The trader nº 146
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº146. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
La guerra abierta entre Irán, Israel y Estados Unidos ha entrado en una fase especialmente delicada. Los bombardeos continúan, los objetivos se amplían y el conflicto empieza a afectar a infraestructuras críticas como depósitos de petróleo, redes energéticas o instalaciones estratégicas del régimen. Pero más allá de las imágenes de explosiones y columnas de humo, hay una decisión política reciente que puede tener implicaciones profundas en la evolución de esta crisis: la elección de Mojtaba Jamenei, hijo del ayatolá Ali Jamenei, como nuevo líder supremo de Irán. Porque más allá de la cuestión sucesoria, es un mensaje político muy claro. La Asamblea de Expertos, el órgano religioso encargado de elegir al líder supremo, ha decidido mantener la continuidad del sistema y cerrar filas en torno a la familia Jamenei en pleno conflicto. En otras palabras: el régimen no solo no se desmorona tras el ataque, sino que responde reafirmando su estructura de poder y su línea política. Justo lo que Trump y Netanyahu querían evitar.
Este episodio también pone de relieve uno de los rasgos más característicos de la política exterior de Trump: la idea de eliminar a la cúpula de un régimen hostil y confiar en que el sistema político interno termine produciendo un liderazgo más favorable a los intereses estadounidenses. Algunos analistas han bautizado esta estrategia como “decapitar y delegar”: eliminar al liderazgo enemigo y dejar que los actores locales reconstruyan el poder bajo nuevas reglas.
En teoría, el modelo pretende evitar invasiones a gran escala. La lógica es sencilla: si se elimina al líder y se genera suficiente presión política y militar, el propio país acabará produciendo un liderazgo más pragmático o dependiente de Washington. Algo parecido a lo que Estados Unidos intentó hacer recientemente en Venezuela. La idea era sencilla: descabezar el régimen, favorecer una transición interna y apoyar a una figura más manejable que reordenara el país y restableciera relaciones con Occidente. El problema es que trasladar ese modelo a Irán es mucho más complicado. Venezuela es un país profundamente dividido, con una economía colapsada y con un sistema político mucho más personalista. Irán, en cambio, es una estructura de poder mucho más compleja. El liderazgo no depende únicamente de una persona, sino de un entramado de instituciones religiosas, militares y económicas —especialmente la Guardia Revolucionaria— que actúan como columna vertebral del régimen. Incluso eliminando al líder supremo, el sistema tiene capacidad para regenerarse.
La historia reciente ofrece demasiados ejemplos de lo difícil que resulta intentar rediseñar desde fuera la estructura política de Oriente Próximo. En Irak, la caída de Saddam Hussein abrió la puerta a años de guerra civil y al surgimiento del Estado Islámico. En Afganistán, dos décadas de intervención internacional terminaron con el regreso de los talibanes al poder en cuestión de días. En Libia, la eliminación de Gadafi dejó un vacío que el país todavía no ha conseguido llenar. La idea de que un régimen complejo puede sustituirse rápidamente por otro más favorable suele chocar con la realidad de las dinámicas internas de estos países: tribales, religiosas, ideológicas y militares. Factores que desde fuera muchas veces se subestiman.
Mientras tanto, la guerra sigue ampliando su radio de acción. Los ataques ya han alcanzado infraestructuras energéticas clave, depósitos de petróleo y centros logísticos del régimen. Irán ha respondido con misiles y drones, no solo contra Israel sino también contra objetivos en la región del Golfo. Pero quizá uno de los elementos más inquietantes de esta escalada es que el conflicto ha empezado a afectar a infraestructuras absolutamente vitales para la supervivencia de varios países de la región: las plantas de desalinización de agua.
Puede parecer un objetivo menor en términos militares, pero en realidad es todo lo contrario. En buena parte del Golfo Pérsico el agua potable depende casi por completo de la desalinización del agua del mar. Países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar o Bahréin apenas cuentan con recursos hídricos naturales y extraen entre el 60% y el 90% del agua que consumen a partir de este proceso industrial. Sin esas plantas, simplemente no tendrían suministro suficiente para sostener a su población.
La paradoja es evidente. Algunos de los países más ricos del mundo gracias al petróleo viven, al mismo tiempo, en uno de los entornos más hostiles del planeta desde el punto de vista climático. La lluvia es escasa, los acuíferos son limitados y el agua dulce disponible apenas cubre una fracción de las necesidades diarias. Por eso la desalinización se ha convertido en una infraestructura estratégica comparable a una refinería o a una central eléctrica.
