The trader nº 145
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº145. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
La muerte de Ali Jamenei no es solo un acontecimiento histórico. Es un terremoto geopolítico. Durante más de tres décadas, el líder supremo fue el eje alrededor del cual giraba todo el sistema iraní. Su eliminación por parte de Estados Unidos e Israel abre un escenario completamente nuevo en Oriente Próximo. La pregunta no es si el régimen ha sido golpeado. La pregunta es qué ocurre ahora.
La tentación inmediata es pensar que, eliminado el líder, el sistema se desmorona. Pero la historia reciente nos obliga a ser prudentes. En 2003, cuando cayó Saddam Hussein, también parecía que el problema estaba resuelto. El dictador había desaparecido y el aparato militar había sido derrotado. Sin embargo, lo que vino después fue mucho más complejo. La desarticulación del Estado iraquí dejó un vacío que derivó en guerra civil, radicalización sectaria y el nacimiento del Estado Islámico. Derribar fue rápido. Reconstruir resultó casi imposible.
Irán no es Irak. Tiene una estructura de poder más cohesionada y un aparato de seguridad diseñado precisamente para sobrevivir a situaciones extremas. La Guardia Revolucionaria no es solo un brazo militar, es una red política, económica y estratégica profundamente arraigada. Aunque la figura del líder supremo desaparezca, el sistema puede reconfigurarse. De hecho, la Constitución prevé mecanismos de sucesión y el poder puede redistribuirse entre el presidente, la judicatura y la Asamblea de Expertos mientras se designa un nuevo líder, tal y como está ocurriendo en este momento.
Por eso el escenario más probable a corto plazo no es el colapso, sino la continuidad. Un régimen herido, pero cohesionado frente a una agresión exterior. Paradójicamente, los ataques externos suelen fortalecer la narrativa nacionalista. Cuando las bombas caen desde fuera, el resentimiento interno muchas veces se transforma en defensa patriótica. Lo vimos en Irak tras la primera Guerra del Golfo. Lo hemos visto en muchos otros lugares.
El segundo escenario es más inquietante. Si la estructura central se fractura, el vacío puede activar tensiones latentes. Irán es un país multiétnico con regiones kurdas y baluches donde ya existen movimientos armados. La oposición está profundamente fragmentada entre monárquicos, reformistas, grupos étnicos y movimientos en el exilio sin liderazgo unificado. La experiencia iraquí demuestra que cuando no existe una alternativa cohesionada, el vacío no genera democracia automática. Genera competencia por el poder. Y eso suele traducirse en violencia.
El tercer escenario es una guerra prolongada de desgaste. Irán ya ha demostrado capacidad de respuesta rápida contra las bases estadounidenses en el Golfo y contra su archienemigo Israel. El estrecho de Ormuz es una vía crítica, por donde transita cerca de un veinticinco por ciento del petróleo y el veinte por ciento del gas natural licuado transportado por mar, convirtiéndolo en un cuello de botella energético global. Una escalada que afecte a ese flujo durante semanas tendría consecuencias inmediatas sobre los precios de la energía, la inflación y el crecimiento mundial. En un contexto económico frágil, el impacto sería enorme.
Además, hay un factor estratégico más amplio. Cada recurso militar que Washington concentra en Oriente Próximo es un recurso que no está en el Indo-Pacífico. En 2003, la implicación prolongada en Irak tuvo consecuencias geopolíticas globales. Hoy el tablero incluye a China y a un equilibrio internacional mucho más delicado.
Por eso el verdadero debate no es si Jamenei debía o no ser eliminado. El debate es si existe un plan sólido para el día después. En Irak no lo hubo. Y el vacío fue ocupado por la violencia.
Conclusión
En geopolítica existe una tendencia peligrosa a personalizar los problemas. Creer que eliminando al líder se elimina el sistema. Pero los regímenes autoritarios no se sostienen solo en una persona. Se sostienen en redes, estructuras, intereses y equilibrios de poder. Si esas piezas no se gestionan con precisión, el resultado puede ser peor que el punto de partida.
