecta a la siguiente cosecha y genera un efecto acumulativo. Es decir, no es un shock puntual. Es el inicio de un ciclo.
Conclusión
El mercado sigue centrado en el petróleo por su impacto directo en la inflación. Pero ahí está el error: no entender que los alimentos tienen un efecto mucho más profundo, porque impactan directamente en la estabilidad social.
Ya sabemos lo que ocurre cuando sube la energía: más inflación y menor crecimiento. Pero cuando lo que sube es el precio de los alimentos, el escenario cambia por completo. Aparecen tensiones sociales, inestabilidad política y, en los casos más extremos, crisis humanitarias.
El Programa Mundial de Alimentos ya lo está advirtiendo: hasta 45 millones de personas podrían verse empujadas hacia la hambruna si esta situación se prolonga. Y tiene todo el sentido. En un mundo globalizado e interconectado como el actual, una disrupción energética no se queda ahí. Se traslada a la agricultura. Y cuando falla la agricultura, el problema deja de ser económico para convertirse en algo mucho más global.
Los Bancos Centrales ante su momento más incómodo
Hay semanas en las que los bancos centrales tienen margen para decidir… y hay semanas, como esta, en las que simplemente reaccionan a un entorno que se les escapa de las manos.
La extensión del conflicto en Oriente Próximo ha vuelto a tensionar una variable que ya estaba bajo vigilancia: la inflación. No tanto por lo que ya ha pasado, sino por lo que puede pasar si la situación se alarga. Energía más cara, costes de producción al alza y, en consecuencia, una presión inflacionista que vuelve a aparecer cuando todavía no estaba completamente controlada.
Ese es el verdadero problema. Porque los bancos centrales venían preparando el terreno para empezar a relajar su política monetaria… y ahora se encuentran con que el contexto les obliga, como mínimo, a esperar.
En el caso de Estados Unidos, la fotografía es especialmente incómoda. Los últimos datos de empleo no muestran un colapso del mercado laboral, ni mucho menos. Pero sí dejan entrever algo que empieza a preocupar: menor dinamismo, menos creación de empleo y cierta pérdida de inercia.
No es una economía que se esté frenando en seco, pero tampoco es una economía que esté acelerando. Y, sin embargo, el consumo sigue aguantando. La actividad económica continúa mostrando una resistencia notable. Esa combinación (enfriamiento moderado del empleo, pero crecimiento aún sólido) es precisamente la que deja a la Reserva Federal de Estados Unidos en una posición muy incómoda. Porque con ese escenario, justificar una bajada de tipos se vuelve extremadamente complicado.
Si recortan demasiado pronto, corren el riesgo de reavivar la inflación justo cuando el conflicto geopolítico puede amplificarla. Si esperan demasiado, podrían terminar frenando una economía que ya empieza a mostrar signos de fatiga. Es el típico equilibrio imposible en el que cualquier decisión tiene costes.
De ahí que el escenario más probable ahora mismo sea el de inacción. No solo por parte de la Fed, sino también del resto de grandes bancos centrales. Esperar, observar y ganar tiempo.
Pero hay un elemento adicional que introduce todavía más incertidumbre en el análisis. Y no tiene que ver ni con la inflación ni con el crecimiento, sino con algo mucho más técnico… pero igual de importante: la liquidez del sistema.
En las últimas semanas, la Reserva Federal de Estados Unidos ha vuelto a expandir ligeramente su balance. No lo hace como en los programas de estímulo masivo del pasado, sino bajo un argumento mucho más técnico: asegurar que el sistema financiero dispone de suficientes reservas y evitar tensiones en el mercado monetario.
Sobre el papel, esto no es política expansiva. No es un intento de estimular la economía. Es, simplemente, una medida preventiva. Pero en la práctica, el efecto es muy parecido. Porque mientras la Fed mantiene los tipos en niveles elevados para contener la inflación, al mismo tiempo está inyectando liquidez para evitar que el sistema se tensione. Es decir, endurece por un lado… y suaviza por otro. Y eso no solo introduce una contradicción técnica, sino también un problema de comunicación: ¿está realmente restringiendo las condiciones financieras… o simplemente intentando ganar tiempo?
Porque al final, los mercados no reaccionan solo a los tipos de interés… reaccionan a la liquidez. Y la liquidez sigue siendo el combustible de los activos.
Con la bolsa en máximos históricos, los spreads de crédito en niveles muy bajos y unas condiciones financieras que siguen siendo favorables, este tipo de movimientos pueden ser interpretados por el mercado como una señal implícita de apoyo. Como si, en el fondo, la Fed siguiera actuando como red de seguridad.
