The trader nº 147
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº147. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
La política internacional está llena de paradojas, pero pocas tan evidentes como la que estamos viendo en estos momentos. Algunas de las decisiones adoptadas por Donald Trump con la intención de proteger los intereses de Estados Unidos están teniendo un efecto colateral difícil de ignorar: terminan fortaleciendo a los adversarios de sus propios aliados… y también a sus grandes competidores estratégicos.
La última muestra de esta dinámica se está produciendo en el mercado energético. En medio de la guerra con Irán y de las tensiones que amenazan con bloquear el Estrecho de Ormuz (por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una parte significativa del gas natural licuado) la Casa Blanca ha decidido flexibilizar temporalmente algunas restricciones sobre el petróleo ruso que ya se encontraba en tránsito por el mercado internacional.
El objetivo es evidente: evitar que una interrupción brusca del suministro dispare aún más los precios de la energía y termine trasladando ese impacto a la inflación y al crecimiento económico dentro de Estados Unidos.
Desde un punto de vista táctico, la decisión tiene lógica. Si el suministro global se reduce de forma abrupta en un momento de tensión geopolítica extrema, el precio del petróleo puede dispararse. Permitir que ese petróleo ruso llegue al mercado ayuda a compensar parte de esa pérdida de oferta.
Pero la otra cara de la moneda es mucho más incómoda.
El propio Kremlin reconoce que esta flexibilización podría permitir a Moscú ingresar hasta 10.000 millones de dólares adicionales si el precio del crudo se mantiene cerca de los 100 dólares por barril. En otras palabras: en un momento en el que Occidente llevaba años intentando limitar la capacidad financiera de Rusia para sostener su guerra en Ucrania, una decisión adoptada en Washington puede terminar proporcionando a Moscú un inesperado balón de oxígeno.
Y Rusia no es el único beneficiado.
El conflicto con Irán está obligando a Estados Unidos a concentrar enormes recursos militares en Oriente Próximo. Solo en los primeros días de la campaña se han empleado centenares de misiles de largo alcance y el coste de las operaciones ya supera los 10.000 millones de dólares, lo que sugiere un ritmo de gasto cercano a los 1.000 millones diarios. Pero más allá del coste económico, hay un elemento aún más relevante: parte de esas municiones y capacidades proceden del mismo arsenal estratégico que abastece a otros frentes. Eso implica que, para sostener esta guerra, Estados Unidos no solo está gastando, sino también redistribuyendo recursos militares, debilitando su capacidad operativa en otras regiones clave.
Eso significa que, mientras Washington centra su atención y sus recursos en el Golfo, el frente europeo pierde prioridad… pero también el Indo-Pacífico.
Y ahí es donde entra China.
Desde Pekín, este conflicto se está observando con enorme atención. No solo porque Estados Unidos está desviando activos militares desde Asia hacia Oriente Próximo (incluyendo unidades, sistemas de defensa y capacidad logística) sino porque la guerra está ofreciendo algo aún más valioso: información.
China está analizando en tiempo real cómo opera el ejército estadounidense, cómo responde ante ataques con drones de bajo coste, cómo consume sus reservas de munición y hasta qué punto su capacidad militar puede verse tensionada en un conflicto prolongado. Cada día de guerra es, en la práctica, un laboratorio estratégico.
Además, el simple hecho de que Estados Unidos tenga que repartir sus recursos entre varios frentes altera el equilibrio global. Cuanta más atención y capacidad se destine a Oriente Próximo, menor será la presión efectiva sobre China en su entorno natural.
Rusia gana por los precios del petróleo. China gana por el desgaste estratégico.
Y Estados Unidos empieza a enfrentarse a un problema clásico en geopolítica: el riesgo de sobreextensión.
Mientras tanto, la guerra tampoco se está quedando confinada al enfrentamiento directo entre Estados Unidos, Israel e Irán. Como suele ocurrir en Oriente Próximo, el conflicto está empezando a extenderse a través de una red de actores indirectos. En los últimos días, milicias iraquíes vinculadas a Teherán han intensificado sus ataques contra bases donde permanecen desplegadas fuerzas occidentales en el norte de Irak. La escalada ya está teniendo consecuencias visibles. Algunos países europeos han comenzado a retirar parte de sus tropas ante el deterioro de la seguridad. Italia ha iniciado la salida de parte de su contingente, mientras que Alemania, Noruega o Suecia también han puesto en marcha repliegues temporales.