El problema es que el margen de seguridad es extremadamente reducido. En muchas ciudades del Golfo las reservas de agua almacenadas apenas cubren unos pocos días de consumo si las plantas dejan de funcionar. Es decir, una interrupción prolongada del proceso de desalinización podría provocar rápidamente escasez de agua potable para millones de personas. Y por ello, que este tipo de instalaciones haya empezado a aparecer entre los objetivos indirectos del conflicto eleva el nivel de riesgo de la guerra a una dimensión completamente distinta. Ya no se trataría solo de petróleo, gas o rutas marítimas, sino de algo mucho más básico: el acceso al agua en una de las regiones más secas del planeta. Y eso convierte cualquier ataque contra estas infraestructuras en un factor potencial de desestabilización regional de enorme magnitud.
Todo esto ocurre mientras los objetivos políticos de la guerra siguen sin estar completamente claros. En Washington se ha hablado alternativamente de neutralizar el programa nuclear iraní, destruir sus capacidades militares, provocar un cambio de régimen o lograr una rendición incondicional. Son metas muy diferentes entre sí y que requieren estrategias completamente distintas.
Israel parece tener más claro su objetivo: debilitar estructuralmente al régimen iraní y reducir su capacidad de proyectar poder en la región durante años. Para Estados Unidos, sin embargo, el riesgo es quedar atrapado en otro conflicto prolongado en Oriente Próximo sin un plan claro para el día después.
Y ahí es donde aparece la dimensión económica y financiera de esta guerra.
El estrecho de Ormuz sigue siendo el gran factor de riesgo latente de todo este conflicto. Por ese paso marítimo circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo y cerca del 20% del gas natural licuado que se comercializa globalmente. Es uno de los puntos más sensibles de todo el sistema energético internacional. Pero el problema no es solo el volumen que pasa por allí, sino la falta de alternativas reales. Algunos países del Golfo han construido oleoductos para evitar parcialmente el estrecho, pero su capacidad apenas cubre una fracción de lo que normalmente sale por vía marítima. La inmensa mayoría del crudo y del gas sigue dependiendo de ese corredor de apenas unas decenas de kilómetros de ancho.
A eso se suma otra circunstancia poco comentada: los grandes depósitos de almacenamiento de petróleo de muchos productores están prácticamente llenos. Si el petróleo no puede salir por barco, no hay dónde seguir almacenándolo. Y cuando eso ocurre, la producción tiene que reducirse o incluso detenerse temporalmente. Es decir, un bloqueo prolongado del estrecho no solo afectaría al transporte del crudo, sino también a la capacidad misma de producirlo.
Lo realmente inquietante es que nadie tiene una idea clara de cuánto puede durar la situación actual. En gran medida dependerá de una carrera de desgaste. Por un lado, de si Irán pierde la capacidad de seguir atacando porque se queda sin misiles o, más probablemente, sin lanzaderas, que están siendo uno de los objetivos prioritarios de los ataques de Estados Unidos e Israel. Por otro, de si los países que están interceptando esos ataques empiezan a quedarse sin munición defensiva. Sistemas como la Cúpula de Hierro israelí o las baterías antimisiles desplegadas en países del Golfo funcionan muy bien… pero también dependen de un suministro constante de interceptores. En otras palabras, esta guerra podría no decidirse tanto por una gran batalla decisiva como por algo mucho más simple y mucho más inquietante: quién se queda antes sin capacidad de seguir disparando o de seguir interceptando.
Conclusión
Mi sensación es que estamos entrando en una fase mucho más incierta del conflicto de lo que muchos anticipaban cuando comenzaron los primeros bombardeos. La eliminación de un líder no ha derrumbado al régimen iraní, la guerra se está extendiendo a infraestructuras cada vez más sensibles y el resultado final depende ahora de una carrera de desgaste militar que puede prolongarse durante semanas o incluso meses.
Para los mercados financieros, el verdadero riesgo no es solo el conflicto en sí, sino la falta de visibilidad sobre su desenlace. Cuando una guerra tiene un objetivo claro y un horizonte temporal limitado, los inversores terminan adaptándose rápidamente. Pero cuando el conflicto entra en una dinámica abierta, con múltiples actores y con infraestructuras críticas en juego, la incertidumbre se convierte en el factor dominante.