Y en un contexto donde la política monetaria empieza a mostrar esas contradicciones internas, hay otro factor que puede cambiar las reglas del juego en los próximos meses. El mandato de Jerome Powell está llegando a su fin, y todo apunta a que será sustituido por Kevin Warsh, un perfil mucho menos continuista y más crítico con la política monetaria reciente.
Y aquí es donde el análisis se vuelve especialmente interesante. Porque el problema ya no es lo que está pasando hoy, sino lo que puede pasar mañana. La economía aguanta… pero si empieza a deteriorarse, la presión para bajar tipos llegará en el peor momento posible: con una inflación todavía incierta y condicionada por factores externos como la energía. Y, además, con una nueva dirección al frente de la Fed que podría tener una visión distinta… y con una presión política que no va a desaparecer, especialmente desde figuras como Donald Trump.
La independencia de los bancos centrales siempre ha sido un pilar fundamental del sistema. Pero en un entorno como el actual (con tensiones geopolíticas, inflación incierta, liquidez en juego y presión política) esa independencia empieza a ponerse a prueba de verdad.
Conclusión
Lo importante no es si bajan o no los tipos ahora a corto plazo, sino entender que el margen de maniobra se está estrechando. Cuando Powell sea sustituido por Warsh ya no solo estaremos analizando datos económicos. Estaremos analizando credibilidad en la toma de decisiones, porque en un entorno donde la inflación puede volver a sorprender al alza, donde la geopolítica introduce shocks imprevisibles, donde la liquidez empieza a jugar un papel silencioso pero decisivo y donde la presión política es cada vez más visible, la credibilidad lo es todo.
Si el mercado percibe que los bancos centrales actúan tarde, reaccionan mal o ceden a presiones externas, el problema ya no será solo la inflación… será la pérdida de confianza.
Y cuando un banco central pierde credibilidad, deja de marcar el rumbo… y pasa a ir detrás de los acontecimientos.
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Mercados financieros vs Economía percibida: la brecha que no deja de crecer
Hay momentos en los que los mercados financieros dejan de ser un reflejo fiel de la economía real y pasan a comportarse como una entidad propia, guiada más por expectativas que por la situación actual. Eso es precisamente lo que estamos viendo en los últimos años. Si comparamos la evolución del S&P 500 con la confianza del consumidor publicada por el “Conference Board”, la imagen es contundente: la bolsa se mantiene en máximos históricos mientras la percepción económica de los hogares sigue en niveles débiles. Es decir, el mercado transmite fortaleza, pero el ciudadano medio no percibe esa misma realidad en su día a día.
Este desacople no es algo completamente nuevo, pero sí se ha intensificado de forma clara desde la pandemia. Durante décadas, si analizamos la ratio entre bolsa y confianza del consumidor, observamos una tendencia alcista relativamente ordenada, como si existiera una línea estructural que marcaba el ritmo al que el mercado se iba alejando progresivamente de la economía percibida. Sin embargo, a partir de 2020 se produce un cambio de régimen. El mercado no solo sigue subiendo, sino que acelera por encima de esa tendencia histórica, generando una ruptura evidente del equilibrio previo. Este movimiento no es casual, sino la consecuencia de varios factores que han coincidido en el tiempo y que han alterado profundamente la relación entre mercados y economía real.
Fuente: Tradingview
El primero de ellos es la política monetaria. La respuesta a la pandemia fue de una magnitud sin precedentes: tipos de interés en mínimos, expansión masiva de balances por parte de los bancos centrales y estímulos fiscales de gran escala. Este entorno ha impulsado los precios de los activos financieros de forma mucho más intensa que la economía real, creando una base de liquidez que ha sostenido las valoraciones incluso en momentos de incertidumbre. A esto se suma el impacto de la inflación, que ha sido asimétrico. Mientras muchas empresas han sido capaces de trasladar el aumento de costes a los precios de sus productos y proteger sus márgenes, los consumidores han sufrido una pérdida clara de poder adquisitivo. Esa erosión, especialmente visible en rentas medias y bajas, explica en gran parte por qué la confianza del consumidor no ha acompañado la subida del mercado.
Otro elemento clave es la concentración. Una parte muy relevante de la revalorización bursátil se explica por un grupo reducido de grandes compañías, muchas de ellas tecnológicas, cuya capacidad de crecimiento y generación de beneficios ha sido muy superior a la media. Esto distorsiona la lectura global del mercado, ya que el índice puede subir con fuerza incluso cuando una parte significativa de la economía no lo hace al mismo ritmo. En este contexto, la bolsa deja de representar de forma agregada la economía y pasa a reflejar, en mayor medida, el comportamiento de unos pocos líderes.