Irak se está convirtiendo, poco a poco, en otro escenario de la guerra indirecta entre Estados Unidos, Israel e Irán.
Este tipo de dinámicas sigue un patrón bastante conocido en geopolítica: el de las guerras por delegación. Las grandes potencias rara vez se enfrentan de manera directa. En su lugar utilizan aliados regionales, milicias o grupos armados para desgastar al adversario y ampliar la presión estratégica sin desencadenar una guerra abierta entre Estados. El problema es que este tipo de conflictos tienen una característica muy peligrosa: una vez que empiezan a multiplicarse los frentes, resulta extremadamente difícil controlar su evolución. Cada ataque genera represalias. Cada represalia abre un nuevo frente. Y cada nuevo frente aumenta el riesgo de errores de cálculo o incidentes que nadie había planeado.
En paralelo, la guerra está empezando a provocar un segundo problema para Washington: el aislamiento diplomático.
La Casa Blanca está intentando ahora formar una coalición internacional para garantizar el tráfico marítimo a través del Estrecho de Ormuz y escoltar petroleros en la zona. El propio Trump ha pedido públicamente ayuda a varios países (incluidos aliados europeos, Japón, Corea del Sur o incluso China) argumentando que todos ellos dependen de esa ruta energética.
Pero la respuesta está siendo, por ahora, fría.
Japón ha dejado claro que no tiene planes de enviar buques de guerra. Australia ha descartado participar con barcos militares. En Europa, países como Reino Unido se muestran reticentes a implicarse directamente en operaciones navales en la zona. Incluso algunos gobiernos del Golfo han expresado en privado su frustración por el hecho de que la guerra se iniciara sin una consulta previa real con los aliados.
Este es quizá uno de los aspectos más llamativos de la situación actual.
La decisión de lanzar la ofensiva militar contra Irán se tomó en Washington sin una coordinación significativa con muchos de los países que ahora se consideran socios estratégicos de Estados Unidos. Sin embargo, cuando el conflicto empieza a generar consecuencias económicas globales (especialmente en el mercado energético) la Casa Blanca pide ahora a esos mismos aliados que se impliquen para estabilizar la situación.
Conclusión
Intentar evitar una crisis energética hoy (una crisis que, en buena medida, ha sido provocada precisamente por la decisión de Estados Unidos de sumarse a Israel en su ofensiva para neutralizar la amenaza militar que representa el régimen de los ayatolas) puede terminar financiando indirectamente la guerra de Rusia mañana… y facilitando el reposicionamiento estratégico de China en el largo plazo.
Abrir un nuevo conflicto en Oriente Próximo no solo desvía recursos. También ofrece información, tiempo y oportunidades a sus principales rivales. Rusia obtiene ingresos. China obtiene aprendizaje y margen de maniobra.
Trump ha demostrado que no necesita consultar a nadie cuando decide iniciar una guerra. Sin embargo, cuando esa guerra empieza a enquistarse, cuando los precios del petróleo se disparan y cuando el impacto económico amenaza con trasladarse a la inflación y al crecimiento global, entonces sí reclama que el resto del mundo se involucre para ayudar a estabilizar la situación.
En geopolítica, como en los mercados, las decisiones rara vez producen un solo efecto. Cada movimiento en el tablero genera consecuencias que van mucho más allá de la intención inicial. Y en este caso, la paradoja es difícil de ignorar: una guerra diseñada para reforzar la posición de Estados Unidos está terminando por abrir nuevos frentes, tensionar sus alianzas… y fortalecer, al mismo tiempo, a Rusia y China.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 6632,19 | 6845,5 | 6624,7 | -0,11% | -3,23% |
| Nasdaq100 | 24380,73 | 25249,85 | 24425,09 | 0,18% | -3,27% |
| Eurostoxx50 | 5716,61 | 5796,22 | 5614,94 | -1,78% | -3,13% |
| Ibex35 | 17059,3 | 17307,8 | 16897,1 | -0,95% | -2,37% |
| Oro | 5061,7 | 4341,1 | 4712 | -6,91% | 8,54% |
| Brent | 103,14 | 60,85 | 109,81 | 6,47% | 80,46% |
| Natgas | 3,13 | 3,13 | 3,17 | 1,28% | 1,28% |
| SSE | 4095,45 | 3968,84 | 4006,55 | -2,17% | 0,95% |
| Bitcoin | 72799,18 | 87517,27 | 69994,83 | -3,85% | -20,02% |
*Cierre semanal: 12 de marzo del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025.