Y en este momento, precisamente eso es lo que tenemos sobre la mesa: una guerra cuyo resultado nadie puede predecir y cuyo impacto potencial sobre la energía, la inflación y la estabilidad geopolítica global podría ser mucho mayor de lo que muchos están descontando hoy.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 6740,02 | 6845,5 | 6775,8 | 0,53% | -1,02% |
| Nasdaq100 | 24643,02 | 25249,85 | 24965,01 | 1,31% | -1,13% |
| Eurostoxx50 | 5719,9 | 5796,22 | 5745,98 | 0,46% | -0,87% |
| Ibex35 | 17074,4 | 17307,8 | 17156,3 | 0,48% | -0,88% |
| Oro | 5158,7 | 4341,1 | 5185,1 | 0,51% | 19,44% |
| Brent | 87,2 | 60,85 | 98,13 | 12,53% | 61,27% |
| Natgas | 3,2 | 3,13 | 3,23 | 0,94% | 3,19% |
| SSE | 4124,19 | 3968,84 | 4129,10 | 0,12% | 4,04% |
| Bitcoin | 65962,94 | 87517,27 | 69889,4 | 5,95% | -20,14% |
*Cierre semanal: 05 de marzo del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025
*Precio Actual: 12 de marzo del 2026 a las 10:00
El crédito privado sigue dando señales de alerta
Hay noticias que, por tamaño, parecen pequeñas… hasta que miras debajo de la alfombra.
Market Financial Solutions (MFS), una firma londinense especializada en préstamos inmobiliarios con más de 2.400 millones de libras en créditos ha entrado en administración tras detectarse posibles irregularidades graves, entre ellas la sospecha de doble pignoración de activos. Traducido: el mismo colateral podría haber sido utilizado como garantía en más de una operación.
El agujero potencial ronda los 930 millones de libras. De 1.160 millones en préstamos analizados, apenas 230 millones tendrían un valor real y sólido como colateral. El resto podría ser, en el mejor de los casos, garantías sobrevaloradas. En el peor, directamente inexistentes.
Esto ya no es un problema de mala gestión. Es un problema de confianza.
El impacto no se ha quedado en Londres. El golpe ha salpicado a grandes nombres del sistema financiero internacional. Barclays podría tener una exposición cercana a 600 millones. Jefferies también aparece en la lista. Santander está vinculado indirectamente a la estructura. Wells Fargo y Atlas SP (filial de Apollo) también figuran entre los acreedores. Atlas ha reconocido unos 400 millones de libras de exposición, aproximadamente el 1% de su balance.
Las cifras, aisladas, no parecen sistémicas. Ninguno de estos bancos va a quebrar por esto. Pero el problema no es la cifra puntual. El problema es el mensaje.
Durante años, el crédito privado ha vivido una expansión silenciosa. Tipos bajos, exceso de liquidez y una búsqueda constante de rentabilidad llevaron a financiar operaciones cada vez más complejas y menos transparentes. Fondos, bancos de inversión y vehículos estructurados competían por colocar capital en nichos donde la regulación era más laxa que en la banca tradicional.
El argumento era sencillo: mayor rentabilidad a cambio de riesgo controlado.
Pero cuando aparece un caso como este, la pregunta inevitable es otra: ¿realmente estaba controlado el riesgo?
La doble pignoración es especialmente preocupante porque revela un fallo en la supervisión y en la diligencia debida. Si varios financiadores aceptaron el mismo activo como garantía sin detectarlo, significa que la cadena de control no era tan robusta como se asumía. Aquí es donde entra el llamado “efecto cucaracha”. Cuando ves una, lo normal es que haya más. No significa que todo el edificio esté infestado. Pero sí que conviene encender la luz y revisar bien cada rincón.
Y lo cierto es que, en paralelo, empiezan a aparecer tensiones en algunos de los grandes vehículos de crédito privado del mundo.
El fondo estrella de crédito privado de Blackstone, BCRED, con unos 82.000 millones de dólares en activos, ha recibido solicitudes de reembolso por valor de 7,9% de su capital en un solo trimestre, unos 3.800 millones de dólares. Ante esa presión, la firma decidió levantar su límite habitual de retirada del 5% e inyectar 400 millones de dólares de su propio capital para poder atender las solicitudes.
Al mismo tiempo, Blue Owl Capital ha dejado de realizar pagos trimestrales de liquidez en su estrategia principal de crédito privado dirigida a inversores minoristas. En lugar de ofrecer liquidez periódica, ha optado por realizar distribuciones puntuales financiadas mediante la venta de activos.
Y apenas unos días después, el fondo de crédito privado de BlackRock, con unos 26.000 millones de dólares bajo gestión, también comenzó a limitar retiradas ante el aumento de solicitudes de reembolso.
Tres episodios distintos, en tres grandes gestoras globales, que reflejan una misma realidad: cuando los inversores quieren liquidez, los activos privados no siempre pueden ofrecerla con facilidad. Este es uno de los riesgos estructurales del crédito privado. Muchos de estos vehículos prometen cierta liquidez a inversores que, en realidad, están financiando activos ilíquidos. Mientras las entradas de capital continúan, el sistema funciona sin fricciones. Pero cuando el flujo se invierte, aparecen las limitaciones.
