The trader nº 141
La interpretación inteligente del mercado
La interpretación inteligente del mercado

Bienvenido a mi visión personal sobre la actualidad de los mercados financieros nº141. Gracias por tu interés, si te has perdido alguna entrega o aún no estás suscrito puedes revisar aquí.
Ray Dalio no habla como un analista más. Habla como alguien que ha pasado décadas estudiando los grandes ciclos de la historia económica, política y monetaria, y que reconoce los patrones cuando vuelven a aparecer. Su mensaje de estos días es incómodo precisamente por eso: porque no describe un escenario hipotético, sino uno que, según su marco histórico, ya hemos visto muchas veces antes.
Dalio sostiene que estamos llegando al final de lo que él llama el “Big Cycle”, un ciclo largo (de unos 80 años) que combina el auge y la caída del orden monetario, del orden político interno y del orden geopolítico internacional. El último gran reinicio fue tras 1945. Y lo que hoy estamos viendo, según su lectura, es el agotamiento de ese sistema.
En su esquema, las economías avanzadas estarían transitando desde la Fase 5 (deterioro económico, tensiones sociales, polarización extrema) hacia la Fase 6, que es la fase de ruptura: conflictos internos abiertos, quiebras de los consensos políticos y, en los casos más extremos, episodios de violencia civil.
El detonante no es uno solo. Es una combinación muy concreta y peligrosa: altos niveles de deuda, enormes brechas de renta y riqueza, y un shock económico o social que actúa como catalizador. Cuando esa mezcla se da, la historia muestra que los sistemas empiezan a fallar no por falta de recursos, sino por falta de cohesión y confianza.
Dalio insiste en una idea clave que suele pasarse por alto: no basta con que la economía crezca en promedio. Lo determinante es cuánta gente siente que el sistema ya no funciona para ellos. Cuando una parte relevante de la población percibe que no progresa, que pierde poder adquisitivo y que las reglas solo benefician a unos pocos, el riesgo de ruptura se dispara.
En ese contexto aparecen dos fenómenos recurrentes. El primero es el populismo, tanto de derechas como de izquierdas. Líderes que no buscan consenso, sino confrontación; que prometen soluciones simples a problemas complejos; y que se alimentan del resentimiento y la frustración social. El segundo es la degradación del debate público: la verdad se diluye, los medios se convierten en armas políticas y el adversario deja de ser un rival para convertirse en un enemigo.
Dalio también subraya algo especialmente relevante desde el punto de vista financiero: cuando los gobiernos entran en esta fase, su margen de maniobra se estrecha. O suben impuestos y recortan gasto (alimentando aún más el conflicto social) o monetizan la deuda, erosionando el valor del dinero. Ambas opciones tienen costes políticos y económicos crecientes. Y cuando los inversores empiezan a percibir que el sistema pierde credibilidad, el capital busca refugio o directamente huye.
Su diagnóstico sobre Estados Unidos es especialmente duro. Ve un país altamente polarizado, con tensiones crecientes entre el poder federal y los estados, con una sociedad armada hasta los dientes y con una aceptación cada vez mayor de la violencia como herramienta política. Para Dalio, esos son marcadores claros de que el sistema está siendo llevado al límite de su capacidad de absorción.
Ahora bien, su mensaje no es fatalista. No dice que la ruptura sea inevitable, pero sí que evitarla es extremadamente difícil. La salida “buena” del ciclo requeriría líderes capaces de unir, de repartir costes y beneficios de forma percibida como justa, y de invertir en productividad real (educación, infraestructuras, innovación) en lugar de seguir parcheando desequilibrios con deuda y estímulos improductivos. La historia demuestra que esos liderazgos existen… pero son raros.
La alternativa es la que la historia también documenta con crudeza: cuando el sistema no se reforma a tiempo, termina reformándose de forma violenta.