*Precio Actual: 19 de marzo del 2026 a las 10:00
El dilema de los bancos centrales
Hay momentos en los que la política monetaria deja de ser una cuestión técnica para convertirse en un ejercicio de equilibrio casi imposible. Y el entorno actual es, probablemente, uno de los más complejos que hemos visto en décadas.
Si uno mira lo que está descontando el mercado, la foto ya refleja esa falta de claridad. En Europa, las expectativas apuntan a un endurecimiento adicional de unos 40 puntos básicos. En Reino Unido, el escenario es mucho más contenido, con apenas unos 10-15 puntos básicos de subida implícitos. Mientras tanto, en Estados Unidos, el debate sigue abierto en dirección opuesta: todavía hay quien espera dos recortes de 25 puntos básicos a lo largo del año.
Y en Japón, la gran incógnita sigue siendo si el Banco de Japón se atreverá a seguir normalizando su política monetaria o si, ante el deterioro global, optará por frenar y mantener tipos estables.
Este mosaico de expectativas no es casual. Es el reflejo de un entorno en el que los bancos centrales ya no tienen una narrativa clara que seguir.
Por un lado, el conflicto en Irán introduce un riesgo evidente de repunte inflacionista. El canal más directo es el energético: cualquier tensión sostenida en el suministro de petróleo vuelve a poner presión sobre los precios. Y eso, en teoría, exigiría mantener una política monetaria restrictiva o incluso endurecerla.
Pero, al mismo tiempo, los datos de crecimiento empiezan a deteriorarse de forma preocupante. China ya ha rebajado su objetivo de crecimiento hacia el entorno del 4,5%-5%. En Estados Unidos, la revisión del PIB del cuarto trimestre ha sido significativa, pasando del 1,4% al 0,7%, lo que apunta a una pérdida clara de inercia. Europa y Reino Unido, por su parte, siguen atrapados en crecimientos débiles y poco consistentes.
El problema es evidente: los bancos centrales se enfrentan a un shock de oferta (energético y geopolítico) en un momento en el que la demanda ya muestra signos de fatiga.
Y aquí es donde aparece el verdadero dilema. Si priorizan la inflación, corren el riesgo de agravar la desaceleración económica. Si priorizan el crecimiento, pueden reavivar unas tensiones inflacionistas que todavía no están completamente controladas y donde aún no se ha visto el impacto de la crisis energética actual.
Durante años, el manual era claro: ante debilidad económica, se estimula la demanda. Pero ese enfoque dejó de funcionar cuando el problema no está en la demanda, sino en las restricciones de oferta. Lo vimos claramente en 2021 y 2022, cuando las políticas expansivas en pleno shock de oferta terminaron alimentando una inflación que luego fue extremadamente costosa de corregir.
Y esa es, probablemente, la gran lección que hoy pesa sobre los bancos centrales. Saben que no pueden repetir el mismo error. Pero también saben que su margen de maniobra es mucho más limitado de lo habitual.
Todo esto ocurre, además, en un contexto de mercados financieros que venían descontando un escenario prácticamente perfecto: bolsas en máximos históricos, primas de riesgo en niveles muy comprimidos y una sensación generalizada de estabilidad.
Ese equilibrio, en realidad, era más frágil de lo que parecía. Porque cuando desaparecen las respuestas fáciles, lo que queda no es solo incertidumbre. Es un entorno en el que cualquier decisión tiene un coste, y en el que, por primera vez en mucho tiempo, los bancos centrales parecen más reactivos que dominantes.
Conclusión
Estamos entrando en una fase en la que la política monetaria va a perder protagonismo como herramienta capaz de estabilizar el ciclo. No porque los bancos centrales hayan dejado de ser importantes, sino porque el tipo de problemas que tenemos delante (geopolíticos, energéticos y estructurales) no se pueden resolver moviendo tipos de interés arriba o abajo.