Y es precisamente aquí donde entra en juego un factor que puede amplificar aún más esta divergencia: la inteligencia artificial. Su desarrollo y adopción masiva tienen el potencial de mejorar de forma significativa la eficiencia de las empresas, reducir costes y aumentar la productividad, lo que se traduciría en márgenes empresariales más elevados. Desde el punto de vista del mercado, este escenario es claramente positivo. Sin embargo, desde la óptica del empleo y de los ingresos, la situación es más compleja. Si parte de esa mejora de márgenes se produce a costa de una menor necesidad de mano de obra o de un menor crecimiento salarial, el impacto sobre el consumidor puede ser negativo. Esto abriría la puerta a un escenario en el que las empresas ganan más y la bolsa sube, mientras que una parte relevante de la población percibe un deterioro en sus condiciones económicas, reforzando aún más el desacople.
Históricamente, este tipo de divergencias no se mantienen de forma indefinida. El sistema tiende a buscar un reequilibrio, aunque no siempre por el mismo camino. Puede producirse a través de una mejora de la economía real que eleve la confianza del consumidor y acerque ambas curvas. También puede llegar mediante una corrección del mercado si las expectativas que hoy justifican las valoraciones no se cumplen. O incluso a través de un ajuste más silencioso, en el que el mercado deje de subir durante un tiempo mientras la economía real se normaliza. En cualquier caso, lo relevante no es anticipar cuál será el escenario concreto, sino entender que la divergencia actual es excepcional y que, como tal, introduce un elemento adicional de fragilidad.
Conclusión
Estamos ante un mercado que sigue siendo fuerte, pero cuya fortaleza descansa cada vez más en factores como la liquidez, las expectativas y la concentración, y menos en una mejora generalizada de la economía percibida por el ciudadano. Esto no implica necesariamente un giro inmediato, pero sí significa que el margen de error es menor. Cuando el mercado se aleja de su tendencia estructural y lo hace sin el respaldo de la economía real, cualquier decepción puede tener un impacto mayor de lo habitual. En otras palabras, la tendencia puede continuar, pero lo hará sobre una base cada vez más inestable.
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China aprieta: la IA entra en guerra de precios
La última ofensiva de DeepSeek no va de lanzar el modelo más potente del mercado. Va de algo mucho más disruptivo: hacer que la inteligencia artificial sea mucho más barata. Y eso, aunque a primera vista parezca un simple ajuste comercial, puede cambiar por completo las reglas del juego.
La compañía ha recortado hasta un 75% el coste de acceso a su nuevo modelo V4-Pro y ha reducido de forma drástica el precio de uso recurrente. Al mismo tiempo, mantiene capacidades avanzadas como una enorme ventana de contexto, lo que permite trabajar con volúmenes de información mucho mayores. En la práctica, esto significa que desarrollar y utilizar IA se vuelve accesible para muchos más actores.
Este movimiento llega en paralelo a la estrategia de gigantes como OpenAI, Google o Anthropic, que siguen centrados en mejorar la potencia y sofisticación de sus modelos, pero con costes todavía elevados. DeepSeek cambia el enfoque: no compite en la cima tecnológica, sino en la base del mercado.
Y aquí está la clave, porque China tiene una desventaja evidente en el acceso a chips avanzados, dominados por compañías como Nvidia. Eso limita su capacidad para liderar en el desarrollo de los modelos más punteros. Pero en lugar de intentar cerrar esa brecha de inmediato, está utilizando el precio como arma para acelerar la adopción y ganar escala.
Este patrón no es nuevo. Ya lo hemos visto en otras industrias. En los vehículos eléctricos, por ejemplo, los fabricantes chinos comenzaron compitiendo en precio, con productos menos sofisticados. Sin embargo, con el tiempo, empresas como BYD han conseguido cerrar la brecha tecnológica hasta competir directamente con referentes globales como Tesla, manteniendo además su ventaja en costes.
La cuestión es si ese mismo proceso puede repetirse ahora en la inteligencia artificial. Si China logra atraer volumen suficiente, puede acelerar su aprendizaje, mejorar sus modelos y reducir progresivamente la distancia tecnológica. Y, con el tiempo, intentar cerrar también la brecha en hardware.
Hasta ahora, el relato dominante era claro: la IA iba a generar crecimiento explosivo con márgenes muy elevados para las grandes tecnológicas estadounidenses. Sin embargo, la irrupción de estrategias agresivas en precio introduce una nueva variable: la compresión de márgenes.
Si el coste de la IA cae más rápido de lo previsto, los ingresos potenciales pueden no materializarse como se esperaba, especialmente teniendo en cuenta la inversión masiva que están realizando estas compañías en infraestructuras, chips y desarrollo. El mercado está descontando un escenario muy optimista, y este tipo de movimientos podría empezar a ponerlo en tela de juicio.