Conclusión
Lo inquietante del mensaje de Ray Dalio no es que prediga el colapso, sino que nos recuerda algo mucho más incómodo: que los grandes sistemas no caen por sorpresa, sino por negación. Las señales están ahí mucho antes de la ruptura, pero suelen ignorarse porque aceptarlas obliga a tomar decisiones impopulares. La pregunta ya no es si el orden actual está en crisis. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a ceder, reformar y corregir para evitar que el ajuste llegue por la vía más dolorosa. Porque la historia demuestra que los ciclos siempre se cierran… de una manera o de otra.
| Cierre Semanal | Cierre Anual | Precio actual | Últimos 5 días | En el año | |
|---|---|---|---|---|---|
| S&P500 | 6939,03 | 6845,5 | 6882,72 | -0,81% | 0,54% |
| Nasdaq100 | 25552,39 | 25249,85 | 24891,24 | -2,59% | -1,42% |
| Eurostoxx50 | 5947,81 | 5796,22 | 5973,05 | 0,42% | 3,05% |
| Ibex35 | 17880,9 | 17307,8 | 17940 | 0,33% | 3,65% |
| Oro | 4745,1 | 4341,1 | 4928,9 | 3,87% | 13,54% |
| Brent | 68,04 | 60,85 | 67,21 | -1,22% | 10,45% |
| Natgas | 4,35 | 3,13 | 3,48 | -20,00% | 11,18% |
| SSE | 4117,95 | 3968,84 | 4075,92 | -1,02% | 2,70% |
| Bitcoin | 76906,78 | 87517,27 | 71043,25 | -7,62% | -18,82% |
*Cierre semanal: 29 de enero del 2026 a las 10:00
*Cierre anual: Último dato del 31 de diciembre del 2025
*Precio Actual: 5 de febrero del 2026 a las 10:00
La política de EE. UU. fuerza a buscar nuevos acuerdos comerciales
La política comercial de Donald Trump ya no se define solo por los aranceles, sino por algo más corrosivo: la incertidumbre permanente. Nadie sabe cuál será el próximo anuncio, el siguiente castigo comercial o el nuevo aliado convertido en adversario. Y cuando esa imprevisibilidad se convierte en norma, los socios empiezan a protegerse.
Eso es exactamente lo que estamos viendo. Reino Unido se acerca a China no por afinidad, sino por necesidad. Europa acelera acuerdos comerciales largamente bloqueados. Canadá, Corea del Sur o incluso socios asiáticos tradicionales de Washington revisan silenciosamente sus dependencias. No es una ruptura con Estados Unidos, es una diversificación forzada.
En ese contexto, el acercamiento a China y, sobre todo, a India cobra todo el sentido. No hablamos de potencias marginales, sino de las dos economías que, según el Fondo Monetario Internacional, concentrarán buena parte del crecimiento global durante la próxima década. India, en particular, emerge como la gran alternativa estratégica: crecimiento por encima del 6%, demografía favorable, ambición industrial y una posición geopolítica suficientemente autónoma como para no quedar atrapada en un solo bloque.
El acuerdo entre la Unión Europea y la India no es, por tanto, un simple tratado comercial. Es una jugada de fondo. Permite a Europa diversificar cadenas de suministro, reducir vulnerabilidades frente a China y Estados Unidos, y ganar acceso a sectores clave como tecnologías limpias, farmacéuticas, infraestructuras digitales o materias primas críticas. También refuerza el papel de India como potencia bisagra, capaz de relacionarse con Washington, Bruselas, Moscú y Pekín sin alinearse plenamente con ninguno.
Si a este movimiento se suma una eventual ratificación del acuerdo con Mercosur, el mapa empieza a dibujarse con claridad. Europa estaría asegurando acceso preferente a Asia y América Latina justo cuando Estados Unidos opta por una estrategia de confrontación comercial, incluso con sus aliados históricos. No es un movimiento ideológico, es una respuesta racional a un entorno cada vez más volátil.
La paradoja es evidente. Una política diseñada para reforzar la posición estadounidense puede estar sembrando las bases de una pérdida gradual de influencia. No por un colapso abrupto, sino por algo más silencioso: la normalización de un mundo donde EE. UU. deja de ser el socio imprescindible y pasa a ser uno más, poderoso, sí, pero imprevisible.