Y eso obliga a los inversores a cambiar el enfoque. Venimos de años en los que bastaba con seguir a los bancos centrales. A partir de ahora, probablemente, habrá que entender mejor el contexto global, asumir más volatilidad y aceptar que el margen de error es mucho mayor. Porque cuando quienes marcaban el camino empiezan a dudar, el mercado deja de ser predecible y pasa a ser, simplemente, incierto.
La economía de Estados Unidos empieza a perder fuerza
Durante buena parte de los últimos dos años se instaló en el mercado la idea de que la economía estadounidense había logrado algo que parecía casi imposible: frenar la inflación sin caer en recesión. El famoso “soft landing”. Sin embargo, las últimas semanas empiezan a dibujar un panorama bastante diferente. Los datos macroeconómicos, las tensiones geopolíticas y el propio frente político interno comienzan a enviar señales de deterioro que conviene observar con atención.
Uno de los elementos más interesantes de esta historia tiene que ver con la política comercial impulsada por Donald Trump. La guerra arancelaria se presentó como una herramienta para reforzar la posición económica de Estados Unidos, reducir el déficit comercial y, al mismo tiempo, aumentar los ingresos fiscales del gobierno federal.
Durante el último año, esos aranceles han generado una cantidad significativa de ingresos para el Tesoro estadounidense. Pero la decisión reciente del Tribunal Supremo de declarar ilegales partes de las tarifas impuestas bajo poderes de emergencia ha abierto un escenario judicial extremadamente complejo. En teoría, esa sentencia podría obligar al gobierno a devolver parte del dinero recaudado. Algunas estimaciones apuntan a que los reembolsos podrían situarse entre 130.000 y 170.000 millones de dólares.
En la práctica, sin embargo, la probabilidad de que ese dinero se devuelva realmente es muy baja. Primero, porque el volumen de operaciones afectadas es gigantesco. Más de 330.000 importadores realizaron decenas de millones de operaciones sujetas a esos aranceles. Gestionar la devolución de esas cantidades exigiría un proceso administrativo y judicial de enorme complejidad que podría prolongarse durante años. Y segundo, porque la propia administración ya ha dejado claro que buscará otras vías legales para reconstruir su sistema arancelario. De hecho, Trump ya ha aprobado nuevas tarifas utilizando otras bases jurídicas.
Dicho de otra forma, es muy probable que la batalla legal se prolongue durante mucho tiempo mientras el gobierno intenta mantener, por otras vías, los ingresos derivados de la política comercial.
Pero el verdadero problema no está en los aranceles. El verdadero problema está en las cuentas públicas. En los cinco primeros meses del actual ejercicio fiscal, el déficit federal estadounidense ya alcanza aproximadamente un billón de dólares. A ese ritmo, si no se produce un cambio significativo en la dinámica de gasto o ingresos, el déficit anual podría situarse fácilmente entre 2,2 y 2,5 billones de dólares al cierre de 2026. Esto ocurre además en un momento en el que el coste de financiar la deuda se ha disparado. Solo en los primeros cinco meses del año fiscal, el pago de intereses de la deuda pública ya supera los 520.000 millones de dólares, una cifra que empieza a competir con algunas de las principales partidas de gasto del presupuesto federal.
La consecuencia es evidente. La deuda pública estadounidense continúa creciendo a gran velocidad. En términos absolutos ya supera los 38 billones de dólares, y en términos relativos se mueve entre el 120% y 125% del PIB, un nivel que ya supera el alcanzado durante la Segunda Guerra Mundial.
Lo llamativo es que este deterioro fiscal se está produciendo en un contexto que, en teoría, no es de crisis económica. Al contrario, Estados Unidos ha mantenido durante los últimos años una política fiscal extraordinariamente expansiva, similar a la que en otras épocas solo se aplicaba en momentos de recesión profunda o en situaciones de emergencia económica. Y, aun así, la economía empieza a mostrar síntomas claros de debilidad.
La revisión del PIB del cuarto trimestre ha sido especialmente significativa. El crecimiento ha pasado del 1,4% inicial al 0,7%, muy por debajo de lo que esperaba el consenso del mercado. Además, el consumo (que representa cerca del 70% de la economía estadounidense) también ha sido revisado a la baja, con un crecimiento que pasa del 2,5% al 2%.