En el fondo, China no necesita ganar la carrera tecnológica en el corto plazo. Le basta con cambiar las reglas del juego. Si consigue imponer un entorno donde el precio y la accesibilidad sean determinantes, estará condicionando la evolución de toda la industria.
Conclusión
Mi sensación es que estamos entrando en una nueva fase. No es el final del liderazgo estadounidense, pero sí el inicio de una competencia más incómoda. Una en la que el valor no solo se va a medir por la capacidad tecnológica, sino por la capacidad de escalar y monetizar en un entorno cada vez más presionado por los precios. Y eso, para el inversor, cambia mucho las cosas: porque quizá el gran riesgo no sea que la IA no crezca… sino que crezca mucho, pero dejando bastante menos dinero del que hoy descuenta el mercado.
Uno de los grandes dilemas del análisis técnico es que si usas un periodo muy corto para reaccionar rápido, el indicador se llena de ruido y te saca del mercado con señales falsas. Si amplías el periodo para suavizar la línea, llegas tarde a todas partes.
En el año 2005, el matemático y trader australiano Alan Hull se propuso resolver este problema de una vez por todas. Su objetivo no era crear un indicador completamente nuevo desde cero, sino hackear las matemáticas de las medias existentes para eliminar el retraso de la ecuación. El resultado fue brillante.
En este artículo profundizo en las razones por las que la Media Móvil de Hull (HMA) es más eficaz que las medias móviles tradicionales. Analizaremos sus entrañas matemáticas, la compararemos frente a las herramientas clásicas y detallaremos cómo integrarla en sistemas de trading reales para mejorar el timing de tus entradas y salidas.
España recauda más que nunca sobre el trabajo.
España ha entrado por primera vez en el top 10 de la OCDE con mayor cuña fiscal sobre los salarios. Es decir: entre IRPF y cotizaciones sociales, el peso que soporta el trabajador (y también la empresa) está en máximos históricos. El dato clave es este: un trabajador soltero con salario medio soporta ya una cuña fiscal del 41,4%. A comienzos de siglo era del 38,6%. Dicho de forma sencilla: por cada 1.000 euros de coste salarial, antes se destinaban 386 euros a impuestos y cotizaciones; hoy son 414.
El problema no es solo que se pague más. Es que los salarios reales apenas han avanzado. La renta nominal sube, pero buena parte de esa subida se la queda el Estado por la vía del IRPF y las cotizaciones. Y esto afecta también a rentas bajas y familias con hijos, que se sitúan igualmente en máximos históricos de presión fiscal.
Aquí está la clave: España ha reducido déficit y ha aumentado recaudación, pero no porque haya convergido con Europa en salarios, sino porque ha elevado la carga fiscal sobre el trabajo. En parte, además, de forma silenciosa: al no deflactar el IRPF, la inflación empuja a muchos contribuyentes a pagar más aunque su poder adquisitivo no mejore.
La conclusión es incómoda: España se parece cada vez más a Europa en presión fiscal, pero no en salarios, productividad ni capacidad de ahorro. Y eso tiene consecuencias directas para las familias: menos renta disponible, menos margen para invertir y más dependencia de un Estado que cada vez absorbe una parte mayor del esfuerzo laboral.
Por eso la educación financiera es cada vez más importante. No para pagar menos de forma irresponsable, sino para entender mejor cómo funciona tu renta, cómo proteger tu poder adquisitivo y cómo tomar decisiones inteligentes en un entorno donde trabajar más no siempre significa quedarse con más.
El libro Bitcoinismo de Adrián Bernabéu parte de una idea incómoda pero difícil de ignorar: en el sistema actual, la propiedad privada no es plena, sino condicionada por el marco legal y político. Dinero, vivienda o activos financieros están sujetos a impuestos, inflación y posibles intervenciones, lo que lleva al autor a cuestionar hasta qué punto realmente controlamos la riqueza que generamos. A través de un recorrido histórico, conecta esta reflexión con tradiciones como la Escuela Austriaca de Economía y la Escuela de Salamanca, que ya defendían el valor del dinero sólido, la escasez y la libertad individual frente a la intervención.
En este contexto, el libro presenta a Bitcoin como una posible ruptura de ese modelo: un activo finito, descentralizado y autocustodiable que permite poseer y transferir valor sin intermediarios ni fronteras. Más que una apuesta especulativa, Bernabéu lo plantea como una nueva forma de entender la propiedad y la protección del patrimonio a largo plazo, en un entorno de creciente incertidumbre económica. El ensayo no pretende ofrecer respuestas cerradas, sino abrir un debate profundo sobre el dinero, el poder y la libertad financiera, invitando al lector a replantearse cómo preservar su riqueza en la nueva era. Sin duda, un libro más que interesante, de un autor que va años por delante del sistema. Está editado por Deusto.
Buena semana.

Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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