Lo inquietante en esta ocasión no es solo la magnitud del golpe, sino la ausencia de un relato coherente sobre el día después. La propia Casa Blanca ha reconocido que no sabe con claridad quién está al mando ahora mismo en Irán. Trump ha alternado en cuestión de horas entre hablar de cambio de régimen, destrucción del programa nuclear, intervención limitada de “cuatro o cinco semanas”, posibilidad de desplegar tropas o búsqueda de un acuerdo. Incluso ha admitido que no saben quién podría asumir el liderazgo en Teherán. Cuando el objetivo político cambia cada día, la estrategia deja de ser estrategia y pasa a ser reacción.
La historia demuestra que el vacío no se llena solo. En Irak se pensó que la caída del líder resolvería el problema. Lo que vino después fue una década de inestabilidad que reconfiguró todo el equilibrio regional. Hoy el riesgo no es únicamente militar. Es estratégico. Si no existe un plan sólido para gestionar la transición, el poder puede fragmentarse, radicalizarse o escaparse del control de quienes iniciaron la operación.
Irán entra ahora en una fase decisiva. Puede reforzar su cohesión interna frente a un enemigo exterior, puede fracturarse en luchas de poder o puede arrastrar a la región a un conflicto prolongado. Pero el verdadero interrogante no está solo en Teherán. Está en Washington. Porque en geopolítica, lo verdaderamente peligroso no es solo derribar un régimen. Es hacerlo sin tener claro qué se construye después.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 6878,88 | 6845,5 | 6869,5 | -0,14% | 0,35% |
| Nasdaq100 | 24960,04 | 25249,85 | 25093,68 | 0,54% | -0,62% |
| Eurostoxx50 | 6138,41 | 5796,22 | 5831,27 | -5,00% | 0,60% |
| Ibex35 | 18360,8 | 17307,8 | 17423,6 | -5,10% | 0,67% |
| Oro | 5247,9 | 4341,1 | 5176 | -1,37% | 19,23% |
| Brent | 72,29 | 60,85 | 80,02 | 10,69% | 31,50% |
| Natgas | 2,86 | 3,13 | 3 | 4,90% | -4,15% |
| SSE | 4162,88 | 3968,84 | 4108,57 | -1,30% | 3,52% |
| Bitcoin | 65736,20 | 87517,27 | 72353,35 | 10,07% | -17,33% |
*Cierre semanal: 26 de febrero del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025
*Precio Actual: 05 de marzo del 2026 a las 10:00
El estrecho de Ormuz que puede incendiar la economía global
Cuando hablamos de tensiones en Oriente Medio, solemos pensar en misiles, portaaviones o amenazas cruzadas. Pero el verdadero campo de batalla, muchas veces, no está en tierra firme. Está en el agua. Y en concreto en un punto muy estrecho del mapa: el estrecho de Ormuz.
Por ese paso marítimo, situado entre Irán y Omán, transita aproximadamente el 20% del petróleo que se consume en el mundo, más un 10% de productos derivados y cerca del 20% del gas natural licuado que se comercializa globalmente. En el primer trimestre de 2025, cruzaron por allí una media de 20,1 millones de barriles diarios. Uno de cada cinco barriles del planeta depende de ese embudo de apenas 50 kilómetros de ancho y menos de 60 metros de profundidad.
Fuente: El Mundo
Pero detrás de ese porcentaje hay nombres propios. Desde el lado de los exportadores, los países más expuestos son Arabia Saudí, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Catar. Arabia Saudí es el mayor exportador mundial de crudo y una parte esencial de sus envíos sale de terminales del Golfo Pérsico que necesariamente cruzan Ormuz. Irak depende casi por completo de esa vía para colocar su producción en los mercados internacionales. Kuwait y Emiratos tienen también una dependencia crítica. Y en el caso del gas natural licuado, Catar es el actor clave: es uno de los mayores exportadores mundiales de GNL y prácticamente todo su gas debe atravesar el estrecho.
Del lado de los importadores, el impacto sería especialmente severo en Asia. China es el principal comprador del crudo que sale del Golfo y el mayor cliente del GNL catarí. India, Japón y Corea del Sur también dependen en gran medida de esos flujos energéticos. Para ellos, Ormuz no es una variable secundaria, es una arteria vital. Europa recibe un porcentaje mucho menor del crudo que pasa por el estrecho, pero sí depende en parte del gas natural licuado catarí para diversificar su suministro tras la crisis con Rusia. Estados Unidos importa relativamente poco crudo del Golfo en comparación con Asia, pero el precio internacional del petróleo marcaría igualmente su inflación.