Fuente: Tradingview
La inflación tampoco ayuda. El índice PCE subyacente se mantiene alrededor del 3%, muy por encima del objetivo del 2% de la Reserva Federal. Esto coloca al banco central en una posición incómoda: el crecimiento se desacelera, pero la inflación sigue siendo demasiado alta como para justificar una relajación rápida de la política monetaria.
Y ahora aparece un nuevo factor de riesgo que podría complicar aún más la situación: el petróleo.
La guerra con Irán ha provocado un fuerte repunte en los precios de la energía y ha vuelto a poner en el radar el riesgo de un nuevo shock inflacionario global. Los bancos centrales de las principales economías (la Reserva Federal, el Banco Central Europeo o el Banco de Inglaterra) están empezando a reconocer que el conflicto en Oriente Próximo podría obligarles a retrasar las bajadas de tipos de interés previstas para este año o incluso a replantearse su estrategia monetaria si el impacto sobre los precios termina siendo significativo.
El problema es que la política monetaria tiene una capacidad muy limitada para actuar frente a un shock energético. Los bancos centrales pueden subir o bajar los tipos de interés, pero no pueden reabrir el Estrecho de Ormuz ni controlar el precio del petróleo. Y si el conflicto se prolonga, el encarecimiento de la energía podría trasladarse rápidamente al conjunto de la economía a través de la inflación.
Los mercados ya empiezan a contemplar ese escenario. Un bloqueo prolongado del estrecho (por donde transita una parte crucial del comercio energético mundial) podría disparar el precio del crudo muy por encima de los niveles actuales. Si eso ocurriera justo cuando el crecimiento económico empieza a desacelerarse, el resultado sería una combinación especialmente incómoda para los bancos centrales: inflación persistente con una economía perdiendo dinamismo. En otras palabras, el riesgo de volver a un escenario de estanflación (crecimiento débil acompañado de presiones inflacionistas) vuelve a aparecer en el horizonte.
Otro foco de preocupación llega desde el mercado laboral. El último informe de empleo sorprendió negativamente con la destrucción de 92.000 puestos de trabajo en las nóminas no agrícolas, un dato claramente peor de lo esperado y que rompe con la narrativa de un mercado laboral sólido que había planteado la Reserva Federal en su última reunión.
Cuando el empleo empieza a deteriorarse, el impacto sobre el consumo suele aparecer con cierto retraso, pero termina llegando. Y si el consumo se debilita en una economía donde representa la mayor parte de la actividad, el efecto sobre el crecimiento puede ser considerable.
La combinación de todos estos factores (incertidumbre legal sobre los aranceles, deterioro de los datos macroeconómicos, inflación persistente, tensiones geopolíticas y señales de debilidad en el empleo) empieza a dibujar un escenario mucho más frágil para la primera economía del mundo.
Conclusión
Desde mi punto de vista, lo más llamativo de todo esto es que el deterioro empieza a aparecer a pesar de que Estados Unidos mantiene una política fiscal extraordinariamente expansiva. En otras palabras, incluso con déficits gigantescos y con niveles de gasto público propios de una economía en crisis (lo cual debería mantener a la economía “dopada”), lo cierto es que la actividad empieza a perder fuerza.
Al mismo tiempo, el contexto internacional añade nuevas presiones que pueden complicar aún más el panorama. Si el conflicto en Oriente Próximo termina provocando un nuevo repunte duradero del precio del petróleo, los bancos centrales se enfrentarán a un dilema especialmente incómodo: combatir la inflación con tipos de interés altos o apoyar a una economía que ya empieza a desacelerarse.
Estados Unidos sigue siendo la economía más sólida del mundo, pero también es una economía que depende enormemente de la confianza de los inversores y de la credibilidad de su política económica. Y cuando las dudas empiezan a aparecer al mismo tiempo en el frente fiscal, económico y geopolítico, los mercados suelen tardar muy poco en reaccionar.
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La guerra no solo encarece el petróleo
Cada vez que estalla un conflicto en Oriente Próximo, la conversación pública suele centrarse en lo mismo: cuánto va a subir el petróleo y cuánto pagaremos por la gasolina o el gasóleo. Es lógico, porque el impacto energético es inmediato y visible. Pero reducir el análisis únicamente al precio del barril es quedarse con una parte muy pequeña de la historia.