No es un problema menor si tenemos en cuenta el tamaño que ha alcanzado este mercado. El crédito privado ya mueve cerca de 1,8 billones de dólares a nivel global, tras más de una década de crecimiento acelerado. Parte de esa expansión se explica porque, después de la crisis de 2008, la regulación obligó a los bancos a reducir su exposición a determinados préstamos corporativos. Ese espacio lo ocuparon las grandes gestoras de activos, que comenzaron a financiar directamente a empresas desde vehículos privados.
Fuente: globallegalinsights
En los últimos años, además, estas estrategias se han abierto cada vez más a inversores de banca privada e incluso a pequeños ahorradores a través de fondos llamados “semi-líquidos”: productos que permiten entrar y solicitar retiradas periódicas, pero que invierten en préstamos que no se pueden vender rápidamente en el mercado. Mientras el dinero entra, el sistema funciona sin demasiadas fricciones. Pero cuando los inversores empiezan a querer salir al mismo tiempo, aparece el verdadero problema: no se puede crear liquidez a partir de activos que, por naturaleza, son ilíquidos.
A esto se suma otro factor que empieza a preocupar a algunos analistas: el deterioro gradual en la calidad crediticia de parte de estos préstamos. Según datos de Fitch, la tasa de impago en el crédito privado en Estados Unidos ha alcanzado el 5,8% en los últimos doce meses, el nivel más alto desde que se empezó a seguir este mercado de forma sistemática. No es todavía un nivel propio de crisis, pero sí una señal de que el ciclo de crédito empieza a tensarse.
Al mismo tiempo, algunos de los vehículos cotizados vinculados a este mercado —como las llamadas Business Development Companies (BDC)— ya están enviando señales de tensión. Varias de estas compañías cotizan con fuertes descuentos frente al valor teórico de sus carteras y algunas han tenido que recortar dividendos recientemente, una señal de que el mercado empieza a cuestionar la calidad de ciertos préstamos.
En los últimos años el crédito privado ha crecido hasta convertirse en un mercado de varios billones de dólares, ocupando espacios que antes estaban dominados por la banca tradicional. Esa expansión ha permitido financiar empresas, proyectos inmobiliarios y operaciones corporativas que quizás no habrían encontrado financiación en los canales tradicionales, pero también ha trasladado parte del riesgo hacia estructuras más opacas y difíciles de valorar en tiempo real.
El problema no es necesariamente una crisis inmediata. El problema es que empiecen a aparecer grietas que obliguen a revisar valoraciones, endurecer la financiación y restringir el flujo de crédito hacia determinadas áreas de la economía. Y cuando el crédito empieza a tensarse, la economía suele tardar poco en notarlo.
Conclusión
Nada de esto implica que estemos ante una nueva crisis financiera global. El sistema bancario hoy es mucho más sólido que en 2008 y los grandes actores implicados tienen balances capaces de absorber episodios puntuales de tensión.
Pero sí estamos viendo algo que los mercados suelen ignorar hasta que ya es demasiado evidente: los primeros síntomas de estrés en el crédito.
La historia financiera está llena de ejemplos donde las grandes crisis no empezaron con un colapso repentino, sino con pequeñas señales dispersas en segmentos aparentemente secundarios del sistema financiero.
Hoy esas señales aparecen en el crédito privado.
Puede que no sea el inicio de nada grave. Pero como decía el CEO de JP Morgan recientemente, “cuando varias “cucarachas” empiezan a salir al mismo tiempo de debajo de la alfombra, lo prudente no es mirar hacia otro lado. Lo prudente es empezar a preguntarse qué está pasando realmente dentro de la habitación”.
China pisa el freno del crecimiento pero define cual será su nuevo rumbo
En la última reunión en el Gran Salón del Pueblo de Pekin, el primer ministro Li Qiang anunció que el objetivo de crecimiento económico para 2026 se situará entre el 4,5% y el 5%, el nivel más bajo desde comienzos de los años noventa. Durante años, Pekín había defendido el umbral del 5% como símbolo de resiliencia económica. Rebajarlo ahora supone reconocer que el modelo chino está entrando en una nueva etapa. La economía del gigante asiático sigue apoyándose en su enorme capacidad industrial y en su liderazgo en sectores estratégicos como baterías, paneles solares o vehículos eléctricos. Sin embargo, los motores que impulsaron su crecimiento durante décadas empiezan a mostrar fatiga.
El sector inmobiliario, que durante años fue la gran hucha de las familias chinas y una de las principales fuentes de financiación de los gobiernos locales, sigue digiriendo el estallido de su burbuja. Al mismo tiempo, el consumo doméstico —que Pekín esperaba convertir en el nuevo pilar del crecimiento— avanza más lentamente de lo previsto por la incertidumbre laboral y la pérdida de riqueza asociada a la caída de los precios de la vivienda.