Conclusión
Las hegemonías rara vez se pierden por un ataque externo. Suelen erosionarse desde dentro, cuando las decisiones propias minan la confianza que sostiene el liderazgo. Tal vez estemos asistiendo al inicio de ese proceso: no el final inmediato de la hegemonía estadounidense, pero sí el comienzo de un desgaste que hace solo unos años parecía imposible.
¿Qué implica la depreciación del dólar?
2025 pasará a la historia como un año anómalo en el mercado de divisas. En un contexto de tensiones geopolíticas crecientes, conflictos abiertos, bloques cada vez más enfrentados y una sensación generalizada de inestabilidad global, lo lógico habría sido ver al dólar fortalecerse como gran activo refugio. Ha ocurrido justo lo contrario.
Fuente: Tradingview
A lo largo de 2025, el dólar se ha depreciado de forma generalizada frente a la mayoría de las divisas del mundo. La única gran excepción ha sido el yen japonés, lastrado por problemas estructurales propios y una política monetaria que ha ido siempre por detrás. Frente al resto, el mensaje ha sido claro: el dólar ya no es percibido como el puerto seguro que fue durante décadas.
Este cambio no es menor. El estatus del dólar como moneda refugio no se basa solo en el tamaño de la economía estadounidense o en la profundidad de sus mercados financieros. Se basa, sobre todo, en la confianza. Confianza en las instituciones, en la previsibilidad de las reglas del juego y en la estabilidad política. Y esa confianza es precisamente lo que se ha ido erosionando.
La vuelta de Trump al centro del escenario político ha sido un factor decisivo. No tanto por sus medidas concretas (aranceles, presión comercial, amenazas fiscales) sino por la incertidumbre permanente que genera. El mercado no teme el conflicto; teme la imprevisibilidad. Y en 2025, Estados Unidos ha vuelto a ser percibido como una fuente de ruido más que como un ancla de estabilidad.
Ese cambio de percepción se refleja con claridad en dos movimientos estructurales. El primero, la creciente preferencia de los bancos centrales por el oro frente al dólar como activo de reserva. Las compras de oro por parte de autoridades monetarias se han acelerado, no como apuesta especulativa, sino como estrategia defensiva ante un sistema monetario cada vez más politizado.
El segundo, el menor apetito por la deuda estadounidense como reserva global. Estados Unidos sigue financiándose sin problemas, pero cada vez depende más de su propio banco central y de inversores domésticos. La deuda americana ya no es el activo “neutral” por excelencia. Es un activo con riesgo político, fiscal y monetario, y eso cambia las reglas del juego a largo plazo.
El rally del oro no es una excentricidad ni una burbuja puntual. Es la consecuencia lógica de ese proceso. Cuando la principal moneda del sistema pierde su aura de seguridad, el refugio no se busca en otra divisa, sino fuera del sistema fiduciario.
Conclusión
El mensaje que deja 2025 es incómodo, pero difícil de ignorar. El dólar no ha caído porque el mundo sea más estable, sino precisamente porque es más incierto. Y cuando la fuente de esa incertidumbre es el propio emisor de la moneda refugio, el mercado busca alternativas. El oro no compite con el dólar por rentabilidad. Compite por confianza. Y eso debería hacernos reflexionar sobre hasta qué punto el orden monetario global está empezando a cambiar por dentro, antes de que lo haga de forma visible por fuera.
En un entorno de mayor volatilidad y cambios de ciclo, pensar a largo plazo vuelve a ser una ventaja. El capital privado permite invertir en empresas y proyectos que no cotizan en bolsa y cuyo valor se construye con el tiempo, no con titulares diarios.