La realidad es que un conflicto en esa región del mundo tiene implicaciones mucho más profundas para la economía global. Oriente Próximo no es solo un gran productor energético; también es uno de los principales nodos logísticos del planeta. Y cuando ese nodo se tensiona, las consecuencias se multiplican en sectores que, a priori, nada tienen que ver con el petróleo. El índice de materias primas ya muestra con claridad que nos encontramos en uno de los momentos más críticos de los últimos cincuenta años.
Fuente: TradingView
Uno de los primeros impactos se observa en el transporte aéreo y, por extensión, en el turismo. La región funciona como punto de escala entre Europa y Asia. Muchos de los grandes aeropuertos del Golfo conectan ambos continentes y canalizan una parte enorme del tráfico aéreo mundial. Si las aerolíneas empiezan a modificar rutas, cancelar escalas o reducir operaciones por motivos de seguridad, las consecuencias se dejan sentir inmediatamente: vuelos más largos, más caros y con menor disponibilidad.
Esto no solo afecta a los viajeros. Impacta directamente en la industria turística de decenas de países. Cuando se encarecen los vuelos intercontinentales o se reducen las conexiones, el turismo internacional se resiente. Y el turismo es una de las grandes fuentes de ingresos para muchas economías, especialmente en Europa.
Pero hay un ejemplo aún más claro de hasta qué punto un conflicto puede alterar la economía global: la cadena de suministro de medicamentos.
La industria farmacéutica europea depende enormemente de Asia para los principios activos con los que se fabrican los medicamentos, los llamados API (Active Pharmaceutical Ingredients). Más del 50% de estos ingredientes se producen fuera de Europa, principalmente en China e India. En algunos casos la dependencia es prácticamente total.
El problema no es solo geográfico, sino también de concentración. Para muchos principios activos existen entre uno y cinco fabricantes certificados en todo el mundo. Esto significa que cualquier interrupción logística puede tener consecuencias inmediatas en la disponibilidad de medicamentos.
La guerra en la región está empezando a tensionar precisamente ese sistema logístico. El transporte aéreo, clave para determinados envíos farmacéuticos, es el más afectado. Varios “hubs” de tránsito en Oriente Próximo han limitado o detenido operaciones y los vuelos directos entre India y Europa se han reducido hasta quedar en servicios mínimos. El resultado es una caída drástica de la capacidad de carga aérea. Y cuando la oferta de transporte cae, el precio se dispara: el coste del transporte aéreo ya ha aumentado entre un 30% y un 100%.
Esto tiene efectos en cadena. Los retrasos en el envío de muestras necesarias para validar lotes de producción pueden añadir días o incluso semanas a la disponibilidad final de medicamentos en Europa.
El transporte marítimo tampoco está a salvo. Algunas grandes navieras han suspendido rutas por zonas sensibles como el Estrecho de Ormuz o el Canal de Suez, obligando a rodear África por el Cabo de Buena Esperanza. Ese simple desvío añade entre 15 y 20 días a cada trayecto y eleva significativamente los costes logísticos. Además, los medicamentos no cuentan con ningún tipo de prioridad logística especial. En algunos casos, los envíos quedan retenidos durante largos periodos en aeropuertos o puertos, lo que puede provocar incluso desviaciones de temperatura que obliguen a descartar lotes completos por riesgo de pérdida de calidad.
Todo esto ocurre en un contexto de dependencia estructural. Europa produce alrededor del 70% de los medicamentos terminados que consume, pero solo fabrica aproximadamente un tercio de los principios activos necesarios para producirlos. Esa vulnerabilidad se amplifica porque muchos de esos ingredientes dependen indirectamente de China, incluso cuando se importan desde India.
En otras palabras: la cadena es más frágil de lo que parece.
Por eso, cuando analizamos un conflicto como el actual, debemos mirar mucho más allá del petróleo. La energía es solo el primer eslabón visible de una cadena mucho más compleja que afecta a la logística global, al comercio, al turismo y, en última instancia, a sectores tan sensibles como el sanitario.