Tras los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre instalaciones iraníes, el tránsito marítimo se ha paralizado. No sería la primera vez que Teherán juega la carta de bloquear este acceso como arma. Lo hizo en 2008, en 2012, en 2018 y el pasado junio, cuando incluso su Parlamento aprobó el cierre tras ataques a sus instalaciones nucleares. Nunca llegó a ejecutarlo. Pero esta vez el entorno es distinto: mayor despliegue militar estadounidense, presencia de portaaviones y señales de que Irán habría preparado minas navales en semanas previas.
La clave es entender que no hace falta un cierre total para generar un shock. En un entorno bélico, el simple riesgo eleva las primas de seguro, encarece el transporte y ralentiza los envíos. El petróleo puede seguir fluyendo, pero más caro y con retrasos. Eso basta para tensionar el mercado.
Ahora bien, ¿qué alternativas existen si el estrecho se bloquea o se vuelve impracticable?
Aquí es donde el coste económico empieza a ser tangible en términos de tiempo y logística. Tomando como referencia cargamentos que parten del este de Arabia Saudí —lo que implica cruzar Ormuz en condiciones normales—, las rutas serían hacia la costa este de Estados Unidos vía canal de Suez, entre 32 y 36 días de tránsito. Si el canal de Suez no fuese viable y hubiera que rodear África por el Cabo de Buena Esperanza, entre 47 y 51 días. Cruzando el Pacífico hacia la costa oeste estadounidense, entre 39 y 43 días.
Cada alternativa supone más días en el mar, más combustible, más costes financieros por capital inmovilizado y mayor tensión en las cadenas de suministro. Y eso sin contar posibles cuellos de botella en otros puntos estratégicos.
En el plano terrestre, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos disponen de oleoductos que permiten desviar parte del crudo evitando el estrecho. El gran oleoducto este-oeste saudí puede enviar hasta 5 millones de barriles diarios hacia el mar Rojo. Emiratos cuenta con capacidad adicional hacia el golfo de Omán. Pero, en conjunto, solo podrían sustituir una fracción del volumen total que hoy atraviesa Ormuz. Irak, Kuwait y Catar, en la práctica, no tienen alternativa significativa. Y en el caso del gas natural licuado, la dependencia del tránsito marítimo es prácticamente total.
Por eso el escenario más probable no es un apagón energético global inmediato, sino un encarecimiento progresivo por fricción logística. Más días. Más riesgo. Más coste. Y, por tanto, más presión inflacionista. Y ahí es donde el impacto deja de ser regional y se vuelve global: afecta a las economías asiáticas que importan energía, golpea a Europa vía gas y presiona a Estados Unidos vía precios internacionales.
Si el petróleo se disparase de forma sostenida, los bancos centrales que contemplaban recortes de tipos tendrían que replanteárselo. La inflación energética es el impuesto más regresivo que existe: afecta a transporte, alimentos, industria. El crecimiento se resentiría y los mercados, que hoy descuentan cierta estabilidad, tendrían que ajustar expectativas.
Conclusión
No se trata solo de mirar el precio del Brent cada mañana. Se trata de entender que una parte esencial del suministro energético mundial depende de un corredor marítimo extremadamente vulnerable. Los grandes exportadores del Golfo se juegan su principal fuente de ingresos. Las grandes economías asiáticas se juegan su seguridad energética. Y el resto del mundo se juega la estabilidad de precios.
En un sistema tan interconectado, el cierre de Ormuz no sería un problema local. Sería un shock global. Y cuando la energía tiembla, la economía siempre termina sintiéndolo.
Europa se apunta al juego de recomprar acciones como lleva años haciendo EE. UU.
Durante años, uno de los grandes argumentos a favor de la bolsa estadounidense frente a la europea no era solo el crecimiento, ni la tecnología, ni la profundidad de su mercado. Era la cultura de retorno al accionista.
En Estados Unidos, la recompra de acciones se convirtió hace décadas en una herramienta estructural. Las compañías reducían el número de títulos en circulación, elevaban el beneficio por acción y sostenían la cotización incluso en entornos complejos. Era un flujo constante de demanda interna que actuaba como red de seguridad del mercado.