A todo ello se suma un desafío estructural aún más complejo: el invierno demográfico. China envejece rápidamente y su población en edad de trabajar comienza a reducirse, algo que amenaza el modelo basado en mano de obra abundante y barata. Ante este panorama, el Gobierno parece haber optado por una estrategia de equilibrio: ni estímulos masivos ni un ajuste brusco que provoque una desaceleración peligrosa. Pekín habla ahora de “desarrollo de alta calidad”, una fórmula que combina disciplina presupuestaria con estímulos selectivos.
Pero detrás de estos números hay algo mucho más profundo que una simple desaceleración económica. China se enfrenta a una transición que podría alterar su modelo social. Durante décadas, el crecimiento económico actuó como el gran contrato social entre el Partido Comunista y la población. Mientras la economía creciera rápido y la renta aumentara, el sistema político mantenía su legitimidad. Ese equilibrio empieza ahora a tensarse.
El estallido de la burbuja inmobiliaria ha golpeado directamente el patrimonio de las familias. En China cerca del 70% de la riqueza de los hogares está vinculada a la vivienda, más del doble que en Estados Unidos. Cuando el precio de las casas cae, los ciudadanos se sienten más pobres, gastan menos y ahorran más.
Al mismo tiempo, el modelo productivo chino genera cada vez más presión deflacionista. El país produce aproximadamente un tercio de todos los bienes industriales del planeta, más que Estados Unidos, Alemania, Japón y Corea del Sur juntos, lo que presiona los precios a la baja y reduce los márgenes empresariales.
En ese contexto aparece un nuevo factor que puede cambiar las reglas del juego: la inteligencia artificial. China está apostando con fuerza por la automatización, los robots industriales, los vehículos autónomos y la IA aplicada a la producción. Todo ello puede ayudar a compensar el envejecimiento de la población y sostener la productividad.
Pero también plantea un problema económico evidente.
Los robots pueden producir, pero no consumen. No compran viviendas, no pagan impuestos, no van de vacaciones ni llenan restaurantes. Y eso complica el gran objetivo estratégico de Pekín: transformar su economía para que dependa más del consumo interno. Si la automatización avanza muy rápido y provoca pérdidas de empleo en sectores cualificados, el Gobierno chino podría enfrentarse a un dilema incómodo: ampliar su red de protección social o arriesgarse a tensiones sociales.
Y aquí aparece una paradoja interesante. A pesar de su sistema político comunista, China tiene uno de los Estados del bienestar más limitados entre las grandes economías. El gasto social como porcentaje del PIB es aproximadamente la mitad del promedio de los países de la OCDE y las ayudas directas a los ciudadanos son muy reducidas. Históricamente, el liderazgo chino ha evitado transferencias directas de dinero a los hogares por temor a generar dependencia del Estado o compromisos fiscales difíciles de sostener. Pero la combinación de envejecimiento, crisis inmobiliaria y automatización podría obligar a replantear esa estrategia.
Todo esto se produce además en un contexto geopolítico cada vez más incierto. Al mismo tiempo, Xi Jinping sigue reforzando su control interno. En los últimos meses se han intensificado las purgas dentro de las fuerzas armadas en el marco de su campaña anticorrupción, que ha apartado del poder a numerosos altos mandos militares.
Conclusión
China parece haber asumido algo que muchas economías desarrolladas todavía se resisten a reconocer: el crecimiento del futuro será más lento que el del pasado. La diferencia es que Pekín intenta gestionar esa transición de forma deliberada: crecer menos, pero hacerlo con una economía más sofisticada, más tecnológica y menos dependiente de los motores tradicionales de las últimas décadas.
El problema es que ese nuevo modelo también plantea retos sociales enormes. La automatización puede resolver el problema de la escasez de mano de obra, pero también puede generar tensiones si destruye empleos más rápido de lo que crea nuevas oportunidades.
Y eso podría obligar a China a tomar una decisión histórica: avanzar hacia un sistema de protección social mucho más amplio, algo que hasta ahora el Partido Comunista siempre ha evitado. Si eso ocurre, sería una de las grandes ironías económicas de nuestro tiempo: el país gobernado por el Partido Comunista podría terminar construyendo un Estado del bienestar moderno… precisamente para sostener una economía cada vez más automatizada.
Mientras tanto, otras potencias siguen caminos muy distintos. Estados Unidos responde con subsidios masivos, guerra tecnológica y relocalización industrial. Europa intenta reaccionar con regulaciones y ayudas públicas, aunque con más lentitud y debate interno.
Tres modelos distintos. Tres formas de afrontar el mismo desafío.
La gran pregunta es cuál de ellos estará mejor preparado para la economía que viene. Porque el verdadero cambio que se está gestando —tecnológico, demográfico y geopolítico— apenas acaba de empezar.