Conclusión
La globalización ha creado sistemas extremadamente eficientes, pero también extraordinariamente dependientes. Funcionan muy bien mientras todo fluye con normalidad, pero cuando uno de los grandes nodos del sistema se altera, las consecuencias se propagan rápidamente por toda la economía.
La guerra en Oriente Próximo es un recordatorio de algo que llevamos años ignorando: la resiliencia de las cadenas de suministro se ha convertido en un asunto estratégico. Y probablemente será uno de los grandes debates económicos de la próxima década.
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Cuando la verdad también cotiza en los mercados
Durante años hablamos de la “sabiduría de las masas” como un concepto teórico. Hoy se ha convertido en un mercado. Literalmente.
Plataformas como Kalshi y Polymarket permiten apostar a casi cualquier cosa: si la Reserva Federal bajará tipos, si habrá un cierre del Gobierno, si una palabra concreta saldrá de la boca de Jerome Powell en una rueda de prensa, si el petróleo alcanzará sus máximos históricos o si determinada celebridad asistirá a un evento deportivo. No es una metáfora. Compras un contrato que paga un dólar si el evento ocurre y cero si no ocurre. Si cotiza a 0,20, el mercado está diciendo que la probabilidad es del 20%. Precio igual a probabilidad.
Fuente: Bloomberg, Dune
La propuesta es potente. Convertir opinión en precio. Y el precio, en estimación colectiva de la verdad.
Sus defensores sostienen que estos mercados generan información más fiable que encuestas o tertulias. Si tienes dinero en juego, pensarás mejor. Apostar sería, según sus fundadores, una forma de disciplinar el discurso. Si realmente crees algo, demuéstralo arriesgando capital. El argumento no es absurdo. En los mercados financieros llevamos décadas aceptando que los precios agregan información dispersa. Cada inversor tiene un trozo del puzle. Al comprar o vender, todo se sintetiza en una cifra. ¿Por qué no iba a funcionar igual con eventos políticos, económicos o sociales?
El problema es que la frontera entre información y entretenimiento se vuelve cada vez más difusa. Gran parte del volumen ya está vinculado a deporte y cultura. Y proliferan mercados anecdóticos: palabras concretas en discursos, duración de ruedas de prensa, viralidad en redes sociales. La realidad empieza a fragmentarse en microeventos cuantificables. No analizas la intervención de Powell por su contenido, sino por si dirá “recesión” o “inflación”.
La atención se desplaza del significado al marcador.
Además, surgen riesgos evidentes. Manipulación, información privilegiada, reglas ambiguas o incentivos perversos. Cuando alguien puede ganar dinero con que algo ocurra, aparece la tentación de influir en que ocurra. Y eso cambia la naturaleza del propio evento.
Más allá del debate regulatorio (si esto es un derivado financiero o un simple juego), hay una cuestión más profunda. Estamos asistiendo a la financialización de la realidad. Cada diferencia de opinión puede convertirse en un activo negociable. Cada duda, en un contrato. Cada incertidumbre, en una oportunidad de trading.
Eso tiene un lado positivo. Mucha gente reconoce que ahora sigue la política y la macroeconomía con más atención porque tiene dinero en juego. El incentivo es poderoso. Obliga a informarse.
Pero también tiene un coste. Cuando todo se mide en probabilidades y retornos, la experiencia se transforma. Ya no escuchas un discurso, lo monitorizas. Ya no ves un partido, lo fragmentas en apuestas. Ya no consumes información, la arbitras.
Conclusión
Mi sensación es que estos mercados han llegado para quedarse. La tecnología, la regulación más flexible y el cambio cultural juegan a su favor. Pero la pregunta relevante no es si sobrevivirán, sino qué impacto tendrán en nuestra forma de entender el mundo.
Porque si convertimos cada hecho en una posición financiera, podemos ganar eficiencia informativa. Pero también corremos el riesgo de perder profundidad, contexto y criterio.
Y eso, aunque no cotice en ninguna plataforma, también tiene un valor enorme.
Os comparto los eventos donde participaré como ponente, me encantaría que me acompañéis en estas ocasiones especiales.
Podéis encontrar todos los detalles aquí.
¡Nos vemos muy pronto!
Antes de cerrar esta newsletter, quería contarte una cosa que se sale completamente de lo habitual.