Europa, en cambio, era territorio de dividendos. Más conservadora, más bancaria, menos agresiva en ingeniería financiera. Hasta ahora.
En los dos primeros meses de 2026, las compañías del índice Stoxx Europe 600 han anunciado recompras por 85.700 millones de euros. Es el mayor volumen jamás registrado para el periodo enero-febrero. Y lo relevante no es solo la cifra, sino el cambio de mentalidad que representa. Tecnológicas, financieras e industriales están liderando el movimiento. Bancos como Deutsche Bank AG o Société Générale SA han anunciado programas relevantes tras un 2025 muy sólido para el sector. London Stock Exchange Group PLC comunicó un plan de recompra de 3.000 millones de libras. Y el caso más llamativo ha sido el de Rolls-Royce Holdings Plc, que sorprendió con el mayor programa de su historia, hasta 9.000 millones de libras hasta 2028, impulsando sus acciones a máximos históricos.
El mercado está premiando esta estrategia. Una cesta de compañías europeas que han anunciado recompras ha superado en más de cinco puntos porcentuales al conjunto del Stoxx 600 en los últimos seis meses. Incluso ha batido a los tradicionales “aristócratas del dividendo”.
Fuente: Barclays
Es decir, ya no es solo una cuestión de rentabilidad por dividendo. Es retorno total.
Hay otro dato clave: aproximadamente el 76% de los planes de recompra autorizados aún no se han ejecutado. Eso significa que buena parte del dinero todavía no ha entrado realmente al mercado. Hay “pólvora seca” para sostener flujos en los próximos trimestres.
Mientras tanto, en Estados Unidos empiezan a aparecer señales de desaceleración. Las recompras del S&P 500 están perdiendo ritmo según estimaciones basadas en flujos corporativos. Tras el pico de principios del año pasado, el porcentaje de capitalización recomprado ha caído de forma significativa. La ironía es evidente: justo cuando Europa acelera en retorno al accionista, EE. UU. empieza a moderarlo.
Este cambio llega en un contexto en el que la bolsa europea ya está comportándose mejor que la estadounidense en 2026. El Stoxx 600 supera al S&P 500 en unos cinco puntos porcentuales desde comienzos de año. La combinación de valoraciones más atractivas, menor peso tecnológico —lo que reduce el riesgo de concentración—, estímulo fiscal en defensa y tipos más bajos que en EE. UU. está actuando como catalizador. Y ahora se suma un factor estructural adicional: recompra masiva y creciente disciplina de capital.
Conclusión
Durante mucho tiempo, invertir en Europa significaba aceptar menor crecimiento a cambio de estabilidad y dividendo. Hoy empieza a parecer algo distinto: valoración razonable + dividendo sólido + recompras crecientes.
En los mercados, los cambios estructurales no se anuncian con trompetas. Se detectan en los flujos. Y cuando las empresas se convierten en compradores netos relevantes de sus propias acciones, el equilibrio oferta-demanda cambia.
La narrativa de que Europa siempre es el “hermano lento” frente a Estados Unidos puede estar quedándose obsoleta. Si las compañías europeas adoptan de forma sostenida una cultura más activa de retorno total al accionista, el diferencial histórico de rentabilidad podría empezar a estrecharse más de lo que muchos esperan.
Y cuando el consenso todavía mira a Wall Street como única referencia, a veces es cuando más interesante se vuelve mirar al otro lado del Atlántico.
Rusia empieza a pagar el precio económico de la guerra
Durante años hemos escuchado que la economía rusa resistía mejor de lo esperado. Que las sanciones no habían logrado asfixiarla. Que el crecimiento seguía en pie gracias al gasto militar y a la reorientación comercial hacia Asia. Todo eso fue cierto… hasta cierto punto. Pero ahora empiezan a aparecer grietas visibles en el corazón industrial del país.
En Nizhny Novgorod, uno de los grandes centros fabriles heredados de la era soviética, la asociación regional de industriales ha lanzado una advertencia poco habitual en el sistema ruso: inversión, pedidos, producción y beneficios están cayendo con fuerza. Las facturas impagadas superan los 100.000 millones de rublos y algunas empresas se están financiando a tipos superiores al 20%. Incluso se estima que hasta 20.000 empleos podrían perderse en el segundo semestre del año si la situación no mejora.