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De Pekín a Washington: el patrón del líder que no tolera el desacuerdo
La caída del general Zhang Youxia ya no puede interpretarse como una purga más dentro del ritual disciplinario del Partido Comunista chino. Con el paso de los días, y a medida que emergen nuevas informaciones desde fuentes occidentales y asiáticas, su destitución adquiere un significado mucho más inquietante: revela hasta qué punto Xi Jinping está dispuesto a dinamitar incluso los pilares que él mismo levantó para blindar su poder.
La versión oficial habla, como casi siempre, de “graves violaciones de la disciplina”. Un eufemismo que en China sirve para abarcar desde corrupción hasta deslealtad política. Pero las filtraciones apuntan a algo más delicado: redes de favores dentro del Ejército Popular de Liberación, venta de ascensos, pérdida de control sobre determinadas cadenas de mando e incluso, según versiones no confirmadas, posibles filtraciones de información sensible. Nada de esto ha sido reconocido públicamente por Pekín, pero el patrón es claro y consistente con purgas anteriores.
Zhang no era un general cualquiera. Era un aliado histórico, un “hermano jurado”, una figura clave en la toma de control del estamento militar tras la llegada de Xi al poder. También era uno de los últimos mandos con suficiente peso, experiencia y redes internas como para representar un contrapeso real, aunque fuera silencioso. Su desaparición deja a la cúpula militar no solo descabezada, sino profundamente politizada.
Este tipo de decisiones suelen interpretarse como una demostración de fortaleza. En realidad, suelen ser lo contrario. Un liderazgo que empieza a eliminar a sus hombres más cercanos no está proyectando seguridad, sino desconfianza. El problema no es la corrupción en sí (endémica en muchos sistemas), sino la obsesión por erradicar cualquier atisbo de autonomía. El resultado es un ejército más obediente, sí, pero también más temeroso, menos transparente y peor preparado para escenarios complejos. La historia demuestra que los ejércitos gobernados por el miedo tienden a ocultar errores y a paralizar la iniciativa.
Este patrón no es exclusivo de China. Es una constante en los sistemas personalistas. Vladimir Putin lleva más de dos décadas aplicándolo: oligarcas, generales y jefes de seguridad han ido cayendo no tanto por lo que hicieron, sino por lo que podían llegar a representar. La lealtad deja de medirse por competencia o resultados y pasa a medirse por sumisión absoluta. Y aun así, el sistema vive atrapado en una paranoia permanente.
Lo interesante es que esta lógica empieza a asomar, con formas distintas, en democracias sometidas a fuerte tensión institucional. Donald Trump ha mostrado una dinámica sorprendentemente similar: eleva figuras a posiciones de enorme influencia y, cuando estas introducen fricción o discrepan, pasan automáticamente al campo del enemigo. El caso de Elon Musk es ilustrativo. De aliado estratégico y símbolo de genialidad empresarial a problema político en cuanto dejó claro que no obedecería sin matices.
El paralelismo es evidente: los liderazgos que no toleran el desacuerdo acaban rodeándose de silencio. Y el silencio, en política, rara vez es neutral. En el caso chino, las implicaciones son profundas. Afectan a la credibilidad del mando militar, a la planificación sobre Taiwán, a la sucesión prevista para 2027 y a la estabilidad interna del Partido. Un sistema donde el líder ya no confía ni en su núcleo duro se vuelve más opaco, más rígido y, paradójicamente, más frágil.
No deja de ser paradójico que cuanto más poder concentra el líder, más amenazas percibe. Y cuantas más amenazas percibe, más limpia su entorno. El resultado final no es un régimen más fuerte, sino un régimen más solo.
Conclusión
La destitución de Zhang Youxia no es una anécdota ni un episodio aislado. Es una señal de alarma sobre cómo funcionan los sistemas de poder cuando dejan de confiar en las instituciones y dependen exclusivamente de una figura. China, Rusia y, en menor medida, Estados Unidos muestran que el verdadero riesgo no siempre viene de fuera. Cuando el liderazgo se basa en eliminar contrapesos en lugar de gestionarlos, el mayor peligro no es la oposición externa, sino el vacío interno que deja el miedo.