Estoy preparando una experiencia que no he hecho nunca. No es un curso, no es una masterclass, no es un seminario. Es algo más íntimo y, siendo honesto, muy difícil de explicar en un correo…
Un fin de semana. Quince personas. Un lugar que solo revelaremos a quienes sean seleccionados para participar. Este encuentro conmigo será en un formato que no se puede grabar ni replicar y, precisamente por eso, es tan limitado.
Ya hay personas que han dado el paso para entrar en el proceso de selección. Esta información la compartí antes con mis alumnos y clientes, así que todo está en marcha y las plazas se están moviendo.
Si esto resuena contigo, aquí tienes toda la información:
Lo que estamos viviendo estas semanas en el mercado cripto no es una simple corrección. Es un cambio de régimen. Si quieres, puedes escuchar lo que te cuento sobre el nuevo régimen de mercado de este podcast que grabé hace unas semanas antes de que se produjera la intervención militar en Irán.
En el mercado cripto, el ciclo parece haber alcanzado su fase madura. Tras marcar máximos en la zona de 125.000 dólares, Bitcoin ha entrado en una fase correctiva que, si seguimos el comportamiento histórico de los halvings anteriores, podría extenderse durante aproximadamente doce meses. No sería extraño ver niveles sensiblemente inferiores a los actuales. Incluso niveles por debajo de 40.000 USD no serían descartables.
Esta semana se celebra en San José la GPU Technology Conference (GTC) de Nvidia, uno de los eventos más importantes del año en inteligencia artificial y el lugar donde la empresa presenta su visión del sector.
El evento llega tras otro trimestre espectacular de Nvidia, ante la frialdad del mercado; sus acciones han caído alrededor de un 3,3% en lo que llevamos de 2026.
Por eso, esta conferencia es clave: los inversores quieren saber si Nvidia seguirá liderando la próxima fase de la revolución de la IA.
Hasta ahora, el gran negocio de la inteligencia artificial ha sido entrenar modelos como ChatGPT o Claude, este proceso requiere enorme potencia de cálculo y se realiza principalmente con GPUs, el negocio central de Nvidia. Pero el mercado está evolucionando hacia otra fase: la inferencia.
La inferencia es cuando la IA se utiliza en tiempo real (responder preguntas, analizar datos, automatizar procesos). A medida que más empresas integran IA en sus productos, esta fase podría convertirse en uno de los mayores mercados tecnológicos de la historia.
El reto es claro: la inferencia debe ser mucho más eficiente y mucho más barata, y aquí Nvidia tiene más competencia, con empresas como Cerebras o Groq que están desarrollando chips especializados.
Otro cambio importante es la aparición de la IA agentica: sistemas capaces de actuar de forma autónoma, como agentes, robots, vehículos autónomos o gran automatización. Este tipo de IA requiere más potencia de CPU (procesadores tradicionales).
Según Bank of America, el mercado de CPUs podría duplicarse hasta 60.000 millones de dólares en 2030 y se espera que en la conferencia de esta semana la empresa anuncie CPUs optimizadas para IA agéntica.
Las cifras del sector siguen siendo extraordinarias. Nvidia cotiza a 22,8 veces beneficios, similar al S&P 500, pero el crecimiento esperado de beneficios en el sector de los semiconductores es de un 86% frente al 11,6% del S&P 500. Algunos analistas creen incluso que Nvidia está infravalorada, como UBS, que fija el precio objetivo en 245$ (+36 %).
Gran parte de este optimismo se basa en la expectativa de 3–4 billones de dólares de inversión en infraestructura de IA hasta 2030.
Lo que está claro es que en la conferencia GTC 2026 no se trata solo de nuevos chips. Lo que realmente se juega Nvidia es mantener su liderazgo en la próxima etapa de la inteligencia artificial.
Muchos me preguntáis cómo profundizar más en el aspecto internacional que impacta en los mercados. Para todos aquellos interesados en seguir la actualidad geopolítica internacional de la mano de las mejores fuentes, os comparto esta semana la Newsletter del Real Insituto El Cano, think tank líder en español sobre estudios internacionales, donde hay una extensa cobertura, entre otras, sobre las implicaciones energéticas sobre el conflicto en Irán.
Buena semana.

Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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