No es un caso aislado. Es el reflejo de una economía que ha vivido dopada por el gasto de guerra y que ahora sufre las consecuencias de tipos de interés extremadamente altos y menores ingresos energéticos. El banco central llegó a situar el tipo oficial en el 21% para frenar la inflación generada por el sobrecalentamiento bélico. Aunque después lo redujo al 15,5%, el crecimiento se ha desplomado desde el 4,9% hasta el entorno del 1%, y las previsiones apuntan a apenas entre un 0,5% y un 1,5% este año.
Al mismo tiempo, los déficits regionales se han disparado hasta 1,48 billones de rublos, más del triple que el año anterior.
Muchas regiones dependen cada vez más del Kremlin justo cuando Moscú prioriza el gasto militar y los recursos empiezan a tensarse. Incluso empresas consideradas estratégicas han reducido jornadas laborales para contener costes.
Rusia no está colapsando. Pero sí está entrando en una fase de desgaste silencioso. Menos inversión. Crédito caro. Retrasos en pagos. Crecimiento mínimo. Una economía que aguanta, pero cada vez con más fricción.
¿Puede esto influir en las negociaciones de paz? Algunos responsables europeos creen que sí, que la presión económica acabará debilitando la posición del Kremlin. Otros recuerdan que la lógica estratégica rusa no es puramente económica y que no habrá concesiones significativas, aunque la crisis se prolongue.
Conclusión
La economía rara vez detiene una guerra por sí sola. Pero sí erosiona el margen de maniobra con el tiempo. No provoca el giro inmediato… pero modifica el tablero lentamente. El desgaste económico no obliga a negociar mañana, pero condiciona la fuerza con la que se negocia pasado mañana.
Rusia puede sostener esta situación un tiempo más. La pregunta no es si puede resistir, sino cuánto coste interno está dispuesta a asumir para hacerlo. Y en política internacional, cuando el cálculo deja de ser rentable, los discursos cambian más rápido de lo que pensamos.
La economía no dispara misiles. Pero termina decidiendo cuánto tiempo pueden seguir disparándose.
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Cuando el poder político se convierte en riesgo de mercado
La decisión de Donald Trump de ordenar a todas las agencias federales que dejen de utilizar la tecnología de Anthropic no es solo un episodio más en la batalla cultural estadounidense. Es una señal de advertencia para el mercado.
El detonante ha sido la negativa de Anthropic a permitir determinados usos de su inteligencia artificial por parte del Pentágono, especialmente en ámbitos como la vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses y el desarrollo de drones autónomos armados. La compañía defendió que esos usos cruzaban una línea ética y tecnológica que no estaba dispuesta a traspasar. La respuesta presidencial fue fulminante: ruptura de contratos, orden de desconexión progresiva y amenaza de designarla como riesgo para la seguridad nacional.
Lo verdaderamente relevante no es el choque ideológico. Es el precedente que se crea.
Aquí es donde entra en juego el movimiento de Sam Altman y OpenAI, y es precisamente ahí donde surge la mayor sorpresa del mercado. OpenAI anunció rápidamente un acuerdo para desplegar sus modelos en la red clasificada del Departamento de Defensa, ocupando el espacio que dejaba Anthropic. Hasta ahí, podría parecer simplemente una jugada competitiva. Pero el matiz es clave: Altman afirmó públicamente que OpenAI mantiene exactamente las mismas líneas rojas que defendía Anthropic. Es decir, no permitir el uso de su tecnología para vigilancia masiva nacional ni para sistemas de armas letales autónomas sin supervisión humana. Entonces, ¿qué cambia?
Si ambas compañías comparten los mismos límites éticos, el desenlace resulta desconcertante. O bien el Gobierno ha aceptado con OpenAI lo que negó a Anthropic —lo que plantearía dudas sobre la coherencia del conflicto—, o bien las condiciones reales del acuerdo no son exactamente las mismas. En ambos casos, la sensación que se transmite al mercado es de opacidad y discrecionalidad.
Y eso es lo que introduce un nuevo riesgo.