Europa aprende de china y le paga con su propia moneda
Durante años, el mundo occidental criticó duramente la estrategia que China utilizó para desarrollar su industria. Cuando las empresas extranjeras querían entrar en el mercado chino, se encontraban con condiciones muy claras: debían asociarse con empresas locales, compartir tecnología y, en muchos casos, aceptar que el control de las nuevas compañías quedara en manos chinas. Aquella política permitió a Pekín absorber conocimiento industrial a gran velocidad y transformar su economía hasta convertirse en la fábrica del mundo.
Hoy, paradójicamente, Europa está empezando a aplicar una estrategia muy similar.
La Comisión Europea ha presentado la llamada Ley de Aceleración Industrial, una normativa diseñada para reforzar la industria europea del coche eléctrico frente a la creciente competencia de China. El objetivo es claro: evitar que el continente se limite a importar vehículos eléctricos chinos baratos y, en cambio, aprovechar esa presión competitiva para atraer fábricas, inversión… y, sobre todo, tecnología.
La medida se articula en torno a varias condiciones que recuerdan poderosamente a las que China impuso durante décadas a las empresas occidentales.
La primera es el concepto “Made in Europe”. Para que un vehículo eléctrico pueda beneficiarse de ayudas públicas, subvenciones o contratos con las administraciones, deberá ensamblarse en territorio europeo. Pero no basta con montar el coche aquí utilizando piezas importadas. Al menos el 70% del valor de los componentes deberá tener origen europeo. La norma se aplicará a eléctricos puros, híbridos enchufables y vehículos de pila de combustible. La batería, uno de los elementos más estratégicos de esta industria, tendrá requisitos propios. En una primera fase se exigirá que varios de sus componentes clave, incluidas las celdas, se produzcan también dentro de Europa.
La segunda gran condición afecta a las inversiones extranjeras en el sector. Cuando un proyecto industrial supere los 100 millones de euros y proceda de empresas de países que concentran más del 40% de la producción mundial en ese sector —algo que claramente apunta a China—, se activarán nuevas restricciones. En esos casos, los fabricantes extranjeros no podrán poseer más del 49% del capital de la compañía que desarrolle el proyecto en Europa. Deberán hacerlo a través de una “joint venture” con empresas europeas. Además, estarán obligados a compartir propiedad intelectual y transferir conocimientos técnicos que beneficien a la industria europea. La normativa también exige que al menos el 50% de la plantilla esté compuesta por trabajadores europeos desde el inicio del proyecto y durante toda su actividad.
La lógica detrás de esta estrategia es bastante transparente. Europa reconoce que China lleva ventaja tecnológica y de costes en el coche eléctrico, especialmente en baterías y en toda la cadena de suministro asociada. En lugar de limitarse a levantar barreras arancelarias —algo que podría desencadenar una guerra comercial aún mayor—, Bruselas quiere atraer esa industria al continente y aprovecharla para acelerar su propia capacidad tecnológica.
La Comisión calcula que esta estrategia podría generar 10.500 millones de euros adicionales de valor añadido en la cadena del coche eléctrico hasta 2030 y evitar la pérdida de hasta 600.000 empleos en la industria europea del automóvil durante la próxima década. No es una cifra menor si se tiene en cuenta que la rentabilidad de los proveedores europeos del sector ha caído del 7,4% en 2017 al 5% en 2023, y que muchos ya estaban planteándose reducir su capacidad productiva.
En la práctica, lo que Europa está intentando es ganar tiempo. Tiempo para reconstruir una industria estratégica, tiempo para desarrollar sus propias tecnologías de baterías y tiempo para no quedar completamente subordinada a la cadena de suministro asiática.
Conclusión
La ironía es evidente. Durante décadas, Occidente criticó el modelo chino por considerarlo proteccionista y poco compatible con las reglas del libre mercado. Hoy, ante la presión de una competencia mucho más fuerte de lo esperado, Europa parece haber llegado a la conclusión de que aquellas reglas quizá no eran tan ingenuas como parecía.
esta decisión revela algo mucho más profundo que una simple política industrial. Europa está empezando a asumir que el mundo ha entrado en una nueva fase de competencia geoeconómica. Durante años confiamos en que el comercio global funcionaría bajo reglas iguales para todos. Pero la realidad es que los países que han ganado posiciones estratégicas lo han hecho protegiendo sus industrias, absorbiendo tecnología y construyendo cadenas de valor propias. China lo hizo primero. Estados Unidos lo está haciendo ahora con su política industrial. Y Europa, aunque tarde, empieza a darse cuenta de que en esta nueva carrera tecnológica no basta con defender el libre comercio… también hay que saber jugar con las mismas reglas que los demás.