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Primeros impactos de la IA en el mercado laboral
El Reino Unido se ha convertido en el primer gran laboratorio donde la inteligencia artificial empieza a mostrar su cara más incómoda. No por falta de avances tecnológicos, sino por la velocidad a la que esos avances se están traduciendo en destrucción neta de empleo.
Según un estudio reciente de Morgan Stanley, las empresas británicas han registrado en los últimos doce meses una pérdida neta de empleo del 8% atribuible directamente a la adopción de IA. Es la cifra más elevada entre las principales economías desarrolladas y duplica la media internacional. Alemania, Estados Unidos, Japón o Australia están lejos de ese impacto.
Lo llamativo es que el problema no es la productividad. Las empresas británicas que han incorporado IA reconocen mejoras medias del 11,5%, prácticamente idénticas a las observadas en Estados Unidos. La diferencia está en la reacción empresarial. Mientras en EE. UU. la ganancia de eficiencia se ha acompañado de creación de nuevos puestos, en Reino Unido se ha optado por recortar plantilla o no reemplazar vacantes.
Este fenómeno no llega en un buen momento. La economía británica ya venía lastrada por bajo crecimiento, costes laborales al alza, subidas del salario mínimo y mayores cotizaciones sociales. El resultado es un mercado laboral tensionado, con despidos al ritmo más rápido desde 2020 y una tasa de paro en máximos de casi cinco años.
Fuente: Morgan Stanley, Oficina de Estadísticas Nacionales UK
La IA está afectando especialmente a empleos de cuello blanco y perfiles cualificados. Desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022, las vacantes en ocupaciones expuestas a la automatización (desarrolladores, consultores, servicios profesionales o IT) han caído un 37%, frente a un 26% en el resto de los sectores. No hablamos de trabajos precarios, sino de la base tradicional de la clase media urbana.
El impacto es aún más duro entre los jóvenes. Muchos de los puestos recortados son empleos de entrada, aquellos que permiten acumular experiencia y progresar dentro de una empresa. La tasa de paro juvenil ha subido hasta el 13,7%, el nivel más alto desde la pandemia, y crece más rápido que el desempleo general. La IA está cerrando la puerta de acceso antes incluso de que los trabajadores puedan demostrar su valor.
La paradoja es evidente. Instituciones como el Banco de Inglaterra y la oficina presupuestaria británica señalan que la IA podría elevar el crecimiento de la productividad hasta 0,8 puntos porcentuales en la próxima década, mejorando el nivel de vida y las cuentas públicas. El potencial está ahí. El problema es el reparto de sus beneficios… y de sus costes.
Conclusión
El caso británico es una advertencia para Europa. La IA no destruye empleo por sí sola. Lo hace cuando se introduce en economías con bajo crecimiento, márgenes estrechos y empresas más preocupadas por sobrevivir que por reinventar su modelo productivo. Si la eficiencia solo sirve para recortar costes y no para crear nuevas oportunidades, la tecnología deja de ser progreso y se convierte en un acelerador de desigualdad. La pregunta ya no es si la IA cambiará el mercado laboral, sino qué países sabrán convertirla en crecimiento inclusivo y cuáles pagarán el precio de hacerlo mal y deprisa.
En el próximo vídeo que publicaré esta tarde, analizo por qué muchas tecnológicas ya se están desplomando entre un 50% y un 70%. Algunas poco conocidas y otras muy visibles como Adobe u Oracle.
El contexto es clave: NVIDIA está en un nivel crítico y, si lo pierde, podría corregir con fuerza. Hago un paralelismo claro con la burbuja de internet, cuando gigantes que parecían intocables acabaron desapareciendo.
La conclusión es incómoda, pero necesaria: cada revolución tecnológica crea ganadores, pero también deja atrás a antiguos líderes. Y muchos inversores solo lo entienden cuando ya es tarde.