Hasta ahora, el gran debate en torno a la inteligencia artificial era si las inversiones multimillonarias en centros de datos, chips y energía generarían retornos suficientes. Ahora se suma una variable adicional: el alineamiento político como factor determinante para acceder a contratos estratégicos. No hablamos de una regulación clara y previsible. Hablamos de decisiones ejecutivas que pueden alterar de forma drástica el posicionamiento competitivo de una empresa de un día para otro. Si el mensaje implícito al sector es que la relación con el poder puede pesar tanto como la superioridad tecnológica, la prima de riesgo cambia. Porque entonces el valor ya no depende solo de innovación, cuota de mercado o ventajas competitivas, sino también de la estabilidad institucional y de la cercanía al Ejecutivo.
Conclusión
En mi opinión, este episodio marca un antes y un después. Durante años hemos analizado a las grandes tecnológicas como si operaran en un entorno casi autónomo, donde el riesgo principal era el ciclo económico o la competencia. Pero cuanto más estratégicas se vuelven —especialmente en defensa y seguridad nacional— más expuestas están al poder político. Y lo más inquietante no es que el Gobierno castigue a una empresa. Lo más inquietante es que otra ocupe su lugar defendiendo públicamente los mismos principios y, aun así, el acuerdo salga adelante. Eso deja una pregunta flotando en el aire: ¿cuál fue realmente la línea roja? ¿La ética declarada… o la relación con el poder?
Creo que el mercado todavía no se ha interiorizado del todo lo que implica este episodio. No estamos hablando de una simple disputa contractual. Estamos hablando de la señal que se envía a todo un sector que concentra una parte enorme del crecimiento esperado para la próxima década. Si las compañías tecnológicas entienden que su acceso a contratos estratégicos puede depender de decisiones políticas cambiantes, ajustarán su comportamiento. Y si los inversores perciben que la seguridad jurídica es menos sólida de lo que pensaban, ajustarán sus valoraciones.
La inteligencia artificial seguirá avanzando. Las inversiones seguirán llegando. Pero el entorno ya no es el mismo. Cuando el poder ejecutivo demuestra que puede alterar el tablero competitivo en cuestión de horas, la ecuación riesgo-rentabilidad cambia. Y en un momento en el que ya empiezan a surgir dudas sobre el retorno real de las gigantescas inversiones en IA, añadir incertidumbre política a la ecuación puede ser el factor que transforme la euforia en prudencia. Porque al final, lo que más penaliza el mercado no es el riesgo conocido. Es la sensación de que las reglas pueden cambiar en cualquier momento.
Hoy a las 7:07 p.m. (hora de Madrid) estaré en directo para analizar en tiempo real qué puede estar anticipando el mercado de cara a 2026.
La sesión tendrá un foco muy concreto:
Cómo detectar dónde se está concentrando el riesgo y cómo identificar el liderazgo real entre activos utilizando análisis relativo.
Trabajaremos con comparaciones entre activos, flujos y comportamientos relativos para entender qué está ganando fortaleza estructural y qué podría estar perdiéndola, incluso aunque “parezca” fuerte en términos absolutos.
Porque en entornos de mayor incertidumbre, no basta con saber qué sube o qué baja.
Hay que entender:
Este directo es una aplicación práctica de mi método.
Una forma de ver cómo se interpreta el mercado cuando no se busca acertar una operación, sino construir un proceso sólido para navegar cambios estructurales.
Si ya estás inscrito en el directo, revisa tu correo: deberías tener el acceso.
Y si todavía no te has apuntado, clica este enlace y hazlo ahora para recibir el enlace y la información sobre este directo.
Además, al finalizar el directo abriré las plazas para la próxima edición de mi formación Metodología de Inversión y Trading, donde trabajamos este enfoque con mucha más profundidad y acompañamiento semanal.
Si te interesa entender 2026 desde los ángulos que nadie está mirando y no limitarte a reaccionar a lo que ya ha ocurrido, te recomiendo asistir esta tarde.
Nos vemos a las 7:07 p.m.
Quiero compartiros que he sido nominado en dos categorías de los Finvoices Awards 2026. Este reconocimiento es un reflejo del apoyo que me brindáis cada día y del interés creciente por entender los mercados de una forma más profesional y humana.
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Tienes hasta el 15 de marzo para sumarte a esta iniciativa. Gracias por estar siempre al otro lado y por tu confianza constante.