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La revolución que viene: bancos centrales ya simulan el impacto de la IA en el empleo
Hay noticias que pasan relativamente desapercibidas en el flujo diario de información, pero que dicen mucho sobre cómo distintos países están intentando prepararse para el futuro. Una de ellas tiene que ver con el Banco de Inglaterra. Según ha publicado Bloomberg, el banco central británico está estudiando la posibilidad de realizar simulaciones de crisis, los llamados stress tests, para analizar qué ocurriría en la economía si la inteligencia artificial provocara un shock en el empleo y en el tejido empresarial. Dicho de otra manera, quieren anticipar qué pasaría si la adopción masiva de esta tecnología destruye millones de puestos de trabajo, reduce la capacidad de pago de familias y empresas y termina trasladando ese impacto al sistema financiero.
No se trata de ciencia ficción ni de un ejercicio teórico. Es planificación económica. El Banco de Inglaterra quiere entender cómo reaccionaría el conjunto de la economía si se produjera una transformación tecnológica de gran escala. Y el simple hecho de que un banco central esté planteándose estos escenarios dice mucho sobre la magnitud del cambio que algunos economistas creen que se avecina.
El debate se ha intensificado después de que el CEO de Anthropic, Dario Amodei, advirtiera recientemente que la inteligencia artificial podría sustituir hasta el 50% de los empleos administrativos de nivel inicial en los próximos cinco años. Puede parecer una previsión extrema, pero empiezan a aparecer señales que alimentan esa preocupación. Hace apenas unos días la empresa tecnológica Block anunció un recorte cercano al 50% de su plantilla citando explícitamente la adopción de inteligencia artificial como uno de los factores clave. Y su fundador, Jack Dorsey, advertía que muchas otras compañías terminarán siguiendo ese mismo camino.
En Reino Unido, la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria ha calculado que el desplazamiento tecnológico provocado por la IA podría añadir medio millón de desempleados adicionales sin generar necesariamente más crecimiento económico. Ese escenario implicaría más gasto público, más endeudamiento y tensiones sociales importantes. Por eso el Banco de Inglaterra quiere analizar con calma posibles escenarios extremos: qué pasaría con los préstamos de familias y empresas, cómo se comportarían los mercados financieros o qué impacto macroeconómico tendría una adopción masiva de esta tecnología.
Fuente: Morgan Stanley
La coyuntura y la situación geopolítica convulsa (como las guerras comerciales o los aranceles) pueden estar distrayendo la atención de lo que realmente será el gran cambio estructural de las próximas décadas. La inteligencia artificial. El verdadero desafío económico no estará en las tensiones comerciales entre países, sino en la destrucción de empleo y en las transformaciones profundas que esta tecnología puede provocar en el mercado laboral.
El economista jefe del Banco de Inglaterra, Huw Pill, lo resumía con bastante claridad. El escenario más probable no es necesariamente una economía peor. De hecho, es posible que la riqueza agregada aumente gracias a los avances tecnológicos y a la mejora de la productividad. El problema es cómo se distribuirá esa riqueza. La IA podría generar un mundo en el que, en promedio, todos sean más ricos, pero donde las diferencias entre quienes se benefician de la tecnología y quienes quedan desplazados se amplíen considerablemente. Algo que ya ocurrió en otras grandes transformaciones económicas, desde la revolución industrial hasta la globalización.
Por eso algunos gobiernos empiezan a discutir ideas que hasta hace poco parecían casi utópicas: desde programas masivos de reconversión laboral hasta nuevas formas de redistribución fiscal o incluso la posibilidad de implantar una renta básica universal en los sectores más afectados por la automatización. No significa que esas políticas se vayan a aplicar mañana, pero el simple hecho de que estén sobre la mesa demuestra que algunos países están empezando a pensar seriamente en cómo gestionar una transición tecnológica que podría ser muy abrupta.
Y aquí aparece una reflexión incómoda. Mientras en algunos países bancos centrales, universidades y gobiernos analizan escenarios de disrupción tecnológica, en España el debate público sigue centrado casi exclusivamente en el corto plazo. La política gira alrededor de conflictos partidistas, cálculos electorales y estrategias para conservar o alcanzar el poder. Sin embargo, apenas se discute sobre los cambios estructurales que podrían afectar de forma profunda al mercado laboral en los próximos años.
Y eso debería preocuparnos. Porque si algo nos enseña la historia económica es que las revoluciones tecnológicas no esperan a que los países estén preparados. Simplemente ocurren. La revolución industrial hizo desaparecer profesiones enteras y creó otras nuevas. Internet transformó sectores completos y cambió la forma en la que trabajamos, consumimos y nos comunicamos. Y todo apunta a que la inteligencia artificial puede provocar un cambio aún más profundo.