¿Quieres saber hasta donde puede caer NVIDIA? No te pierdas el vídeo en mi canal
Cuando empecé en esto del trading, recuerdo perfectamente mis primeras sesiones frente a los gráficos. Me parecía un idioma extraño, lleno de líneas, velas y números que no terminaba de entender. Pero con el tiempo descubrí que el análisis técnico es, en realidad, una herramienta poderosa para leer la psicología del mercado y anticipar movimientos. No es magia ni una bola de cristal, pero sí una metodología que, bien aplicada, puede marcar la diferencia entre operar a ciegas o hacerlo con criterio. Te cuento básico aquí.
Esta semana Elon Musk ha dado uno de los pasos corporativos más agresivos (y menos convencionales) de los últimos años: SpaceX ha adquirido xAI, su empresa de inteligencia artificial. No se trata de una compra al uso. Es una reorganización interna de poder, capital y narrativa. La operación eleva la valoración del grupo por encima del billón de dólares y consolida a Musk como el mayor empresario privado del planeta. Pero más allá del titular, lo relevante es por qué lo hace ahora… y qué riesgos asume.
xAI llega tarde a la carrera de la inteligencia artificial. Ha tenido que gastar miles de millones para intentar alcanzar a competidores muy consolidados, con un modelo de ingresos todavía débil. La fusión con SpaceX es, en la práctica, un rescate financiero. SpaceX no es una empresa cualquiera: es un contratista clave de gobiernos, con flujos de ingresos relativamente estables y una reputación tecnológica sólida. Al absorber xAI, importa riesgos financieros, regulatorios y reputacionales que antes no tenía.
Y aquí aparece la primera gran pregunta estratégica de ese movimiento, ¿cuál es el verdadero plan? Porque sinceramente hace falta un auténtico acto de fe para entender cómo una empresa que combina redes sociales con un chatbot de IA ayudará a SpaceX a lograr lo que Musk ha descrito durante años como su objetivo último: llevar seres humanos a Marte.
Desde el punto de vista del inversor, el intercambio es claro:
El punto más revelador no es Grok, ni los chatbots, ni las redes sociales. Es esto: Musk quiere llevar centros de datos al espacio. El verdadero plan es infraestructura, no el software. Sin restricciones de suelo. Con acceso directo a energía solar. Y bajo una estructura privada, poco transparente y altamente centralizada.
No es ciencia ficción: es una apuesta a largo plazo por controlar la infraestructura crítica del futuro… como el lenguaje de Musk (como en el de Trump) todo es grandilocuente, no se descarta una posible IPO o salida a Bolsa en 2026, con el objetivo de levantar decenas de miles de millones.
La lógica es conocida: crecer primero, explicar después. Esto no va de IA.
No va de Marte. No va de redes sociales. Va de algo mucho más clásico: control, escala y poder financiero. El problema es que cuando demasiadas piezas críticas (tecnología, datos, contratos públicos, narrativa y capital) se concentran en una sola estructura, el margen de error se vuelve peligrosamente pequeño.

En Chip War, o Guerra de Chips, Chris Miller explica por qué los semiconductores se han convertido en el recurso estratégico más importante del siglo XXI. A través de la historia de la industria del chip, el autor conecta innovación tecnológica, política exterior y seguridad nacional para mostrar cómo el control de la cadena de suministro determina hoy el equilibrio de poder global.
El libro analiza la rivalidad entre Estados Unidos, China y Asia, el papel crítico de Taiwán y la dependencia creada tras décadas de deslocalización industrial. No es un libro técnico, sino una lectura clara y muy reveladora sobre poder, vulnerabilidad y geopolítica económica. Imprescindible para inversores y lectores que quieran entender dónde se juegan las verdaderas batallas del mundo actual. Está editado por península.
Esta newsletter es un paso más de un camino que comencé hace años con la intención de poner algo de luz a muchas informaciones sesgadas o poco éticas sobre lo que sucedía en el mundo de la inversión. Hoy sigo con la misma idea, creo que si lo que define al mercado es el conjunto de lo que hacemos todos los inversores juntos, necesitamos hacer esto con responsabilidad, conocimiento y la información más rigurosa. Espero que en The Trader, te sientas identificado.
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