¿Cuántas veces has intentado vender porque un oscilador decía que el mercado estaba «caro» y has visto, con frustración, cómo el precio seguía subiendo sin freno? Ese es el error número uno de los novatos. El Commodity Channel Index (CCI) o Índice del Canal de Mercancías es diferente; no se queda «atrapado» en techos artificiales como el RSI. Es un indicador de momentum salvaje que, bien configurado, te dice cuándo una tendencia tiene recorrido y cuándo está empezando a frenarse. Si buscas rigor en tu operativa y menos señales de humo, en este artículo te enseño a integrarlo de verdad en tu sistema.

Después de más de seis décadas al frente de Berkshire Hathaway, Warren Buffett ha cerrado finalmente su último ejercicio como CEO. A sus 95 años deja el timón a Greg Abel, quien ha querido transmitir un mensaje claro a los accionistas en su primera carta: la cultura de inversión basada en disciplina, paciencia y valor que construyó Buffett sigue intacta.
Sin embargo, el mercado no ha reaccionado con demasiado entusiasmo. Las acciones de Berkshire, que ya venían rezagadas frente al S&P 500 en los últimos doce meses, han caído cerca de un 5% tras conocerse los resultados del último trimestre bajo la dirección de Buffett. El motivo principal ha sido la evolución del negocio asegurador, uno de los pilares históricos del conglomerado. El beneficio operativo de Berkshire —la métrica que mejor refleja el rendimiento de sus negocios reales— cayó hasta los 44.500 millones de dólares, frente a los 47.400 millones del año anterior. Dentro de esa cifra, los beneficios de suscripción en seguros descendieron casi un 20%.
Pero más allá de los resultados puntuales, la gran pregunta que se hacen muchos inversores es otra: ¿seguirá Berkshire teniendo el mismo atractivo sin Warren Buffett al mando? Durante años existió lo que muchos analistas llamaron el “Buffett premium”: la disposición de los inversores a pagar más por una compañía simplemente por estar gestionada por una de las mayores leyendas de Wall Street. Greg Abel ha querido despejar esas dudas asegurando que la forma de invertir de Berkshire no va a cambiar.
La compañía acumula actualmente 373.000 millones de dólares en caja, una cifra cercana a máximos históricos, una enorme reserva de liquidez que permite actuar con rapidez cuando aparecen oportunidades de inversión realmente grandes.
Mientras tanto, muchos de los negocios de Berkshire —energía, ferrocarriles, empresas de servicios públicos, manufactura o seguros— están relativamente alejados de las tensiones tecnológicas que dominan hoy el mercado, especialmente el debate sobre la inteligencia artificial. Lo mismo ocurre con varias de sus inversiones históricas, como Occidental Petroleum, Chevron o Coca-Cola, que este año han mostrado un comportamiento sólido.
Curiosamente, incluso en su despedida, Buffett sigue dejando huella en la cultura de la compañía. Abel recordó en su carta el estilo de inversión que ha caracterizado a Berkshire durante décadas: paciencia para esperar la oportunidad adecuada y determinación para actuar con fuerza cuando llega.
Buffett deja el escenario, pero el principio que definió su carrera sigue vigente: en los mercados, no gana quien más se mueve, sino quien espera el momento correcto para hacer el movimiento decisivo.
En un mundo en recomposición de lleno, el economista y exministro de Hacienda y Economía de El Salvador, Manuel Hinds, escribía en 2024 este libro donde explicaba cómo los conflictos geopolíticos de los últimos años (desde la guerra en Ucrania hasta la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China) están acelerando una transformación profunda del sistema económico global.
Su tesis es clara: el mundo se dirige hacia una etapa marcada por mayor fragmentación económica, reorganización de las cadenas de suministro y competencia entre bloques geopolíticos. Un cambio que afecta directamente a la estabilidad financiera, al comercio internacional y al equilibrio de poder global. Para quienes seguimos los mercados, entender este nuevo contexto es fundamental. Las grandes tendencias geopolíticas terminan reflejándose en inflación, política monetaria, materias primas y movimientos de capital.
Una lectura interesante y muy actual para comprender hacia dónde puede dirigirse el mundo en la próxima década… y por qué la economía y la geopolítica están hoy más conectadas que nunca. Está editado por Debate.
Buena semana.

Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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