Conclusión
El verdadero problema, por tanto, no es que la IA vaya a transformar la economía. Eso parece inevitable. El verdadero riesgo es no prepararse para ello. Los países que anticipen el cambio podrán adaptar su sistema educativo, su mercado laboral y sus políticas económicas. Los que no lo hagan simplemente reaccionarán cuando el impacto ya sea inevitable. Y entonces gestionar las consecuencias será mucho más difícil.
Quizá dentro de unos años miremos atrás y entendamos que el gran debate económico de esta década no eran los aranceles, ni las guerras comerciales, ni las tensiones políticas del momento. Quizá el verdadero cambio que estaba empezando a gestarse era otro mucho más profundo: una transformación radical del trabajo, de la productividad y del propio funcionamiento del sistema económico. La pregunta que deberíamos hacernos no es si ese cambio llegará. La pregunta es si estaremos preparados cuando lo haga.
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Llevo décadas analizando mercados financieros y, si algo he aprendido, es que la tecnología siempre termina transformando la forma en que entendemos el valor. Cuando las criptomonedas irrumpieron en el escenario, muchos las tacharon de moda pasajera. Sin embargo, el error que sigo viendo de forma recurrente es entrar en este mercado por miedo a quedarse fuera o por buscar dinero rápido. Mi enfoque siempre ha sido el mismo: formación antes que capital. No se puede gestionar lo que no se entiende, en este artículo te ayudo a entenderlo.
En el mundo de la inteligencia artificial hay una palabra que se repite constantemente: AGI, o Artificial General Intelligence. En teoría, se refiere a una inteligencia artificial capaz de hacer todo lo que puede hacer un ser humano, en cualquier campo: pensar, razonar, aprender, crear, decidir.
Muchos líderes del sector creen que ese momento está cerca. Sam Altman, CEO de OpenAI, ha llegado a sugerir que podríamos verla antes de 2030. Pero no todo el mundo está de acuerdo.
Uno de los grandes referentes históricos del sector, Yann LeCun (considerado uno de los “padrinos” de la inteligencia artificial), ha planteado recientemente una idea muy interesante: quizá estamos persiguiendo el objetivo equivocado.
Según LeCun, la idea de una inteligencia artificial completamente generalista puede no ser ni necesaria ni realista. Y propone una alternativa que cambia el enfoque: lo importante no es que una máquina sepa hacerlo todo, sino lo rápido que puede aprender cosas nuevas. A esto lo llama Superhuman Adaptable Intelligence (Inteligencia Adaptable Superhumana). La idea es bastante sencilla si la comparamos con cómo funcionan los humanos.
Los seres humanos tenemos la capacidad de aprender prácticamente cualquier cosa: tocar un instrumento, programar, cocinar o pilotar un avión. Pero nadie sabe hacerlo todo. Cada persona se especializa en ciertas áreas y aprende nuevas habilidades cuando las necesita. Con la inteligencia artificial podría ocurrir algo parecido.
En lugar de intentar construir un único sistema que lo sepa todo desde el principio, el objetivo sería crear modelos capaces de adaptarse muy rápido a nuevas tareas, aprender con pocos ejemplos y aplicar lo que ya saben a problemas distintos. En otras palabras: no una IA que lo sepa todo, sino una IA que pueda aprender casi cualquier cosa rápidamente.
Mientras tanto, el debate en el sector sigue abierto. Algunos investigadores incluso empiezan a plantear otra pregunta inquietante: si estas máquinas podrían llegar a desarrollar algún tipo de conciencia. Pero quizá la cuestión más importante no es cuándo llegará la AGI, sino algo más práctico. Porque, mientras discutimos sobre el futuro, ya tenemos delante sistemas de inteligencia artificial mucho más potentes de lo que la mayoría de empresas y profesionales saben utilizar.
Y ahí es donde probablemente está la verdadera oportunidad de los próximos años.
Si el post anterior no te ha dejado indiferente, prepárate para el video que te comparto esta semana.
Hay un vídeo de Ramón Taramona que circula estos días por redes y que merece la pena ver con calma porque plantea una pregunta provocadora:
¿Y si la inteligencia artificial no fuera la culminación del capitalismo… sino el principio de su crisis?
El análisis parte de un informe que se ha vuelto viral en círculos financieros: “The 2028 Global Intelligence Crisis”, elaborado por Citrini Research. El documento adopta un formato muy curioso: está escrito como si fuera una carta enviada desde el año 2028, describiendo cómo la inteligencia artificial ha transformado la economía mundial… quizá demasiado rápido. El video reflexiona sobre si la inteligencia artificial acaba haciendo gran parte del trabajo productivo, ¿qué papel quedará para los humanos dentro del sistema económico actual?
Te lo dejo aquí para que reflexiones; personalmente, creo que quizá la respuesta esté en mirar hacia dentro y volver a nuestra verdadera esencia.
Buena semana.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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